Qué Abya Yala

Julio 2020

Con estatizaciones de gobiernos progresistas (e izquierdas afines) para promover extractivismos.

 

 

 

Historia y presente/ Ofensiva del sistema mundo capitalista / Alternativas emancipatorias

 

Historia y presente

 

El término Abya Yala es en sí mismo un símbolo de identidad y respeto hacia las raíces de los pueblos originarios; y en ese sentido, el poema Abya Yala Wawgeykuna (Hermanos Americanos), originario del pueblo Quechua de Argentina, hace un llamado a la unidad de los pueblos a mantener presente su origen y a continuar su camino siguiendo las huellas de sus ancestros. Tal como su título indica, Abya Yala Wawgeykuna.

 

Artes, saberes y vivencias de indígenas americanos, el libro que sostienen en sus manos es un tributo a la filosofía de ese poema, pues intenta plasmar el pasado y el presente de distintos pueblos originarios: sus modos de vida, sus manifestaciones artístico-culturales, sus creencias... y al fin y al cabo, su identidad. Leer

 

Analicemos, junto a Raúl Prada Alcoreza, cómo explicar el doble discurso e imposturas de Evo Morales Ayma y de Álvaro García Linera.

Representaciones extractivistas de la madre tierra y del capitalismo

De la “ideología” populista

2 de noviembre de 2015

 

 

Por Raúl Prada Alcoreza

Creen que la Madre Tierra es una deidad, que se debe mencionar y convocar en los foros internacionales, en la Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y Defensa de la Vida, para beneplácito de los organismos internacionales y de la “izquierda internacional”; “izquierda” tan necesitada de ideales, pues los que tiene, todavía ateridos en el Estado del socialismo real derrumbado, les resulta un tanto anticuadas. Cuando salen de los foros y conferencias vuelven a la vida cotidiana de la política pragmática; se olvidan de la Madre Tierra, que quedó en los altares de los foros; como ocurre con todos los creyentes que van a misa. Se entregan compulsivos a los despavoridos avatares devastadores del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente. No ven contradicción alguna entre sus discursos altisonantes - para consumo tedioso y ceremonial de estos encuentros, foros y conferencias internacionales contra el cambio climático, donde se golpean el pecho y prometen enmendar los males desatados por el capitalismo - y sus conductas y comportamientos realistas y pragmáticos, que hallan en la expansión extractivista la ruta necesaria para el “desarrollo”.

 

Olvidan fácilmente su propia historia reciente, plagada de atentados contra la Madre Tierra y los territorios indígenas originarios. No les parece inconsecuente haber declarado la guerra al capitalismo, en defensa de la Madre Tierra, en la Cumbre de Copenhague (COP 15 2009), convocando a una Contra-Cumbre en Tiquipaya-Cochabamba -Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra Tiquipaya, Cochabamba, 20 al 22 de abril 2010 -, donde en vez de repetir el mismo discurso combativo anti-capitalista en la sede de la Cumbre, se expone insólitamente un discurso pedestre y patriarcal en contra de la Coca-Cola y los pollos con hormonas, que transforman en gay y calvos a los que consumen estas mercancías. Rebajando, con este discurso pedestre, el discurso convocante de Copenhague a la lamentable expresión homofóbica, prejuiciosa y recalcitrantemente conservadora, del patriarca otoñal.

 

Después de haber intentado hasta más de tres veces, recientemente, construir la carretera extractivista, que desbroza el núcleo del TIPNIS, ampliando la frontera agrícola, confiriendo a empresas petroleras trasnacionales concesiones, prohibidas por la Constitución; concesiones otorgadas en una zona del territorio indígena donde escasean comunidades y abunda el bosque, dejando sin atención precisamente a la zona del parque donde abundan las comunidades. Decenas de comunidades desparramadas en esta otra zona, comunidades merodeadas por los ríos Isiboro, Sécure e Ichoa. Después de haber firmado las resoluciones de la Conferencia de los Pueblos contra el Cambio Climático, donde se prohíbe, entre otras cosas, la afectación a bosques primarios. Después de haber saboteado las marchas indígenas en defensa de su territorio, la VIII y la IX, reconocido por la Constitución, que establece jurídica y políticamente el Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico, condición plurinacional, comunitaria e intercultural basada en la preexistencia de las naciones y pueblos indígenas originarios. 

 

Después de haber manipulado una Consulta espuria, que contraviene la Constitución, al no ser con consentimiento, previa, libre e informada, y haber destruido a las organizaciones indígenas, el CIDOB y el CONAMAQ. Después de haber promulgado una Ley Minera, no solamente el colmo de extractivista, matricida en lo que respecta a la Madre Tierra, sino traición a la Patria, al entregar onerosamente los recursos mineros a las empresas trasnacionales; yendo, incluso, más lejos de lo que los neoliberales no se hubieran atrevido. Vuelven a convocar a una Cumbre contra el Cambio Climático y en defensa de la Madre Tierra, Conferencia Mundial de Pueblos sobre el Cambio Climático y Defensa de la Vida, sin inmutarse de la evidenciada incongruencia, ni ver en ello contradicciones flagrantes.

 

La política se les antoja una secuencia de audacias, como collar de perlas chutas. No importa si no concuasan; lo importante es escenificarlas para deleite de propios y ajenos, propios y ajenos que tienen una vaga idea de la ecología; pero, también una peregrina idea del sistema-mundo capitalista. Se sienten satisfechos después de haber hablado tanto, en los foros, cumbres y conferencias, en defensa de la Madre Tierra; deidad convocada en ocasión de las ceremonias del poder; deidad asesinada en las reiteradas y continuas ocasiones del realismo político y las políticas extractivistas del Estado rentista. Se sienten consecuentes “revolucionarios” al haber pronunciado estruendosos discursos anticapitalistas, del que tienen una ambigua representación, aterida en las contingencias y estructuras disipadas del siglo pasado, cuando, ahora, en el presente siglo, en curso, son los solícitos propulsores del “progreso” y del “desarrollo”, que encarna el capitalismo tardío, dominado por el capitalismo financiero y extractivista.

¿Habrá que comprender entonces que se trata de “ideología”, de “ideología”populista? Como toda “ideología”, se sustenta en los fetichismos; esta vez, en el fetichismo del desarrollo, pero, también en el fetichismo del caudillo, en el fetichismo institucional, sobre todo en el fetichismo del poder y en el fetichismo del Estado, convertidos en fines míticos de la “revolución democrática y cultural”. Estado-nación consolidado como nunca antes, incongruente forma de construir el  Estado Plurinacional Comunitario y Autonómico; incompatible forma de negar su nacimiento y revivir al muerto o, por lo menos, decrépito Estado-nación, herencia colonial.

 

Una “ideología” populista, que se representa el extractivismo como técnica, casi neutral, del “desarrollo”, que se representa el capitalismo como gobernanza sin caudillos; sin patriarcas otoñales, ni padres bondadosos del pueblo. Por lo tanto, creen, en complementación, que el socialismo es consecuencia de la bondad patriarcal, del amor a la patria, que se reduce al canto a la bandera, consecuencia del celo partidario, de la lealtad sin límites al gobierno progresista, incluso en sus desavenencias y veleidosas inconsistencias. 

 

Estos “revolucionarios” opacos, celajes en el crepúsculo civilizatorio de la modernidad, en la agonía especulativa del sistema-mundo capitalista de la acumulación originada y ampliada de capital, de la contabilidad abstracta del valor, terminan desnudados y empujados a su propia vulnerabilidad. Mientras se desentienden de los cementerios mineros, que deja el extractivismo, de los bosques destruidos, de las cuencas contaminadas, de las sociedades corrompidas, de las instituciones corroídas, de la soberanía enaltecida, empero, saboteada, al adjudicar concesiones a los monopolios de la tecnología, de los mercados, del capital, que deja el capitalismo dependiente. Monopolios trasnacionales, verdaderos dueños del control de las reservas de recursos naturales, denominadas materias primas.

La “ideología” populista funciona no solamente como paradigma adormecedor de masas, sino, sobre todo, como clima artificial, atmósfera edulcorante, clima políticoretenido en las esferas del poder. Ambiente codiciado, que sugestiona a los cuerpos congregados, ilusionándolos con el compás de las imágenes transmitidas y ofrecidas. Clima artificial, que cobija a los cuerpos congregados, en torno al caudillo, hechizándolos con la narrativa política populista, que interpreta lo que acaece, en el “proceso de cambio”. Interpreta, desde la trama dramática del misericordioso padre, que retorna, después de haber perdido su trono, de haber sufrido la vía crucis y el calvario de los desterrados en el seno de su propia tierra. La interpretación “ideológica”, en el caso populista, discurso más apegado a la retórica que a la argumentación lógica, está cerrada, concluida. Ésta, la narrativa populista, es la verdad del “proceso de cambio”. Las contradicciones que aparecen, no son verídicas, sino inventos de la “oposición”, de la conspiración de la “derecha” o de los descontentos y descarriados.

La “ideología” es eso, como dice Karl Mannheim en Ideología y utopía, masa ideacional[1], que podemos considerar, de mejor manera, como un bloque ideacional, más o menos sistematizado, más o menos articulado o, mejor dicho,compactado; orientando su formación discursiva a la legitimación institucional, como dice el mismo Mannheim. Sin embargo, no por esto, se puede hacer caso de su pretensión de verdad, como si fuese la única interpretación adecuada delmomento, de la coyuntura, del periodo, de la época, del contexto, del país, de laregión, del mundo, de donde emerge. Como toda interpretación es susceptible de contrastaciones, es discutible; propicia a someterla a crítica. Sin embargo, la “ideología” no pretende ser una interpretación, entre muchas, sino la interpretación verdadera. Este es el problema.

 

El problema de la “ideología” es que, si bien, en un principio, al ser una interpretación, sobre todo emergente, en un periodo de crisis y en un contexto en crisis, por lo tanto, logrando interpretar, quizás mejor que otros discursos, ya rezagados, la situación que le toca experimentar, una vez cumplido los primeros pasos, sigue el ciclo de todos los discursos y de todas las interpretaciones; el camino a la obsolescencia. Este es uno de los problemas de la “ideología”; el otro es más grave. Al aferrarse a la verdad “ideológica”, los que recurren a su paradigma,a sus tramas preformados, a sus narrativas inconmovibles, terminan atrapados en sus telarañas, a tal punto que se resisten a ver, a observar, a reconocer, en la realidad, otra cosa que nos sea la verificación de la “ideología”. Cuando se llega a este entrampamiento, los “ideólogos” en boga, los que consumen lealmente el imaginario “ideológico”, han ingresado no solamente a su decadencia, sino a una especie de seducción por la fantasía de las representaciones “ideológicas”. Este es el síntoma de la derrota anticipada.

Los populistas del siglo XX, de todas maneras, se beneficiaron de las renovaciones interpretativas, que ocasiona la “ideología” emergente, sobre todo de las luchas nacional-populares. Hay pues como una temporalidad, por así decirlo, aprovechable, cuando el discurso “ideológico” puede interpretar novedosamente la experiencia social; sin embargo, esta temporalidad no dura mucho; pues no tardan en llegar las contradicciones políticas y sociales en el “proceso” desatado. La diferencia con los populistas del siglo XXI es que estos últimos tienen menor temporalidad y menos espacio aprovechable. Las contingencias, las velocidades y ritmos de las crisis, en la contemporaneidad, exigen renovaciones rápidas y adecuadas de las interpretaciones.

 

Por otra parte, los populistas del siglo XXI están menos dispuestos al diálogo y al debate, son menos abiertos a escuchar otras versiones, otras interpretaciones; incluso, son menos asequibles a la polémica y la controversia, que lo fueron los populistas del siglo pasado. Por eso, al cerrarse más antes, al desconocer la necesidad de lo que se llama el círculo hermenéutico, es decir, el recorrido alimentador y transformador de la interpretación renovada, crítica y reinterpretación, se vuelven rancios mucho más antes. Cuando esto ocurre estos populismos dogmatizados no sirven incluso para la defensa del régimen, pues en vez de permitirle buena información, la obstruyen, cegándolo ante las contingencias, como caminando a un suicidio no premeditado.

Por último, el tercer problema de la “ideología” populista, mencionable ahora, es que, como toda “ideología”, no distingue entre representación y mundo; cree que el mundo es el mundo de las representaciones, sin entender que las representaciones emergen de las dinámicas inherentes al mundo, en constante devenir. Al hacerlo, al confundir “ideología” con realidad, sinónimo de complejidad, cree actuar en la realidad, cuando, en verdad, actúa en el imaginario “ideológico”, aunque esta actuación en el espacio imaginario termine repercutiendo, amortiguado, en los planos y espesores de intensidad de la realidad.

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NOTAS

[1] Ver de Karl Mannheim en Ideología y utopía. Fondo de Cultura Económica. México; 1993.

Fuente: https://clajadep.lahaine.org/?p=17218

En consecuencia, nos urge generalizar la deliberación abajo sobre nuestra subalternidad a que nos condena el capitalismo (sea bajo gestión progre o neoliberal) y sobre nuestro estar sumidos en emergencias social, humanitaria, sanitaria y ecológica clilmática a causa del sistema mundo capitalista y el local.

 

Frente a los incendios en la Amazonía y otros biomas, Raúl Prada Alcoreza nos señala:  El problema no sólo es que se ha llegado a grados demasiado intensos de la crisis múltiple social, política, cultural y económica, sino que los efectos irradiantes parecen irreversibles. La muerte de las especies y de los seres orgánicos, la muerte de los ecosistemas, la muerte misma de la humanidad de la humanidad, de las sociedades humanas, aunque en una tortuosa dilatación; la muerte de los horizontes, que se pliegan hacia adentro, hacia un centro abismal, que aparece como agujero negro; muertes que patentizan lo irreversible de estas fatalidades, de estas tragedias, de este vaciamiento de la potencia creativa de la vida.

 

Máquinas del ecocidio y de la subalternidad

3 de septiembre de 2019

 

Por Raúl Prada Alcoreza

 

¿Cómo funcionan las máquinas del ecocido, que son las máquinas del poder, máquinas de guerra y máquinas extractivistas, máquinas de muerte de la geopolítica del sistema-mundo capitalista? Las máquinas de poder funcionan contra las resistencias; las máquinas ecocidas, funcionan contra los ecosistemas, los ciclos vitales, la vida. Las máquinas extractivistas de la economía-mundo capitalista funcionan contra los ciclos planetarios de largos procesos minerales, hidrocarburíferos y de asombrosa cristalización simétrica. Se trata de máquinas de muerte; el sistema-mundo capitalista solo puede desarrollarse inscribiendo y hendiendo sus marcadas huellas ecológicas, es decir, destruyendo los ecosistemas. Su desarrollo, que ideológicamente se legitima, en el imaginario institucionalizado, como desarrollo  y crecimiento económicos, no corresponde más que a la realidad apocalíptica de la muerte planetaria, dilatada por los ritmos mismos del capitalismo y sus ciclos largos.

 

Quizás una ilustración esquemática ayude a representar este desarrollo del capitalismo. Primero, se prepara el terreno, en palabras teóricas, se conforman las condiciones de posibilidad económicas para la construcción del modo de producción capitalista. Esto es, se cosifican las relaciones sociales, se convierten a los bienes comunes en cosas, después en mercancías; paralelamente, se erige la ideología, es decir, la fabulosa máquina de fetichización generalizada. Una vez conformadas las condiciones de posibilidad económicas, a través de los procesos inherentes a la economía política generalizada, por lo tanto, a la economía política restringida a los límites de lo que el discurso moderno llama economía, la “ciencia de la producción, distribución y el consumo”, en términos más restringidos, la “ciencia del mercado”, se edifica la logística y la infraestructura de lo que el discurso marxista ha denominado el modo de producción capitalista. Siguiendo con la metáfora estructural, después o, más bien, en el transcurso, se erige la arquitectura del modo de producción capitalista. Y en el mismo transcurso, paralelamente, se conforma lo que el mismo discurso marxista denomina superestructura jurídico-política.

 

Cuando el modo de producción capitalista se consolida, sobre todo mundialmente, pues así funciona, en todo el orbe tomado por la economía política generalizada, ya parte de los ecosistemas han sido desmantelados; empero, todavía el planeta conserva sus apariencias “naturales”, mejor dicho, ecológicas, a pesar de las redes de nichos ecológicos demográficos de las sociedades humanas, la red comunicacional, sobre todo física, las redes de transportes marítimos, terrestres y aéreos.

 

(…)Sin embargo, es en la etapa tardía, cuando el modo de producción capitalista generalizado, que ha desterrado a los otros modos de producción, cuando este modo de producción de la valorización abstracta avanza demoledoramente, de manera desmesurada, desequilibrando al máximo los ecosistemas y los ciclos vitales, convirtiéndose en una verdadera amenaza para las sociedades humanas y las formas de vida en el planeta. La constatación de lo que decimos aparece en los alcances que ha tomado lo que se llama eufemísticamente “cambio climático”, alcances que se aproximan a los umbrales mismos de lo que figurativamente nombramos apocalipsis, apocalipsis

planetario y de crepúsculo de la civilización moderna, que se clausura, empero, pretende llevarse a las formas de vida del planeta, en su propio desaparecer.  

 

Para lo que nos compete y nos preocupa, en este ensayo, nos focalizamos en lo que pasa en la Amazonia y la extensión complementaria del Chaco del sudeste de Sud América.  Por eso pasaremos a una descripción publicada, que pueda, ahora, ilustrarnos empíricamente sobre lo que pasa. Se trata de una denuncia y relato de lo que sucedió antes y durante la propagación de los incendios en la Amazonia brasilera.(...)

La transformación de esa realidad pasa por un cambio radical de la sociedad en que vivimos. No hay conciliación histórica posible entre una producción volteada hacia la ganancia – cuya dinámica inexorable es la acumulación capitalista – y cualquier cosa parecida a la utilización racional y ambientalmente correcta de los recursos. Solo la organización de una sociedad emancipada de las garras del capital, y por lo tanto con base en los productores libremente asociados podrá superar la explotación predatoria de la naturaleza, la crisis ambiental y la miseria social a la que estamos sometidos[1].

 

La descripción no podría ser más elocuente, teniendo en cuenta los detalles mismos de la organización de la destrucción de los bosques amazónicos. La incumbencia y complicidad operativa del gobierno de Jair Bolsonaro se hace patente en el comportamiento político del ejecutivo, pero también en la modorra de los órganos de poder del Estado. La única que reacciona ante las atrocidades del ecocidio es la sociedad brasilera, el pueblo brasilero y los pueblos indígenas amazónicos, además de los institutos de investigación científica. En contraste, se evidencia con mayúsculo descaro el cinismo grotesco de un gobierno sin horizontes, además de los estratos más conservadores y recalcitrantes de la estructura social brasilera. Se hace patente el despropósito de destruir para obtener las ganancias anheladas por estos estratos de una burguesía sin escrúpulos, que apuestan al goce inmediato, goce banal, por cierto, de la obtención de ganancias y hasta de super-ganancias, a costa de la desaparición misma de los ecosistemas, las formas de vida, los ciclos vitales integrados del planeta.  

 

Estamos, como dijimos antes, ante los síntomas mismos no solo del apocalipsis, sino también ante el desborde descomunal de la decadencia. De la decadencia generalizada en todos sus niveles y planos de intensidad; el institucional, sobre todo, estatal, el relativo al funcionamiento de la economía-mundo, en plena dominancia del capitalismo financiero y especulativo; el de los campos sociales, manifestado en la asombrosa descohesión social, entre sus síntomas, el desprecio a la vida. La decadencia del sistema-mundo cultural de la banalización generalizada; el derrumbe ético y moral. Además, se evidencia lo que podemos nombrar mediocridad generalizada, sobre todo en los perfiles de los personajes de las castas políticas gobernantes.

 

El problema no sólo es que se ha llegado a grados demasiado intensos de la crisis múltiple social, política, cultural y económica, sino que los efectos irradiantes parecen irreversibles. La muerte de las especies y de los seres orgánicos, la muerte de los ecosistemas, la muerte misma de la humanidad de la humanidad, de las sociedades humanas, aunque en una tortuosa dilatación; la muerte de los horizontes, que se pliegan hacia adentro, hacia un centro abismal, que aparece como agujero negro; muertes que patentizan lo irreversible de estas fatalidades, de estas tragedias, de este vaciamiento de la potencia creativa de la vida.

 

Ahora bien, lo que pasa en la geografía política de Bolivia no es distinto de lo que pasa en Brasil, salvo las singularidades del acaecer particular en las formaciones sociales diferenciales. Que Evo Morales exprese el perfil simbólico de la convocatoria del mito, encarnada en la simbolización del poder convocante del caudillo, y Jair Bolsonaro exprese el perfil deslucido y gris de un  anacrónico fascista criollo, hace solo a la diferencia de las formas de presentación de los mismo, del desenvolvimiento demoledor de la geopolítica del sistema mundo capitalista en la extensión diferencial de las periferias y de su evolución, en algunos casos, a lo que se denomina, por la burocracia mundial, “potencias emergentes”. Ambos presidentes, uno, de un país anclado en el modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente, el otro, de un país que se vanagloria, en sus estratos elitistas, de ser “potencia emergente”, son los dispositivos simbólicos, en el teatro político, del demoledor desarrollo capitalista, en la modernidad tardía, cuando domina el mundialmente capitalismo financiero y especulativo.

 

Otra descripción, esta vez de lo que acaece en Bolivia, es ilustrativa empíricamente de la destrucción ecológica para dar lugar al desarrollo desigual capitalista en la geopolítica del sistema-mundo moderno. La descripción publicada parte de las metas propuestas por la forma de gubernamentalidad clientelar del “gobierno progresista”. Para seguir con las consecuencias desastrosas de la persecución anodina de estas metas, por personajes políticos gobernantes, que, a pesar de que se reclamen “progresistas” y hasta “socialistas del siglo XXI”, es más, partidarios del “socialismo comunitario”, son, efectivamente, operadores de las estructuras de poder dominantes en el orden mundial, el imperio, y agentes encubiertos de las empresas trasnacionales extractivistas.

 

El Gobierno plantea llegar a 13 millones de hectáreas cultivadas en 2025, cuando el Ministerio de Desarrollo Rural y Tierras advertía, en 2012, señaló que las áreas agrícolas disponibles en el país serían de sólo 8,9 millones de hectáreas. La observación pertenece al investigador del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (CEDLA), Enrique Ormachea, quien observa que la medida beneficiará a los agroindustriales y que el engrosamiento de la frontera agrícola implica destruir terrenos de vocación forestal.  “El estudio Compendio Agropecuario 2012, publicado por el Ministerio, señala que el total agrícola disponible (es decir la sumatoria de la superficie cultivada, barbecho, descanso y tierras con potencial agrícola) alcanza a 8,9 millones de hectáreas, es decir, sólo el 8,1 por ciento del territorio nacional”, señala Ormachea. El investigador, con base en el estudio del Ministerio, añade que si a estos 8,9 millones se restan las tierras que ya están siendo cultivadas y aquellas en barbecho o descanso, las tierras con potencial agrícola se reducen a la mitad, es decir a 4,5 millones. Ormachea resalta que en la medida en que la política gubernamental acordada con los agroindustriales está destinada a la producción de biocombustibles, es decir a potenciar los cultivos de caña de azúcar y soya, las tierras con potencial agrícola en Santa Cruz, Beni y Pando alcanzan a sólo 2 millones de hectáreas.

 

 “Como se puede inferir, una ampliación de la frontera agrícola a 13 millones de hectáreas supone sobrepasar ampliamente estos límites, por lo que el incremento de la frontera agrícola se expandirá a áreas de clara vocación forestal del uso del suelo, que incluyen los territorios indígenas, seguramente con resultados productivos de muy corto plazo, pero no sustentables a futuro; lo que ocurre hoy en la Chiquitanía expresa esta obsesión gubernamental”.

 

Ormachea señala que Bolivia se sitúa entre los países con menores rendimientos agrícolas de la región y con distancias abismales con relación a la productividad alcanzada por los países desarrollados. En el período comprendido entre 2005/2006 y 2016/2017, es decir durante el “proceso de cambio”, los rendimientos promedio anuales apenas sufrieron un muy ligero incremento de 4,76 toneladas métricas por hectárea a 4,96. Se requieren, por tanto, políticas públicas orientadas a mejorar sustancialmente la productividad”. El investigador plantea que, considerando la propuesta gubernamental de lograr 13 millones de hectáreas para producir 45 millones de toneladas métricas hacia 2025, en realidad se retrocede en productividad, pues se alcanzaría un rendimiento de sólo 3,46 toneladas métricas por hectárea. “Gran regalo del MAS para celebrar el bicentenario de Bolivia, a costa, obviamente, de sus bosques y su biodiversidad”.

El estudio cuantifica 90 mil kilómetros cuadrados como la totalidad de superficie agrícola disponible. Unos 27.500 kilómetros cuadrados corresponden a la superficie cultivada. Hay otros 45 mil kilómetros cuadrados con potencialidad agrícola. La mayoría está en Santa Cruz, con 15 mil kilómetros cuadrados. Pando tiene 6 mil. Algo más de 9.500 kilómetros están reservados como zonas de descanso[2].

 

Otra descripción empírica también ayuda ilustrativamente a comprender los alcances de la fenomenología apocalíptica de la destrucción capitalista, sobre todo, en una de las periferias de la geopolítica del sistema-mundo moderno. Se enfoca la trágica situación en el Chaco húmedo boliviano, sobre todo en la geografía administrativa denominada Chiquitana.

 

El incendio de magnitudes en la Chiquitanía ha destapado el tema de la distribución de tierras en el oriente boliviano. El Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) ha negado que se haya dado permisos de asentamientos en las zonas del siniestro, pero las resoluciones emitidas desde marzo contradicen a esa repartición del Gobierno central. Entre el 11 y el 17 de marzo, el INRA entregó resoluciones de aprobación de asentamientos a las llamadas “comunidades interculturales”, sectores sociales de colonizadores, movimientos sin tierra y gremios sindicalizados aliados al régimen de Evo Morales, que desde 2006 se vienen organizando para lograr tierras en los valles, oriente y Amazonía del país.

 

Las resoluciones beneficiaron a grupos como la Comunidad Intercultural agroecológica Marcelo Quiroga Santa Cruz adjudicada con 650 hectáreas de tierra y la Comunidad Agropecuaria Intercultural El Quebracho con 1.350 ha, ambas en San Miguel de Velasco; la Comunidad Intercultural Alborada logró 1.551 ha en San Ignacio; los interculturales Pampa Grande con 1.350 ha en San Rafael. Posteriormente, en marzo, el INRA volvió a dotar de tierras fiscales a estas comunidades colonizadoras, aprobando la entrega de 26.157 ha para la Federación de Interculturales de Santa Cruz, a fin de consolidar los asentamientos en las provincias Chiquitos, Cordillera, Ñuflo de Chávez y Velasco de Santa Cruz. Otro documento muestra la lista de 26 comunidades afiliadas a la Central Única de Campesinos de Santa Cruz, que se beneficiaron con resoluciones de asentamientos por más de 60 mil hectáreas a un promedio de 1.500 ha por comunidad, en un proceso que abarcó desde febrero a abril de este año.

 

El director nacional del INRA, Roberto Polo, había negado que esa entidad hubiera aprobado los asentamientos en las zonas en las que se produjo el incendio que hasta la fecha no ha podido ser sofocado, aunque la magnitud y cantidad de focos de calor redujeron 80 por ciento, quedando 142 puntos reportados. “Nosotros desmentimos categóricamente a la población en general que los focos de calor hubieron sido a raíz de los asentamientos. Reitero, no tenemos asentamientos desde el 2018 y en la actualidad no se están haciendo asentamientos”. Sin embargo, el documento de aprobación de asentamientos para la Central Única de Campesinos de Santa Cruz incluye al municipio de Roboré, donde se presume comenzó el siniestro que hasta hoy ha provocado la pérdida de 1,1 millón de hectáreas y mantiene 30 incendios activos en la zona de la Chiquitanía. Entre Pailón, Roboré y San José de Chiquitos figuran nueve comunidades beneficiadas con terrenos para la expansión de la frontera agrícola. En Roboré, específicamente, se encuentran la Comunidad Campesina Agroforestal Aguas Claras y la Comunidad Tupac Amaru, esta última cercana a Tucavaca, donde a fines de 2018 hubo resistencia para el ingreso de colonizadores a la zona por existir ahí una reserva natural. Mientras desde el régimen de Evo Morales se rechaza el tema de asentamientos, los activistas y cívicos cruceños desplazados en la Chiquitanía han verificado que existe tala de árboles y apertura de caminos. También se muestran en imágenes carteles de las comunidades interculturales con nombres como “San Lorenzo”, “Miraflores”, hasta “Comunidad Evo Morales”. El director del INRA también anunció dar cumplimiento a la “pausa ecológica” que decretó el mandatario del Estado Plurinacional. “Se ha suspendido absolutamente todo, así como se ha instruido a la Unidad de Catastro a nivel nacional que no se va a permitir la mutación y la transferencia de bienes en el lugar en cuanto no se tenga todo este desastre controlado”.

 

Para el director de la Fundación Tierra, Gonzalo Colque, las tierras afectadas por el incendio son precisamente aquellas que el INRA repartió desde 2018, pues el 70 por ciento de las hectáreas quemadas son tierras fiscales y de empresas agropecuarias. Colque, en palabras al matutino Los Tiempos, confirmó que los incendios afectan a los municipios de San José de Chiquitos, San Rafael, San Ignacio de Velasco, San Matías, Roboré y Puerto Suárez. La Fundación Tierra calcula que existen más de mil comunidades asentadas en la Chiquitanía, desde el inicio del “proceso de cambio” en 2006, con políticas gubernamentales que promovieron además los “perdonazos” a las quemas y desmontes ilegales.

 

El investigador y abogado del Centro de Estudios Jurídicos e Investigación Social (CEJIS), Leonardo Tamburini, publicó en su cuenta de Facebook, las diez normativas elaboradas durante la última gestión de Evo Morales, para ampliar la frontera agrícola en deterioro de las tierras, reservas naturales y territorios indígenas. Tamburini llama “paquetazo” a estas leyes y decretos, fruto del consenso entre el MAS y el empresariado de Santa Cruz y Beni, que van desde la Ley 337 de 2013, que estableció el “perdonazo” a los desmontes ilegales desarrollados entre 1996 a 2011, hasta el polémico Decreto Supremo 3973 de julio de 2019, que amplió el desmonte de bosques y la quema controlada en tierras comunitarias en ambos departamentos. “Se debe cambiar el modelo productivo agroextractivista, que supone la liquidación de los bosques nacionales”. La distribución de tierras del régimen de Evo Morales coincide con el informe de la Fundación Tierra de 2011, que identificó zonas de expansión agrícola y ganadera en Santa Cruz, que tenía importante presencia de empresas de Brasil. La Chiquitanía, en un mapa elaborado por esa organización, se encuentra justo en la zona que va desde San Miguel a Puerto Suárez, con esta región amazónica en medio, caracterizada como “área de expansión agrícola”.

En marzo, cuando el entonces director del INRA y actual viceministro de Tierras, Juan Carlos León, entregaba la resolución de asentamientos a la Federación de Interculturales de Santa Cruz, que incluyó parte de la provincia Chiquitos, conminaba a los colonizadores a apresurar la instalación de cultivos. “De estas 26.000 hectáreas, quisiéramos que para el siguiente año estén cultivadas 6.000 hectáreas. Sabemos que se requiere capital para producir, es importante que ustedes produzcan para aportar a la Seguridad Alimentaria del país”. El 9 de julio el consejo de ministros aprobó el Decreto Supremo 3973 dictado por el mandatario Evo Morales, con el que se amplió la acción de desmonte de tierras a las llamadas “tierras comunitarias”, es decir, aquellas que el INRA ya había aprobado para la acción de los interculturales meses antes.

 

El anterior decreto 26075 de 2001, que fue modificado con esta norma presentada en la sede de la Federación de Ganaderos de Beni, solo aprobaba el desmonte en tierras privadas y según reglamentos departamentales. El D.S. 3973 agregó la figura de “tierras comunitarias” y también incluyó a Beni en los permisos de “quemas controladas” o “chaqueos”, que ya se daban en Santa Cruz. Con el siniestro de la Chiquitanía, el Gobierno quedó marcado como “ecocida” y “biocida”. Sin embargo, las posiciones ambientalistas quedan cortas con un tema que hace a la redistribución de las tierras de oriente y amazonía en favor de los sectores corporativos que son la base social del régimen socialista populista de Evo Morales. Datos últimos de la Fundación para la Conservación del Bosque Chiquitano hablan de 40 millones de árboles con valor comercial perdidos por el siniestro, que tendrían un valor de mercado de 1.140 millones de dólares en este bosque seco, además de alertar sobre 1.200 especies de fauna afectada entre 43 ejemplares de anfibios, 140 reptiles, 788 aves y 242 mamíferos[3]

Lo sugerente de estas descripciones empíricas es que nos muestran las correlaciones y vinculaciones entre dispositivos jurídicos y políticos con los desplazamientos de la destrucción ecológica. Por otra parte, es importante anotar, que proporcionalmente, la magnitud de la destrucción de la Amazonia es relativamente mayor en Bolivia que en Brasil. El aditamento, un tanto distinto a lo que ocurre en Brasil, es que el gobierno boliviano se presenta como “defensor de la Madre Tierra”, aunque, ciertamente, desde el conflicto del TIPNIS y la evidencia de la Cumbre de Naciones Unidas de Cancún se ha caído la careta; en cambio, el gobierno fascista criollo brasilero se presenta descarnadamente tal como es, incluso en sus propios discursos desnudos y provocadores. Empero, este contraste complementario nos muestras que es inocuo tratar de diferenciar a los gobiernos por la forma ideológica con la que se presentan, pues, al margen de que esto tenga efectos en la convocatoria discursiva a los pueblos, se trata de dispositivos discursivos diferenciales al servicio de lo mismo, el funcionamiento de lageopolítica del sistema-mundo capitalista, en su etapa tardía y de dominancia del capitalismo financiero y especulativo.

 

En Bolivia, se ha tratado de presentar los incendios como un accidente, en el mejor de los casos, como un descontrol del chaqueo, que estaba normado como “quema controlada”, en el peor de los casos, en su forma grotescamente manipuladora, como una extensión casual de los incendios dados en el Brasil y en Paraguay. Sin embargo, esta versión oficialista cae por su propio peso, pues no puede ocultar ni las políticas extractivistas del gobierno, tampoco sus dispositivos jurídicos, leyes, normas, reglamentos, que alientan la ampliación de la frontera agrícola, incluso avanzando en áreas de vocación forestal. Por otra parte, no pueden ocultar lo que efectivamente ha ocurrido, la entrega de tierras a “comunidades” de colonizadores, mal llamados “interculturales”, además de las concesiones dadivosas a la burguesía agroindustrial de la soya y también, en su desenvolvimiento, del añorado biocombustible, acompañado por la promoción de los transgénicos.

En otras palabras, observando lo que ocurre en Sud América, en la álgida coyuntura de crisis ecológica del presente, lo que acaece en la Amazonia, tanto brasilera como boliviana, así como en la Amazonia peruana, además de lo que acaece en el Chaco paraguayo, corresponde a los costos de muerte ecológica del desarrollo del capitalismo en su etapa tardía, es decir, financiara, especulativa y desbordadamente extractivista. Que se den perfiles de gobierno distintos, en rostros diferentes de presidentes, no sugiere otra cosa que el desenvolvimiento destructivo del capitalismo puede darse en distintas versiones políticas.

 

 

Conclusiones

  • Las máquinas ecocidas, que son las máquinas capitalistas, además, en su contexto mayor, máquinas de poder, despliegan, en plena modernidad tardía, cuando se combinan barrocamente, una vinculación perversa de tecnologías de última generación con la destrucción atroz de las formas de vida en el planeta, son máquinas de guerra sofisticadas de la civilización moderna contra la vida.
  • El funcionamiento de estas máquinas corresponde a la heurística depredadora del sistema-mudo capitalista, sobre todo, en la etapa de la dominancia del capitalismo financiero, especulativo y demoledoramente extractivista.
  • La crisis ecológica es planetaria, no está focalizada en algunas regiones o espacios cardinales del planeta. La diferencia radica en que, desde la perspectiva de la geopolítica sistema-mundo capitalista, las regiones de lasperiferias tiene que pagar, fuera del desarrollo desigual y combinado y la desigualdad diferencial de los términos de intercambio, además de la proletarización generalizada de sus poblaciones, con la destrucción sistemática e irreparable de sus bosques y de sus suelos.
  • En Brasil, el proceso de la destrucción ecológica, que, obviamente comenzó antes, y comprometió a los “gobiernos progresistas” del PT, ha cobrado una desmesura descomunal en el gobierno de Jair Bolsonaro. En Bolivia, en la tercera gestión de los gobiernos de Evo Morales Ayma, también denominado “progresista”, la desmesura descomunal de la destrucción ecológica cobra apocalípticamente magnitudes escalofriantes.
  • La alianza de los gobiernos del PT fue desplazándose, paulatinamente, con los distintos estratos de la burguesía, primero con la burguesía industrial, lo que es comprensible, después, con los estratos burgueses mas bien especulativos. El gobierno de Jair Bordonero, a pesar del perfil desnudamente fascista criollo, puede leerse como continuidad de lo que se venía proyectando, a pesar de la diferencia en las políticas sociales, de salud y del trabajo. En otras palabras, las gestiones corrosivas de los últimos gobiernos del PT cavaron la sepultura del proyecto “progresista”. En circunstancias catastróficas de crisis múltiple del Estado, en el contexto coyuntural del derrumbe ético y moral del proyecto progresista, emerge, casualmente, un personaje altamente anacrónico, de los estratos de la lumpen-burguesía, aliada, por cierto, a los estratos recalcitrantemente conservadores de la oligarquía “café con leche”.
  • La alianza del gobierno de Evo Morales con los estratos más conservadores de la burguesía boliviana, sobre todo con los estratos más depredadores, patentiza no solamente el decurso de la genealogía del poder del “gobierno progresista”, sino la fatalidad ineludible del circulo vicioso del poder y del modelo colonial extractivista del capitalismo dependiente.

NOTAS

[1] Leer Escándalo: cómo se organizaron las criminales quemas en la Amazonia. 

https://www.laizquierdadiario.com/Escandalo-como-se-organizaron-las-criminales-quemas-en-la-Amazonia?utm_content=buffer38388&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer&fbclid

=IwAR2nNkuHaKiRbqsmn7Y_VVznyCfjcGQ0SzIaWHx7iDW9lv6YJLDlj6_uOtk.

[2] Leer Cedla: Gobierno pasa por alto sus cifras para la frontera agrícola.https://www.lostiempos.com/actualidad/economia/20190903/cedla-gobierno-pasa-alto-sus-cifras-frontera-agricola.

[3] Leer Siniestro de la Chiquitanía destapa masiva distribución de tierras del oriente para interculturales.http://www.visorbolivia.com/noticia/5656.

Fuente: https://www.bolpress.com/2019/09/03/maquinas-del-ecocidio-y-de-la-subalternidad/

 

  Ofensiva del sistema mundo capitalista

 

Generalicemos la adquisición de conciencia sobre qué es el Estado para los progresistas e izquierdistas afines para que no sigan posibilitando la acumulación gran capitalista a través de los extractivismos. Nos explica Emiliano Terán Mantovani que discute a Álvaro García Linera (AGL) en el siguiente artículo.

 

América Latina: tensión neoliberal

y territorialización del poder

11 de septiembre de 2015

Por Emiliano Terán Mantovani*

(..)Extractivismo y la entelequia del «Estado Integral»

Como ya es sabido, AGL plantea que el extractivismo es una fase temporal para generar condiciones para alcanzar una “futura fase social”[34], y en numerosas ocasiones ha propuesto que los críticos del extractivismo le hacen el juego al imperialismo, como lo ha expresado sobre ONGs como CEDIB (Bolivia) en su reciente carta Sobre el papel de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) en Bolivia y su financiamiento. Ya en otros espacios hemos intentado replicar esta idea de que para salir del extractivismo hace falta más extractivismo, y hemos señalado el peligroso camino de la satanización de la crítica.

 

 Pero esta prometida fase temporal del extractivismo se sostiene sobre la idea –que suele ser recurrente– de que, ahora sí, hemos alcanzado un escalafón histórico de las luchas políticas, lo cual se traducirá en una alianza progresiva entre el Estado y el pueblo, que construirá el camino para deshacer al extractivismo. Esta alianza es lo que AGL ha llamado el «Estado Integral»[35].

Para AGL, a partir de la experiencia boliviana, en este Estado Integral se produce “la presencia directa de representantes de los sectores sociales movilizados en distintos niveles del aparato estatal”, y añade también “la presencia directa de las organizaciones sociales en la definición de las principales políticas públicas[36]. El Estado en AGL es una trama cotidiana en la cual gobernantes y gobernados, con distintos niveles de influencia, intervienen en torno a la definición de lo colectivo[37]. De ahí que el autor afirme que “Socialismo es entonces un largo proceso de transición en el que estado revolucionario y Movimientos Sociales se fusionan para que día a día se democraticen nuevas decisiones; para que día a día más actividades económicas entren a la lógica comunitaria en vez de la lógica del lucro[38].

 

Conviene insistir en lo siguiente: el extractivismo es una modalidad de acumulación capitalista que centraliza tanto el poder como la soberanía sobre el territorio; esto es, estructura un tipo de soberanía (nacional-estatal) que mercantiliza y monopoliza la decisión sobre los llamados “recursos naturales”. Esta racionalidad, esta forma política de hacer particular, esta modalidad de dominación transnacionalizada y corporativa, que se superpone y evita que la gente realice una gestión directa de los bienes comunes, está dotada de sentido por los procesos de acumulación de capital a escala global, por la División Internacional del Trabajo y la Naturaleza.

 

La entelequia del «Estado integral» intenta fusionar modos de hacer, de producir de lo político, que se contraponen. Por medio de la coacción y la “manufactura de consensos” (de diversas maneras), éste evita o pone límites a la ocupación, recuperación y reapropiación de lo común (sea en espacios urbanos, tierras agrícolas, áreas de reserva natural, etc.), en nombre de la protección de la propiedad privada, de la “soberanía nacional” y del mantenimiento del orden y la estabilidad. El Estado pues, no reconoce otra soberanía que no sea la nacional-estatal –no es casual que, por ejemplo, casi ninguna de las consultas previas en América Latina respecto a proyectos extractivos o desarrollistas sea reconocida por los poderes constituidos[39]–. Adicionalmente, en contextos de aguda crisis como las actuales, el Estado tiende a profundizar mecanismos políticos de acumulación por desposesión como medidas de ajuste, por lo que su conflicto con lo común se intensifica.

 

Pero sobre todo, es importante insistir en cómo, en las esferas más altas del Estado, donde se concentran las decisiones sobre los bienes comunes para la vida ―los llamados “recursos naturales”―, sobre las Fuerzas Armadas nacionales, las grandes finanzas, se evidencia con más claridad y crudeza la estructura jerarquizada, la modalidad corporativa transnacionalizada que posee la gestión de lo público (extracción de naturaleza, infraestructuras urbanas, adquisición de tecnología militar, financiamiento externo, etc.), lo radicalmente excluyente que es respecto a lo común, y lo complejo de delegar estas gestiones a unos cuantos representantes y voceros de movimientos sociales, para replicar los modelos de concentración de poder y manejo centralizado de la riqueza colectiva. Bajo este modelo, estos ámbitos son prácticamente intocables para las bases populares, por lo cual reformas progresistas sobre igualdad de género, aborto, derecho a la ciudad, figuras de participación política formal, entre otras, se convierten en reformas cosméticas sino se produce un proceso social de re-apropiación territorial.

 

Alternativas, correlación de fuerzas y territorialización del poder: la centralidad de las luchas desde abajo

Aunque se puedan producir las condiciones ―que siempre serán temporales― para llevar adelante una gestión política articulada de las formas de lo público, entre el Estado y una masa crítica popular contrahegemónica organizada ―siempre en diferentes grados―; aunque se resalte la importancia de trastocar y transfigurar la forma Estado“desde adentro” de la maquinaria; lo que consideramos fundamental es quitarle centralidad política a la idea de que hay que, en primera instancia, ocupar el Estado.

En la medida en la que un movimiento político desde abajo, efervescente, numeroso, potente, otorga centralidad en su lucha a la toma de la esfera estatal, se introduce en un campo asimétrico en el que puede, paradójicamente, ocupar al Estado, mientras que el Estado, lo ocupa a él. Si el Estado es también una relación social (dominante), entonces en sus formas se producen tipos de subjetividades, corporalidades, territorialidades, redes moleculares de poder, las cuales son finalmente funcionales a la reproducción del capital. Se genera pues, algo que pudiésemos llamar una dominación productiva, a partir de sus estructuras de relacionamiento y sus formas de racionalidad.

El reconocimiento del Estado como máquina de dominación, no supone un desentendimiento o abandono del mismo, del campo de lo público, cuando se trata de pensar horizontes anti y post extractivistas, rentistas y capitalistas. No solo porque el Estado no va a desaparecer de la noche a la mañana, sino también porque su función en la escala del sistema interestatal mundial y la División Internacional del Trabajo y la Naturaleza, puede variar políticamente, es relativamente maleable, dependiendo de diversas luchas domésticas. Es decir, no solo se configura un duopolio cooperativo entre Estado y Mercado, sino que se pueden desarrollar diferentes niveles de contradicción entre ellos, que podrían ser más o menos favorables a procesos de luchas locales, lo cual puede ser aún más vital y relevante en los débiles Estados-nación periféricos. Se trata de la contradicción planteada por David Harvey entre la lógica del capital y la lógica territorial[40].

 

Pero lo fundamental, con miras a abrir o mantener las posibilidades de reproducción de una política popular de lo común –resistencia y constitución–, es el estado de la correlación de fuerzas en un espacio-tiempo específico, la síntesis que se produce en el completo campo de la política (que puede ser en un país, pero no únicamente), y que está determinada por las fuerzas y probabilidades de cumplir sus objetivos, por parte de los actores que disputan en dicho campo –para lo que nos compete, las subjetividades contrahegemónicas–. A esto lo podemos llamar la composición política.

 

Esta composición política pues, está fundamentalmente determinada por las luchasdesde abajo. Todo proceso contrahegemónico de horizonte social emancipatorio, se mueve y produce a partir de la lucha popular ―es su factor constituyente y originario―, la cual puede generar una recomposición que mejore las condiciones de disputa, la gestión común de la vida y las posibilidades de transformación social. Esto aplica en particular para el Estado, que posee “internamente” su propia composición política que lo define, y que puede ser reformulada para que ejerza un rol más favorable al proceso reproductivo de lo común.

Es la lucha popular territorial el punto de partida, llevada adelante para reproducir la vida, sin que esto implique, de ninguna manera, el abandono de ámbitos más amplios de disputa política, de escalas municipales, biorregionales, nacionales, continentales o incluso globales. Se trata de la configuración y el ejercicio de otras soberanías, de posibilidades para la autonomía material de pobladores y pobladoras, de producción de narrativas propias, que en primera instancia no admitan límites exteriores y anteriores a su propio despliegue y decisión –como lo ha propuesto Raquel Gutiérrez Aguilar[41]–, y que no detienen su movimiento territorial para esperar una supuesta “resolución histórica” de la contradicción Estado/movimientos sociales, orientada a la conformación de un imaginado «Estado integral».

La territorialización del poder se alimenta de esos otros códigos y formas de hacer contrahegemónicos, de las cotidianas deserciones que producen los pueblos desde abajo, presentes en movilizaciones de diversos tipos, como la de los pueblos indígenas bolivianos o las expresiones cooperativas del chavismo popular urbano. Lo importante es pues, mantener el deslinde vital entre lo público y lo común, entre lo que se instituye y lo constituyente.

Si las luchas masivas tienden inevitablemente a declinar, a agotarse, después de una ola ascendente y efervescente, y con ello, la composición política se hace más adversa a la producción y reapropiación de lo común, y el Estado se hace más reaccionario y conservador, la única alternativa ante esto es procurar el florecimiento territorial de lo común, de la comunalidad –vista como estabilización de lo común–, que permita que los procesos de lucha social, la configuración de alternativas y transformaciones, se hagan más orgánicas.

Si el Estado es también una creencia colectiva, es fundamental construir nuevos sentidos comunes, nuevas creencias sociales que busquen desplazar a la conciencia colectiva de su inevitabilidad, al fetiche del Estado, a su capacidad de abstractalizar el poder, a su esencia trascendente, para en cambio territorializar la posibilidad emancipatoria.

Bogotá, septiembre de 2015

Emiliano Terán Mantovani es sociólogo e investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), autor del libro “El fantasma de la Gran Venezuela”, mención honorífica del Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2015.

Fuentes consultadas...

Fuente: https://www.opsur.org.ar/blog/2015/09/11/america-latina-tension-neoliberal-y-territorializacion-del-poder/

En consecuencia, abajo y a la izquierda coherente con la unión anticapitalista de las luchas por la justicia social y la ecológica, nos urge instalar en la agenda popular que el acaparamiento oligopólico de todos los bienes comunes sociales y naturales está dejando sin posibilidades de vida y de trabajo. Porque es:

Extractivismo desbocado en el corazón del Abya Yala

Incendios en la Amazonía

y nuevo tiempo político

en América Latina

24 de agosto de 2019

 

Por Emiliano Teran Mantovani

Observatorio de Ecología Política de Venezuela

 

 

Los enormes incendios que se han producido en la Amazonía brasileña, así como la de otros países de la región, como Bolivia, han capturado la atención global y avivado la discusión sobre el problema de fondo que sufre esta muy sensible eco-región.

Es cierto que en la Amazonía hay temporadas de incendios, primordialmente entre los meses de julio y septiembre (aunque pueden continuar hasta noviembre), cuando llegan los períodos secos. También es cierto que se han registrado incendios en amplias áreas de otras partes de Suramérica (incluyendo Venezuela), y que estos no han tenido la misma repercusión mediática. Pero, al menos desde lo que se ha registrado oficialmente, estamos ante el incremento de un 85% de estos eventos en territorio amazónico en relación al año pasado, según el Instituto Nacional de Investigación del Espacio de Brasil (INPE), y se han quemado extensiones a tasas record desde que se comenzaran los registros en 2013. En la Chiquitanía boliviana, en el departamento de Santa Cruz, ya son cerca de 500 mil hectáreas que se han incendiado.

La NASA ha dicho que la actividad total de incendios en la cuenca del Amazonas, observada a partir del 16 de agosto de este año, fue ligeramente inferior al promedio en comparación con los últimos 15 años, aunque la actividad ha estado por encima del promedio en los estados Amazonas y Rondônia. Pero en todo caso, el dato no es si estos incendios son o no los más importantes de los últimos años. Lo importante es más bien el momento que revelan, el tiempo particular de la historia ambiental del Amazonas, que habla, al mismo tiempo, de nuestro propio tiempo de crisis civilizatoria.

Amazonía y tiempos de inflexión: últimas fronteras y extractivismo desinhibido

Lo primero que hay que decir, es que estos incendios no son sólo ‘catástrofes naturales’, sino más bien el producto tanto de las modificaciones al espacio natural como de los impactos directos provocados por las actividades económicas más depredadoras que han sido impulsadas por los intereses económicos dominantes locales, nacionales y transnacionales. Sobre esto hay que señalar el alto impacto de la deforestación, promovida por la minería formal y la ilegal; el aumento de las tierras para agricultura intensiva con monocultivos, pero también para beneficiar a los poderosos sectores ganaderos y agrícolas; o bien el rol de la industria maderera y el tráfico ilegal de madera; por mencionar ejemplos. La quema en sí misma es también promovida por los sectores ganaderos para ‘limpiar’ y despejar la tierra.

Por mencionar un ejemplo de lo dicho, estudios han mostrado cómo la deforestación es uno de los principales factores que favorecen estos grandes incendios, al dejar vulnerable la selva ante vendavales que ayudan a propagar el fuego. Existe una relación directa entre la deforestación y el crecimiento de los incendios, por lo tanto, entre estos últimos y los depredadores intereses de extractivismo. Olvídese de la explicación monocausal de los ‘accidentes naturales’. No hay forma de haber llegado a este punto sin el insidioso accionar de los intereses extractivo/capitalistas.

Lo segundo: estos incendios nos muestran en realidad un momento socio-ecológico de la Amazonía. Estos eventos están pasando cuando ya esta eco-región tiene una larga historia de carga de impactos y presiones, que vienen en avanzada, y que de seguir como van la están aproximando a un punto de inflexión, al debilitar más y más sus propios mecanismos de defensa y ‘estabilización’, y con ello, a socavar los aportes que ofrece para la reproducción de la vida en el Planeta (generación de oxígeno, patrones estacionales, sumideros de carbono, y un largo etc). Transitamos un límite muy peligroso, que además debe ser entendido en el marco de estos tiempos del antropoceno (capitaloceno).

Lo tercero, y algo fundamental: estos incendios revelan la forma que tiene el asalto a las nuevas fronteras de los commodities y sus vínculos con el nuevo tiempo del extractivismo en América Latina. El fuego masivo en la Amazonía hace evidente la configuración de esta ecología política atravesada por esta fase más violenta del extractivismo.

El avance en los últimos años de una ola de derechización en la región no debe ser entendida sólo como el posicionamiento de actores y mandatarios de derecha y extrema derecha en puestos de gobierno; sino también como un avance, un asalto voraz y desinhibido hacia la naturaleza. Y dicho avance se está generando a partir de actores que actúan desde arriba y también desde abajo, y que comparten entre sí las lógicas de despojo altamente patriarcalizadas, autoritarias y violentas.

Entre ellos están los actores del agronegocio; los intereses particulares de poderes económicos locales (como los latifundistas), el mismo crimen organizado que deforesta cada vez más y controla buena parte del tráfico de recursos naturales; y como actor/guía, gobiernos como el de Jair Bolsonaro en Brasil, pero no únicamente este, sino incluso otros gobiernos que, de otras formas, promueven la re-colonización de las últimas fronteras de la extracción, como lo es el gobierno de Evo Morales o Nicolás Maduro en Venezuela.

Bolsonaro es la cara más acabada de este patrón de poder dominante en la región. Al mismo tiempo que da luz verde y hace un llamado a la expansión de una violencia clasista, patriarcal y racista, del mismo modo convoca al asalto voraz de la Amazonía.(...)Defender la Amazonía, en realidad simboliza la defensa de todas las últimas fronteras de vida. Las fronteras de los ecosistemas, de los territorios, de los cuerpos y de la mente. Es en última instancia, un llamado a la defensa de lo común, lo único que compartimos todos: la casa común.


https://www.alainet.org/es/articulo/201730

 

 

"Nos queda lo común: nuestra casa común, que abriga y envuelve la vida que nos hermana; nuestras memorias ancestrales, nuestro hacer para la reproducción de la vida, que sólo es posible, en su esencia socio-ecológica, si se construyen en colectivo. Si la depredación capitalista se radicaliza, parece necesario radicalizar la apuesta por lo común. Defendiendo lo común existente, las últimas fronteras materiales, culturales y espirituales de los pueblos; y retejer incesantemente en todo lo que ha sido desgarrado por esta lógica civilizatoria, pero también en todo lo nuevo que emerge, que es fluido, contradictorio, maleable, que migra y es nómada".

 

 

 

Tendencias en el nuevo tiempo político en América Latina?

Crisis de la civilización petrolera, extractivismo predatorio y

política del saqueo

14 de agosto de 2019

 

Por Emiliano Teran Mantovani (Rebelión)

 

 

I. Nueva fase del extractivismo y la oleada de acumulación por desposesión

Del llamado ‘neo-extractivismo progresista’ en Venezuela apenas queda hoy una burda y vacía retórica ‘revolucionaria’, que desborda un cinismo escalofriante. En esta ruta al desastre que hemos transitado en el país, lo que viene emergiendo es un nuevo escenario del extractivismo, sui generis, uno de carácter absolutamente predatorio que difícilmente pueda ser entendido sólo bajo los códigos reduccionistas de la polarización, o bien de la puesta en escena y la retórica de los principales líderes político-partidistas.

Su contexto inmediato: la maduración de la Gran Crisis venezolana (2013-2019), atravesada por intensas luchas por el poder (en sus múltiples escalas), un aumento de la internacionalización del conflicto político, una desestructuración de la economía (formal) nacional, y un peligroso proceso de descomposición de la política que no sólo impulsa una significativa fuerza derechizante, sino también una mafización (o gangsterización) de la misma.

Este extractivismo predatorio no se establece por medio de una maquinaria corporativa que homogéneamente, de arriba hacia abajo, controla el proceso de apropiación/capitalización de la naturaleza y los territorios del país; ni tampoco por medio de la dominación irresistible de un sector o grupo de actores políticos nacionales. Más bien está marcado por la multiplicidad, volatilidad, inestabilidad, fluidez, fragmentación, precariedad; por un mosaico de conflictividades, de diversa intensidad y violencia, de coaliciones ramificadas y accidentadas; por el desgarramiento sistémico y por la trasnacionalización.

Pero no se confunda. A pesar de lo revuelto y movido del escenario, aquí hay una política. El conjunto de grupos y actores que disputan la gestión y participación en el extractivismo, sean actores provenientes de la esfera estatal (en sus diferentes facciones), de los grupos políticos de oposición, de grandes y medianas potencias internacionales, de grupos armados irregulares y criminales, entre otros, se orientan y operan fundamentalmente a partir de una política del saqueo. Esta, sea porque representa el mecanismo esencial de la acción, o porque se produce como una forma de aprovechar la vorágine dominante –lo que a su vez profundiza la crisis y los factores causantes del conflicto–, es la política compartida de los actores en disputa, y formatea el nuevo escenario del extractivismo en el país.

Esto tiene implicaciones tremendas, en la medida en que la geografía venezolana va siendo atravesada por las lógicas de las violentas economías de enclave, por lo que presenciamos la formación de un extractivismo de trincheras, de posiciones, de feudos, en el cual grupos del sector militar, gobiernos locales (alcaldías, gobernaciones, etc.), la criminalidad organizada, grupos armados para-estatales de diverso proceder (nacional e internacional), conforman poderes particulares (dependiendo del territorio donde se desenvuelvan) y tienen como botín los recursos, los territorios y la población.

El trasfondo esencial de esta situación es el impulso de una gran ola de acumulación por desposesión de alcance nacional, que está pulverizando el ya vulnerado estado de derecho y provoca que el muy heterogéneo y fragmentado campo de resistencias, contestaciones y luchas populares ante el expolio, sea atravesado por lógicas de guerra. Es en este sentido que hablamos de un extractivismo predatorio. 

II. Rasgos del extractivismo predatorio

Política de Estado y estado de la política

No existe ninguna disputa entre demonios y redentores en Venezuela. En este escenario, todos los grupos de poder en pugna son diferentes expresiones de un voraz neo-colonialismo sobre la vida. El extractivismo predatorio y su política del saqueo deben ser entendidos en su doble dimensión: tanto como una política de Estado, encabezada hoy por el Gobierno de Nicolás Maduro –principal gestor de este proceso masivo de acumulación por desposesión en el país–; como una expresión del estado de la política, en franca descomposición y vandalización, la cual, aunque lo abarca, va mucho más allá del poder formalmente constituido, y se manifiesta en una multiplicidad de actores que operan desde la ilegalidad, la corrupción, la criminalidad y la para-política. Ambas dimensiones están profundamente atravesadas por el accionar de actores y lobbys internacionales, principalmente provenientes de los Estados Unidos, Rusia, China, Cuba, Colombia, Turquía, España, entre otros.

Esta política de Estado se configura hoy como un régimen de apropiación/extracción, gobernabilidad y territorialización basado en un estado de excepción (jurídico y de facto) de perfil primordialmente militar, que se organiza en torno a la hexada: reformismo neoliberal autoritario / violencia exacerbada / des-territorializaciones / minerías / despojo generalizado / administración de la precariedad.

El dramático colapso de la industria y de la renta petrolera, así como del Petro-Estado, junto a la descomunal corrupción, las tensiones políticas internas y los efectos de las sanciones impuestas por el Gobierno de los Estados Unidos (principalmente desde 2017), han fragmentado el extractivismo en el país, promoviendo una multiplicación de operaciones de extracción y despojo, en las cuales prevalece la minería como una actividad fundamental para la reproducción de estructuras de poder local y nacional.

Convertir a Venezuela en una mina

Esta situación determina esta política de Estado, la cual se expresa tanto en la programática formal del Gobierno de Maduro, como en la proliferación de minas irregulares que sostienen poderes locales vinculados a militares, gobernadores, alcaldes o funcionarios corruptos de alto nivel.

Respecto a lo primero, el Gobierno de Maduro ha insistido en la depredadora opción minera como la supuesta vía para ‘salir de la crisis’ y ‘diversificar la economía’. Dicha opción, que en un principio se orientaba al mega-proyecto del Arco Minero del Orinoco, se presenta en la actualidad como un más amplio y definido mapa minero (extracción metálica y no metálica), que ofrece al expolio prácticamente todo el territorio nacional. Sobre esto destaca la presentación en junio de 2019 del ‘Plan Minero Nacional 2019-2025’, que sistematiza, como nunca, la meta de recuperar y aumentar la “producción” a su ‘máxima capacidad’ de cuanto emprendimiento minero haya disponible en el país (oro, diamante, hierro, carbón, níquel, coltán, fosfato, feldespato, bauxita, mármol, granito, caliza, entre otros). Esto se da en el marco de una progresiva radicalización neoliberal (la que hemos llamado ‘El Largo Viraje’ 2014-2019) que desregula, flexibiliza y adapta crecientemente al país a las lógicas de ajuste y a los requerimientos de las corporaciones transnacionales.

Pero esta programática es apenas la fachada normativa y pseudo-institucional que busca recuperar y re-centralizar algunas rentas y excedentes que puedan oxigenar las precarizadas arcas gestionadas por el Poder Ejecutivo, mientras que se presenta una vitrina minera para ahora sí ofrecer las verdaderas ‘oportunidades de negocios’ para el capital transnacional (Plan Minero dixit). Detrás de esta fachada se revela el que es hoy, el extractivismo realmente existente: se multiplican minas y operaciones de extracción a lo largo y ancho de toda la geografía nacional, extracciones absolutamente arbitrarias, irregulares, atravesadas por la corrupción, el pillaje y la ilegalidad. Areneras que tienen a pobladores locales bajo amenaza; militares sacando carbón vegetal para su comercialización; total complicidad e incluso direccionalidad de funcionarios del Estado en la extracción ilegal de oro en la región Guayana; emprendimientos devastadores y sin ningún control, como el de la minería de arenas en el río Turbio; u otros que emergen bajo las sombras y en el secretismo y que generan conflictos con las poblaciones locales, como el ya conocido caso de las iniciativas de minería de cal y feldespato en el Cerro La Vieja. Son apenas ejemplos de una oleada extractiva que apunta a convertir a Venezuela en una mina.

El asalto a la tierra/territorio y la política del más fuerte

Sin embargo, y como ya mencionamos, no se trata sólo de la apropiación minera. La política del saqueo es integral en la medida en la que se orienta, por un lado, de acuerdo al valor y la vocación que puedan tener las tierras (agrícola, maderera, ganadera, turística, etc); y por el otro, al control y dominio territorial. Ambos factores (tierra/territorio) están políticamente entrelazados. Esto nos señala al menos tres cosas fundamentales e interrelacionadas que vale la pena destacar:

a) esta política constituye el marco de la violenta arremetida de persecución y despojo sistemático de tierras que se está produciendo en la actualidad contra los campesinos del país, con el fin de favorecer a viejos y nuevos latifundistas. La Plataforma de Lucha Campesina, organización en la que confluyen diversas agrupaciones del campo venezolano, y que ha ocupado recientemente las instalaciones del Instituto Nacional de Tierras en Caracas, ha señalado más de 100 casos de estos despojos e irregularidades que favorecen al latifundio, además del acoso, la criminalización y la judicialización que están sufriendo los pequeños productores. Lo más grave es que no se ha hecho justicia hasta hoy ante los más de 350 campesinos asesinados durante el proceso bolivariano, lo cual en cambio se ha agravado en los últimos doces meses, donde han sido ultimados 25 campesinos –6 de ellos el pasado 27 julio en el estado Barinas;

b) ante el colapso de la renta petrolera, es importante insistir en que el conflicto no se define simplemente por los recursos y el saqueo per se, sino fundamentalmente por una política que busca establecer un modo de gobernanza configurado en torno a estas lógicas del pillaje. Esto implica que para los actores que persiguen la hegemonía, no basta la apropiación económica, si no se establece el régimen de dominación política. Todo esto revela la necesidad por parte de estos actores de asentar geográficamente el poder y, por tanto, muestra el trasfondo de disputas por los territorios;

c) ante la debilidad del Estado venezolano, esta fase predatoria del extractivismo está siendo determinada por las lógicas de la imposición del más fuerte, lo que configura a su vez un escenario abierto de conflicto, determinado en muy buena medida por lógicas de guerra. Esto es muy significativo porque hace que, de hecho, el punto de partida de la política sea la extra-legalidad, la excepcionalidad. O para decirlo en otras palabras, las prácticas criminales, al menos en sentido estricto, penetran profundamente la política de Estado y atraviesan determinantemente el estado de la política hoy.

Violencia sistemática en expansión y federación del saqueo

En esta fase predatoria del extractivismo en Venezuela, la violencia juega un rol central. Es la mediación política principal. Violencia exacerbada, masiva, sistemática. Violencia acompasada con los nuevos tiempos para América Latina y las crecientes tensiones geopolíticas. Violencia transversal, que determina tanto la política de Estado como el estado de la política.

El Gobierno de Maduro escala cada vez más en el despliegue cuantitativo y cualitativo de la violencia. Todo este avance de la acumulación por desposesión se viene haciendo bajo una intensa represión –fundamentalmente contra los grupos sociales que ofrezcan resistencia– en la cual podemos destacar el rol de los cuerpos de seguridad especiales (como es el caso del FAES) o de grupos para-estatales o para-policiales diversos, muchos de ellos denominados mal llamados ‘colectivos’. El FAES (iniciales de Fuerzas de Acciones Especiales) está siendo empleado para numerosas operaciones de contención de la protesta en el país, por medio de procedimientos militares y actuando como un ejército de ocupación, con formatos de ataque letal mediante los cuales realizan ejecuciones extrajudiciales. Estos cuerpos de seguridad no distinguen si sus objetivos son ‘opositores’ al gobierno o chavistas que lo apoyan, como se dio con el desalojo violento de campesinos chavistas que intentaban recuperar sus tierras en el estado Guárico y la retención del vocero campesino Jesús Osorio. Por otro lado, el papel de los grupos armados para-estatales, que pueden ser provenientes de organizaciones políticas, funcionarios vestidos de civil, hampa, policías, entre otros, ha sido primordialmente de amedrentamiento en las protestas de diverso tipo que se dan contra el gobierno.

El resultado de esto ha supuesto un acorralamiento de la ciudadanía y las organizaciones de base que protestan no sólo antes las muy precarias condiciones de vida actuales, sino también para aquellos que resisten a esta política del saqueo. Ejemplos de ello lo conseguimos en las resistencias del pueblo indígena pemón por la autodeterminación en sus territorios, con la consiguiente respuesta gubernamental de militarización, amedrentamiento, torturas, tratos crueles y degradantes e incluso el asesinato de integrantes de este pueblo; en la situación de acoso y criminalización que, sea por acción u omisión, se produce contra las comunidades yukpa familiares de Sabino Romero y Carmen Fernández; en la criminalización del movimiento campesino por parte de voceros gubernamentales; o en la voraz cooptación de comunidades indígenas para que aprueben el Arco Minero del Orinoco, aprovechando su muy precaria situación humanitaria; entre otros.

Pero como ya se ha dicho, todo esto se solapa con la violencia generada desde los actores que operan más allá del régimen formal: bandas criminales locales controlan, con formas de violencia extrema, buena parte de las minas de oro del sur venezolano; grupos armados vinculados a los poderes del latifundio son señalados por las organizaciones campesinas como los responsables del asesinato de decenas de sus integrantes; disidentes provenientes de las FARC penetran territorios venezolanos, dedicándose a actividades delictivas; del mismo modo,integrantes del ELN operan en territorio nacional, incluyendo en las minas; paramilitarismo colombiano ejerce la fuerza en numerosos territorios fronterizos del país, interesados tanto en el contrabando transfronterizo, como en el posicionamiento colombiano/estadounidense en territorio venezolano; y diferentes formas del crimen organizado transnacional y el narcotráfico, siendo este último el encargado de mantener y controlar las rutas de tránsito de la droga hasta los puntos de desembarco regional. Cabe destacar que, el contrabando transfronterizo es muy significativo (principalmente hacia Colombia) y que fomenta que los commodities extraídos en Venezuela (madera, gasolina, cultivos como la palma aceitera, especies protegidas, etc.) sean mejor vendidos en el país vecino, dado las enormes diferencias existentes entre el valor del bolívar y el peso colombiano (o el dólar).

Sobre todo lo dicho, es fundamental destacar al menos tres cosas: una, que si bien muchos de estos grupos están en confrontación y rivalizan entre ellos, otros más se articulan y cooperan mutuamente en pro de intereses particulares. Esto hace estallar la limitada interpretación de la polarización política que sólo ve disputas entre chavistas y opositores, o bien entre Venezuela y el Imperio estadounidense. El entramado del conflictivo escenario político venezolano es mucho más complejo y movible que eso.

Dos, que la frontera entre lo legal y lo ilegal, entre lo formal y lo informal, se ha hecho en extremo borrosa, y antes que ser sólo una condición anormal, se ha vuelto la normalidad. El caso venezolano revela como la extra-legalidad es la norma y es el factor determinante del extractivismo realmente existente. El Arco Minero del Orinoco es un ejemplo emblemático de ello.

Tres, que estas dinámicas descritas son multi-escalares, fluidas y transfronterizas, en la cuales, las disputas territoriales e intereses locales, que tienen sus propias particularidades, dinámicas y tiempos, se articulan con poderes de más amplia escala, como los gobiernos locales o regionales, el Poder central estatal, las corporaciones transnacionales, las potencias imperiales, los mercados y rutas transfronterizas, el crimen organizado transnacionalizado, entre otros. En el caso venezolano, la precariedad estatal y la diversidad de actores en disputa ha configurado un mapa de coaliciones de poder que, por un lado establece regímenes locales basados en concesiones otorgadas ‘desde arriba’, que sostienen la política del despojo; y por otro lado, conforma canales entre poderes que permite cierta transmisión de riqueza y poder hacia los precarizados mandos centrales o esferas de poder más altas. Todo esto ha generado la formación de una especie de federación del saqueo.

III. ¿Qué nos muestra Venezuela de este nuevo tiempo político en América Latina y el Caribe?

La derechización del Gobierno bolivariano y los lastres de la izquierda

El devenir del proceso bolivariano nos ha llevado hasta este desastre que se vive en el país, hasta este largo laberinto del cual aún se busca desesperadamente una salida. Así como es indiscutible que este ha sido un proceso muy conflictivo y que este terrible resultado ha sido también construido por otros actores políticos a parte del Gobierno bolivariano (poderes económicos locales tradicionales, partidos políticos de oposición nacional, derechas regionales, política exterior estadounidense, grandes capitales financieros transnacionales, etc.), del mismo modo es indiscutible que ha sido el propio Gobierno el principal responsable de esta situación, allanándose el camino a ella incluso desde el período de Chávez. No es posible eximirlo de este desastre, como tratan algunos. Pero incluso hay que señalar algo aún más grave: en el período de la Gran Crisis que se inaugura a partir de 2013/2014 hasta nuestros días, se genera un extraordinario despliegue de lógicas del saqueo y el desfalco impulsadas desde las estructuras de poder del Estado –que ya existían previamente y se señalan como una de las causas coyunturales de dicha crisis–, las cuales, ante la suma de intereses y circunstancias acaecidas, terminaron asentando la política del saqueo como sistema de gobierno. En el marco del proceso de descomposición política y derechización del Gobierno bolivariano, antes que poner en primer lugar la solución de la crisis, se ha priorizado el mantenimiento del poder a toda costa, por lo que se fue reorganizando conscientemente el extractivismo hacia esta forma predatoria, administrando la sociedad desde la precariedad y el estado de excepción militarista, con un alto componente criminal. El actual Gobierno de Maduro es absolutamente funcional al capital foráneo y la apertura de nuevos procesos de re-colonización, principalmente vinculados a China y Rusia, lo que no es del agrado del Gobierno de los Estados Unidos, que considera a Venezuela como parte de su patio trasero.

El caso de Venezuela ha sido muy sensible para las izquierdas en el mundo, para sus agendas, su legitimidad y reputación, que hoy se encuentran en un proceso de reflujo y estancamiento, mientras sectores de derecha y extrema derecha han crecido en la región. Sobre esto, de manera general pueden destacarse dos tensiones que evidencia el caso venezolano. La primera, señala que el proceso de derechización en Venezuela, antes que darse por la llegada de un nuevo Presidente de ‘derecha’ (como ocurrió en el caso argentino o brasilero), fue generándose desde el propio seno del proceso bolivariano, y sectores de las izquierdas tienen parte de responsabilidad en esto, al acordar que la política ‘correcta’ era no sólo apoyar y acallar sus críticas, ante el avance de casos de corrupción, errores de gestión y represión a organizaciones sociales, sino incluso señalar, criminalizar y tratar de neutralizar las críticas que otras izquierdas sí realizaron. Esto vuelve a evidenciar que la autocensura y el rol policial es un terrible camino para estos sectores ‘contra-hegemónicos’.

La segunda, y en relación a lo anterior, nos muestra que parte de las izquierdas no han sabido hasta hoy rechazar a un Imperio criminal como el de los Estados Unidos (y sus aliados), sin terminar dando sostén a un gobierno autoritario que, en nombre del ‘socialismo’ y la ‘revolución’, impulsa políticas neoliberales, saquea el país, favorece al capital transnacional, mientras persigue trabajadores, indígenas y campesinos. Los pueblos, en sus luchas concretas y anhelos emancipatorios, sencilla y lamentablemente no tienen sólo un enemigo.

Venezuela es un síntoma del nuevo tiempo latinoamericano

Pero, además de los debates en la izquierda ¿qué nos dice Venezuela de este nuevo tiempo político en América Latina y el Caribe? Una de las grandes preguntas que surgen es si esta fase predatoria del extractivismo es sólo la expresión de una crisis localizada y coyuntural, o si bien revela los factores constitutivos de un nuevo período histórico que se despliega en el siglo XXI.

Venezuela podría también ser vista, tal vez, como la más clara expresión de la crisis de la civilización petrolera. Si se quiere, también evidencia muy bien los probables escenarios (ya no tan futuros) del antropoceno: colapso energético, caos sistémico, migraciones masivas, disputas por los recursos, etc. Luego, podemos analizar en detalle la especificidad latinoamericana, y advertimos que en Venezuela lo que colapsa es precisamente una sociedad basada, con un alto sesgo, en el modelo extractivista/rentista/dependiente y lo que estallan son las contradicciones sociales, económicas, culturales, geográficas y políticas propias de nuestras sociedades periféricas (como la dependencia alimentaria, las desigualdades y marginación social, fuerte informalización de la economía, violencia endémica, expansión de la criminalidad, entre otras). Esto nos remite a pensar en dos factores: uno, ante la intensificación histórica de las contradicciones inherentes de nuestras sociedades, es necesario resaltar la inviabilidad de las economías dependientes y de cómo la apuesta extractivista/rentista es más riesgosa y nos va a salir cada vez más cara. Dos, ya es por tanto, una cuestión de sobrevivencia comenzar un tránsito post-extractivista y post-capitalista en la región, que incluya además elementos de adaptación y resiliencia ante los tiempos por venir (ej. el cambio climático). Lamentablemente, caminamos en sentido contrario.

Otro elemento a evaluar es el problema de la derechización. La del Gobierno bolivariano no está desconectada de la ola reaccionaria que tensiona al mundo. En este sentido, conviene más analizar estos procesos de derechización como una reacción y síntoma de la crisis global; pero también cómo esta se refleja no sólo en los gobiernos o partidos contendientes, sino en diversos ámbitos de la vida socio-política. Las políticas de Donald Trump o la radicalización de la avanzada contra la Amazonía por parte de Bolsonaro, no son, en esencia, diferentes de la exacerbación del extractivismo en toda América Latina, de la política del saqueo del Gobierno de Maduro, o de la explosión del crimen organizado transnacional en nuestra región. Todos comparten lógicas de despojo altamente patriarcalizadas y autoritarias, que van extremándose tanto en las formas de violencia, en la devastación de la naturaleza, como en la asfixia a los ya precarios sistemas democráticos.

Así que, hay muchas más cosas que mirar además de los gobiernos, partidos y líderes políticos, cuando se trata de reflexionar sobre este nuevo tiempo en la región. Venezuela nos muestra que, desde las entrañas de los procesos también germinan formas de derechización. La gran expansión y creciente penetración de las economías ilícitas en los territorios y las prácticas sociales y comunitarias se replica en toda la región, con mucha fuerza en Centroamérica, Brasil, Colombia, México y Perú, y de manera creciente en Ecuador, Bolivia, Argentina, Costa Rica, Paraguay. Estas se conectan con los altos niveles de corrupción estatal de nuestros países y conforman coaliciones de poder, gobernanzas criminales, nuevas geografías del despojo. Transforman la fisionomía de los Estados latinoamericanos y de la política en general, los cuales están respondiendo con menos democracia y más militarización y estado de excepción. A eso nos enfrentamos.

¿Cómo nos enfrentamos a esto? Pueblos en movimiento, nuevas subjetividades y el horizonte de lo común en tiempos de tormenta

El escenario, como ya se evidencia, es bastante complejo y las preguntas son mucho más numerosas que las respuestas. Pero en todo caso, no nos conviene mirar solamente lo que domina, lo que agrede, lo que amenaza. Este nuevo tiempo político no lo define únicamente la violenta derechización. Hay que resaltar también aquello que se opone, que re-existe, que construye alternativas, que las transita en el ahora (por tanto, hablamos de cosas que van mucho más allá de los partidos de izquierda, o de si Cristina va a volver o no en Argentina).

El contagioso movimiento de mujeres que crece en varios rincones de la región; los ya numerosos procesos de consultas populares en Colombia (que se replicaron reciente y exitosamente en Ecuador); el movimiento campesino, las movilizaciones estudiantiles y la Minga indígena del Cauca, nuevamente en Colombia; los movimientos urbanos en Brasil (como el Movimiento Pase Libre); las múltiples movilizaciones y organizaciones sociales que han logrado neutralizar el conjunto de proyectos mineros en el Perú; el movimiento mapuche de recuperación de tierras, en Temuco (Chile); o la Marcha Campesina y la Plataforma de Lucha Campesina que en Venezuela, desde el año pasado, se ha movilizado, ocupando instituciones y por la recuperación de tierras, generando solidaridades de otras organizaciones sociales y enarbolando su lucha contra el latifundio. Son algunos ejemplos. Muchos o pocos, fuertes o débiles, estables o efímeros, son estos movimientos el principal bien de re-existencia que tenemos en la región.

Pero además de ellos, emergen también múltiples formas de descontento, de rebeldía, de solidaridades en red, que tienen otros tiempos, otros códigos, otras definiciones. ¿Qué sujetos, qué potencialidades surgen de las sostenidas protestas que se desarrollan en Honduras al menos desde 2017? ¿Qué nuevas subjetividades aparecen de las protestas contra Daniel Ortega en Nicaragua? ¿Qué otras de las movilizaciones que derrocaron a Ricardo Roselló en Puerto Rico? ¿O qué podría emerger de un cierto desgaste de la polarización política en Venezuela, que ha abierto el camino a que actores políticos y organizaciones comiencen a establecer canales, puentes y alianzas para salir de la crisis?

Lo cierto es que existen nuevas subjetividades, otras formas de politicidad, expresiones de solidaridad que son más movibles que estables, que parecen no tener la ‘forma’ esperada y una más clara ‘definición ideológica’ para algunas izquierdas, por lo que no son consideradas como sujetos ‘válidos’ para una potencial transformación emancipatoria. El debate sobre el movimiento de los ‘Chalecos Amarillos’ en Francia ha expresado estas tensiones. Por otro lado, existen también contradicciones que, con la agudización de la crisis, se intensifican en el seno de las organizaciones sociales, lo que también se presenta como una tensión en la valoración sobre las potencialidades emancipatorias. Por ejemplo, numerosas comunidades del pueblo indígena pemón, en el sur de Venezuela, ha luchado férreamente por el derecho a la autodeterminación en sus territorios ancestrales. Mediante su lucha han logrado desplazar a bandas criminales y militares corruptos que en sus territorios practicaban la minería ilegal de oro. En su lugar, han ocupado las minas y reiniciado la actividad minera, con motobombas y mercurio, ahora para el usufructo de sus comunidades. Varias organizaciones sociales que acompañan a los pueblos indígenas los han apoyado.

Lo esencial de esta discusión es no sólo reconocer que el campo popular es contradictorio e híbrido, y probablemente lo sea cada vez más, sino que el propio antagonismo está en disputa (y en dicha disputa participan inclusive las derechas). Estas nuevas potencialidades, ¿a qué proyecto pueden tributar? ¿Es viable hoy un gran programa emancipatorio en el que confluya la enorme heterogeneidad de subjetividades que buscan un cambio? A parte de esta última gran pregunta, es claro que entre los retos fundamentales siguen estando las posibilidades de una articulación amplia en la diversidad, que logre sumar fuerzas lo suficientes para enfrentar tanto las fuerzas políticas conservadoras/reaccionarias como el sistema económico global, que funciona en múltiple escalas.

Lo único que nos queda es lo común: nuestra casa común, que abriga y envuelve la vida que nos hermana; nuestras memorias ancestrales, nuestro hacer para la reproducción de la vida, que sólo es posible, en su esencia socio-ecológica, si se construyen en colectivo. Si la depredación capitalista se radicaliza, parece necesario radicalizar la apuesta por lo común. Defendiendo lo común existente, las últimas fronteras materiales, culturales y espirituales de los pueblos; y retejer incesantemente en todo lo que ha sido desgarrado por esta lógica civilizatoria, pero también en todo lo nuevo que emerge, que es fluido, contradictorio, maleable, que migra y es nómada.

Si la palabra democracia aún tiene sentido, todo impulso emancipatorio ante y contra la hidra capitalista tiene que ser por más democracia, nunca por menos. Siempre más, más democracia. 

* Emiliano Teran Mantovani es sociólogo venezolano, miembro del Observatorio de Ecología Política de Venezuela e investigador asociado del Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes – Universidad Central de Venezuela).

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=259325

 

 

 

Alternativas emancipatorias

 

 

Reflexionemos, a fines del año pasado, los autores de la siguiente nota subrayan: La actual crisis planetaria posee una dimensión civilizatoria. Nunca tantos aspectos cruciales de la vida fallaron simultáneamente ni las expectativas sobre el futuro han sido tan inciertas. Los problemas ambientales son inocultables, no importa cuán poderosos sean los negacionistas. Tampoco es posible ocultar las enormes desigualdades socioeconómicas mundiales que crecen a medida que el “desarrollo” se extiende por todo el mundo como virus mutante. Esta crisis se ve y siente en todos los ámbitos: ambiental, económico, social, político, ético, cultural y espiritual.

 

La pandemia (en concierto con el acelerado curso de la crisis estructural del sistema mundo capitalista) ha vuelto más patentes a las consecuencias en todos los ámbitos de la acumulación oligopólica de riquezas y poder. De modo que crea la oportunidad de expandir la confianza en que:

 

¡Otros mundos son posibles!

El pluriverso ya respira...

10 de septiembre de 2019

 

Por Alberto Acosta, Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar y Federico Demaria

Rebelión

La actual crisis planetaria posee una dimensión civilizatoria. Nunca tantos aspectos cruciales de la vida fallaron simultáneamente ni las expectativas sobre el futuro han sido tan inciertas. Los problemas ambientales son inocultables, no importa cuán poderosos sean los negacionistas. Tampoco es posible ocultar las enormes desigualdades socioeconómicas mundiales que crecen a medida que el “desarrollo” se extiende por todo el mundo como virus mutante. Esta crisis se ve y siente en todos los ámbitos: ambiental, económico, social, político, ético, cultural y espiritual. Irónicamente, estas crisis son incluso alimentadas por las fuerzas de derecha para obtener el apoyo de los marginados, con imágenes falsas pero atractivas de cómo “el otro” -el inmigrante, por ejemplo- roba “nuestros” trabajos, recursos y felicidad. Resultado de este escenario convulso, la violencia y la represión envuelven y debilitan los procesos democráticos.

Poner fin a la búsqueda del “desarrollo” 1 no es fácil. Su lógica seductora está ampliamente internalizada. Las sociedades del Norte Global, que sufren los efectos del crecimiento industrial, fueron las primeras en aceptar el evangelio de un único camino hacia el progreso. El Sur emula al Norte, cautivado por sus deslumbrantes estilos de vida en un curso aparentemente imparable que trae cada vez más problemas sociales y ambientales. Siete décadas después de que el concepto de “desarrollo” fue puesto oficialmente en escena, el mundo entero está sumido en el “mal desarrollo”.

¿Qué le sucede a la vida misma? Paradójicamente el discurso del “desarrollo” solo consolida la crisis global. Esta crisis no es coyuntural ni manejable desde las instituciones existentes; más bien, es estructural e histórica. Por eso urge pensar y actuar más allá del desarrollo 2, buscando una profunda reorganización de las relaciones dentro y entre las sociedades, y de las relaciones entre la Humanidad y la Naturaleza, de las cuales somos parte. Se requiere una nueva versión de las instituciones a nivel global, nacional y local, pero este objetivo está más allá de las capacidades de los posibles administradores planetarios o los políticos de los estados nacionales. En cambio, la remodelación debe ser, y está siendo, impulsada desde diversos espacios comunitarios de base.

Estas reflexiones son la esencia de un nuevo libro, Pluriverse: A Post-Development Dictionary 3. La idea nació durante la Cuarta Conferencia Internacional de Decrecimiento en Leipzig. Luego de casi cinco años de intenso trabajo, ve la luz este libro compuesto por 110 entradas temáticas sucintas de autores y autoras de todos los continentes.

La presentación del libro corre a cargo de Wolfgang Sachs, editor del seminario Development Dictionary, publicado en 1992 4. En la primera sección: “Desarrollo y sus Crisis: Experiencias globales”, un autor de cada continente analiza críticamente los impactos del desarrollo en su región. Esto abre la puerta a la sección dos: “Universalizar la Tierra: Soluciones reformistas”, que revisa las soluciones tecnocráticas convencionales, gerenciales o de reparación mercantil a la crisis global que van desde la “agricultura climáticamente inteligente” hasta la “gobernanza del sistema terrestre” 5 y el “transhumanismo” 6. Estas entradas demuestran por qué las propuestas reformistas convencionales no resuelven los problemas socioambientales de la actualidad, sino que los exacerban en muchos casos, o en el mejor de los casos retrasan ligeramente los colapsos que se avecinan.

La sección tres: “Un pluriverso de los Pueblos: Iniciativas transformadoras” es el cuerpo principal del Diccionario que ofrece relatos de alternativas teóricas radicales, visiones espirituales y “formas de mundo”, prácticas cotidianas y sostenibles que ya están sucediendo en todo el planeta. 7

Esta pluralidad de alternativas habla desde los márgenes de la modernidad capitalista eminentemente colonial y patriarcal, tanto desde las periferias coloniales como metropolitanas 8. Desde el Norte Global, vienen los eco-socialistas, ecofeministas y académicos del decrecimiento 9, cada uno de los cuales ayuda a configurar un vigoroso movimiento de movimientos. Desde el Sur Global 10, destacamos nociones inspiradoras como Sumak Kawsay o Buen Vivir (buenos convivires) 11, Swaraj, Ubuntu, Commoning, Communality, Agaciro, Agdals, Hurai, Ibadism, Shohoj y más 12. El libro también incluye versiones socialmente críticas de las principales religiones del mundo.

El concepto de “convivencialidad” 13, promovido por Ivan Illich, es fundamental para construir comunidades que permitan a cada persona vivir creativa y autónomamente con tecnologías e instituciones que ellas mismas controlan. Otras iniciativas transformadoras globales son el Tribunal Internacional para los Derechos de la Naturaleza 14; u otro para el arbitraje de la deuda. Estas narrativas imaginativas se unen a la crítica y a la acción decidida. En conjunto, este Diccionario de Post-Desarrollo sugiere que las transiciones democráticas pacíficas se descubrirán a medida que las personas tejan viejas prácticas y nuevas ideas en un tejido global de alternativas.

Las mismas y viejas promesas políticas ya no son viables. Tampoco podemos confiar más en la “responsabilidad social empresarial”, las “burocracias eficientes” y la extensión liberal pluralista de los derechos a todos los sujetos, - “personas de color”, los ancianos, las personas con capacidades diferentes, las mujeres o los homosexuales, aunque necesario, es altamente inadecuado en la medida que son respuestas legalistas y no transformadoras. Igualmente, hay que superar la preservación de algunos espacios “prístinos” de Naturaleza, esto no tiene ningún efecto sobre el colapso mundial de la biodiversidad. La acción debe ir al centro de la crisis sistémica actual: la mezcla tóxica del capitalismo heteropatriarcal, la colonialidad, el racismo y la modernidad unidireccional con su inclinación infinita por el poder y la acumulación depredadora a costa de toda la vida en la Tierra.

Académicos, activistas, políticos, periodistas, jóvenes y todos quienes no cuestionan el actual sistema dominante, solo abren la puerta a más reencarnaciones del fantasma del “desarrollo”. Las medidas a corto plazo concebidas desde los pasillos del poder solo afianzan el statu quo Norte-Sur, el patriarcado, la colonialidad y la destructiva separación instrumental de la Humanidad y la Naturaleza. Las soluciones bien superficiales no abordarán la crisis global, se requiere de un horizonte postcapitalista y de postdesarrollo, con fuerte sentido de transformación cultural. Asimismo, se requiere una política adecuada para adentrarse en las raíces del sistema, cuestionando los supuestos centrales del discurso del “desarrollo”, como el crecimiento, la retórica del progreso, la racionalidad instrumental, los llamados mercados libres, el universalismo, el antropocentrismo, el sexismo, etc.

Una estrategia adecuada demanda una ética basada en la interdependencia relacional de todo lo existente. Abrazará la diversidad y la pluriversidad; autonomía y suficiencia; solidaridad y reciprocidad; bienes comunes y cuidado; la integración de la Humanidad con la Naturaleza: Derechos Humanos y Derechos de la Naturaleza 15; simplicidad y suficiencia; derechos y responsabilidades; sostenibilidad ecológica y democracia radical; paz y no violencia. Una estrategia adecuada se orientará hacia y se sustentará en los marginados, explotados y oprimidos. Las transformaciones y las transiciones demandan tiempo para integrar la multiplicidad de dimensiones: política, económica, social, cultural, ética y espiritual.

Los caminos hacia una biocivilización son múltiples. Se tienden puentes entre el Norte global (decrecimiento) y el Sur global (postextractivismo) 16. Así, el pluriverso ya es visible en las cosmovisiones y prácticas radicales de muchos grupos en todo el mundo. La noción de pluriverso cuestiona la supuesta universalidad de la modernidad euroamericana. Como lo expresó tan sabiamente el zapatismo en Chiapas, México, el pluriverso constituye "un mundo donde encajan muchos mundos". Exploramos e innovamos hacia un futuro donde todos los mundos (humanos y no humanos) pueden coexistir y prosperar en dignidad y respeto mutuos, sin un solo mundo “desarrollado” que viva a expensas de los demás mundos, como sucede tan cruelmente en nuestro tiempo.

El camino hacia esta complementariedad es largo, pero estamos en marcha, como sugiere la alianza internacional de movimientos por la justicia social y la ecología. Es posible deducir, desde las acciones de muchos movimientos de mujeres, etnias, indígenas, trabajadores y trabajadoras, así como campesinas y campesinos, una convergencia creciente. La posdata del libro describe uno de esos intentos como un “Tejido Global de Alternativas” (Global Tapestry of Alternatives) 17, que poco a poco va surgiendo, un potencial de autoorganización, una miríada de movilizaciones y prácticas emergentes de muchas regiones del mundo.

Como Arundhati Roy anunció proféticamente, hace más de una década: “Otro mundo no solo es posible, él está en camino; en un día tranquilo, puedo escuchar su respiración”.

Notas: 

 

1  Arturo Escobar (2011), Encountering Development The Making and Unmaking of the Third World , Preinceton University Press. https://press.princeton.edu/titles/9564.html

2  Varios autores y varias autoras (2012) en Miriam Lang, y Dunia Mokrani (coords.), Más Allá del Desarrollo, Abya Yala y Fundación Rosa Luxemburg, Quito. http://www.rosalux.org.mx/docs/Mas_alla_del_desarrollo.pdf

3 Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria, Alberto Acosta (editores) (2019), Pluriverse: A Post-Development Dictionary. Nueva Delhi: Tulika Books and AuthorsUpFront, http://www.radicalecologicaldemocracy.org/pluriverse/

4 Wolfgang Sachs (editor) (1996), Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder, PRATEC, Perú (primera edición en inglés en 1992), http://www.uv.mx/mie/files/2012/10/SESION-6-Sachs-Diccionario-Del-Desarrollo.pdf

5  About the Project http://www.earthsystemgovernance.org/about-the-project/ 

 

6  Transhumanism And The Future Of Humanity: 7 Ways The World Will Change By 2030http://www.forbes.com/sites/sarwantsingh/2017/11/20/transhumanism-and-the-future-of-humanity-seven-ways-the-world-will-change-by-2030/#72ddbc277d79

 

7  Open Democracy - Latin America in a post-development era: an interview with Arturo Escobarhttp://www.opendemocracy.net/en/openeconomy/latin-america-in-post-development-era-interview-with-artu/

8  Consultar, por ejemplo, Degrowth in Movement (s), https://www.degrowth.info/en / dim / degrowth-in-movement / o Radical Ecological Democracy http://www.radicalecologicaldemocracy.org/

9 D’alisa, Giacomo, Frederico Demaria, y Giorgios Kallis (coords.) (2015), Decrecimiento. Vocabulario para una nueva era, Barcelona, ICARIA.http://www.researchgate.net/publication/327601236_Decrecimiento_Vocabulario_para_una_nueva_era 

10  Open Democracy - Global South, beyond the Statehttp://www.opendemocracy.net/en/democraciaabierta/global-south-beyond-state/

11  Alberto Acosta (2017), “Los buenos convivires: Filosofías sin filósofos, prácticas sin teorías”http://periodicos.uern.br/index.php/trilhasfilosoficas/article/view/3070

12  Consultar entre muchas otras fuentes en The Guardian la multiplicidad de proyectos existentes en el mundo: http://www.theguardian.com/sustainable-business/2015/jul/21/capitalism-alternatives -sustentable-desarrollo-fallando

13 Ivan Ilich (1978), La convivencialidad, Ocotepec, Morelos, México.http://www.ivanillich.org.mx/convivencial.pdf

14  Esperanza Martínez y Alberto Acosta (2017), Derechos de la Naturalezacomo puerta de entrada a otro mundo posible, Rev. Direito e Práx., Rio de Janeiro, Vol. 08, N. 4, http://www.scielo.br/pdf/rdp/v8n4/2179-8966-rdp-8-4-2927.pdf

15  Alberto Acosta (2019), “Sin derechos de la naturaleza no hay plenos derechos humanos”, Amnistía Internacional, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=257686

16  Alberto Acosta y Ulrich Brand (2018), Salidas del laberinto capitalista -Decrecimiento y Postextractivismo , Fundación Rosa Luxemburg, Quito http://www.rosalux.org.ec/pdfs/Libro-Salidas-del-Laberinto.pdf

17  Global Tapestry of Alternatives http://globaltapestryofalternatives.org/

Sobre la autora y los autores:

Ashish Kothari: Kalpavriksh and Vikalp Sangam in India, and co-editor of Alternative Futures: India Unshackled.

Ariel Salleh: profesora y activista australiana, autora de Ecofeminism as Politics y editora de Eco-Sufficiency and Global Justice.

Arturo Escobar: Profesor de la  University of North Carolina, y autor Encountering Development.

Federico Demaria: Research & Degrowth, Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental (ICTA), Departamento de Economía Aplicada, Universitat Autònoma de Barcelona (UAB); y International Institute of Social Studies (Holanda).Alberto Acosta: Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Expresidente de la Asamblea Constituyente: 2007-2008.

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=260254

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Una mirada global a la pandemia

desde los movimientos sociales.

Para no volver a la “normalidad”

 

En pocas semanas nuestra realidad ha sido alterada profundamente por una pandemia que afecta no solo a países empobrecidos, comunidades esquilmadas, y a una población excluida del gran capital internacional, sino que también está golpeando al protegido mundo occidental. Una nueva crisis global está presente, una “crisis sanitaria” que obliga a replantearnos nuestra mirada hacia una extraña normalidad de la violencia impune, la explotación laboral, de la desigualdad social, de la exclusión y el hambre, del éxodo forzado, de los desequilibrios territoriales y de la destrucción del ciclo de la vida de nuestro planeta.

 

Las luchas sociales y populares que acompañamos (https://www.entrepueblos.org/) siguen haciendo frente a esta crisis multidimensional que afecta a nuestro mundo del siglo XXI: una crisis sistémica, capitalista y financiera; una crisis alimentaria, ecológica, energética; una crisis de cuidados, de valores, cultural; una crisis de lo esencial, de los derechos humanos; que enmarcan esta emergencia sanitaria por la vida.

Este nuevo episodio de la crisis global que se evidencia en la pandemia del coronavirus que estamos viviendo, nos obliga a elaborar y poner en común algunas reflexiones para ahora, y para lo que pueda venir después. Con este propósito, os presentamos este nuevo encuentro virtual, en el que contaremos con:

 

Raul Zibechi, gran conocedor y cómplice de los movimientos sociales de América Latina, nos ayudará a analizar el contexto que estamos viviendo, y a conocer las experiencias de lucha y resistencia de organizaciones sociales rurales, indígenas, campesinas, y urbanas, que tratan de afrontar la pandemia construyendo alternativas que pongan la vida digna en el centro.

También participarán,

Annaïs Sastre. Activista de Arran de Terra y de l’Aresta, por la construcción de una Soberanía Alimentaria de los pueblos. Campaña #SOSCampesinado

Dolores Jacinto. Activista de la Asociación Intercultural de Profesionales del Hogar y Cuidados (AIPHYC). Campaña #RegularizacionYa

 

– Esta crisis nos recuerda lo evidente: que la alimentación es una necesidad y un derecho humano inaplazable. En este sentido el movimiento por la Soberanía Alimentaria supone una necesidad más evidente que nunca y, a la vez, un contrapoder a la normalidad. Es decir, trata de cuestionar las relaciones de poder establecidas (en el marco de la globalización neoliberal) en el que la alimentación, las personas, los animales, los bienes naturales y hasta la vida misma se mercantilizan. De modo que, existe la necesidad de otra mirada hacia lo local, lo común, hacia la identidad y diversidad de los pueblos, por la sostenibilidad del territorio y de la Tierra, que nos permita construir nuevas formas de producción agroecológica y de consumo responsable, defendiendo el derecho a vivir dignamente en nuestros territorios y en nuestros cuerpos. Y de recordar también que en estos días muchas cosechas están en riesgo de perderse por falta de mano de obra “extranjera” sobre-explotada.

– El capitalismo puede cerrar fábricas durante un tiempo, pero no puede permitirse cerrar los hogares, ni los trabajos de cuidados y de reproducción de la vida. El capitalismo necesita la vida, aunque la vida no necesita al capitalismo. Queremos visibilizar, en general, la feminización de los cuidados, generada por la división del trabajo patriarcal. Queremos visibilizar las cadenas internacionales de los cuidados, a estas personas que, en situaciones de exclusión, precariedad y explotación inhumana, propiciada por las leyes de extranjería, sostienen vidas de nuestras personas más dependientes. Rebelarnos contra la pobreza estructural normalizada y la exclusión social jerarquizada, que ponen de manifiesto la vulnerabilidad de una gran parte de la humanidad. Y resaltar la gravísima irresponsabilidad de las políticas neoliberales que se han desarrollado durante décadas con la privatización y/o desmantelamiento de los servicios públicos, y la desprotección los bienes comunes, contribuyendo más si cabe a acentuar esta emergencia global.

Los movimientos sociales, una vez más, son impulsores de iniciativas regeneradoras para garantizar la vida y construir alternativas a la crisis sistémica de un capitalismo que no respeta ni a las personas ni al planeta.

¡Cooperación solidaria ante la crisis del capitalismo global!

¡Por una Soberanía Alimentaria de los Pueblos!

¡Ninguna persona es ilegal!

Fuente: https://www.entrepueblos.org/news/una-mirada-global/

En consecuencia, abajo y a la izquierda coherente con la unión anticapitalista de las luchas por la justicia social y la ecológica, nos toca promover y reforzar (si ya existe) el protagonismo de los pueblos en: "abrir cauces post-extractivistas y de relocalización de los servicios y de la producción, cambiando los patrones de consumo en función de convivialidades que alegren y completen la existencia. Ruralizar las ciudades para construir y recuperar relaciones de convivialidad que irán de la mano con la ampliación de la agroecología con el fin de alcanzar la soberanía alimentaria. La redistribución del ingreso y de la riqueza es fundamental, complementándole con el control democrático de la sociedad sobre la organización del trabajo recuperando el ocio emancipador como un derecho. Cabe pensar inclusive en diversas opciones de participación en un contexto internacional puestas en marcha desde lo local, y no desde la perspectiva global de los intereses de las empresas transnacionales o de los centros de poder político mundiales. Enfrentar el colapso climático demanda por igual muchas acciones de conservación, teniendo siempre en cuenta que la justicia ecológica camina de la mano de la justicia social, y viceversa. A partir de la vigencia plena de los Derechos de la Naturaleza emerge como una demanda urgente la desmercantilización de la Naturaleza, que debe venir acompañada del fortalecimiento de los bienes comunes, como pasos indispensables para superar el antropocentrismo y el individualismo. Desmontar el militarismo y las estructuras represivas es otro de los ineludibles quehaceres".

 

Reflexionando para salir de

la trampa de “el desarrollo”

De las teorías de la dependencia

al Buen Vivir

 20 de julio de 2020

 

Por Alberto Acosta (Rebelión)

Prólogo al libro «Pensamiento crítico latinoamericano sobre desarrollo».

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“Tras larga observación de los hechos y mucha reflexión, me he convencido que las grandes fallas del desarrollo latinoamericano carecen de solución dentro del sistema prevaleciente.  Hay que transformarlo. El sistema presenta serias contradicciones: prosperidad, y a veces opulencia, en un extremo, persistente pobreza en el otro.  Es un sistema excluyente.”

 Raúl Prebisch. Capitalismo periférico: crisis y transformación (1981)

Aceptémoslo, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial la búsqueda de “el desarrollo” -hijo predilecto del así llamado progreso- convocó a la cruzada más potente en la que ha participado la Humanidad, hasta ahora. Nunca antes tantas personas y tantos gobernantes, desplegando tantos recursos y utilizando tanto tiempo, se han movilizado con tanta intensidad y tanta constancia, detrás de un objetivo asumido casi como mandato global, como lo es todavía “el desarrollo”. Siendo generosos en nuestra conclusión, los resultados de tanto esfuerzo son lamentables. No solo que desde el inicio comenzaron a aflorar las dificultades, sino que “el desarrollo”, como se comprueba cada vez más, no existe… Y lo que es aún más grave, en este empeño no solo que se atropellaron comunidades y territorios, sino que se minimizaron o inclusive se destruyeron visiones y subjetividades que habrían constituida bases para otros paradigmas y otras evoluciones. Y no solo eso, “el afán del desarrollo ha favorecido la brutalidad”, en tanto justifica “el colonialismo, el neocolonialismo y el neoliberalismo”, como anota el nigeriano Nnimmo Bassey.

Este es el punto de partida de estas reflexiones.

La ilusión del “desarrollo” duró poco

Escaso tiempo duraron las expectativas que despertó el discurso del presidente Harry Truman de los Estados Unidos frente a la nación, pronunciado el 20 de enero de 1949. Este mandatario, en el Punto Cuarto de su alocución, propuso un objetivo: el “desarrollo”. Truman llamó a superar la situación contraria: el “subdesarrollo”, presente -de acuerdo a su visión- en amplios ámbitos del planeta, teniendo como horizonte movilizador el “desarrollo” de los grandes países industrializados, sintetizado en el american way of life, cargado de una cantidad enorme de valores de la ilustración europea.

A poco de dicho mensaje tan movilizador, en el trajinar de la realidad concreta, cuando los problemas del “subdesarrollo” (una constatación) nos e resolvían, comenzaron a minar la fe en el “desarrollo” (una aspiración). Así, en la medida qiue sus primeras políticas y ejercicios teóricos habcían agua, se comenzó a buscar frenéticamente alternativas… de “desarrollo”. En el camino –como acertadamente acotó Aníbal Quijano- se le puso apellidos al “desarrollo” para intentar darle un carácter diferente. Pero, aun así, se siguió con la brújula puesta en el “desarrollo”. Los apellidos se multiplicaban a la par que emergían las complicaciones: “desarrollo” económico, social, local, global, rural, sustentable, étnico, a escala humana, endógeno, con equidad de género, transformador, incluyente… “desarrollo” al fin y al cabo. Al “desarrollo” -devenido en una creencia nunca cuestionada- simplemente se le redefinió destacando tal o cual característica. Las críticas nunca fueron al “desarrollo”, sino sobre los caminos a seguir para alcanzarlo.

En este empeño América Latina jugó un papel destacado en todos los ámbitos. Fue en especial importante su aporte en generar revisiones contestatarias al “desarrollo” convencional, como fueron las lecturas del estructuralismo o los diferentes énfasis dependentistas, hasta llegar a otras posiciones más recientes, como el neoestructuralismo. Sus críticas fueron contundentes. Sus propuestas, sin embargo, no prosperaron ni tampoco se atrevieron a ser más que alternativas de “desarrollo”.

La lectura de esta evolución debería hacerse teniendo en el escenario los complejos vaivenes de la vida política internacional y regional, destacando que este empeño arrancó en las primeras horas de la Guerra Fría pasando por las repercusiones que provocó el informe Medows (Los Límites del Crecimiento), incorporando los impactos de la caída del muro de Berlín y más allá. Sin adentrarnos en los meandros de esa evolución por falta de espacio, a la postre sabemos que todos los esfuerzos por mantener vivo al “desarrollo” no dieron, ni van a dar los frutos esperados. De suerte que la confianza en el “desarrollo” -en tanto proceso planificado- para superar el “atraso”, se resquebrajó ya en los años setenta del siglo pasado, con el fracaso de la “industrialización vía sustitución de importaciones”.

En ese momento histórico “retornó el liberalismo”, como decía Raúl Prebisch. Con las reformas de mercado neoliberales, la búsqueda planificada y organizada del “desarrollo” (que siempre estuvo en función de los intereses del gran capital) -en estricto sentido teórico- debía ceder paso a las “todopoderosas” fuerzas del mercado. Así pasó a dominar una suerte de política no planificadora del “desarrollo” (también en función de los intereses del gran capital). El “desarrollo” debía aparecer por generación casi espontánea, siempre que el Estado no interfiera “perniciosamente” ni limite la libertad del mercado; una propuesta que obviamente devino en entelequia. No podemos olvidar que el Estado -atado por diversas normativas aperturistas y liberalizadoras emanadas de los centros del capitalismo mundial y por cierto controlado por los grupos más poderosos de cada país- actuó, una vez más, como la mano visible del sistema capitalista, es decir como garante de la acumulación del capital. Esta aproximación liberal, además, no implicó superar la ideología del progreso -de raigambre colonial-, sino todo lo contrario: el neoliberalismo reprodujo y reproduce una mirada remozada de las viejas perspectivas hegemónicas del Norte global.

Los resultados de tantos esfuerzos, a más de siete décadas del pistoletazo de partida de esta alocada carrera, están a la vista. No se pueden negar los avances materiales en las condiciones de vida de amplios segmentos de la población, pero la promesa de erradicar la pobreza, el hambre, la desnutrición, las enfermedades evitables y la falta de educación son aspiraciones imposibles de cumplir para las grandes mayorías. Las ilusiones de un consumismo generalizado se ven desmentidas por frustraciones crecientes al ritmo que crecen las distancias entre las minorías privilegiadas y las grandes masas de la población. Con la ampliación de los extractivismos se profundizan dichos problemas apenas esbozados, al tiempo que se agudiza la dependencia de estas economías primario exportadoras de la economía mundial. En ese entorno, como consecuencia misma de dicha evolución, crecen las desigualdades y las violencias, que a su vez asoman como condición necearia para sostener ese círculo perverso acelerado por la propia búsqueda del “desarrollo”. 

Estas realidades y estos problemas son ya inocultables, tanto que incluso quienes propiciaron con entusiasmo “el desarrollo” están cada vez más plagados de dudas; basta anotar que la misma CEPAL (Comisión Económica para América Latina) dice que “el desarrollo” está agotado, según su secretaria ejecutiva; ella va más allá y es categórica al afirmar que el extractivismo, también está acabado (Entrevista Diario El País, España, 7.02.2020).

En este contexto se acepta cada vez más que la búsqueda del “desarrollo” se ha transformado en una carrera inútil. Incluso se entiende que los países considerados como “desarrollados” en realidad están maldesarrollados: viven más allá de sus capacidades ecológicas, no han construido sociedades equitativas, la acumulación de bienes materiales no va de la mano de una mayor felicidad… y no solo eso, esos países están entrampados en estilos de vida social y ambientalmente insostenibles, a más de irrepetibles a nivel global: “un modo de vida imperial” -en palabras de Ulrich Brand y Markus Wissen- apuntalado por la expoliación imparable e irrepetible a escala planetaria de seres humanos y Naturaleza. Proceso explicable porque el propio capitalismo es maldesarrollador.

El reto está planteado. Cada vez es más evidente que hay que transitar hacia opciones post-desarrollistas. Se precisa, entonces, suspender la alocada carrera detrás de “el desarrollo” y abrir la puerta a propuestas y prácticas alternativas existentes en diversas partes del planeta, recuperando sobre todo aquellas propias del Abya-Yala, Nuestra América.

Las potentes, a la par que insuficientes, reflexiones dependentistas

En América Latina, como lo anotamos al inicio de este texto, casi desde el inicio de la mencionada cruzada, emergió un vigoroso pensamiento crítico. Pronto se entendió que la modalidad de acumulación primario exportadora consolida la dependencia, al tiempo que ahonda y explica el subdesarrollo. Aceptando las lecturas legadas por Carlos Marx, se asumió la importancia que tiene el “modo de producción”, en tanto determina la organización del trabajo, incluso la ubicación geográfica y el conocimiento técnico en el uso de las fuerzas productivas, así como los medios y los procesos técnicos empleados. El modo de producción capitalista periférico, que encuentra su mayor expresión en la modalidad de acumulación primario-exportadora dominante en estos países, fue y es un factor determinante de las estructuras económicas, sociales e inclusive políticas. Más aún, de esta modalidad de acumulación se derivan influencias culturales, que pueden entenderse hasta como aberraciones como lo es, por ejemplo, una suerte de ADN extractivista enquistado en estas sociedades: amplios segmentos de la población -incluso ciertos intelectuales y políticos que reniegan del capitalismo- asoman atrapados en las (i)lógicas extractivistas y, además, con sus discursos y políticas persiguen sin tregua el fantasma del “desarrollo”.

Esta realidad recibió oportunamente una respuesta teórica por parte de muchas personaspreocupadas por la situación de estancamiento socioeconómico y demás problemas cíclicos y estructurales de la región. Recordemos -con el riesgo de que valiosos pensadores y pensadoras se queden fuera- a Raúl Prebisch, Aníbal Quijano, Paul Baran, Agustín Cueva, Celso Furtado, Ruy Mauro Marini, André Gunder Frank, Theotônio Dos Santos, Osvaldo Sunkel, Aníbal Pinto, Enzo Faletto, Fernando Henrique Cardoso, Fernando “El Conejo” Velasco, entre otras. Con sus lecturas establecieron las bases para comprender la dualidad centro-periferia. De allí surgieron las teorías sobre los sistemas-mundo. Demostraron que la economía mundial posee un diseño desigual y perjudicial para aquellos países que desde las metrópolis se los veía como no-desarrollados (sus antiguas colonias). A estos países, como se sabe, se les asignó un papel periférico de producción de materias primas, en tanto que las decisiones fundamentales se adoptan en los países centrales, enfocados en la producción industrial de alto valor agregado: los países centrales no solo que captan las ventajas de sus innovaciones tecnológicas, sino que también lo hacen de las innovaciones que puedan surgir en la periferia, como anotó Raúl Prebisch. Esta realidad consolidó un sistema basado en el intercambio desigual de origen colonial; lo que significa, para ponerlo en esas potentes palabras de Eduardo Galeano:

“La división internacional del trabajo consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo, que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó sus funciones. (…) la región sigue trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio de las necesidades ajenas, como fuente de reservas del petróleo y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café, las materias primas y los alimentos con destino a los países ricos que ganan consumiéndolos, mucho más de lo que América Latina gana produciéndolos”.

Esta relación centro-periferia produce y reproduce la subordinación de nuestras economías a las metrópolis.

Las propuestas para enfrentar esa dura situación, es decir para que esos países puedan entrar en una senda de “desarrollo sostenido”, empezaban por cuestionar esta forma de inserción dependiente. Era necesario, argumentaban, que se construya cierta autonomía para el desenvolvimiento de las fuerzas productivas a través –por ejemplo- del proteccionismo para la naciente industria vía sustitución de importaciones. Adicionalmente se planteaba la necesidad de un proceso profundo de cambio de las caducas estructuras sociales y productivas existentes, empezando por romper el poder oligárquico de los terratenientes, entre otros puntos. La consolidación de mercados regionales integrados completaba estas reflexiones. Y había clara conciencia, como lo anotó Raúl Prebisch, que “detrás del mercado, así como en el desenvolvimiento del Estado, están las relaciones de poder que configuran las grandes líneas de la distribución”.

Por cierto, estos pensadores, en su mayoría, negaban o simplemente desconocían el potencial de valores, experiencias y prácticas del mundo indígena; es más, no faltaban quienes consideraban que esa realidad del mundo indígena era un obstáculo para el “desarrollo”. ¿Esa marginación no es otro de los lastres agravado por la búsqueda del “desarrollo”?

Por otro lado, la consecuencia de dicha inserción es la especialización productiva subordinada, la heterogeneidad estructural del aparato productivo y el desenvolvimiento desigual de las distintas regiones de estos países, con sociedades cada vez más desiguales ye inequitativas, en marcos institucionales signados por una gran inestabilidad política. Algo que se profundiza cada vez más con el actual extractivismo galopante, en un ambiente de creciente globalización, cabría añadir.

Estas aproximaciones teóricas, muchas veces producto de la lectura acertada de la realidad regional en décadas precedentes, cristalizaron la propuesta de crecer hacia adentro con la mencionada industrialización vía sustitución de importaciones. Esto no significó que la exportación primaria haya de sacrificarse para favorecer el desarrollo industrial. Se planteó una complementariedad, es decir el procesamiento nacional de dichos recursos (que en la práctica se dio de forma muy marginal). Mientras que el financiamiento de dicho proceso de industrialización se aseguraba vía ingresos obtenidos con el extractivismo.

Pronto afloraron los límites de estas propuestas. La industrialización vía sustitución de importaciones, defendida especialmente por la CEPAL, se saturó por la estrechez del mercado interno (caracterizado por graves inequidades de ingreso y riqueza, que no fueron enfrentadas por los esquemas desarrollistas propuestos) y por los fuertes desequilibrios en la balanza de pagos provocados por la creciente tendencia a importar maquinaria, insumos y tecnologías para la naciente industria (tendencia que se mantiene). En esta época –a pesar de los esfuerzos para sustituir importaciones- no se logró frenar la compra en el mercado mundial de bienes de consumo para las élites y los crecientes sectores medios, a la vez que la industria no ofreció bienes de consumo para las grandes masas de la población. Todo esto ahondó la ya de por sí creciente desigualdad y marginación social. Al final el proyecto desarrollista, de cuño nacionalista, acabó siendo apropiado por las empresas transnacionales y sus intereses. Algo que se repite de alguna manera en la actualidad, con creciente influencia china.

Lo que sí quedó claro en ese entonces es que el subdesarrollo no es una fase previa o una etapa anterior al desarrollo, sino un producto histórico del colonialismo y del capitalismo, como lo anotó oportunamente Paul Baran. De allí surge la dependencia, como rasgo distintivo de los países capitalistas subdesarrollados, y que tiene su origen en el carácter de las relaciones económicas internacionales que frenan el “desarrollo”. Así el concepto de dependencia, con indudable validez en la actualidad, surge en rechazo de la teoría dominante del beneficio mutuo que se obtendría de participar en el mercado mundial exportando materias primas. En síntesis, el mercado mundial capitalista asomaba como un obstáculo para el “desarrollo”, sobre todo por el intercambio desigual que lo sostiene.

Lo curioso es que estos tratadistas dependentistas presentaron una elevada similitud epistemológica con la teoría de la modernización propuesta por autores como Walt Whitman Rostow, al utilizar el mismo marco determinista que en realidad no trataban de superar. Lo que para unos generaba crecimiento y “desarrollo” para otros creaba pobreza y subdesarrollo. Su análisis determinista, les conducía, muchas veces, a una visión catastrofista de los cambios en el mundo subdesarrollado: las transformaciones en los países subdesarrollados eran meros productos del colonialismo y del imperialismo. Su catastrofismo derivaba de su insistencia en los factores inhibidores del crecimiento sin conceder la debida atención a otros posibles impulsos positivos existentes en sociedades tan diversas y abigarradas, e incluso en el exterior.

Sin minimizar la vigencia de muchos de los aportes de las teorías de la dependencia, hay que resaltar su alto grado de indefinición del concepto de “desarrollo”. Tendían a confundir los efectos del “desarrollo dependiente” con los inconvenientes de cualquier proceso de desarrollo capitalista (en el centro o en la periferia). No cuestionaban la idea-fuerza del “desarrollo” y el progreso. Igualmente ignoraban -o incluso despreciaban- otras formas de hacer economía y otras formas de organizar la sociedad, que estaban, por decirlo figurativamente, a la vuelta de la esquina: el Buen Vivir o sumak kawsay.

Los inútiles esfuerzos del desarrollismo “progresista”

A pesar de tener conciencia de los problemas señalados, en América Latina durante el siglo XXI, todos los países sostuvieron e inclusive ampliaron su vinculación dependiente con el mercado mundial. Algo por lo demás entendible en los países con gobiernos neoliberales. Si sorprende esta situación en los países con gobiernos “progresistas”.

Este es un punto medular para entender inclusive la profundización de la modalidad primario exportadora, como producto de las políticas desarrollistas de los gobiernos “progresistas”. Estos gobiernos siguieron buscando “el desarrollo”, sin hacer el más mínimo esfuerzo para siquiera sacar lecciones de las ricas experiencias acumuladas en la región en décadas anteriores; enseñanzas que bien pudieron servir para construir procesos que permitan al menos empezar a transformar la matriz productiva.  Las críticas y las propuestas de cambio, los grandes debates de esas épocas, como el de Agustín Cueva con Ruy Mauro Marini o el de Celso Furtado con André Gunder Frank, para mencionar apenas un par, nunca fueron interiorizados. Y lo que es más grave, sobre todo en los casos boliviano y ecuatoriano, no se intentó entender y asumir el potencial de las propuestas con elevado contenido para un profundo cambio civilizatorio provenientes de las culturas indígenas.

Así, con estos gobiernos del “progresismo”, que no pueden ser simplemente asumidos como de izquierda, no prosperaron cambios estructurales sustantivos. En síntesis, no consiguieron una sustancial mejoría en lo relativo a su autonomía: sus economías siguen atadas a las fluctuaciones del mercado mundial, de la dependencia europea y norteamericana cada vez más a la dependencia china. Así, no sorprende que estas economías, con el fin del “consenso de los commodities”, como lo calificó Maristella Svampa, una tras otra, hayan caído nuevamente en situaciones de crisis.

Así las cosas, el excedente económico obtenido del boom de las materias primas -y también debido a las políticas económicas desarrollistas desplegadas- ha sido apropiado por el capital nacional y extranjero. Fue una gran masa de recursos que a la postre due desperdiciado en consumo improductivo por las élites y estratos medios, resultado de la misma inserción dependiente del mundo empobrecido en la economía mundial. A más del consumo que se satisface con importaciones, de la producción industrial que demanda maquinarias e insumos importados, el grueso del excedente real es transferido al exterior vía repatriación de beneficios de las inversiones extranjeras, fuga de capitales o pago de deuda externa; esto sin minimizar el peso de la corrupción.

La lista de temas no resueltos es larga. Aquí apenas un par. La reforma agraria -una necesidad imperiosa para los dependentistas- no fue asumida por los “progresismos”. La estructura de la producción -un tema destacado en el debate dependentista- no solo que no se transformó, sino que hay claras tendencias reprimarizantes. Tampoco la industrialización vía sustitución de importaciones tuvo lugar, pues lo que primó fueron planes de aumento de las exportaciones a través de exacerbados extractivismos. La integración -herramienta clave para conseguir “el desarrollo” desde la época de Prebish- no superó el ámbito de los sonoros discursos soberanistas con poquísimo contenido práctico….

El saldo es lamentable. El carácter monopólico y dependiente del sector industrial, que había emergido con la industrialización inducida, se mantiene inamovible; y, en términos relativos el sector industrial hasta se ha debilitado. Los extractivimos dominan cada vez más estas economías subordinando cada vez más territorios y actividades. No sorprende entonces que la modalidad de acumulación capitalista dominante se refleje en una distribución del poder, de la propiedad y del ingreso tanto concentradora como excluyente.

Así, la falta de transformaciones estructurales hizo que los grandes grupos económicos se beneficien de los “buenos años” de los altos precios de las materias primas en el mercado mundial mucho más que las clases populares, las que, hay que reconocerlo, también experimentaron alguna mejoría. Pero lo que interesa es que esos grupos de poder consolidaron, sobre todo, una gran concentración de medios de producción, obteniendo un poder político que incluso les permite seguir bloqueando cualquier transformación. Así surge una situación en donde el poder de los grandes grupos y la falta de transformaciones estructurales se retroalimentan, ya sea con mecanismos “legales” o “corruptos y corruptores”. Tal lógica perversa fue algo que el “progresismo” nunca afrontó -ni le interesó hacerlo- a pesar de todos los vientos que tuvo a su favor.

De hecho, entre los dispositivos que posee el capitalismo para construir hegemonía (sin legitimidad), está justamente la capacidad -en especial durante la etapa de auge del ciclo capitalista- de reducir la desigualdad del ingreso entre trabajadores (asociada a varios elementos coyunturales), sin tocar la desigualdad de la riqueza que poseen éstos y la riqueza que poseen las clases dominantes (asociada a aspectos estructurales). Tal capacidad se recoge en lo que Jürgen Schuldt llama la hipótesis del “hocico de lagarto”, según la cual es factible mejorar la distribución del ingreso a la vez que la “riqueza” se concentra cada vez más. Es decir, cuando hay importantes ingresos como los percibidos durante el “consenso de los commodities”, puede reducirse la pobreza sin afectar a los ricos, aumentando la equidad coyuntural entre hogares trabajadores sin cambiar las desigualdades estructurales que éstos enfrentan respecto a las clases dominantes. Por cierto, si la holgura en la cual el “hocico de lagarto” baja su mandíbula inferior -es decir, disminuye la desigualdad del ingreso- se combina con instituciones que inducen a que los trabajadores se preocupen más de su posición relativa entre ellos y olviden su posición absoluta ante los dueños del capital, entonces la hegemonía se consolida mucho más, algo aún más grave si la sociedad está embriagada -y corrompida- por las rentas extractivistas.

Así las cosas, si no hay cambios estructurales (es decir si no se transforma las estructuras económicas para romper con el extractivismo y la dependencia), el “lagarto” se la pasa “abriendo y cerrando el hocico” estrujando al ser humano e incluso a la Naturaleza. Fue justo ese ejercicio hegemónico y de apalancamiento el que se registró y se registra en estos años de desarrollismo “progresista”, más aún con las prácticas neoliberales que fueron ya introducidas en la fase final de dicho período.

Todo eso explica también porque inclusive el mismo Estado, que recuperó espacios de acción durante los regímenes “progresistas”, a la postre sirvió para sostener una modalidad de acumulación que favoreció a los grupos más poderosos, forzando los extractivismos, atropellando a todas aquellas fuerzas sociales portadoras de gérmenes de cambio, en particular a los movimientos indígenas, e inclusive dejando entreabierta la puerta al retorno del neoliberalismo. En síntesis, el poder permanece compartido con viejos y nuevos grupos burgueses, con creciente presencia de capitales transnacionales.

El Buen Vivir, como una puerta para el pluriverso

Muchos de los retos anteriores, descritos en esta brevísima revisión de la discusión latinoamericana sobre “el desarrollo”, se mantienen. Los debates en este ámbito latinoamericano han sido y son potentes. A más de las autoras y los autores del presente libro, bien podríamos mencionar -corriendo el riesgo de olvidar muchos otras contribuciones de fondo-  los vigorosos aportes de Manfred Max-Neef, Antonio Elizalde y Martin Hopenhayn que abrieron la puerta, entre otras cuestiones importantes, al abordaje de la teoría de las necesidades y de la economía a escala humana; las reflexiones diversas y aleccionadoras sobre temas vinculados al desarrollo en varios niveles escalares y muchos otros ámbitos económicos de Jürgen Schuldt; las interesantes aportaciones sobre desarrollo tecnológico de Carlota Pérez; el pensamiento siempre trasformador y profundo de Enrique Leff merece ser destacado; las sacudidoras lecturas a contracorriente de Arturo Escobar y Gustavo Esteva; los análisis creativos y propositivos en varios ámbitos de Eduardo Gudynas; las cuestionadoras lecturas desde visiones feministas decoloniales de Rita Segato, Silvia Rivero Cusicanqui y Maristella Svampa; los siempre sugerentes pensamientos decoloniales de José de Souza Silva; el “desarrollo” visto desde la economía popular y solidaria de José Luis Coraggio merece puesto preferentes; para mencionar apenas unos pocos temas y unos pocos nombres. Discusiones que a su vez se sintonizaron con otros debates en el mundo, siendo muchas veces estas reflexiones desde América Latina las que se transformaron en voces cantantes en muchos ámbitos, como sucedió, para mencionar apenas un tema, el “desarrollo a escala humana”.

De todas esas reflexiones y de muchas otras se puede concluir que es indispensable reducir las diversas formas de dependencia existentes para poder enfrentar los graves problemas acumulados a lo largo de la larga noche colonial, es decir desde la época colonial hasta las actuales repúblicas. Una transformación de la modalidad de acumulación primario-exportadora aparece como ineludible. Por lo tanto, para empezar, existen condiciones intrínsecas en este tipo de economías dependientes que deben ser desnudadas, antes de diseñar una estrategia transicional que permita inclusive aprovechar de manera sustentable los recursos naturales, como parte de una adecuada planificación que desarrolle un esquema postextractivista.

Superando el trauma que representa aceptar que el “desarrollo” es un espejismo, es necesario asumir que América Latina se ha convertido en uno de los espacios de más luces e ideas emancipadoras en el mundo, no el único. Incluso transitando por el bache histórico de los “progresismos”, que alentaron iniciales esperanzas y luego crecientes frustraciones, es indudable la multiplicidad de aportes que afloran por toda la región. Ideas que surgen en especial desde el mundo indígena. Un mundo donde no prima la cultura escrita lo que limita la recuperación de sus visiones. A más de varios documentos clave, como los de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), como referencia mínima mencionemos los aportes de Luis Macas, Fernando Huanacuni Mamani, Nina Pacari, Blanca Chancosa, Arirura Kowii, Luis Maldonado, Carlos Viteri Gualinga, entre otras.

A estas aproximaciones desde ese mundo permanentemente marginado y reprimido, se suman cada vez más opciones que comienzan a tender puentes que auguran un nuevo auge del potencial de crítica y propuesta existente en esta región del mundo. Al Buen Vivir en Ecuador o al Vivir Bien en Bolivia hay que asumirlo como una puerta que abre diversas oportunidades, pero no la única.

A más de las reflexiones y las acciones decoloniales, que deconstruyen las estructuras de dominación de territorios y subjetividades, hay más. Las luchas y análisis del complejo y diverso, pero, a la vez, muy potente y diverso ámbito de los feminismos, prefiguran horizontes emancipadores, en tanto desmontan el patriarcado. La búsqueda de la ciudadanía universal abre la puerta a otras opciones para entender y asumir los flujos migratorios, abriendo las fronteras para la vida y no para el capital. La democracia sigue siendo, por igual, un terreno de reflexión y disputa, en tanto proceso de radicalización sin fin y que puede nutrirse de valiosas experiencias comunitarias indígenas. Y si la eliminación de las múltiples desigualdades es fundamental, urge también superar las inequidades sociales, económicas, políticas, de género, étnicas, sexuales, intergeneracionales. Pero sobre todo hay que liberarse de esa desesperación por alcanzar “el desarrollo”, un verdadero fantasma, que ha ocasionado y ocasiona innumerables frustraciones entre otros perjuicios irreparables.

Este reto no se resuelve de la noche a la mañana. El reconocimiento de la CEPAL de que el desarrollo está agotado, como atinadamente concluye Eduardo Gudynas al analizar esta declaración, abre “una oportunidad notable para abordar otro tipo de alternativas que estén ubicadas más allá del desarrollo”, aunque él mismo duda que los encargados del poder, en tanto cómplices de esta cruzada interminable, entiendan lo que significa esta posibilidad.

El desafío es claro. Hay que dar paso a transiciones a partir de miles y miles de prácticas alternativas existentes en todo el planeta, orientadas por horizontes utópicos que propugnan una vida en armonía entre los seres humanos y de estos con la Naturaleza: justicia social y justicia ecológica van de la mano. Esta no surgirá de manera espontánea. Se trata de una construcción y reconstrucción paciente y decidida, que empieza por desmontar varios fetiches y en propiciar cambios radicales, a partir de experiencias existentes, “sin calco ni copia”, como recomendaba José Carlos Mariátegui.

La tarea -de alcance civilizatorio- demanda transitar del antropocentrismo destructor a un socio-biocentrismo emancipador, como se propone desde el Buen Vivir o sumak kawsay. Es decir, la sociedad y la economía tendrán que organizarse asegurando la integridad de los procesos naturales, garantizando los flujos de energía y de materiales en la biosfera, sin dejar de preservar la biodiversidad del planeta. Al mismo tiempo hay que construir una vida digna para todos los seres humanos. Y esos cambios en realidad vendrán desde abajo, desde espacios comunitarios en las ciudades (barrios) y en el campo, asumiendo cada vez más el reto de “vivir con lo nuestro”, en palabras de Aldo Ferrer.

Este tránsito exige un proceso de mutación sostenido y plural. El Buen Vivir conmina a disolver el tradicional concepto del progreso en su deriva productivista y salir de la trampa del “desarrollo”. Este será, en esencia, un emprendimiento político, que cuestiona permanentemente el poder. Algo que, debe quedar claramente establecido, no se resuelve simplemente conquistando el gobierno.

Se requiere un redoblado esfuerzo para desmontar varios fetiches con el fin de propiciar cambios radicales, recuperando los valores, las experiencias y, sobre todo, las prácticas sintonizadas con la vida armónica y la vida en plenitud. Insistamos, se precisan transiciones plurales, a partir de horizontes utópicos, como los que ofrecen, entre muchas propuestas, el Buen Vivir o sumak kawsay de los kechwas o suma qamaña de los aymaras o teko pora de los gauraní o  comunalidad de tierras oaxaqueñas en Nuestra América; o el ubuntu de África o el svarag de la India o el kyosei del Japón, para citar apenas un par de ejemplos concretos que han venido aflorando desde abajo. Contamos con esos valores, experiencias y prácticas civilizatorias alternativas al capitalismo, desde cuyo seno emergen las alternativas. Esta valoración de la “indigenidad” (Aníbal Quijano) no niega las posibles ventajas tecnológicas o los posibles aportes desde otras culturas y saberes que cuestionan la modernidad, siempre y cuando estén en línea con esta construcción de sociedades que busquen la armonía y la reciprocidad en sus relaciones; basta mencionar otras opciones de otras latitudes como la de la convivialidad o convivencialidad a partir del pensamiento de Iván Illich o la frugalidad feliz como sintetiza Pierre Rabhi.

Entonces, hablemos mejor en plural, imaginemos buenos convivires, para no abrir la puerta a un Buen Vivir único, homogéneo. Ese Buen Vivir en plural, entonces, sobre todo debe brotar y no puede simplemente planificarse, ordenarse o imponerse, por lo demás. En ese empeño transformador, potenciando y redistribuyendo los trabajos de cuidado, hay que abrir la puerta a otras formas de organización de la sociedad y la economía. Superar la religión del crecimiento económico será otra de las tareas urgentes, tanto como abrir cauces post-extractivistas y de relocalización de los servicios y de la producción, cambiando los patrones de consumo en función de convivialidades que alegren y completen la existencia. Ruralizar las ciudades para construir y recuperar relaciones de convivialidad irán de la mano con la ampliación de la agroecología con el fin de alcanzar la soberanía alimentaria. La redistribución del ingreso y de la riqueza es fundamental, complementándole con el control democrático de la sociedad sobre la organización del trabajo recuperando el ocio emancipador como un derecho. Cabe pensar inclusive en diversas opciones de participación en un contexto internacional puestas en marcha desde lo local, y no desde la perspectiva global de los intereses de las empresas transnacionales o de los centros de poder político mundiales. Enfrentar el colapso climático demanda por igual muchas acciones de conservación, teniendo siempre en cuenta que la justicia ecológica camina de la mano de la justicia social, y viceversa. A partir de la vigencia plena de los Derechos de la Naturaleza emerge como una demanda urgente la desmercantilización de la Naturaleza, que debe venir acompañada del fortalecimiento de los bienes comunes, como pasos indispensables para superar el antropocentrismo y el individualismo. Desmontar el militarismo y las estructuras represivas es otro de los ineludibles quehaceres. Como se ve, las tareas son incontables, como lo son también las alternativas existentes, muchas de las cuales provienen de las culturas indígenas y de las múltiples luchas de resistencia y re-existencia presentes en todos los rincones del Abya-Yala y en sus alrededores.

 Demandemos, pues, un mundo donde quepan otros mundos, sin que ninguno de ellos sea víctima de la marginación y la explotación: el pluriverso como opción concreta para llenar de contenidos el horizonte postcapitalista.

 

Alberto Acosta. Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Ministro de Energía y Minas (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008). Candidato a la Presidencia de la República del Ecuador (2012-2013). Compañero de lucha de los movimientos sociales.

Fuente: https://rebelion.org/de-las-teorias-de-la-dependencia-al-buen-vivir/

 

 

Apreciemos que el protagonismo de los pueblos en abrir cauces a otros mundos posibles arraiga en que:

Somos posibilidad en la asunción de nuestro derecho a existir, en la potencia de nuestra pulsión de re-existir; somos raicillas en las grietas de un sistema senil y decadente. Estamos vivas y vivos.

Derecho a existir, pulsión de re-existir

Protestas populares y sentidos de lo común en tiempos de pandemia en América Latina

 30 de mayo de 2020

 

Por Emiliano Teran Mantovani (Rebelión)

Derribar la clausura de un ‘mundo muerto’: rutas de fuga, revuelta y re-existencia en América Latina

La pandemia del nuevo coronavirus ha saturado absolutamente todo. Incluso la memoria, que ya venía siendo atropellada y convulsionada permanentemente por el eterno presente de esta sociedad hiper-informada, inundada de datos, imágenes, video-cápsulas, memes y múltiples acontecimientos impactantes.

Así que, como un acto para recobrar el aliento, como quien sofocado se quita el tapabocas para tomar una bocanada de aire fresco, hagamos nuevamente memoria de vida, recordemos los meses y semanas atrás, que determinaron todo 2019: calles calientes, millones de voces; marchas, piquetes, pancartas, consignas, pañuelos, enjambres, multitudes. Corazones latiendo, rabia, anhelo, hartazgo, esperanza. Chile, Ecuador, Colombia, Haití, Perú, Honduras, Puerto Rico, Venezuela, Costa Rica, Bolivia, Nicaragua; y fuera de las tierras del Abya Yala, Hong Kong, Francia, Irak, Líbano, Catalunya, Argelia, Zimbabwe.

Todos, de una u otra forma, diciendo ¡Ya Basta! Basta a la precarización neoliberal, a los ajustes económicos, a las desigualdades y la exclusión, al autoritarismo y el estado de excepción, basta a ser condenados a un mundo sin futuro.

Pero las ondas de esta vibración socio-política mundial terminaron chocando con las ondas de la pandemia global 2020, siendo esta última otro resultado de la expansión neoliberal y colonizadora del capital. Además de los millones de contagios y los cientos de miles de fallecidos, la pandemia ha generado una parálisis de buena parte del sistema; un shock concreto en las dinámicas globalizadas (a escala macro, meso y micro), y un shock simbólico, al provocar un considerable impacto en las perspectivas y expectativas de las sociedades. Y sobre todo, nos revela que no estamos sólo ante una enfermedad muy contagiosa, sino que en realidad todo este sistema capitalista en decadencia es una máquina de intoxicación de la vida, una máquina de patologización de cuerpos y ecosistemas; que es el vector fundamental de la insalubridad global que experimentamos.

Ciertamente nos encontramos ante una situación muy complicada y enigmática. Pero para algunos, entre derechas e incluso izquierdas, y ante las fuerzas de saturación y parálisis que provoca la pandemia, parece haberse olvidado el actor social, el mundo de los de abajo, la micro-política; parece que los han ubicado en una especie de campo de invisibilidad, de desmerito, de imposibilidad. Como si estos actores sociales dejaran de contar en el curso de los acontecimientos actuales y futuros; como si la política ahora fuese un estadio vacío donde sólo juegan el poder de las corporaciones transnacionales, la geopolítica tradicional y el Estado (que gestiona la biopolítica, el estado de excepción, la sociedad de control o incluso para algunos, un nuevo y ‘posible’ welfare state).

Visto así, ese es un mundo muerto. Un mundo de comandos, de tránsitos lineales, sin agonismo popular, sin sustancia y de dominio espectral irremediable. Un mundo desde el cual nos negamos a pensar, buscando en cambio resaltar las múltiples rutas que trazan las resistencias de las fuerzas vivas, las pulsiones de vida de los de abajo: alimento y horizonte, salud y comunidad, oxígeno y dignidad. Vida, tanto desde su perspectiva productiva y reproductiva cotidiana, hasta en su sentido ontológico y filosófico.

Estas rutas de escape/reproducción/emancipación se encuentran hoy obstaculizadas, militarizadas, contagiadas. Pero hay que derribar la clausura de posibilidades que propone el ‘mundo muerto’, y señalar al menos tres expresiones cruciales de la política –o la otra bio-política– de estas fuerzas vivas: la primera, que lo que emergió y rugió desde los pueblos en 2019 sigue hoy latiendo, sigue hoy respirando. Y sobre todo, que el problema de fondo, lo que ha originado las protestas, sigue sin resolverse. Hay por tanto, no sólo una materialidad sino también una ontología de la revuelta.

La segunda, que durante el tiempo de la cuarentena y la crisis de la pandemia de Covid-19, también se han desarrollado procesos que han sido poco visibilizados y difundidos –para algunos ‘invisibles’– y que han consistido en la construcción de soluciones desde los de abajo para los de abajo, así como un énfasis del trabajo hacia adentro por parte de comunidades, organizaciones y movimientos sociales en los territorios, orientándose hacia el fortalecimiento de la autonomía y la autogestión.

Vale resaltar experiencias de redes de alimentación solidaria entre territorios, como la ‘Minga de la Comida’, propuesta por el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), que llevan alimentos para el intercambio y así ayudar a aliviar la situación de las familias vulnerables de Popayán y de comuneros indígenas que no han podido regresar a sus territorios; otras de estas redes se producen no sólo en algunas partes de Colombia, sino en regiones de otros países, como ocurre en Ecuador, y en Bolivia, siendo principalmente alimentos recolectados del campo que se aportan para familias pobres en las ciudades. Sistemas de trueque urbano y campesino de diverso tipo se han también establecido para enfrentar los efectos socio-económicos de la pandemia, como en el caso de Cochabamba en Bolivia o en varias regiones de México. En Brasil, organizaciones sociales como el Frente Brasil Popular y el Frente Pueblo Sin Miedo (que agrupan a cientos de organizaciones brasileñas) crearon una plataforma no sólo de solidaridad alimentaria, sino también para apoyar con artículos de limpieza y un fondo de emergencia para trabajadores informales. Cabe también señalar las experiencias de las ‘ollas comunitarias’ en Chile –como la de la comuna popular de Puente Alto, en Santiago, que asiste a 5.000 habitantes–, en Cali (Colombia), en varios municipios de Guatemala o en Buenos Aires, lugares del conurbano y otros puntos del interior de Argentina; o las de las Asambleas territoriales en Valparaíso (Chile), desde las cuales se han impulsado cosas como campañas de desinfección colectiva de espacios públicos, fondos solidarios, cuadrillas de seguridad alimentaria o la elaboración de manuales de pan. Aunque en primera instancia estas experiencias descritas no se orientan a confrontar a los poderes constituidos, tienen una importancia constitutiva para los procesos de fortalecimiento de las iniciativas populares y territoriales, y sobre todo, marcan claramente la ruta de una respuesta social ante la pandemia.

La tercera expresión contiene las posibilidades de horizonte y expansión de estas fuerzas, y se resume en la siguiente disyuntiva vital: es cierto que la pandemia tiene un poderoso efecto paralizante, pero en realidad todo esto es mucho más paradójico. Mientras busca confinar, desmoviliza y genera miedos, al mismo tiempo potencia escenarios de movilización, al profundizar drásticamente todas las contradicciones y causas que habían generado las protestas y descontentos. Más precariedad, más desigualdad, más estado de excepción. Esta contradicción fundamental es un muy claro ejemplo de lo que es este tiempo paradójico de colapso/oportunidades que vivimos en la actualidad.

Algunos, entre derechas e incluso izquierdas, ven con malos ojos los llamados a la movilización. Es verdad que la pandemia ha generado enfermedad, sufrimiento y muerte en los sectores populares, con la muy dolorosa pérdida incluso de referentes y líderes sociales como Ramona Medina (de la Villa 31 en Buenos Aires) o el cacique Messías Kokama, uno de los principales líderes de la Amazonía brasileña. Pero lo que resulta más dramático es precisamente que la pandemia de COVID19 no tiene el monopolio de la muerte, ni de la infección, ni de la precarización. Que esta pandemia es en realidad el síntoma de una constelación de males y enfermedades que aquejan y acechan a la mayoría de la población, para la cual la lucha es una cuestión cotidiana y fundamental para la sobrevivencia, para la reproducción de la vida. Y especialmente por eso, la pandemia vulnera más cuando se conjuga con esos otros males sociales, como la pobreza, la desnutrición, la falta de agua o el racismo. Que esto que muchos han llamado la ‘normalidad’ que existía previamente, en realidad era una pesadilla para millones de personas en la región, y principalmente en todo el Sur Global.

Por eso la cuarentena en América Latina para una parte de la población, desde sus inicios sencillamente no se podía cumplir (y aún no se puede), o bien no se podía sostener por mucho tiempo, sobre todo para quienes se buscan la vida en el día a día. Por eso se fueron evidenciando múltiples micro-protestas territoriales, a medida que se ampliaba la precariedad (morir de Covid o morir de hambre). Por eso en las últimas semanas, el escenario de movilizaciones retoma vuelo, como ha ocurrido en Ecuador, Bolivia, Chile, Colombia, Venezuela, o en Córdoba (Argentina) –lo que ciertamente ocurre mientras otras tantas se producen por parte de sectores conservadores y de extrema derecha en nombre de las libertades económicas–, mientras se reavivan las protestas de Irak, Líbano, Hong Kong, India, entre otras.

La ecuación es muy complicada y nos encontramos ante un proceso de reorganización del sistema tal y como lo conocemos. Pero esta re-organización no ocurre ni ocurrirá de manera unilateral, estable, lineal e irresistible por los designios del gran capital y los Estados potencia. Esta nueva coyuntura se produce al interior de un sistema global que es en realidad más frágil que nunca, mucho más vulnerable y mucho más inviable. Lo que está en crisis es todo un orden histórico civilizatorio y esto nos ha traído a un tiempo límite, de umbrales ecológicos, económicos, energéticos; a un tiempo de eventos extremos donde la turbulencia es la normalidad. Así que nada está garantizado, nadie puede ya garantizar el control de la situación. Todo, absolutamente todo, está en disputa y el muy diverso campo popular juega, y es onda de choque en esta crisis.

En el corto plazo, por un lado, ante la agudización de las contradicciones y factores causales del descontento, podríamos presenciar una nueva ola de protestas en la región encabezada por la revuelta de los precarizados, provocada por el mundo extremo que va dejando la pandemia. Eso podría abrirnos a una nueva correlación de fuerzas que eventualmente podría allanar caminos a nuevas posibilidades y alternativas populares.

Por otro lado, en el devenir y transitar de esta crisis, las particulares condiciones que se desarrollan abren un campo de redefinición de lo común, de la autogestión, de lo público, de la gobernanza, que tendría importantes repercusiones. Estamos al interior de ese proceso.

Sentidos y dilemas de la revuelta, el antagonismo y lo común

Tenemos hoy muchísimas más preguntas que respuestas. ¿Cómo reproducir una vida digna, cómo transitar una vía alternativa, ante tal nivel de insalubridad global, ante tal nivel de precariedad de las condiciones de vida en el planeta, de las democracias, ante los sistemáticos bloqueos de alternativas? En este mundo en emergencia, de tiempos ajustados, parece que tendremos que ir caminando y resolviendo estas preguntas sobre la marcha. Pero, además de resolver las cuestiones básicas de la reproducción de la vida, seguiremos necesitando comprender y dotar de sentido la existencia, la revuelta, la re-existencia; la transformación socio-ecológica; nuestra forma de ser y estar en la Tierra. No parece bastar el antagonismo puro, mucho menos hoy cuando extremas derechas protestan, ocupan calles, se rebelan, se presentan como ‘anti-sistemas’ y piden un ‘cambio’; o bien cuando el crimen organizado o el narcotráfico insurgen, desafían a los poderes formales o crean violentas economías que logran incluir a parte de los sectores sociales más vulnerados, ganando adeptos entre ellos.

De manera que, el propio antagonismo, la forma y los significados que pueda tener, está en disputa. Es en este sentido que resaltamos el valor del proyecto y horizonte de lo común. Sobre todo en la medida en la que el antagonismo se enraíza en la acción colectiva, en el re-encuentro de los iguales y las diversidades, en la re-articulación integral de nuestros modos de ser y estar con las tramas de la vida, lo cual es fundamental ante un mundo que sufre los terribles efectos de la fragmentación. Lo común hoy, es una posición crítica ante la crisis, ante la posible nueva ola de privatización y mercantilización corporativa; ante el avance de las extremas derechas y sus posturas radicalmente anti-Vida; ante la idea de que el humano es un ‘virus’ depredador y no en cambio esta cultura moderno/occidental colonizante; ante la lógica del ‘sálvese quien pueda’ y la competencia feroz; ante la marginación económica e institucional del mundo de los cuidados; pero también, ante los nuevos Leviatanes de la emergencia o los posibles avances de un nuevo estadocentrismo ‘social’ que recanalice el potente descontento popular hacia una nueva ilusión de cambio desde arriba.

Sin embargo, esta idea de lo común como proyecto y horizonte no se presenta sólo como un lugar filosófico desde donde pensar ese antagonismo, sino tal vez principalmente como un modo de hacer: es una política productiva porque pone en el centro y punto de origen la transformación y la re-existencia en el aquí y en el ahora; no se sienta a esperar mediaciones, sino que territorializa ese otro mundo que imagina. Esto tiene un valor tremendo precisamente porque, en un mundo caótico y muy incierto, de grandes perturbaciones, es la comunidad el principio de orden. Comunizar es hoy un factor vital, pues se trata de tejer y re-tejer la comunidad, desgarrada por décadas de neoliberalismo y violencia neocolonial; es repotenciar la noción de interdependencia a partir de una política común del cuidado (y más en estos tiempos de insalubridad global y capitalismo enfermo); es por tanto, generar resiliencia y sumar en la correlación de fuerzas; es reconocernos en un nosotros-común entre iguales, que es esencialmente diverso (no un común homogéneo), y recomponer nuestra relación simbiótica con la naturaleza (el común con la trama de la vida ecológica), trascendiendo el antropocentrismo y dando cuenta que el planeta Tierra es en realidad la casa común.

Pero ante este sentido del antagonismo y del re-existir, la gran pregunta que ha surgido es cómo se reproduce ese común ante dinámicas de distanciamiento social, o bien en contextos de caos, conflicto armado o eventos ambientales extremos. Es la gran pregunta sobre lo común en el antropoceno. Algunos parecen haber declarado la muerte de lo común ante los escenarios actuales. Pero esta idea/clausura es muy limitada, por varias razones: primero, plantea una visión normativa y rígida que, ante ciertas condiciones, parece proponer que lo común está o no está, sin reconocer que más bien este se encuentra en permanente producción, adaptación, reformulación y flujo. No se trata pues de una forma pura a la cual se llega, sino, como hemos mencionado, es básicamente un referente, un lugar para pensarnos y sobre todo un modo político de hacer (que ciertamente también podría institucionalizarse). Lo segundo, hay numerosos ejemplos de cómo, en contextos adversos, lo común ha podido persistir, como ha ocurrido en comunidades que resisten en conflictos armados (teniendo como casos emblemáticos las experiencias kurdas y varias del sur de México) e incluso se reajustan para fortalecerse a partir de ellos. Lo tercero, en relación con lo segundo, nos señala que justamente en períodos de profunda crisis, lo común es un componente fundamental para allanar el camino para lograr salidas y alternativas, trazando un horizonte de restitución, autocuidado, sanación y recomposición vital; y cuarto y último, se trata también de reconocernos en las dinámicas propias de la trama de la vida y los ecosistemas, que son eminentemente cooperativas y simbióticas, es decir, que lo común nos constituye como parte de este tejido de vida en la Tierra.

La otra gran pregunta que surge tiene que ver con los alcances y límites de las iniciativas sociales, desde abajo, ante enormes desafíos como las pandemias de la globalización neoliberal o los grandes eventos ambientales del antropoceno. ¿Cómo nos sanamos ante un virus como este y una pandemia que en buena parte sale de nuestras manos, ante lo cual  pareciese que las grandes tecnologías y las instituciones estatales y privadas están mejor provistas para enfrentarlo? ¿Cómo se enfrentan grandes inundaciones, o algo de las dimensiones del cambio climático, desde los pueblos, sin que esto suponga una dramática y extraordinaria exposición social a tales peligros? Estas fundamentales preguntas nos remiten ineludiblemente a una discusión sobre la relación con el Estado y con lo público que, por su densidad, no podemos abarcar aquí. Pero sí quisiéramos plantear una idea: la protesta, organización y movilización social como una proyección del campo popular en la política global. Esto implica no ver única y necesariamente la contraposición pura y compartimentalizada de lo común, el Estado y lo privado (estos asuntos no pueden ser abordados en blanco y negro), sino también las relaciones conflictivas y ‘transfronterizas’ entre estos ámbitos, que en la medida en que la protesta y organización popular ganan terreno, posibilitan la transformación de la política en ámbitos más amplios que lo local.

Sobre esta idea de lo común como una política multi-escalar, de la proyección del campo popular en la política global, nos parece vital resaltar tres aspectos: primero, hay que recordar que las protestas populares que han llenado las calles latinoamericanas han demandado en muy buena medida justicia social y ambiental, soluciones a la crisis y políticas de protección y asistencia del Estado, ante el muy alto nivel de desamparo, sobre todo de los sectores más vulnerables de la sociedad. Segundo, la idea de la centralidad de lo común, de su política situada como punto de origen, no es excluyente con la disputa política hacia otras escalas. Eso implica, por un lado, que su avance suma a una correlación de fuerzas más favorable para los pueblos, lo que a su vez crea un marco menos adverso para su accionar; por otro lado, la calle y la comunicación son una de las principales arenas donde se canaliza la disputa por lo público y en ellas es fundamental la lucha por demandas hoy centrales, como la condonación de la deuda externa a los países del Sur Global, la salud como derecho universal y la instauración de la renta básica. Toda posibilidad de creación de lo que podríamos llamar barreras de derecho ha provenido y provendrá fundamentalmente de las luchas desde abajo. Se trata de obligar al Estado a mantener y respetar esos derechos. Tercero, y no menos importante, que ante la situación de emergencia ambiental y climática, económica, social, y en general todo lo que supone esta crisis civilizatoria, se requiere de transformaciones tan vastas y aceleradas, que va a ser necesario que profundos cambios se realicen en todas las escalas globales, y en todas ellas el ámbito social y el campo popular necesitarán incidir.

No hay pizca de simplicidad en estos asuntos y, como ya hemos dicho, el tiempo de pandemia y reestructuración sistémica nos podría también abrir a nuevos tiempos de “Estadolatría” (Gramsci), bio-paternalismo y euforia estatal que legitimen que dicha reestructuración favorezca en el fondo mayores formas de explotación, expolio y despojo, y que las dinámicas suicidas que nos llevaron a esta situación crítica actual no sean afectadas. De ahí que es crucial poder respondernos a la pregunta, ¿cómo abordar una política no-estadocéntrica en estos tiempos? ¿Cómo lo común puede reproducir una política desde las autonomías en semejantes circunstancias?

El tan mentado frenazo de emergencia a la locomotora benjaminiana ha ocurrido. El futuro es hoy y la posibilidad de un giro radical de todo el orden civilizatorio se ha abierto. Algunos se organizan para una “nueva normalidad”. ¿Cuál es su posición ante el curso de lo que acontece?

Somos posibilidad en la asunción de nuestro derecho a existir, en la potencia de nuestra pulsión de re-existir; somos raicillas en las grietas de un sistema senil y decadente. Estamos vivas y vivos.

Caracas, mayo 2020

*Emiliano Teran Mantovani es sociólogo venezolano y ecologista político, miembro del Observatorio de Ecología Político de Venezuela

Fuente: https://rebelion.org/protestas-populares-y-sentidos-de-lo-comun-en-tiempos-de-pandemia-en-america-latina/