Interbarrial

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Propuesta de Interbarrial


 

 

Interbarrial

 

«El gobierno de los derechos humanos»

sólo puede tener origen y desarrollo por unidad de voluntad de la diversidad popular 


Hoy estamos en la etapa de ocupación totalitaria del territorio por el único capitalismo existente que es el mundializado para desertificar mediante los monocultivos de los agro negocios; la mega minería; las mega represas; los mega emprendimientos turísticos y comerciales; la superexplotación pesquera e hidrocarburífera; y la conversión de la ciudad de Buenos Aires en centro turístico e inmobiliario.

Es decir, los poderes establecidos mediante terrorismo de estado y democracias restringidas no sólo nos empobrecen, violan nuestros derechos humanos sino que nos expulsan de poder vivir de nuestro trabajo, nos desalojan de tierras o viviendas y nos encarcelan-torturan- matan si resistimos o por etiquetarnos de "pobres e inferiores".

 

Hoy «esa ocupación totalitaria» ha alcanzado un grado extremo en Haití donde están fuerzas militares, desde hace más de cuatro años, por envío que motorizó centralmente el gobierno brasilero, acompañado por sus pares de Argentina, Chile, Bolivia y Uruguay con justificación de evitar la intromisión militar de los Estados Unidos en la región, cuando las tropas llegaron para sostener el gobierno instalado por la potencia hegemónica después de obligar al presidente Jean Bertrand Aristide a exilarse.

Pero, además -en marzo de 2008- la presidenta Cristina Fernández de Kirchner visitó a las tropas argentinas en Haití y las elogió por su contribución a la paz social. De esa manera definió qué entiende por paz social y soberanía de un país antes de asistir a la Cumbre de Río para solucionar el conflicto por invasión de Colombia a Ecuador.

 

A continuación una nota publicada por la agencia Brasil De Fato muestra a las claras las graves consecuencias para el pueblo haitiano:

"Tropas de la ONU legitiman la explotación de haitianos por las transnacionales de EE.UU.

 El relato, forma parte del libro Un Soldado Brasilero en Haití, del soldado gaúcho Tailon Ruppenthal – que sirvió durante seis meses en aquel país – y es un indicio de cómo el pueblo haitiano está siendo violado en su derecho a la soberanía y la auto-determinación con la acción de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haiti (Minustah).

De acuerdo con el abogado Aderson Bussinger, que fue parte de una delegación que visitó diversas regiones de Haiti en 2007, “Brasil no posee legitimidad para tal intervención, dado el contenido de ocupación de la misión, que consiste en una operación para contener la revuelta popular e impedir que el pueblo haitiano tome en sus propias manos su destino”.

No asistí a un caso de represión o agresión directa de la Minustah. Asistí a una situación de contrainsurgencia, sobretodo en los barrios más miserables, donde pude ver blindados brasileros con sus cañones apuntados para la población”, relata Bussinger. El abogado cuenta también que durante su estadía, recibió muchos relatos de agresiones practicadas por las tropas de las Naciones Unidas (ONU), en particular por las fuerzas brasileras.

Las denuncias de cercenamiento de la organización popular no terminan ahí. De acuerdo con Marcelo Buzetto, integrante de Vía Campesina, la Minustah está mapeando e identificando a todos los lideres comunitarios. Muchos, inclusive, según él, están siendo perseguidos o presos. “Hay centenas de presos políticos en Haití por haber participado de procesos de movilización social, tanto con el gobierno anterior como en el actual”, afirma.

Buzetto resalta también que en la mayor villa misería de Porto Príncipe, hospitales y escuelas fueron bombardeados. “Quien anda por Cité Soleil ve las marcas de los tiros.” La descripción no sorprende. Incursiones equivocadas dentro de las villas haitianas y la falta de preparación de los jóvenes soldados brasileros ya fueron relatadas por un “veterano” del Ejército brasilero al diario Folha de San Paulo, en 2006. "Las veces, en medio de un tiroteo, una cara viniendo en nuestra dirección puede parecer una amenaza. Si el agente da la orden de detención y él no para, la forma es tirar. Ocurre que, con los FAL – arma de origen belga usada por los soldados brasileros –, casi siempre termina en muerte. Es un fusil de guerra, no de patrulla urbana como las que hacemos en Haití."

Paros y dientes quebrados
En un informe a la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, Aderson Bussinger relata como la Minustah legitima la acción de empresas extranjeras en el país, principalmente las estadounidenses. Cita a la industria textil Codevi, una transnacional dominicana, ligada al banco Chase Manhattan, que fabrica jeans para marcas famosas, como Levis y Wrangler. “Sus trabajadores ganan 48 dólares por mes, y trabajan vigilados por guardias armados, lo que fue testimoniado por nuestra delegación durante todo el período en que estuvimos en el área”, cuenta Bussinger.

En Cité Soleil, donde está siendo organizada otra zona franca, conocimos a los trabajadores de Hanes, el fabricante más importante de camisetas de los EE.UU. Esa gran transnacional acaba de despedir 600 operarios y operarias para cerrar la planta industrial y se niega a pagar los derechos laborales de los despedidos”, agrega el abogado.
Para Aderson, el “modus operandi” de las empresas extranjeras puede ser comprendido mejor cuando se considera la presencia de la Minustah, pues se trata “
de una intervención que sustenta un modelo de explotación colonialista, vía transnacionales, a favor de algunos intereses específicos, textiles en especial”. Los trabajadores de esas “maquiladoras” le mostraron cicatrices, dientes quebrados y quemaduras; resultado de la represión durante huelgas (...)".
Prensa De Frente presenta luego un comunicado de organizaciones de Haití, y la carta de los movimientos sociales a los congresales brasileños.

Entonces, hoy más que nunca comprometámonos con el desafío expresado por el:

Comunicado Público Lof Inkaial Wal Mapu Meu

 

Fachiantu Inchin Wiñotuiñ Tain Kuifike Wal Mapu Meu.

A partir de hoy 11 de octubre de 2008, el Lof MapuChe "Inkaial Wal Mapu Meu" (Debemos defender el territorio) hemos decidido volver y Recuperar Nuestro Territorio Ancestral Usurpado por el winka, Terratenientes, Multinacionales, y el propio Estado y sus instituciones, entre ellos Parques Nacionales.

 

Los MapuChe no somos sin el Territorio y el Territorio y sus Newen (Fuerzas) no son sin nosotros, a partir de hoy este Territorio de ÑiriWau Arriba volverá a ser como siempre debió haber sido: Territorio MapuChe Libre.

Este día, que muchos toman como el último día de Libertad de los Pueblos Originarios se convierte hoy para nosotros en el primer día de un sueño que se hace realidad, en el largo proceso de Reconstrucción de Nuestro Pueblo.

 

Este Estado nos debe la justicia por el Genocidio, por los crímenes de lesa humanidad, campos de concentración, masacre sufrida por nuestro Pueblo, injusticia aún palpable.

Este estado nos debe la Verdadera historia. Nos debe el Territorio usurpado y luego saqueado y profanado.

 

Nuestros Lonko, Nuestros KuifiCheiem (ancestros), NgueneMapun (Fuerzas de la Naturaleza) nos exigen ser en nuestra identidad, lo que sólo es posible en nuestro Territorio.

 

A todos Nuestros Peñi y Lamuen les decimos que todos debemos Recuperar lo que nos han arrebatado, Nuestro Idioma, Nuestra Espiritualidad, Nuestro Territorio, es decir la Dignidad robada por el Estado y el sistema opresor de los winka. Este Territorio Recuperado y liberado es Territorio para el Pueblo MapuChe.

 

Nuestro Pueblo debe Levantarse y encaminarse firmemente entendiendo que el único camino es el de la Recuperación, la Lucha y la Resistencia como Nuestros Antiguos lo hubiesen hecho.

Recuperando Territorio y Dignidad el Pueblo MapuChe Vive!!

 Fuera Petroleras, Mineras, Multinacionales, Terratenientes y todos los winka usurpadores del Wal Mapu!!

 MariChi Weu!! MariChi Weu!! (10 Veces las Tierras Robadas serán Recuperadas, 10 Veces Venceremos!!) http://www.avkinpivkemapu.com.ar/joomla/

 

1. Podemos preguntarnos qué hacer con lo recuperado y liberado

Es conveniente aprender de quienes se han organizado y luchan por otro país y otro mundo posibles.

El Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI) desarrolla todo un programa a partir de la siguiente pregunta:

"¿Qué país queremos las organizaciones del MNCI?"
Arraiga en la convicción de: El que no cambia todo, no cambia nada
expresada por el poeta Armando Tejada Gómez y pasa a explicitar:

"Reforma Agraria:

Nuestra palabra es clara y sencilla sobre la democracia que queremos: creemos que la Reforma Agraria es uno de los caminos posibles para resolver la pobreza de la ciudad y del campo.

Hablamos de una Reforma Agraria integral, que vaya más allá de la conquista económica de la tierra. El desempleo, la violencia, la pobreza, la falta de educación, de transporte y de vivienda se solucionarían si se democratizan los medios de producción y el control de la comercialización.

Pero también luchamos y proponemos una Reforma Agraria que incluya otros aspectos de nuestra vida: lo social, lo económico, lo político y lo cultural. La Reforma Agraria no es sólo para las familias que habitamos el campo, es también una urgencia y una necesidad para quienes viven en pueblos y ciudades. Es una forma de garantizar nuestra alimentación y nuestro desarrollo, de preservar nuestros bienes naturales, para la humanidad y para las generaciones futuras.

En nuestro país nunca hubo una Reforma Agraria. Entre todos debemos ir construyéndola y discutiendo cómo quisiéramos que fuera, qué caminos recorremos, sobre qué pilares la asentamos. Nuestras manos estarán siempre dispuestas a eso.

Soberanía alimentaria:

Reforma agraria y soberanía alimentaria son dos caras de una misma moneda, se cobijan mutuamente. Soberanía alimentaria supone que el trabajo de nuestra tierra tiene como objetivo prioritario alimentar en forma sana y suficiente a todos los que vivimos en nuestro país. Pero además previendo las necesidades de las generaciones futuras, utilizando métodos y tipos de producción no extractivos que permitan la regeneración de los nutrientes de nuestra tierra.
Defendemos nuestro derecho a una cultura de producción, que provee de alimentos sanos a nuestro pueblo, a través de un comercio justo.

El modelo de agronegocios actual tiende a considerar que la única forma de producir en el campo es desde el punto de vista del libre mercado, favoreciendo a las empresas multinacionales. Y ése es el criterio con el que se distribuyen y se explotan la tierra, el agua y las herramientas para la producción. Ése es el criterio con el que se llevan las riquezas de nuestro país al extranjero.

Hoy la producción agropecuaria no está vista como una vía estratégica para solucionar el problema del hambre en Argentina. Y tampoco como una verdadera forma de vida dentro de los parámetros culturales que unen a toda Latinoamérica, la cultura campesina indígena.

Es por eso que cuando hablamos de sistemas campesinos de producción, que contemplan el autoconsumo de las familias y la comercialización de los excedentes y el equilibrio con la naturaleza, la lógica del “libre mercado” los tilda de improductivos.

Nuestra vida se basa en el uso comunitario de la tierra, tanto para siembra como para el pastoreo de los animales. Criamos, producimos y elaboramos todo aquello que consumimos y consume nuestro pueblo: dulces, quesos, arropes, frutas, miel, pollos, vinos, verduras, vacas, cabritos, tejidos, chanchos, etcétera. Organizamos ferias de semillas, intercambio de productos.

Luchamos por un Comercio Justo, porque se pueda comercializar justamente. Para eso creamos Redes de Comercio que venden nuestros productos, generando una ganancia justa al productor y que a su vez garantizan que el alimento llegue a consumirse en los pueblos y las ciudades. Además, estudiantes universitarios, vecinos y compañeros de organizaciones barriales obtienen un porcentaje de ganancia por la venta, como otra forma posible de generar trabajo digno.

Pensamos que el comercio puede ser un acto de intercambio y no una acción en donde sólo se produce el lucro. Un acto sin intermediarios. De las manos campesinas indígenas a su mesa.

Territorio:

Históricamente los campesinos indígenas hemos poseído la tierra comunitariamente, en campos abiertos. El uso comunitario de la tierra es una costumbre arraigada en nuestra cultura y por eso exigimos que el Estado la reconozca.
Pero en nuestro sistema jurídico no está reconocida la propiedad comunitaria de la tierra.

Los trabajadores rurales sin tierra sufren la explotación de sus patrones cobrando jornales de miseria. Sin que sean reconocidos ninguno de sus derechos laborales: obra social, aportes jubilatorios, seguro por accidentes, vacaciones, etc.

Mientras hay muchas tierras que permanecen sin ser utilizadas y que podrían trabajarse de forma cooperativa.

Nosotros decimos que la tierra es para un “uso social”. Desde nuestra visión cumplen con una función social las tierras que se encuentran productivas, respetando la biodiversidad del medio ambiente y los derechos sociales de sus trabajadores, sirviendo para la producción de alimentos en condiciones de vida digna.

Las leyes existentes protegen a las empresas multinacionales que explotan nuestras minas a cielo abierto. El estado no las controla, les da subsidios y les baja los impuestos. Se calcula que si el Estado se adueñara de uno sólo de los 560 emprendimientos mineros que hay en el país podría construir: 1500 hospitales de alta complejidad con su instrumental, 5000 escuelas equipadas y 70000 kilómetros de rutas asfaltadas.

Por eso hemos generado, y propuesto al estado nacional, una Ley Campesina Indígena que contempla estas necesidades urgentes de las comunidades: el uso social de la tierra, la entrega de tierras improductivas a familias sin tierra y la detención inmediata de los desalojos.

Porque cada día que pasa nuestras tierras se concentran en menos manos. El 82% de los productores (familias campesinas y trabajadores rurales) ocupan sólo el 13% de la tierra. Mientras que el 4% de las denominadas “explotaciones agropecuarias” son propietarias del 65% total de la tierra utilizada para la producción.

El modelo de agronegocios impuesto no sólo desconoce nuestra relación y concepción de la tierra, nuestra posesión ancestral.
También nos expulsa de la tierra que trabajamos por generaciones, a través de la violencia, la mentira y la complicidad de los gobiernos.

Por esta situación de desamparo jurídico y de usurpación que vivimos las familias campesinas indígenas reclamamos que se detengan inmediatamente los desalojos y los remates de nuestros campos. Para que ninguna familia más tenga que irse de su tierra.

Seguridad y Derechos Humanos:

Hombres y mujeres uniformados que muchas veces nacieron en el mismo lugar que la familia desalojada. Se niegan a tomar las denuncias o escriben lo que ellos quieren y no lo que el denunciante declara.

En definitiva, son cómplices de un sistema que desaloja campesinos indígenas de las tierras en las que nacieron. Sin que les tiemble un poco el corazón por dejar sin casa a una familia para que un empresario se llene de plata.

Hoy las familias que resistimos el avance del modelo de agronegocios sufrimos también la represión. La policía y grupos armados civiles nos aprietan con total impunidad. Se pasean armados por nuestros territorios y nos amenazan si hacemos denuncias.

Pero somos los campesinos indígenas los que terminamos imputados. Tenemos muchos compañeros y compañeras imputados por defender sus derechos. Pero aún no hemos logrado que la justicia sea justa con los responsables de robarnos las tierras y los bienes de la naturaleza.

Las fuerzas de seguridad, mantienen los mismos principios morales que los responsables del genocidio y el terrorismo de Estado. No alcanza sólo con que hagan cursos de Derechos Humanos si después en las comisarías les enseñan a torturar.

La política de seguridad de los gobiernos que siguieron a la dictadura militar de 1976 fue siempre la misma: mano dura. Leyes con penas mayores, más policías en las calles y comandos especiales. Fuegos de artificio ante una realidad social que necesita de otras medidas, que no son las de seguridad, para disminuir la violencia en la que vivimos.

Esta realidad social requiere de más democracia, más justicia, más soberanía popular para disminuir la violencia.

La mano dura vino acompañada del gatillo fácil. Y las detenciones “preventivas” llenan las comisarías de gente que aún no fue juzgada por ningún delito. Las cárceles no tienen ningún proyecto para los hombres y las mujeres que están allí encerrados. Nada más que eso: el encierro.

Salud:

Para nosotros tener salud es mucho más que tener remedios y médicos. Creemos que el acceso al sistema de salud es un derecho que el Estado debe garantizar y que nosotros, desde nuestra organización, apoyamos. Construimos ese derecho, lo exigimos y lo alentamos desde lo que hacemos.

Estas políticas públicas deben además reconocer y articularse con todos aquellos saberes y prácticas en salud que nuestros antepasados han creado y desarrollado a lo largo de generaciones.

Nuestra propuesta en salud busca recuperar un proceso de intercambio de saberes, como base para un el trabajo comunitario. Rompiendo con los esquemas asistencialistas, verticales y autoritarios que tradicionalmente se han dado en el campo de la salud.

El cambio fundamental es que la comunidad y los individuos dejen de ser objeto de atención y se convierten en actores que conocen, participan y toman decisiones sobre su propia salud y asumen responsabilidades específicas ante ella. Para eso nos formamos como promotores de salud, hacemos talleres para capacitarnos y armamos nuestros propios puestos sanitarios y botiquines comunitarios.

Creemos que la salud es la búsqueda de mejores condiciones de vida. Porque somos parte inseparable de nuestro ambiente tenemos mucho que aprender del proceso a través del cual se ha construido el conocimiento y los diversos saberes populares, entre ellos los referidos a las plantas, hierbas y yuyos medicinales.

La utilización tradicional de las plantas medicinales por los pueblos campesinos indígenas siempre se enmarcó en un sistema mucho más complejo de cuidado de la salud, que implica prácticas culturales y de alimentación sana.

Educación y Formación:

Como MNCI organizamos nuestros propios espacios de formación e intercambio de saberes: la Escuela de la Memoria Histórica, el Campamento Latinoamericano de Jóvenes y la Escuela de Formación Política. También participamos del Curso de Militantes de base que cada año organiza el Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil.

Es nuestro sueño y una realidad construir la Universidad Campesina. Ya comenzamos en Santiago del Estero con la Tecnicatura en Agroecología.
Y existe el proyecto para la tecnicatura de Promotores de Salud y Maestro Campesino.

Realizamos talleres y capacitaciones de discusión y prácticos. Estos espacios de educación popular buscan compartir los conocimientos que cada uno tiene: no hay profesores y alumnos. Todos aprendemos de todos. Todos tenemos algo para aportar en la construcción de los saberes.

Las consecuencias de las reformas y los planes de ajuste neoliberal también contribuyeron a la degradación de las sistemas educativos públicos primarios, secundarios y universitarios. La formación que nos da la escuela pública en todos sus niveles desconoce nuestras particularidades culturales y regionales, dificulta la comprensión de nuestro entorno, anula casi cualquier posibilidad de pensar críticamente lo que nos pasa. No se forman técnicos, ni se enseñan oficios. Mucho menos permiten desarrollar pensamiento en función de la realidad.

El tema del empleo no puede ser abordado al margen de este contexto. La educación y el desarrollo económico están constantemente interactuando entre sí. En nuestro país cada vez menos niños tienen acceso a las aulas para aprender y jugar con otros niños. Y cada vez más niños van a la escuela sólo porque es el lugar en donde pueden desayunar y conseguir un plato de comida.

El Estado debe garantizar un plan de becas que contenga a los estudiantes desde lo económico, pero también desde lo pedagógico. A los estudiantes de todo tipo debe proporcionarles las facilidades para que construyan su formación de libertad, respeto y solidaridad.

Comunicación:

Para nosotros la comunicación es una acción que parte de la actitud de escuchar y de tratar de conocer el contexto en el que vivimos, que queremos modificar.

Es un derecho fundamental de todos nosotros poder construir nuestros propios medios de comunicación comunitarios: boletines, revistas, diarios, radios y canales de televisión.

Nosotros tenemos radios FM, boletines gráficos, y páginas web. Desde nuestros medios tratamos de reflejar la vida de las familias campesinas indígenas. Y la única manera de lograrlo es que sean las propias comunidades quienes generen la información que se difundirán en cada medio.

La comunicación, desde nuestra mirada, sirve para conocer y comprender cuáles son las causas de la pobreza y la exclusión, las nuestras y las de otros. Y también para conocer y comprender la manera los medios tratan esta cuestión, porque los medios masivos son espacios centrales para construir consensos u oposiciones hacia nuestras luchas y reivindicaciones.

Es necesario que todos los sectores puedan tener acceso a los medios públicos masivos, para difundir sus discursos sobre lo que hacen, piensan y buscan a través de su trabajo. Para escuchar y conocer lo que otros hacen y piensan. Para poder construir una sociedad asentada en la verdad, en el respeto a la voluntad popular, en la integración de las mayorías".

2. Podemos coincidir pero dudar del cómo realizarlo

El Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI) contesta a las preguntas:

"­¿ Cómo trabajamos para lograr todo eso?

Somos un movimiento de base en articulación constante de actividades entre organizaciones de diferentes provincias. Generamos encuentros regionales (región NEA, NOA y Centro) para que las distancias geográficas no sean un impedimento para encontrarnos.

Divididos en comisiones, grupos o áreas de trabajo coordinadas por delegados. Salud, Formación, Comunicación, Territorio (incluye la tierra, el agua y los recursos naturales), Producción y Comercialización, son algunas de ellas.

Nuestra organización es democrática porque todos los integrantes participan de las decisiones en diversas instancias: asambleas, reuniones comunitarias y plenarios. No hay presidentes, ni autoridades elegidas por voto. La búsqueda del consenso para la toma de decisiones es uno de los pilares de la manera en que construimos nuestra organización.

Trabajamos respetando las diferencias de género y los tiempos de cada uno. Eso hace que muchas veces los pasos sean pausados. Aunque no lentos. Lentos sería quedarse quietos. Nosotros caminamos entre todas y todos y eso lleva su tiempo.

Generamos y mantenemos espacios de trabajo comunitario y encuentros de formación de organizaciones, de jóvenes, de mujeres, de niños. Vamos aprendiendo, entre la discusión y práctica, una nueva manera de luchar contra el individualismo, la desesperanza y toda forma de opresión que genera el capitalismo.

Construyendo formas de trabajo cooperativas, participativas, fuimos conociendo el sacrificio en nuestro trabajo. Es una historia que comenzó en nuestro continente hace más de 500 años. Nuestra perseverancia y crecimiento son el claro mensaje de que estamos vivos. Vivos y organizados.

­¿ Cuáles son nuestras propuestas?

Para esto invitamos a más organizaciones a sumarse, a movilizarnos juntos en las ciudades y en el campo, a intercambiar semillas y productos.

A encontrarnos, a realizar pasantías e intercambios. A formarnos y a sumar más jóvenes.

Y recuperando nuestra historia, reforzar los valores campesinos indígenas como base para construir la nueva sociedad.

Porque nos reconocemos en las luchas de otras organizaciones: asambleas populares, piquetes, fábricas recuperadas, los organismos de derechos humanos. Luchas que son las nuestras.

Porque creemos que la integración de las organizaciones populares es el único camino para construir un nuevo modelo de desarrollo, que articule a diversos sectores del campo y la ciudad.

Por la Ley Campesina Indígena!
Por que no haya más un luchador procesado!
Por una vida digna!
Territorio, trabajo y justicia!
GLOBALICEMOS LA LUCHA!
GLOBALICEMOS LA ESPERANZA!
".
Fuente: www.biodiversidadla.org/ 6-10-08

3. Podemos cuestionar sobre cómo se vincularán los especialistas con el otro país posible

A escala planetaria y en el país hay una exigencia de hacernos cargo de la verdadera modernidad consistente en cambiar de raíz el modo de producción conforme a las posibilidades científicas-técnicas y en respuesta a los problemas que amenazan de extinción a la humanidad.

Jorge Eduardo Rulli sintetiza el desafío señalando: "en una época de debacle global como ésta, sería la conciencia y la participación de nuestro pueblo en un proyecto y en un destino común, la decisión y la capacidad de alejarse del consumismo y apoyarse en las propias fuerzas, una dirigencia proba y competente dispuesta a trabajar incansablemente para rediseñar el territorio y establecer redes locales de abastecimiento y contención de las necesidades de los sectores en mayor riesgo, desarrollos locales que den trabajo y permitan autonomías y ahorro de energías, preservación de los recursos naturales y especialmente del propio petróleo para abastecer el mercado interno, etc.

Este es el camino del DECRECIMIENTO y de los propios desarrollos.

 

El que venimos siguiendo, es todo lo contrario: aumento de las exportaciones de commodities para mercados que se derrumban estrepitosamente, producción de pollos y engorde de vacunos en escalas cada vez más gigantescas e insustentables, desaparición masiva de los pequeños productores y disminución de la producción de alimentos, ausencia de mercados locales y de ferias a la vez que apoyo al mega supermercadismo, mantenimiento de la exportación irresponsable de nuestro petróleo y compromiso de la agricultura en la generación de biodieseles para los inyectores de los autos europeos, persecución por parte de los municipios a los vecinos que mantienen pequeños criaderos de producción familiar y desaliento a todo aquello que pueda significar autosuficiencia, incluyendo gallineros familiares, trabajo de la tierra, reparación de artefactos y reciclado de residuos.

Este es el camino del CRECIMIENTO, camino que hace muchos años venimos siguiendo en forma casi religiosa o acaso como un discurso único, y que no ha traído sino mayores sufrimientos para nuestro pueblo".
Fuente: www.grr.org.ar/Editorial del 5-10-08 en programa radial Horizonte Sur

Pienso en colectivos dirigentes e interdisciplinarios que se vinculen estrechamente con las organizaciones sociales para partir de sus necesidades, experiencias, aspiraciones y de su condición de creadores prácticos. Para tales espacios de entendimiento y aprendizajes mutuos, esos colectivos requieren deconstruir conceptos, criterios y metodologías de sus praxis comenzando por:

 

a. "Decrecimiento o desconstrucción de la economía: hacia un mundo sustentable"

 

Enrique Leff (Peripecias), en "Decrecimiento o desconstrucción de la economía: hacia un mundo sustentable" historia:

 

"Los años 60 marcaron una época de convulsiones del mundo moderno. Al tiempo que irrumpieron movimientos emancipatorios y contraculturales (sindicales, juveniles, estudiantiles, de género), explotó la bomba poblacional y sonó la alarma ecológica. Por primera vez, desde que la maquinaria industrial y los mecanismos del mercado fueran activados en el capitalismo naciente en el Renacimiento, desde que Occidente abriera la historia a la modernidad guiada por los ideales de la libertad y el iluminismo de la razón, se fracturó uno de los pilares ideológicos de la civilización occidental:

El principio del progreso impulsado por la potencia de la ciencia y de la tecnología, convertidas en las más serviles y servibles herramientas de la acumulación de capital, y el mito de un crecimiento económico ilimitado.

La crisis ambiental vino así a cuestionar una de las creencias más arraigadas en nuestras conciencias: no sólo la de la supremacía del hombre sobre las demás criaturas del planeta y del universo, y el derecho de dominar y explotar a la naturaleza en beneficio de “el hombre”, sino el sentido mismo de la existencia humana fincado en el crecimiento económico y el progreso tecnológico: de un progreso que fue fraguando en la racionalidad económica, que se fue forjando en las armaduras de la ciencia clásica y que instauró una estructura, un modelo; que fue estableciendo las condiciones de un progreso que ya no estaba guiado por la co-evolución de las culturas con su medio, sino por el desarrollo económico, modelado por un modo de producción que llevaba en sus entrañas un código genético que se expresaba en un dictum del crecimiento, de un crecimiento sin límites!

Los pioneros de la bio-economía y la economía ecológica plantearon la relación que guarda el proceso económico con la degradación de la naturaleza, el imperativo de internalizar los costos ecológicos y la necesidad de agregar contrapesos distributivos a los mecanismos desequilibrantes del mercado. En 1972, un estudio del MIT y el Club de Roma señaló por primera vez Los Límites del Crecimiento. De allí surgieron las propuestas del “crecimiento cero” y de una “economía de estado estacionario”. En ese mismo tiempo, Nicholas Georgescu Roegen estableció en su libro La Ley de la Entropía y el Proceso Económico, el vínculo fundamental entre el crecimiento económico y los límites de la naturaleza. El proceso de producción generado por la racionalidad económica que anida en la maquinaria de la revolución industrial, le impulsa a crecer o morir (a diferencia de los seres vivos que nacen, crecen y mueren) y de las poblaciones de seres vivos que estabilizan su crecimiento. El crecimiento económico, el metabolismo industrial y el consumo exosomático, implican un consumo creciente de naturaleza –de materia y energía–, que no sólo se enfrenta a los límites de dotación de recursos del planeta, sino que se degrada en el proceso productivo y de consumo, siguiendo los principios de la segunda ley de la termodinámica.

Cuatro décadas después de la Primavera Silenciosa, la destrucción de los bosques, la degradación ecológica y la contaminación de la naturaleza se han incrementado en forma vertiginosa, generando el calentamiento del planeta por las emisiones de gases de efecto invernadero y por las ineluctables leyes de la termodinámica que han desencadenado la muerte entrópica del planeta. Los antídotos que han generado el pensamiento crítico y la inventiva tecnológica, han resultado poco digeribles por el sistema económico. El desarrollo sostenible se muestra poco duradero, porque no es ecológicamente sustentable!

El sistema económico, en su ánimo globalizador, continuó soslayando y negando el problema de fondo. Así, antes de internalizar las condiciones ecológicas de un desarrollo sustentable, la geopolítica del “desarrollo sostenible” generó un proceso de mercantilización de la naturaleza y de sobre-economización del mundo: se establecieron “mecanismos” para un “desarrollo limpio” y se elaboraron instrumentos económicos para la gestión ambiental que han avanzado en el establecer derechos de propiedad (privada) y valores económicos a los bienes y servicios ambientales. La naturaleza libre y los bienes comunes (el agua, el petróleo), se han venido privatizando, al tiempo que se establecen mecanismos para dar un precio a la naturaleza –a los sumideros de carbono–, y para generar mercados para las transacciones de derechos de contaminación en la compraventa de bonos de carbono.

Hoy, ante el fracaso de los esfuerzos por detener el calentamiento global (el Protocolo de Kyoto había establecido la necesidad de reducir los GEI al nivel alcanzado en 1990), surge nuevamente la conciencia de los límites del crecimiento y emerge el reclamo por el decrecimiento. Este retorna como un boomerang, más que como un eco de añejas propuestas de un ecologismo romántico. Los nombres de Mumford, Illich y Schumacher vuelven a ser evocados por su crítica a la tecnología, su elogio de “lo pequeño que es hermoso” y el reclamo del arraigo en lo local. El decrecimiento se plantea ante el fracaso del propósito de desmaterializar la producción, del proyecto impulsado por el Instituto Wuppertal que pretendía reducir por 4 y hasta 10 veces los insumos de naturaleza por unidad de producto. Resurge así el hecho incontrovertible de que el proceso económico globalizado es insustentable; que la ecoeficiencia no resuelve el problema de una economía en perpetuo crecimiento en un mundo de recursos finitos, porque la degradación entrópica es ineluctable e irreversible.

La apuesta por el decrecimiento no es solamente

No es una contraorden para huir del crecimiento como los hippies pudieron abstraerse de la cultura dominante, ni un elogio de las comunidades marginadas del “desarrollo”".

 

Ahora, ¿Cómo desactivar el crecimiento de un proceso que tiene instaurado en su estructura originaria y en su código genético un motor que lo impulsa a crecer o morir? Enrique Leff contesta a la pregunta:


"
Hoy ni siquiera las comunidades indígenas más aisladas están a salvo o pueden desvincularse de los efectos de la globalización insuflada por el fuelle del crecimiento económico. Pero ¿Cómo desactivar el crecimiento de un proceso que tiene instaurado en su estructura originaria y en su código genético un motor que lo impulsa a crecer o morir? ¿Cómo llevar a cabo tal propósito sin generar como consecuencia una recesión económica con impactos socioambientales de alcance global y planetario? Pues si bien la economía por sus propias crisis internas no alcanza a crecer lo que quisieran jefes de gobierno y empresarios, frenar propositivamente el crecimiento es apostar por una crisis económica de efectos incalculables. Por ello no debemos pensar solamente en términos de decrecimiento, sino de una transición hacia una economía sustentable. Ésta no podría ser una ecologización de la racionalidad económica existente, sino Otra economía, fundada en otros principios productivos.
 

El decrecimiento implica la desconstrucción de la economía, al tiempo que se construye una nueva racionalidad productiva.


Economistas ecólogos, como Herman Daly han propuesto sujetar a la economía de manera que no crezca más allá de lo que permite el mantenimiento del capital natural del planeta, es decir la regeneración de los recursos y la absorción de sus desechos (tesis de la sustentabilidad fuerte), pero la economía simplemente no es consciente y no consiente con tal receta de los ecólogos. No se trata de ponerle corsé a la gorda economía y de ponerla a dieta de naturaleza para evitarle un infarto por obesidad. Se trata de cambiarle el organismo, de pasar de la economía mecanizada y robotizada –de una economía artificial y contra natura–, a generar una economía ecológica y socialmente sustentable.

Decrecer no sólo implica des-escalar (downshifting) o des-vincularse de la economía. No equivale a des-materializar la producción, porque ello no evitaría que la economía en crecimiento continuara consumiendo y transformando naturaleza hasta rebasar los límites de sustentabilidad del planeta.

La abstinencia y la frugalidad de algunos consumidores responsables no desactivan la manía de crecimiento instaurada en la raíz y en el alma de la racionalidad económica, que lleva inscrita el impulso a la acumulación del capital, a las economías de escala, a la aglomeración urbana, a la globalización del mercado y a la concentración de la riqueza.

 

Saltar del tren en marcha no conduce directamente a desandar el camino.

Para decrecer no basta bajarse de la rueda de la fortuna de la economía; no basta querer achicarla y detenerla. Más allá del rechazo a la mercantilización de la naturaleza, es preciso desconstruir la economía. Las excrecencias del crecimiento –la pus que brota de la piel gangrenada de la Tierra, al ser drenada la savia de la vida por la esclerosis del conocimiento y la reclusión del pensamiento–, no se retroalimentan al cuerpo enfermo de la economía. No se trata de reabsorber sus desechos, sino de extirpar el tumor maligno. La cirrosis que corroe a la economía no habrá de curarse inyectando mayores dosis de alcohol a la máquina de combustión de las industrias, los autos y los hogares.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía

Ha fracasado la estrategia economicista que intenta contener el desbordamiento de la naturaleza conteniéndola en la jaula de racionalidad de la modernidad, sujetándola con los mecanismos del mercado, sometiéndola a las formas de raciocinio e interés prevalecientes.

De la angustia ante el cataclismo ecológico y el descrédito de la eficacia y la moral del mercado, nace la inquietud por el decrecimiento.

La transición de la modernidad hacia la postmodernidad significó pasar de los movimientos anti-culturales inspirados en la dialéctica, a proponer el advenimiento de un mundo “post” –post-estructuralismo, post-capitalismo– que anunciaba algo nuevo en la historia, pero aún sin nombre, porque solo hemos sabido nombrar positivistamente lo que es, y no lo por-venir. La filosofía posmoderna inauguró la época “des”, abierta por el llamado a la des-construcción. La solución al crecimiento no es el decrecimiento, sino la desconstrucción de la economía y la transición hacia una nueva racionalidad que oriente la construcción de la sustentabilidad.

La desconstrucción de «la economía» no significa tan sólo un ejercicio mental para desentrañar y descubrir las fuentes del pensamiento y los intereses sociales que se conjugaron para dar a luz a la economía, hija del Iluminismo de la razón y de los intercambios comerciales del capitalismo naciente, sino de un ejercicio filosófico, político y social mucho más complejo. «La economía» no sólo existe como teoría, como supuesta ciencia.

«La economía» es una racionalidad –una forma de comprensión y actuación en el mundo– que se ha institucionalizado y se ha incorporado en nuestra subjetividad. La pulsión por “tener”, por “controlar”, por “acumular”, es ya reflejo de una subjetividad que se ha constituido a partir de la institución de la estructura económica y de la racionalidad de la modernidad.

«Desconstruir a la economía insustentable» significa cuestionar el pensamiento, la ciencia, la tecnología y las instituciones que han instaurado la jaula de racionalidad de la modernidad. La racionalidad económica no es una mera superestructura a ser indagada y desconstruida por el pensamiento; es un modo de producción de conocimientos y de mercancías. El proceso económico no se implanta en el mundo como un árbol que echa raíces en la tierra y se alimenta de su savia nutriente. Es como un dragón que va dragando la tierra, clavando sus pezuñas en corazón del mundo, chupando el agua de sus mantos acuíferos y extrayendo el oro negro de sus pozos petroleros. Es el monstruo que engulle la naturaleza para exhalar por sus fáusticas fauces flamígeras bocanadas de humo a la atmósfera, contaminando el ambiente y calentando el planeta.

No es posible mantener una economía en crecimiento que se alimenta de una naturaleza finita: sobre todo una economía fundada en el uso del petróleo y el carbón, que son transformados en el metabolismo industrial, del transporte y de la economía familiar en bióxido de carbono, el principal gas causante del efecto invernadero y del calentamiento global que hoy amenaza a la vida humana en el planeta tierra.

«El problema de la economía del petróleo» no es sólo, ni fundamentalmente, el de su gestión como bien público y o privado.

No es el del incremento de su oferta, explotando las reservas guardadas y los yacimientos de los fondos marinos, para abaratar nuevamente el precio de las gasolinas que han sobrepasado los 4 dólares por galón.

El fin de la era del petróleo no resulta de su escasez creciente, sino de su abundancia en relación a la capacidad de absorción y dilución de la naturaleza; del límite de su transmutación y disposición hacia la atmósfera en forma de CO2, de gases de efecto invernadero. La búsqueda del equilibrio de la economía por una sobreproducción de hidrocarburos para seguir alimentando la maquinaria industrial (y agrícola por la producción de agro-bio-combustibles), pone en riesgo la sustentablidad de la vida en el planeta… y de la propia economía.

La despetrolización de la economía es un imperativo ante los riesgos catastróficos del cambio climático si se rebasa el umbral de las 550 ppm de gases de efecto invernadero, como vaticina el Informe Stern y el Panel Intergubernamental de Cambio Climático. Y esto plantea un desafío tanto a las economías que dependen fuertemente en sus recursos petroleros (México, Brasil, Venezuela en nuestra América Latina), no sólo por su consumo interno, sino por su contribución al cambio climático al alimentar la economía global.

El decrecimiento de la economía no sólo implica la desconstrucción teórica de sus paradigmas científicos, sino de su institucionalización social y de la subjetivización de los principios que intentan legitimar a la racionalidad económica como la forma suprema e ineluctable del ser en el mundo.

Sin embargo, las diversas razones para desconstruir la racionalidad económica no se traducen directamente en un pensamiento y en acciones estratégicas capaces de desactivar la maquinaria capitalista.

No se trata tan sólo de ecologizar a la economía, de moderar el consumo o de incrementar las fuentes alternativas y renovables de energía en función de los nichos de oportunidad económica que se hacen rentables ante el incremento de los costos de energías tradicionales.

Estos principios, aun convertidos en movimiento social no operan por sí mismos una desactivación de la producción in crescendo, sino una normatividad y una fuga del sistema, una contracorriente que no detiene el torrente desbordado de la máquina del crecimiento.

Por ello precisamos desconstruir las razones económicas a través de la legitimación de otros principios, otros valores y otros potenciales no económicos; debemos forjarnos un pensamiento estratégico y un programa político que permita desconstruir la racionalidad económica al tiempo que se construye una racionalidad ambiental.

«Desconstruir la economía» resulta ser una empresa más compleja que el desmantelamiento de un arsenal bélico, el derrumbamiento del muro de Berlín, la demolición de una ciudad o la refundición de una industria; no es la obsolescencia de una máquina o de un equipo o el reciclaje de sus materiales para renovar el proceso económico. La destrucción creativa del capital que preconizaba Schumpeter, no apuntaba al decrecimiento, sino al mecanismo interno de la economía que la lleva a “programar” la obsolescencia y la destrucción del capital fijo para reestimular el crecimiento económico insuflado por la innovación tecnológica como fuelle de la reproducción ampliada del capital.

Más allá del propósito de desmantelar el modelo económico dominante, se trata de destejer la racionalidad económica entretejiendo nuevas matrices de racionalidad y abonando el suelo de la racionalidad ambiental.

Esto lleva a una estrategia de desconstrucción y reconstrucción; no a hacer estallar el sistema, sino a re-organizar la producción, a desengancharse de los engranajes de los mecanismos del mercado, a restaurar la materia desgranada para reciclarla y reordenarla en nuevos ciclos ecológicos.

Más esta reconstrucción no está guiada simplemente por una “racionalidad ecológica”, sino por las formas y procesos culturales de resignificación de la naturaleza. En este sentido la construcción de una racionalidad ambiental capaz de desconstruir la racionalidad económica, implica procesos de reapropiación de la naturaleza y de reterritorialización de las culturas.

El crecimiento económico arrastra consigo el problema de su medición. El emblemático PIB con el que se evalúa el éxito o fracaso de las economías nacionales, no mide sus externalidades negativas. Pero el problema fundamental no se resuelve con una escala múltiple y un método multicriterial de medida –con las “cuentas verdes”, el cálculo de los costos ocultos del crecimiento, un “índice de desarrollo humano” o un “indicador de progreso genuino”.

Se trata de desactivar el dispositivo interno (el código genético) de la economía, y hacerlo sin desencadenar una recesión de tal magnitud que genere mayor pobreza y destrucción de la naturaleza.

La descolonización del imaginario que sostiene a la economía dominante no habrá de surgir del consumo responsable o de una pedagogía de las catástrofes socioambientales, como pudo sugerir Latouche al poner en la mira la apuesta por el decrecimiento.

La racionalidad económica se ha institucionalizado y se ha incorporado en nuestra forma de ser en el mundo: el homo economicus. Se trata pues de un cambio de piel, de transformar al vuelo un misil antes de que estalle en el cuerpo minado del mundo. La economía realmente existente no es desconstruible mediante una reacción ideológica y un movimiento social revolucionario. No basta con moderar a la economía incorporando otros valores e imperativos sociales, para crear una economía socialmente y ecológicamente sostenible. La desconstrucción implica acciones estratégicas para no quedarnos en un mero teoricismo, dando palos de ciegos. Pues, si tenemos suerte le damos a la piñata y nos caen dulces del cielo... pero también corremos el riesgo de que nos caiga la piñata en la cabeza. Por ello es necesario forjar «Otra economía», fundada en los potenciales de la naturaleza y en la creatividad de las culturas; en los principios y valores de una racionalidad ambiental.

El límite del crecimiento, la resignificación de la producción y la construcción de un futuro sustentable

El límite es el punto final desde el cual se construye la vida. Desde la muerte reorganizamos nuestra existencia. La ley límite ha refundado a las ciencias. El mundo está sostenido por sus límites, desde el espacio infinito suspendido en el límite de la velocidad de la luz que descubriera Einstein, en la ley de la cultura humana con la que se tropezara Edipo, que escenificara Sófocles, y que resignificaran Freud y Lacan como la ley del deseo humano.

Ante este panorama de la cultura y del conocimiento del mundo, nos preguntamos cuál sería ese extraño designio que ha hecho que la economía haya tratado de burlar el límite y querido planear por encima del mundo como un sistema mecánico de equilibrio entre factores de producción y de circulación de valores y precios de mercado. El límite a este proceso desenfrenado de acumulación no ha sido la ley del valor-trabajo ni las crisis cíclicas de sobreproducción o subconsumo del capital. El límite lo marca la ley de la entropía, descubierta por Carnot para eficientizar el funcionamiento de la máquina, reformulada por Boltzmann en la termodinámica estadística, y puesta a funcionar como ley límite de la producción por Georgescu Roegen.

La ley de la entropía nos advierte que todo proceso económico, en tanto proceso productivo, está preso de un ineluctable proceso de degradación que avanza hacia la muerte entrópica. ¿Qué significa esto? Que todo proceso productivo (como todo proceso metabólico en los organismos vivos) se alimenta de materia y energía de baja entropía, que en su proceso de transformación genera bienes de consumo con un residuo de energía degradada, que finalmente se expresa en forma de calor. Y este proceso es irreversible. No obstante los avances de las tecnologías del reciclaje, el calor no es reconvertible en energía útil. Y es esto lo que se manifiesta como el límite de la acumulación de capital y del crecimiento económico: la desestructuración de los ecosistemas productivos y la saturación en cuanto a la capacidad de dilución de contaminantes de los ambientes comunes (mares, lagos, aire y suelos), que en última instancia se manifiestan como un proceso de calentamiento global, y de un posible colapso ecológico al traspasar los umbrales de equilibrio ecológico del planeta.

Mientras que la bioeconomía enraíza la producción en las condiciones de materialidad de la naturaleza, la economía busca su salida en la desmaterialización de la producción. La economía se fuga hacia lo ficticio y la especulación del capital financiero. Sin embargo, en tanto el proceso económico deba producir bienes materiales (casa, vestido, alimento), no podrá escapar a la ley de la entropía. Es ello lo que marca el límite al crecimiento económico. El único antídoto a este camino ineluctable a la muerte entrópica, es el proceso de producción neguentrópica de materia viva, que se traduce en recursos naturales renovables.

La transición hacia esta bioeconomía significaría un descenso de la tasa de crecimiento económico tal como se mide en la actualidad y con el tiempo una tasa negativa, en tanto se construyen los indicadores de una productividad ecotecnológica y neguentrópica sustentable y sostenible. En este sentido, la nueva economía se funda en los potenciales ecológicos, en la innovación tecnológica y en la creatividad cultural de los pueblos. De esta manera podría empezar a diseñarse una sociedad post-crecimiento y una economía en equilibrio con las condiciones de sustentabilidad del planeta. Empero, de la racionalidad ambiental no sólo emerge un nuevo modo de producción, sino una nueva forma de ser en el mundo: nuevos procesos de significación de la naturaleza y nuevos sentidos existenciales en la construcción de un futuro sustentable".

Fuente: www.rebelion.org/Economía/ 9-10-08

 

b. "El decrecimiento ¿es una utopía realizable?"

 

Francisco Fernandez Buey (Papeles de relaciones ecosociales y cambio global/Kaos en la Red), en "¿Es el decrecimiento una utopía realizable?",

argumenta

 I

"En los cursos que vengo impartiendo en la universidad sobre controversias ético-políticas en el mundo contemporáneo he tenido la oportunidad de comprobar que los dos temas que más entusiasmo polémico suscitan entre los estudiantes de humanidades y ciencias sociales, en estos últimos años, son el papel de los medios de comunicación en las democracias representativas y la idea de decrecimiento. Si lo primero es fácilmente explicable al tratarse de un tema que está en la calle, el entusiasmo por la controversia acerca del decrecimiento es en cierto modo una sorpresa, ya que el término decrecimiento es relativamente reciente y la literatura existente en nuestro país al respecto es todavía bastante limitada. Pero, por lo que he podido ver y escuchar, la idea de decrecimiento suscita tanta simpatía como escepticismo la posible aplicación práctica de la misma.

La simpatía observada proviene, sin ninguna duda, del aumento de la conciencia medioambiental entre los jóvenes, siempre por comparación con las generaciones inmediatamente anteriores. Y el escepticismo que provoca la puesta en práctica de la idea de decrecimiento viene, en cambio, de la desconfianza, también en aumento, que existe hoy en día respecto de los agentes políticos y sociales que tendrían que materializarla; en muchos casos este escepticismo se expresa a través de una sospecha más profunda, que se suele manifestar de la manera drástica, a saber: que, siendo una buena idea, ésta del decrecimiento, choca con lo que algunos llaman naturaleza humana y otros condición humana históricamente configurada por la civilización europea moderna. De ahí brota una afirmación, que he escuchado muchas veces, según la cual el decrecimiento es una utopía en el sentido peyorativo de la palabra, una ilusión irrealizable.

Creo que el contraste existente entre aquel entusiasmo y este escepticismo merece una reflexión.

Aunque la palabra decrecimiento se ha empezado a popularizar hace relativamente poco tiempo, la idea no es del todo nueva. Se la puede considerar como una variante radical de la idea de crecimiento cero o de la propuesta de detención del crecimiento, surgidas ambas al calor de las discusiones sobre la crisis ecológica hace más de treinta años. La idea de frenar o detener lo que se venía llamando crecimiento en las sociedades industriales autodenominadas avanzadas estuvo directamente relacionada con la observación en curso de las nefastas consecuencias que el tipo de crecimiento económico cuantitativo estaba produciendo en el entorno medioambiental. Ya a finales de la década los sesenta algunos ecólogos y científicos sensibles empezaron a divulgar la observación de que las llamadas fuerzas productivas se estaban convirtiendo de hecho en fuerzas destructivas o biocidas, con lo que el modelo de crecimiento imperante en las principales potencias del mundo bipolar de entonces iba a acabar poniendo en peligro la base natural de mantenimiento de la vida misma sobre el planeta Tierra.

 

A partir de esta observación, y precisamente como forma de hacer frente a la crisis ecológica que se veía venir, brotó en los inicios de la década siguiente la idea de frenar o detener el crecimiento. Es significativo que esa idea pasara ya a título mismo de la versión francesa del primero de los informes al Club de Roma. Se puede expresar así: si hemos de reconocer que hay límites naturales al crecimiento económico que hemos conocido en los últimos siglos, lo razonable, para evitar el riesgo de crisis ecológica, es actuar en consecuencia y frenar, parar o detener ese tipo de crecimiento económico de la misma manera que habría que detener el crecimiento urbanístico desordenado que hace inhabitables nuestras ciudades y contribuye a destruir su medio ambiente natural.

Pero la mayoría de los gobiernos de entonces (y también la mayoría de los medios de comunicación) trataron de quitar hierro al asunto de la crisis ecológica y consideraron "catastrofistas" o "apocalípticas" las, por otra parte, moderadas conclusiones del análisis de los científicos informados y de las primeras organizaciones ecologistas. Gobiernos y medios incluso ironizaron frecuentemente a su costa. Al tratar de las propuestas encaminadas a detener el crecimiento, y no digamos al ocuparse de la noción de crecimiento cero, aquellos gobiernos y los medios de comunicación vinculados a ellos pasaron de la ironía al insulto.

 

Las hemerotecas de todos los países están plagadas de manifestaciones de dirigentes políticos, parlamentarios y periodistas en este sentido.

La consecuencia fue que por entonces apenas se hizo nada para detener el tipo de crecimiento biocida. Y sin embargo, por una de esas paradojas que son habituales en la historia, mientras se estaba ridiculizando a los partidarios de detener aquel tipo de crecimiento desordenado y biocida, los principales indicadores del crecimiento de las economías dominantes en las grandes potencias empezaron a descender, rozando el cero, como consecuencia de la crisis del petróleo.
En vez de reflexionar sobre el sentido de la paradoja, los gobiernos desarrollistas y las grandes instituciones internacionales, inspirados en la teoría económica standard y con una orientación predominantemente neo-liberal (aunque no sólo) prefirieron salirse por la tangente.

Ya entonces se argumentó en los medios oficiales que la idea de detener el crecimiento era una utopía y se reafirmó con ello la confianza en las mismas tecnologías que estaban en la base del peligro.

 

Hubo que esperar otra década más para que las instituciones internacionales acabaran reconociendo la gravedad del peligro, aceptaran la crítica a la noción de crecimiento establecida por la teoría económica imperante y empezaran a hablar de desarrollo sostenible. Como se sabe, esta otra idea aparece por primera vez en el documento titulado Nuestro futuro común, que fue elaborado en 1987 por la entonces Primera Ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland. En este documento se definía como sostenible “aquel desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. La definición recogía lo que desde algunos años antes se venía diciendo ya en la Comisión Mundial de la ONU sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo y con ella se aceptaba, indirectamente al menos, parte de las razones aducidas desde veinte años antes por científicos informados y economistas críticos.

De acuerdo con esta filosofía, la sociedad debía ser capaz de satisfacer sus necesidades en el presente respetando el entorno natural y sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer las suyas. A partir de ahí se fueron asentando los principios básicos de lo que empezó a denominarse desarrollo sostenible, poniendo el acento, al menos en un principio, en la vertiente ambiental del mismo.

En líneas generales estos principios básicos, que concretan la ambigüedad de la definición dada en Nuestro futuro común, y en el resumen que hizo en su momento Jorge Riechmann, son: a) consumir recursos no-renovables por debajo de su tasa de substitución; b) consumir recursos renovables por debajo de su tasa de renovación; c) verter residuos siempre en cantidades y composición asimilables por parte de los sistemas naturales; d) mantener la biodiversidad; y e) garantizar la equidad redistributiva de las plusvalías.

Lo que más llama la atención al analizar el proceso histórico que ha conducido desde la crítica del tipo de crecimiento standard al reconocimiento oficial de la idea de desarrollo sostenible es el lapso de tiempo que se ha necesitado, sobre todo si lo comparamos con la brevedad del lapso de tiempo que ha sido necesario para pasar, por ejemplo, de algunos de los descubrimientos básicos en biología molecular a sus aplicaciones tecnológicas.

Ya es sintomático que se tardara mucho menos en deshacer lo que se aprobó en la célebre reunión de Asilomar (liquidando una línea de prudente moratoria en el ámbito de la ingeniería genética) que en aceptar oficialmente las consecuencias de la idea de sostenibilidad.

Sintomático porque revela el dominio del optimismo tecno-científico frente a los razonables llamamientos a la prudencia y a la aplicación del principio de precaución.

Pero la cosa es aún peor cuando se observa que, de hecho, la idea misma de desarrollo sostenible ni siquiera es respetada, al cabo de los años, por los principales gobiernos, y que el camino hacia la aplicación de los acuerdos de Kyoto ha estado plagado de obstáculos y zancadillas por parte de los mismos gobiernos que decían defender la idea de desarrollo sostenible.

 

Es en este contexto en el que ha cobrado fuerza «la idea de decrecimiento», que, insisto, con esa perspectiva histórica, se puede interpretar como una radicalización de la noción de crecimiento cero, propuesta en su momento para hacer frente a las primeras manifestaciones de la crisis ecológica.

Y se comprende que así haya sido porque, treinta años después de las primeras denuncias de la crisis ecológica, la situación medioambiental del planeta es manifiestamente peor que la que existía cuando de lo que se hablaba era sobre todo de contaminación de la atmósfera, mares, ríos, lagos y ciudades.

La sucesión de catástrofes medioambientales que se han producido desde entonces y el análisis de los efectos previsibles del cambio climático y del calentamiento global han llevado a que, hoy en día, algunas personalidades próximas a las instituciones estén proponiendo medidas de contención parecidas a las que proponían hace muchos años los primeros denunciantes de la crisis. Sólo que, mientras tanto, las personas mejor informadas no han dejado de insistir en que el peligro de crisis ecológica global aumentaba por lo que ya no caben parches calientes.

 

II

 

Esto último, o sea, la convicción de que ya no caben parches calientes, es lo que está en el transfondo del paso de la idea de crecimiento cero a la idea de decrecimiento para hacer frente a la crisis medio-ambiental. Para decirlo plásticamente: ya no basta con echar el freno al móvil; hay que poner la marcha atrás para evitar el abismo. Eso es lo que se deduce al menos del desarrollo reciente de la idea de decrecimiento impulsada por autores como Serge Latouche, Vincent Cheynet, François Schneider, Paul Ariés o Mauro Bonaiuti, la mayoría de los cuales suele citar, entre sus fuentes de inspiración, la bioeconomía de Georgescu-Roegen1, quien, entre otras cosas, distinguió hace ya tiempo entre “alta entropía” (o energía no disponible para la humanidad) y “baja entropía” (o energía disponible).

 

Es cierto que algunos de estos teóricos, como por ejemplo Clémentin y Cheynet, parecen asumir como objetivo del decrecimiento que llaman sostenible una definición de sostenibilidad muy parecida a la que se daba en el Informe Brundtland, de manera que podría pensarse que, al menos en teoría, no hay demasiada diferencia entre las nociones de desarrollo sostenible y decrecimiento.

Pero concluir eso sería tergiversar el pensamiento de los autores mencionados, los cuales insisten en que, en la práctica de los gobiernos, las nociones de crecimiento y desarrollo son intercambiables. Para precisar más al respecto estos autores distinguen entre decrecimiento “sostenible” e “insostenible” o caótico. Y aducen que un ejemplo de decrecimiento caótico o insostenible es el que ha tenido lugar en Rusia desde 1990, como consecuencia de la desindustrialización no buscada o deseada. A partir de ese ejemplo, y de su critica, se puede equiparar el decrecimiento “sostenible” a economía sana, entendiendo por tal un tipo de decrecimiento que, en sus palabras, no habría de generar “una crisis social que pusiera en cuestión la democracia y el humanismo". Habrá que volver sobre esto.

 

Otros teóricos del decrecimiento todavía han matizado más a la hora de distinguir entre “desarrollo sostenible” y “decrecimiento”; y también matizan a la hora de aducir razones a favor de este último. Así, por ejemplo, Serge Latouche, después de llamar la atención acerca de la multiplicidad de acepciones en que ha venido empleándose la expresión “desarrollo sostenible” desde que apareció en el Informe Brundtland, declara a continuación que el desarrollo sostenible es como el infierno, que está empedrado de buenas intenciones. Para Latouche, “desarrollo” se ha convertido “una palabra tóxica” o, como dirían los teóricos de la Escuela de Frankfurt, "deshonrada", porque cuando se engancha el adjetivo sostenible al concepto de desarrollo lo que en realidad se está haciendo es no poner en cuestión el tipo de desarrollo actualmente existente sino simplemente añadir un componente ecológico espurio. Según él, es más que dudoso que eso baste para resolver los problemas a los que hay que hacer frente en la actualidad.

 

Desde este punto de vista, la reivindicación de la bioeconomía de Georgescu-Roegen vendría a oponerse, precisamente por el carácter radical de la misma, al ecologismo meramente reformista que sigue defendiendo el concepto de “desarrollo”. Se sugiere así que en el mundo actual hay ya ecologismos de distintos tipos y que el decrecimiento es necesario para un ecologismo consecuente, pues no podemos seguir produciendo refrigeradores, coches o aviones a reacción mejores y más grandes sin producir al mismo tiempo también residuos "mejores" y más grandes. Lo que significa, como afirmaba Georgescu-Roegen, que el proceso económico es de naturaleza entrópica.

 

Y siendo eso así, ¿qué tipo de economía oponer a las economías aún dominantes? Lo que los teóricos del decrecimiento llaman economía sana o decrecimiento sostenible se basaría en el uso de energías renovables (solar, eólica y, en menor grado, biomasa o vegetal e hidráulica) y en una reducción drástica del actual consumo energético, de manera que la energía fósil que actualmente se utiliza quedaría reducida a usos de supervivencia o a usos médicos.

Esto implicaría, entre otras cosas, la práctica desaparición del transporte aéreo y de los vehículos con motor de explosión, que serían sustituidos por la marina a vela, la bicicleta, el tren y la tracción animal; el fin de las grandes superficies comerciales, que serían sustituidas por comercios de proximidad y por los mercados; el fin de los productos manufacturados baratos de importación, que serían sustituidos por objetos producidos localmente; el fin de los embalajes actuales, sustituidos por contenedores reutilizables; el fin de la agricultura intensiva, sustituida por la agricultura tradicional de los campesinos; y el paso a una alimentación mayormente vegetariana, que sustituiría a la alimentación cárnica.

 

En términos generales todo esto representaría, en suma, un cambio radical de modelo económico, o sea, el paso a una economía que, en palabras de los teóricos del decrecimiento, seguiría siendo de mercado, pero controlada tanto por la política como por el consumidor. La economía de mercado controlada o regulada tendría que evitar todo fenómeno de concentración, lo que, a su vez, supondría el fin del sistema de franquicias; potenciaría el fomento de un tipo de artesano y de comerciante que es propietario de su propio instrumento de trabajo y que decide sobre su propia actividad.

 

Se trataría, pues, de una economía de pequeñas entidades y dimensiones, que, además -- y esto es otro punto fuerte de la actual teoría del decrecimiento-- no tendría que generar publicidad. Esto pasa por ser una conditio sine qua non para el descrecimiento sostenible. La producción de equipos que necesita de inversión sería financiada por capitales mixtos, privados y públicos, también controlados desde el ámbito político.

Y el modelo alternativo introduciría, además, la prohibición de privatizar los servicios públicos esenciales (acceso al agua, a la energía disponible, a la educación, a la cultura, a los transportes públicos, a la salud y a la seguridad de las personas).

La economía del decrecimiento estaría orientada hacia un comercio justo real para evitar así la servidumbre, las nuevas formas de esclavitud que se dan en el mundo actual y el neocolonialismo.

En la mayoría de las aproximaciones recientes a la idea de decrecimiento se postula que éste tendría que organizarse no sólo para preservar el medio ambiente sino también para restaurar aquel mínimo de justicia social sin el cual el planeta está condenado a la explosión, porque supervivencia social y supervivencia biológica están siempre interrelacionadas.

 

III

 

He dicho ya en el punto anterior que algunos de los teóricos del decrecimiento se curan en salud descartando un decrecimiento caótico o no deseado como el que produjo en Rusia después de 1990 y que al mismo tiempo postulan un tipo de decrecimiento que no tendría que generar “una crisis social que pusiera en cuestión la democracia y el humanismo".

Con ello entramos en el debate sobre las utopías realizables.

 

Lo primero que habría que decir al respecto es que, en sus formulaciones más inteligentes y elaboradas, la idea de decrecimiento no se presenta como un mero concepto sin conexión con la praxis socio-política, pero tampoco como un programa definido para la construcción de alternativas a las sociedades de crecimiento, como un programa político cerrado, como una receta o como una panacea.. Ni siquiera se presenta como un ideal en sí o como el objetivo único para las sociedades que han de salir de la ideología del crecimiento. El decrecimiento aparece más bien, en esas formulaciones, como un horizonte, como el horizonte aglutinador frente a la imposibilidad material del crecimiento que conocemos y frente a la insostenibilidad de nuestro modelo actual de desarrollo.

 

Lo que dice Mauro Bonaiuti, por ejemplo, es que la idea de decrecimiento puede llegar a convertirse en algo así como un horizonte interpretativo largamente compartido en el ámbito de las alternativas (en plural) al capitalismo global.

Este planteamiento permite concretar un poco más.

De la misma manera que la defensa del crecimiento no implica que todo tenga que crecer, así también la admisión de la idea de decrecimiento tampoco implica que todo tenga que decrecer. Lo que se propone que disminuya, en el momento y en la situación actuales, es el consumo de materia y energía, o sea, principalmente lo que se llama producto interior bruto.

La idea de decrecimiento apunta, pues, a la producción y reproducción de valor y felicidad en las sociedades humanas reduciendo en ellas de una manera progresiva la utilización de materia y energía. Se descarta que eso sea un objetivo alcanzable por la vía exclusiva de la tecnología, se dan pistas para hacer frente al reto en el ámbito de las tecnologías alternativas y se reafirma la conciencia de las contradicciones que hemos de superar. En última instancia, todo eso implica, obviamente, un cambio radical en la forma de producir, de consumir y de vivir, una nueva forma de organizarnos social y económicamente.

Por ahí enlaza la idea de decrecimiento con las utopías sociales anteriores en la historia de la humanidad, particularmente con aquéllas que tomaron sus distancias respecto del crecimiento indefinido de las fuerzas productivas, como sugiere la propuesta de Serge Latouche cuando éste resume expectativas de muchos y vías que ya se están prospectando colectivamente:

 

Ø      primar la cooperación y al altruismo sobre la competencia y el egoísmo;

Ø      revisar nuestra manera de conceptualizar la pobreza y la escasez;

Ø      adaptar las estructuras económicas a la medida del ser humano, en lugar de hacer entrar con calzador al ser humano en estructuras económicas impuestas;

Ø      redistribuir el acceso a los recursos naturales y a la riqueza; limitar el consumo a la capacidad de carga de bioesfera;

Ø      potenciar los bienes duraderos;

Ø      conservar, reparar y reutilizar los bienes para evitar el consumismo;

Ø      potenciar la producción a escala local y en un sentido sostenible;

Ø      primar los cultivos agro-ecológicos, etc.

 

Los teóricos del decrecimiento no sólo vinculan la bioeconomía inspirada por Geoergescu-Roegen a la crítica de la teoría económica standard sino también al ecologismo social o socio-político. Y en ese sentido no ignoran las dificultades que actualmente existen para la aplicación de las medidas que proponen en el mundo de los ricos, puesto que éstas representarían un giro hacia la frugalidad, la sobriedad, la austeridad y la contención de los consumos. Pero en lugar de poner el acento en aseveraciones abstractas y reiterativas acerca de la naturaleza o la condición humana o de quedarse en la idea de que el ser humano sólo ha aprendido históricamente por choque directo con la realidad, se fijan mayormente en las resistencias reales que opondrán al decrecimiento los sectores actualmente más favorecidos.

 

De ahí que estén aduciendo a favor de la propuesta por una parte datos y por otra una nueva filosofía. Datos del tipo siguiente, a saber: que ahora mismo el 80% de los humanos vive sin automóvil, sin refrigerador y sin teléfono; que el 94% de los humanos no ha viajado nunca en avión; que la tercera parte de la población norteamericana y una parte creciente de la población de la Unión Europea es obesa y que una dieta mejor y más austera sería mejor solución para resolver ese problema que aumentar el gasto dedicado a investigar sobre el gen de la obesidad, como actualmente se hace. La filosofía alternativa o la sabiduría de la vida que se postula viene a decir que el bien y la felicidad se pueden obtener con un coste económico-ecológico menor y con la contención de las necesidades.

 

Algunos autores partidarios del decrecimiento, como el ya citado Mauro Bonaiuti, economista de la Universidad de Módena, admiten que la denominada economía ligera o el capitalismo on line de hoy, basado en las tecnologías informáticas, a diferencia del industrialismo fordista, está en condiciones de producir renta con menos recursos naturales. A pesar de lo cual, no creen que estas nuevas tecnologías (u otras por venir) sean sustitutivas o vayan a resolver el problema. Bonaiuti matiza, eso sí, la relevancia de la aplicación de las leyes de la termodinámica, y en particular de la ley de entropía, a la economía, al proceso económico. Lo ha hecho en estos términos: “Defender el decrecimiento –en términos de cantidades físicas producidas—corre el peligro de ser interpretado como una eutanasia del sistema productivo, lo que privaría de un consenso necesario a la vía de la economía sostenible”.

 

Ya con esto se suscita una interesante controversia sobre dónde poner los acentos a la hora de elaborar una política económico-ecológica alternativa: si únicamente en una fuerte reducción del consumo o más bien en una revisión profunda de las preferencias. Frente a otros partidarios del decrecimiento Bonaiuti argumenta que con la actual distribución de las preferencias la reducción drástica del consumo provocaría malestar social, desocupación y, en última instancia, el fracaso de la política económico-ecológica alternativa.

Propugna, en consecuencia, desplazar los acentos hacia lo que llama «bienes relacionales» (atenciones, cuidados, conocimientos, participación, nuevos espacio de libertad y de espiritualidad, etc.) y hacia una economía solidaria. Se entiende, pues, que el decrecimiento material tendría que ser un crecimiento relacional, convivencial y espiritual.

Lo que en cierto modo daría respuesta a la preocupación acerca del futuro de la democracia y el humanismo en el horizonte del descrecimiento.

Todo esto trae a la memoria aquello que Bloch llamaba utopía concreta para diferenciarla de la utopía abstracta: la utopía realizable como horizonte. El horizonte sería, en este caso, la sostenibilidad ambiental y la justicia social, lo cual no precisa de una respuesta técnica sino más bien política y filosófica: cambios profundos en el tejido cultural de nuestras sociedades.

Conviene subrayar aquí la presentación que se está haciendo de la noción de decrecimiento como una necesidad, y no como mero ideal, sobre todo porque, en principio, la palabra misma puede funcionar como un mero negativo del crecimiento. Pues si ha ocurrido en el pasado reciente que el crecimiento cero (o casi cero) y el decrecimiento caótico se produjeron históricamente sobre la base de políticas económicas neo-liberales, sin control estatal o por desorganización completa del estado, habría que llegar a la conclusión de que la peor de las utopías, la más negativa, es precisamente la política económica que se ha estado presentando a sí misma como la más 'realista'.

De donde se sigue, una vez más, que la utopía posible, el buen lugar potencialmente realizable, el horizonte al que acercarse, se alcanzará, también esta vez, a partir de la crítica de la crítica y cuando ésta se haya consolidado. O dicho con otras palabras: si hay una utopía concreta que se puede prospectar y esa utopía es el descrecimiento, entonces cualquier aproximación a ella (y nos va mucho en el asunto) pasa por conocer los caminos que conducen al infierno (el crecimiento tóxico, que se dice) para evitarlos".

* Publicado en el nº 100 de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, Madrid, 2008

Fuente: www.rebelion.org/Ecología social/ 3-10-08