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Interbarrial Noviembre 2011
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En momentos de consolidación del extractivismo como modelo diseñado por el capitalismo central para América Latina y el Caribe e impulsado por UNASUR al ejecutar la IIRSA: la «reforma agraria integral» debe transformarse en desafío común de los diversos de abajo para constituir el poder de emancipar a sus trabajos de servir al saqueo, a la contaminación, al hambreamiento y a la represión. Porque las transnacionales en asociación con las elites locales -como poder económico e imperialista sobre el país- están ejecutando sus planes de desaparición forzada de campesinos e indígenas, apoderamiento totalitario tanto de tierras como de semillas, desertificación (o destrucción de la naturaleza y de las comunidades rururbanas), pobreza estructural y exclusión social. Estos ecocidios -genocidios resultan impunes y podrán continuar mientras la enorme confianza depositada en la Presidenta le permita convocar e implementar la conciliación expresada en que lo fundamental para el PEA es “hacer que las universidades y escuelas técnicas, empresarios y productores, participen en el esfuerzo del desarrollo tecnológico" y "el cooperativismo debe ser uno de los instrumentos más valiosos para que los productores participen en la cadena de valor y obtengan mejores precios". Leer Mariano Feliz advierte: “(…) El modelo que propone la presidenta se basa en la utilización de la plataforma construida por el proyecto neoliberal, para construir un capitalismo del siglo XXI. Un capitalismo en el cual el consumo se concentra en el 20% de la población pues convive con la precarización extendida del empleo. Recordemos que el 50% de los asalariados empleados en el sector privado tienen trabajo en negro. Es una economía capitalista sin consumo de masas que orienta su producción a la exportación o al consumo suntuario. Los grandes capitales no quieren producir bienes de consumo popular porque es mucho más rentable producir soja, manufacturas alimenticias, automóviles o celulares. Mientras tanto, la pobreza se estanca en cifras que rondan el 20%. Este proyecto de desarrollo capitalista ‘en serio’ se conforma de manera tal que aumenta la dependencia y la posición periférica del país. Casi la mitad de las exportaciones dependen de las ventas a Brasil, China e India y están básicamente ligadas al complejo agro-minero o la armaduría (automóviles). Todo el proceso se apoya en la hegemonía indiscutida del gran capital trasnacional o sus socios argentinos. Casi una década de kirchnerismo ha dejado inalterada la extranjerización del control de la producción, la inversión y las exportaciones (…)”. Leer |
Otro país-mundo
requiere
«La reforma agraria integral»
Porque permitirá la reestructuración socioeconómica e institucional. Parte de erradicar la concentración y desnacionalización tanto económica como territorial que el sistema capitalista mundializado implantó en forma de crecimiento constante desde los setenta mediante terrorismo de estado y que, encima, carece de perspectivas al financiarse por aprovechamiento de las ventajas comparativas de la Pampa Húmeda que está destruyendo. Asume la confrontación de futuros que describe el siguiente artículo:
De un vistazo y muchas aristas. Semillas ancestrales: las llaves de futuro, en manos de quién (Biodiversidad | 19 julio 2011 )
Hasta hace cien años, miles de variedades de maíz, arroz, calabaza, tomate, patata, abundaban en comunidades campesinas. A lo largo de 12 mil años de agricultura, se manejaron unas 7 mil especies de plantas y varios miles de animales para la alimentación, pero hoy, según datos del Convenio de Diversidad Biológica, sólo quince variedades de cultivos y ocho de animales representan el 90% de nuestra alimentación.
La agricultura industrial e intensiva, a partir de la Revolución Verde, en los años sesenta, apostó por unos pocos cultivos comerciales, variedades uniformes, con una estrecha base genética y adaptadas a las necesidades del mercado (cosechas con maquinaria pesada, preservación artificial y transporte de largas distancias, uniformización en el sabor y en la apariencia): unas políticas que impusieron semillas industriales con el pretexto de aumentar su rentabilidad y producción, desacreditando las semillas campesinas y privatizando su uso.
De este modo, y con el paso del tiempo, se han ido emitiendo patentes sobre una gran diversidad de semillas, plantas, animales, etcétera, erosionando el derecho campesino de mantener sus propias semillas y amenazando sus medios de subsistencia y sus tradiciones. Mediante estos sistemas [de propiedad intelectual], las empresas se han adueñado de organismos vivos y, a través de la firma de contratos, el campesinado depende de la compra anual de semillas, sin posibilidad de poder guardarlas después de la cosecha, plantarlas y/o venderlas la siguiente temporada. Las semillas, que representaban un bien común, patrimonio de la humanidad, han sido privatizadas, patentadas y, en definitiva, “secuestradas”.
La generalización de variedades híbridas, que no pueden ser reproducidas, y los transgénicos, fueron otros de los mecanismos utilizados para controlar su comercialización. Estas variedades contaminan las semillas tradicionales, condenándolas a su extinción e imponiendo un modelo dependiente de la agroindustria. El mercado mundial de semillas está extremadamente monopolizado y sólo diez empresas controlan el 70% del mismo.
Como señala La Vía Campesina, la mayor red internacional de organizaciones campesinas, “somos víctimas de una guerra por el control de las semillas. Nuestras agriculturas están amenazadas por industrias que intentan controlar nuestras semillas por todos los medios posibles. El resultado de esta guerra será determinante para el futuro de la humanidad, porque de las semillas dependemos todos y todas para nuestra alimentación cotidiana”. Esther Vivas, “Semillas secuestradas”, Público, 11 de abril, 2011(…)
http://www.grain.org/es/article/entries /4334-de-un-vistazo-y-muchas-aristas-semillas-ancestrales-las-llaves-de-futuro-en-manos-de-quien
El editorial de Biodiversidad, Sustento y Culturas nº 69, julio 2011, dice: “(…) Así es el futuro que creen que nos van a imponer robándonos las semillas. Para eso están las patentes, los certificados de obtentor, los registros, los catálogos, las definiciones mentirosas de algo indefinible porque su transformación continua lo impide. Para eso también está toda la argumentación de proteger (siempre en el fondo se invoca la protección como chantaje último e “intachable”) las variedades, su material genético, mediante reservas o colecciones ex situ, es decir fuera de donde se ocupan, fuera de donde sirven, fuera del flujo que las produjo y las refuerza, fuera del flujo del que son parte fundamental porque sin estas semillas, sin estos cultivos, ese todo ya no es el mismo.
Se trata entonces de quién tiene acceso a estos materiales, y a fin de cuentas, de quién tiene el control de las semillas.
Esta avidez de control es finalmente algo generalizado: no nos cansaremos de decir que su fin último es erradicar la producción independiente de alimentos.
Para eso hay que privatizar todos los pasos de la cadena alimentaria como sea posible, empezando por las semillas, mediante leyes, normas, estándares de calidad, lo que está llevando al absurdo de proponer por todas partes nuevas “leyes de protección del maíz”: leyes que dicen poner obstáculos a la siembra de maíces transgénicos (es decir a la contaminación transgénica de los cultivos ancestrales); “obstáculos” que implican el escrutinio de todo el universo de la biodiversidad, en este caso del maíz. Así, tales leyes imponen la catalogación de las semillas, su homologación, la reducción de su universo a lo registrado y certificado. Esto lleva a que le pongan cuotas (por no decirle precios) a su utilización, que se impongan candados técnicos a su utilización (por ejemplo la tecnología terminator recién revivida).
Lo peor es que en el fondo todos estos controles suponen una criminalización del acto mismo de poseer, guardar, custodiar, intercambiar, y por supuesto sembrar las semillas libres que durante milenios nos han cuidado y nos han servido de talismanes para nuestro futuro.
Pensándolo bien, ese niño de la foto es también un símbolo de lo que son las semillas: un concentrado de futuro, un concentrado del sentido que ese futuro puede contener y hacer florecer si nos organizamos para defender nuestra existencia y la vida que nos dio y dará más vida. Bien mirado, ese niño, pese a su corta edad, no está disperso, está enfocado y labora e investiga en su entorno. Si esto es cierto, la foto nos dice que debemos insistir en lo que pensamos es correcto. Debemos insistir en nuestro cuidado de milenios. Insistir en que, para defender el maíz, el trigo, el arroz, todas las semillas y cultivos nativos en su integridad —y no sólo contra la contaminación genética— “hay que restaurar activamente los sistemas, procesos y dinámicas que crearon y mantuvieron en su diversidad a muchísimos cultivos y semillas durante siglos, junto con los saberes que unas personas y otras, unos colectivos y otros, fueron intercambiando con cariño y respeto mutuo. Ninguno de esos procesos es posible sin la permanencia de los pueblos indígenas y campesinos que los pusieron en marcha”, como dijera un documento de GRAIN de 2003.
Si esto es así, debemos ponerle fin al acaparamiento de tierras a nivel local, nacional y mundial. Debemos defender nuestros territorios como quizá la más crucial tarea que nos debemos, porque sin un territorio propio, el cuidado de los saberes y de los cultivos es imposible. Debemos defender el sustrato de vida que implica la misma idea del territorio, que no sólo es la tierra sino los saberes que lo hacen posible. Si las semillas son las llaves del futuro, los territorios propios son la cerradura misma que tales semillas necesitan abrir".Fuente: http://www.grain.org/es/article/entries/4330-editorial
PLANTEO / IDEOLOGÍA / PREMISAS E HIPÓTESIS
La programación y puesta en práctica de la «reforma agraria integral» nos exige a los de abajo unirnos en asumir la lucha anticapitalista y antiimperialista para emanciparnos porque el progreso del sistema mundializado en nuestro continente lo anticipan Colombia y :
1. Honduras
WikiLeaks Honduras: EE.UU. vinculado a brutales empresarios
Por Dana Frank (Common Dreams/The Nation)
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens
Desde 2009,
sin que lo hayan advertido los medios internacionales, el gobierno golpista de
Honduras ha estado colaborando con acaudalados terratenientes en una violenta
represión contra pequeños agricultores que luchan por sus derechos a la tierra
en el valle Aguán, en la región nororiental del país. Más de 46 campesinos han
sido asesinados o han desaparecido. Los grupos de derechos humanos acusan de que
muchos de los asesinatos han sido perpetrados por el ejército privado de
guardias de seguridad empleados por Miguel Facussé,
magnate de los
biocombustibles. Los guardias de Facussé trabajan en estrecha colaboración con
los militares y la policía hondureña, que reciben un generoso financiamiento de
EE.UU. para librar la guerra contra la droga en la región.

Nuevos cables de WikiLeaks revelan ahora que la embajada de EE.UU. en Honduras –y por lo tanto el Departamento de Estado– ha sabido desde 2004 que Miguel Facussé es un importador de cocaína. En otras palabras, la “narcoguerra” de EE.UU. se utiliza para, entrenar y apoyar la guerra de un conocido narcotraficante contra los campesinos.
Miguel Facussé Barjum, es según la embajada “el empresario más rico y más poderoso del país”, uno de los “pesos pesados políticos” del país. El New York Times lo describió recientemente como “el octogenario patriarca de una del puñado de familias que controlan gran parte de la economía de Honduras”. El sobrino de Facussé, Carlos Flores Facussé, fue presidente de Honduras de 1998 a 2002. La corporación Dinant de Miguel Facussé es un importante productor de aceite de palma, comida chatarra, y otros productos agrícolas. Fue uno de los partidarios clave del golpe militar que derrocó al presidente democráticamente elegido Manuel Zelaya el 28 de junio de 2009.
La base del poder de Miguel Facussé se encuentra en el bajo Valle del Aguán, donde los campesinos se establecieron originalmente en los años setenta como parte de una estrategia de reforma agraria del gobierno hondureño que alentó cientos de exitosas cooperativas y colectivos campesinos en la región. Desde 1992, sin embargo, los nuevos gobiernos neoliberales comenzaron a promover la transferencia de sus tierras a elites acaudaladas, que se apresuraron a aprovechar el apoyo estatal para intimidar y obligar a los campesinos a vender sus tierras, y en algunos casos para adquirir tierras mediante un fraude evidente. Facussé, de lejos el mayor beneficiario de esas políticas estatales, ahora reivindica por lo menos 8.900 hectáreas en el bajo Aguán, por lo menos un quinto de toda la zona, y en gran parte la ha plantado con palmas africanas para un imperio de biocombustible en plena expansión.
Mientras tanto, los niveles de vida de los campesinos de la región han bajado dramáticamente. En diciembre de 2009 miles de campesinos organizados comenzaron a realizar recuperaciones colectivas de tierras en el bajo Aguán que según ellos les fueron robadas, o prometidas legalmente por el gobierno a través de previos acuerdos o edictos.
Los esfuerzos de los campesinos han sido enfrentados con rápidas y brutales represalias. Según el Comité de Familias de Detenidos y Desaparecidos de Honduras (COFADEH), un grupo independiente altamente respetado de derechos humanos, por lo menos 44 personas han sido asesinadas, 16 sólo el verano pasado. Las víctimas incluyen a dirigentes de grupos como el Movimiento Unificado de Campesinos de Aguán (MUCA), que participa en tomas de tierras, pero también a miembros de comunidades estables que han estado en el lugar durante décadas, como Guadalupe Carney, Rigores o Prieta, cuyos residentes creían que tenían títulos seguros de propiedad de sus tierras. Según una declaración de Human Rights Watch en la que pide una investigación, nadie ha sido arrestado o enjuiciado por alguno de esos asesinatos.
Muchos de estos asesinatos y ataques se han atribuido a guardias privados de seguridad de Miguel Facussé, así como a sus asociados. Los sicarios van de civil o con uniformes del Grupo Dinant y se dice que son entre 200 y 300. El propio Facussé admite que el 15 de noviembre de 2010 sus guardias mataron a tiros a cinco campesinos del MUCA en la comunidad El Tumbador. Un informe de julio de 2011 sobre las matanzas de campesinos en el Aguán de una misión investigadora del Consejo Mundial de Iglesias, Foodfirst Information and Action Network (FIAN) International, y otros grupos internacionales, señala: “En todos los casos, según testigos y miembros de los movimientos de campesinos, los guardias de seguridad que trabajan para Miguel Facussé y René Morales están considerados los protagonistas primordiales”, incluso en las muertes de tres miembros del MUCA el 17 de agosto de 2010.
Los supuestos asesinatos y ataques armados de guardias de Facussé continúan. El 5 de octubre, se informa de que los guardias de seguridad de Facussé atacaron a tiros e hirieron gravemente a dos miembros del MUCA en la comunidad campesina San Isidro, según FIAN. El 11 de octubre en La Aurora, informan FIAN y otros grupos de derechos humanos, por lo menos seis guardias de seguridad de tierras reivindicadas por la Corporación Dinant de Facussé, junto a policías y fuerzas militares, mataron a tiros a Santos Serfino Zelaya Ruiz, de 33 años, y abrieron fuego contra 15 mujeres que repartían sal, quienes se ocultaron durante horas entre las palmas.
El 8 de enero de 2011, el activista opositor y periodista Juan Chinchilla fue secuestrado en el valle Aguán, torturado e interrogado. Escapó después de dos días e informó en una entrevista que sus secuestradores “llevaban casi todos uniformes del ejército, la policía y de guardias privados de Miguel Facussé”.
Grupos de derechos humanos de todo el mundo han denunciado los ataques de Facussé a los campesinos hondureños. El 8 de abril, el banco alemán de desarrollo DEG (Deutsche Investitions und Entwicklungselleschaft mbH), anuló un préstamo de 20 millones de dólares a Dinant después de investigar la situación. Una semana después EDF, una importante corporación energética francesa, anunció que anulaba sus planes de comprar créditos de carbono a Dinant.
Facussé ha respondido agresivamente en su defensa con anuncios de página completa. También demandó hace poco por difamación al obispo de Honduras Luis Alfonso Santos y a Andrés Pavon, presidente del conocido Comité para la Defensa de Los Derechos Humanos (CODEH).
En tándem con los asesinatos y desapariciones de activistas individuales, la policía y los militares hondureños han lanzado, durante el último año y medio, sucesivas olas de represión contra comunidades campesinas completas, tanto asentadas en nuevos sitios ocupados como en otras estables con un estatus legal a largo plazo. El 15 de diciembre de 2010, entre 500 y 1.000 policías y militares rodearon la pequeña localidad campesina de Guadalupe Carney con francotiradores y helicópteros y realizaron allanamientos casa por casa en busca de supuestas armas, que nunca encontraron. Los soldados se quedaron acampados en el centro del pueblo desde entonces. En abril de 2010, 2.000 policías y militares hondureños ocuparon todo Valle del bajo Aguán, controlando el acceso e intimidando a los residentes. La situación ha empeorado desde mayo, y sigue escalando. Cinco guardias de seguridad, un policía, y otros cinco, además de 16 campesinos, han muerto. La región está nuevamente ocupada por 1.000 soldados en una operación militar llamada Xatruch II, que apunta a combatir guerrilleros armados, de cuya existencia no existe ninguna evidencia. Tampoco se ha presentado evidencia que vincule a los campesinos con las otras muertes. En general, la ocupación y represión del bajo Aguán ha llegado a proporciones aterradoras. “Con la militarización Xatruch II tratan de convertir nuestra zona en Iraq”, acusan COFADEH y el MUCA. “Nuestros asentamientos están sometidos a un continuo estado de sitio”.
El 24 de junio, sólo con una hora de advertencia, la policía quemó casi toda la comunidad de Rigores de más de 100 casas, de diez años de antigüedad, y aplanó sus tres iglesias y su escuela de siete aulas. Los residentes comenzaron a reconstruir sus casas con carpas y palos, pero entre el 16 y 18 de septiembre, como respuesta a la muerte de un policía cercano, la policía irrumpió en el pueblo, agarrando y deteniendo gente al azar, incluidos niños. Uno de ellos era un niño de 16 años que ha testificado que los policías le pusieron una bolsa sobre la cabeza, lo rociaron con gasolina y amenazaron con matarlo. El 20 de septiembre policías y militares desalojaron exitosamente a todos los que quedaban en la comunidad. Numerosos testigos presenciales y grupos de derechos humanos informan de que los guardias privados de Facussé, policías y militares, participaron en conjunto en esos violentos desalojos y las muertes asociadas con ellos: en El Tumbador el 15 de noviembre de 2010; en Guadalupe Carney el 15 de diciembre de 2010; en Rigores el 24 de junio de 2011; y en La Aurora el 11 de octubre, donde las mujeres se ocultaron entre los árboles, así como en el secuestro de Chinchilla. El pasado 15 de agosto, informa COFADEH, los guardias de Facussé junto con policías y miembros de las fuerzas armadas atacaron brutalmente a los campesinos en la plantación de palmas africanas conocida como Finca Panamá. Según Rights Action, un grupo de derechos humanos basado en Washington DC y Toronto, “informa de que militares, policías y fuerzas privadas de seguridad intercambiaron uniformes según el contexto, para movilizarse en conjunto en patrulleros policiales y coches que pertenecen a compañías privadas de seguridad empleadas por los dueños de plantaciones de palmas africanas”. COFADEH concluye diciendo: “La relación entre los militares y los guardias privados de seguridad demuestra claramente que los guardias de seguridad actúan como fuerzas paramilitares”.
En los últimos dos años desde el golpe, el financiamiento por EE.UU. de los militares y policías hondureños ha aumentado drásticamente. EE.UU. ha asignado 45 millones de dólares en nuevos fondos para la construcción militar, incluida la expansión de la Base Soto de la Fuerza Aérea en Palmerola, operada en conjunto (con suministro ahora de drones estadounidenses) y ha abierto tres nuevas bases militares. El financiamiento de la policía y de los militares, casi 10 millones de dólares en 2011, aumentó drásticamente en junio con 40 millones más según la nueva Iniciativa Regional Centroamericana de 200 millones de dólares, supuestamente para combatir el narcotráfico en Centroamérica, que, ciertamente, es flagrante, peligroso y creciente en Honduras bajo el gobierno posterior al golpe de Lobos, especialmente en el Aguán.
Las operaciones militares hondureñas en el valle del bajo Aguán, incluidas operaciones conjuntas con guardias de Facussé, se benefician de estos fondos, así como de un entrenamiento especial. En verano de este año 70 miembros del Batallón Quince de Honduras recibieron un entrenamiento especial de 33 días de los rangers estadounidenses. Según la Red de Solidaridad con Honduras, miembros del grupo Xatruch de Fuerzas Especiales en el valle Aguán, confirmaron en una reunión en septiembre “que habían recibido entrenamiento en operaciones especiales de militares de EE.UU., que incluyó entrenamiento de francotiradores y antiterrorismo”. Testigos presenciales informaron a Rights Action de que también vieron a rangers estadounidenses entrenando a guardias de seguridad de Facussé.
Últimamente, el 6 de octubre, miembros de la Operación Xatruch II, capturaron, detuvieron sin acusaciones y torturaron a Walter Nelin Sabillón Yanos, miembro del MUCA, según informes de FIAN. Sabillón les declaró que mientras estaba detenido en la comisaría Tocoa, las autoridades lo golpearon, le colocaron repetidamente un capuchón en la cabeza y le aplicaron tres veces choques eléctricos en las manos, el abdomen y la boca mientras lo interrogaban sobre el movimiento campesino. El 17 de septiembre llamé a la comisaría Tocoa para preguntar por la situación de 30 campesinos que habían sido reunidos y detenidos. “Díganle que matamos a todos los campesinos”, dijo riendo el oficial, y colgó. A una colega que llamó poco después le dijeron que trataban a los detenidos “como perros”. “¿Los están torturando?” –preguntó. “Espero que así sea” –respondió el oficial.
Cables publicados el 30 de septiembre por Wikileaks aclararon aún más el papel de los militares de EE.UU. y del Departamento de Estado en el conflicto del valle Aguán. Un cable del 19 de marzo de 2004 de la embajada de EE.UU. en Tegucigalpa, titulado “Avión con droga quemado en destacada propiedad hondureña” informa de que “un conocido vuelo de tráfico de droga con un embarque de 1.000 kilos de cocaína de Colombia… aterrizó exitosamente el 14 de marzo en la propiedad privada de Miguel Facussé”. Según el autor del cable, el embajador Larry Palmer, las fuentes informaron a la policía de que “el alijo se descargó en un convoy de vehículos protegido por casi 30 hombres armados”. Vieron como quemaban el avión y sus restos enterrados posteriormente por un “buldócer/cargadora frontal”.
Palmer escribe que “la propiedad de Facussé está fuertemente protegida y la posibilidad de que los individuos hayan podido acceder a la propiedad, sin autorización, utilizado la pista de aterrizaje es cuestionable”. Una fuente “afirmó que Facussé estuba presente en la propiedad cuando tuvo lugar el incidente”. El embajador Palmer también informó de que “este incidente marca la tercera vez en los últimos quince meses en la que se han vinculado narcotraficantes con la propiedad del señor Facussé”. En un cable subsiguiente del 31 de marzo de 2004, Palmer señaló la confiscación de “aproximadamente 700 kilos de cocaína” por las autoridades hondureñas y transmitió su opinión de que la droga podría haber provenido del avión quemado en la propiedad de Facussé. El 22 de febrero de 2009 –cuatro meses antes del golpe– El Heraldo, un periódico derechista de Tegucigalpa, informó de que, según un funcionario de la oficina antinarcóticos del gobierno hondureño, un avión Cessna con 1.400 kilos de cocaína se había encontrado en Farallones, al este del valle Aguán en el departamento de Colón, “en una pista de aterrizaje que según nuestra información pertenece a Miguel Facussé”. Parece seguro presumir que la embajada de EE.UU. lee El Heraldo a diario y cuidadosamente.
Otros cables publicados por WikiLeaks establecen que funcionarios de la embajada se reunieron con Miguel Facussé en junio de 2006 y el 7 de septiembre de 2009, diez semanas después del golpe, y que la embajada almorzó con Facussé y Rafael Callejas, otro de los poderosos respaldos del gobierno golpista. Una nueva embajadora estadounidense, Lisa Kubiske, llegó a Honduras en agosto de este año. Es experta en biocombustibles, el centro del imperio de palmas africanas de Miguel Facussé. ¿Qué quiere decir todo esto, entonces? Primero, la embajada de EE.UU. se reunió por lo menos dos veces con un conocido y destacado narcotraficante. Segundo, sabía que respaldó el golpe mientras se desarrollaba, como si fuera sólo un “destacado empresario”. Tercero, y lo más importante, EE.UU. financia y entrena a militares y policías hondureños que realizan operaciones conjuntas con los guardias de seguridad de un conocido narcotraficante, para reprimir violentamente a un movimiento campesino por cuenta de las dudosas reivindicaciones de Facussé de vastas áreas del valle Aguán, a fin de fortalecer su imperio de palmas africanas.
El actual presidente
hondureño, Porfirio Lobo, estuvo en Washington durante la primera semana de
octubre. Pregonó su compromiso con la defensa de los derechos humanos y la lucha
contra la droga, con plena aprobación del presidente Obama. En realidad, ambos
aseguran la cobertura y el apoyo a una guerra contra campesinos empobrecidos,
para promover los intereses económicos del hombre más rico y poderoso de
Honduras.
Copyright © 2011 The Nation
Dana
Frank es profesora de Historia en la Universidad de California, Santa Cruz, y
autora de Bananeras: Women Transforming the Banana Unions of Latin America
que se concentra en Honduras, y de Buy American: The Untold Story of Economic
Nationalism. Actualmente escribe un libro sobre la intervención de AFL-CIO
durante la guerra fría en el movimiento sindical hondureño.
Fuente original: http://www.commondreams.org/view/2011/10/26-10?print
Fuente:
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=138403
América Latina y Caribe/
30-10-2011
2. Haití
16 DE OCTUBRE: DIA DE LA SOBERANÍA
ALIMENTARIA
Los campesinos haitianos quieren dejar atrás el neoliberalismo
Por GRAIN
El 4 de junio del 2010, cerca de 10.000 campesinos haitianos marcharon desde Papaye hasta Hinche, en el Macizo Central de la isla. Quemaron varios bultos de semillas de maíz híbrido que hacían parte de una donación de Monsanto al programa de reconstrucción post terremoto. Durante la manifestación, los campesinos exhibieron slogans como « Larga vida al maíz local!» y «Los transgénicos y las semillas híbridas de Monsanto atentan contra la agricultura campesina».
Chavannes Jean-Baptiste, líder campesino haitiano y coordinador del Movimiento Campesino Papaya (MPP ó Mouvman Peyizan Papay) que ayudó a organizar la manifestación, explicó en una entrevista a GRAIN que Monsanto se está aprovechando del programa de asistencia para hacer que los campesinos dependan de sus semillas y para acabar con la agricultura campesina. Era necesario, declaró, expresar claramente un “NO” rotundo a esta situación. Varias acciones de solidaridad parecidas se llevaron a cabo en Montreal (Canadá) y en Seattle (USA).
La posición de Chavannes Jean-Baptiste corresponde a la que adoptaron 15 asociaciones campesinas, entre las cuales hay una organización juvenil y un grupo de mujeres, quienes con el apoyo de la ONG haitiana PAPDA (Plataforma Para un Desarrollo Alternativo) publicaron una crítica severa a la reacción de urgencia del gobierno haitiano luego del terremoto de enero del 2010. Tras el trágico terremoto, que causó cerca de 230.000 muertos y obligó a más de medio millón de personas a abandonar Puerto Príncipe y regresar al campo, el Ministerio de Agricultura, de Recursos Naturales y del Desarrollo Rural (el MARNDR) anunció la creación de un Programa Especial de Urgencia y de Apoyo a la Producción Alimenticia, dotado de un presupuesto de 687 millones de dólares estadounidenses. Los objetivos principales son “promover la reintegración social de las personas que migraron desde las ciudades hacia las zonas rurales”, “aumentar su capacidad de generar ingresos mediante actividades intensivas en mano de obra, para permitirles comprar de inmediato los alimentos que necesitan en el corto plazo” y “establecer la seguridad alimentaria de forma permanente”.
No hay nada que agregar a estos objetivos. En lo que los autores del documento de la PAPDA no están de acuerdo con el gobierno es en la estrategia utilizada para lograrlos. Según ellos, el gobierno es incapaz de tomar una primera medida esencial: poner en tela de juicio las políticas neoliberales que acabaron con la agricultura campesina. Si no se deja atrás el neoliberalismo, afirman los autores, el gobierno nunca logrará restablecer los medios de subsistencia de los pequeños productores.
Hasta los años 80s, los haitianos cultivaban suficiente arroz, frijol, maíz, papa y yuca para satisfacer sus necesidades. Pero después del derrocamiento de la dictadura de Duvalier, Haití comenzó a liberalizar su economía. “El FMI y el Banco Mundial decretaron que teníamos que realizar ajustes estructurales”, nos recuerda Camille Chalmers de la PAPDA. “Nos dijeron que éramos vecinos del mayor productor agrícola del mundo y que no había ninguna razón para producir nuestros propios alimentos, ya que podríamos comprarlos a precios bajos. En lugar de dedicarse a la agricultura, los campesinos debían ir a la ciudad para vender su fuerza de trabajo en las fábricas estadounidenses que producían textiles o artículos electrónicos para exportación”.
Los medios de subsistencia de miles de campesinos fueron destruidos. El documento de la PAPDA explica lo ocurrido: “Las políticas neoliberales golpearon a las comunidades rurales en el núcleo de la resistencia campesina, ocasionando un éxodo rural de grandes dimensiones y el crecimiento acelerado de los suburbios. Estas medidas económicas hacen parte del proceso de desestructuración de la agricultura campesina local, favoreciendo a las grandes trans-nacionales que operan en el mercado de alimentos. El resultado fue un empobrecimiento drástico de los campesinos productores excluidos del mercado por la liberalización del comercio exterior, generando una dependencia extraordinaria y desempleo a gran escala”.
El sector público fue reducido a su más mínima expresión por las reformas neoliberales. Se quedó sin recursos, humanos y financieros, para preparar a Haití ante desastres naturales tales como terremotos y huracanes. Según la PAPDA, “hay que admitir que la magnitud de los daños [causados por el terremoto] es intrínseca a los elementos vinculados a la irresponsabilidad de un Estado estructurado contra el pueblo. No es un secreto para nadie: ya en 2007, un informe de la Purdue University advertía sobre la inminencia de un terremoto en Haití, pero el Estado se limitó a menospreciar el informe y a indicar las medidas de protección básicas”.
Hoy, después de un terremoto que causó tanta devastación, el MARNDR anuncia el lanzamiento de un programa de reconstrucción agrícola que, según la PAPDA, brindará muchos más beneficios a las multinacionales que a los pequeños productores. Más de la mitad de los 687 millones de dólares está destinada a proyectos de infraestructura: sistemas de irrigación, carreteras rurales, reparación y refuerzo de las orillas de los ríos, etc. La segunda parte más importante del presupuesto está destinada a la compra de equipos como tractores y demás maquinaria agrícola (113,5 millones de dólares), seguida por la reforestación (37 millones) y las estructuras para prevenir la erosión (20 millones). Además, una parte considerable del presupuesto está reservada para la compra de fertilizantes (18,4 millones), pesticidas (4,7 millones) y semillas/plántulas (5 millones).
Ya que la mayoría de los campesinos haitianos no está en condiciones de comprar un tractor o insumos químicos, incluso si estos fueran subvencionados, el programa beneficiará sólo a una pequeña minoría. Es más, dado que Haití no produce fertilizantes, ni pesticidas, ni maquinaria agrícola, serán las empresas extranjeras las que ganen los contratos de venta de todos estos productos. De la misma manera, no hay duda que los contratos de construcción de infraestructuras serán otorgados a multinacionales. Lejos de promover la autosuficiencia nacional, este programa no hará otra cosa que aumentar la dependencia de Haití respecto a los insumos importados. La PAPDA, como lo indica en su informe, piensa que con el tiempo el programa será corregido para favorecer a los intereses extranjeros de manera aún más profunda: “será un programa retocado, dictado y financiado por extranjeros. Por ende, además de la mezquindad de las ambiciones iniciales, será aún peor cuando sea retomado y corregido por agencias como la USAID y otras”.
Destaca PAPDA con una cierta amargura: “La ayuda humanitaria obedece a las leyes del mercado capitalista, que hace pasar los contratos por circuitos donde una gran cantidad del dinero con fines humanitarios se queda en los países donantes. En el campo de la ayuda humanitaria, la preocupación por los intereses y las ganancias está también presente”. Las autoridades haitianas ya no consideran a los campesinos como actores legítimos que conviene consultar: “El MARNDR niega la existencia y la fuerza representativa de la clase campesina. Escoger la política neoliberal equivale a negar también la validez de los conocimientos populares. El MARNDR sigue dando estatuto de verdaderos actores a las ONGs y a las empresas prestadoras de servicios, excluyendo a los productores, que son los que se interesan por cosas diferentes a las materias primas, las ganancias y hacer fortuna”.
Mervyn Claxton, experto en economía política del Caribe, concuerda con la idea de que las autoridades haitianas están perdiendo la oportunidad de dar inicio a una verdadera economía campesina que pueda realmente ayudar con la reconstrucción del país: “Haití dispone de toda una serie de variedades tradicionales de arroz, maíz y frijol. Fueron los esclavos africanos los que trajeron el arroz a Haití hace más de doscientos años, del que hoy existen variedades tradicionales que podemos reagrupar en dos grandes tipos: el arroz de montaña y el arroz de los pantanos. Como es sabido por todos, estas variedades tradicionales son más nutritivas que el arroz norteamericano barato y subvencionado que las remplazó hace 20 o 30 años (el arroz “de Miami”), luego de la liberalización del comercio.
Por lo tanto, respecto a las VAR (Variedades de
Alto Rendimiento), el arroz haitiano es más adecuado a la lucha contra la
malnutrición, considerada por el gobierno como un problema clave.
Es probable
que el uso de VAR aumente el riesgo de inseguridad alimentaria en vez de
reducirlo, pues estas variedades requieren agua de forma regular y en cantidades
suficientes, una necesidad que no podrá satisfacerse durante los periodos de
sequía, muy frecuentes en Haití. Las VAR serán promotoras de exclusión y no de
integración, ya que su imprescindible necesidad de agua obligará al Ministerio a
no incluir en el Programa de Urgencia las zonas no irrigables. Los dueños de las
tierras más difíciles de cultivar, menos fértiles o excluidas serán,
inevitablemente, los campesinos más pobres del país”.
Los movimientos campesinos tienen su propia visión del modelo de agricultura alternativa que quieren construir. En el documento de la PAPDA hacen un llamado a redefinir las políticas públicas con el objetivo de romper de forma clara con las prácticas del pasado: [es necesaria una] “ruptura en el modelo de desarrollo respecto a la teoría neoliberal, ruptura respecto a la exclusión, ruptura respecto al imperialismo y ruptura respecto al estado centralista”. Para esto, la reconstrucción tiene que movilizar cuatro fuerzas sociales importantes: las mujeres, el campesinado, los jóvenes y los artistas y artesanos.
Doudou Pierre, al igual que Chavannes Jean-Baptiste, es miembro del Movimiento Nacional de los Campesinos del Congreso de Papaya. Doudou da una descripción de los que podría ser el modelo alternativo. Se trata, según él, de “reactivar” la agricultura en Haití siguiendo dos grandes principios. El primero es el de la soberanía alimentaria, es decir, producir localmente la mayor parte de alimentos que necesitan los haitianos: “Estamos en condiciones de producir por lo menos el 80% de lo que comemos”. El segundo incorpora una reforma agraria: “No podemos hablar de soberanía alimentaria si las personas no tienen tierra. Tenemos previsto tomar las tierras de los grandes propietarios y distribuirlas entre los campesinos, para que ellos puedan trabajarlas”. Cuando tengan las tierras, los campesinos necesitarán el apoyo de las autoridades: “El Estado tiene que darnos créditos, brindarnos soporte técnico y ayudarnos a almacenar y gestionar el agua”.
Hay varias propuestas para aumentar la cobertura de la agricultura campesina después de la implantación de estos cambios estructurales. El Centro de Investigación en Economía Política (CEPR) propone que los prestamistas internacionales acepten comprar toda la cosecha de arroz haitiano durante los próximos 2 años. Con este incentivo, los campesinos locales podrían producir casi tanto arroz cuanto reciben de ayuda humanitaria, y la recuperación del sector campesino, que está en ruinas, podría ponerse en marcha. Otra organización propone que el gobierno haga que las escuelas compren todos los alimentos necesarios para los comedores escolares a grupos de pequeños productores locales. Por su parte, el gobierno no ha dado ningún signo que indique que aceptaría alguna de las propuestas formuladas por las organizaciones campesinas o por los grupos de reflexión que trabajan con estas. Dadas las circunstancias, no es para nada sorprendente que tanto Chavannes Jean-Baptiste, como todos los que manifestaron con él, estén furiosos.
Traducción: Felipe Zalamea para Jubileo Sur/Américas.
JUBILEO SUR/AMERICAS
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Haití
Un naciente sindicato denuncia represión patronal por Ansel Herz (IPS)
Trabajadores de la vestimenta de Haití aseguran que
los patrones reprimen sus intentos de organización, y señalan que
seis de los siete dirigentes de su sindicato fueron despedidos dos semanas después de que éste fuera formado.
La Unión de Trabajadores Textiles y de la Vestimenta (Sota,
por sus siglas en creole) fue reconocida en septiembre por el gobierno y es
apoyada por la central sindical Batay Ouvriye ("lucha de los trabajadores"). Judeline Pierre, de 44 años, empleada en el Parque Industrial de Sonapi, cerca
del aeropuerto de Puerto Príncipe, reconoció haber asistido secretamente a las
reuniones de Batay Ouvriye por meses. En su bolso aún lleva un panfleto
demandando mejores condiciones de trabajo en las fábricas. Dijo que se vio
obligada a ocultar su colaboración con la central sindical. "Tan pronto como
empiezas a defender tus derechos, te despiden. Han echado a muchos trabajadores
por eso".
Las fábricas textiles en Puerto Príncipe
dan trabajo a unas 29.000 personas, en un país con nueve millones de habitantes
y una tasa de desempleo estimada en 80 por ciento, según la embajada de Estados
Unidos. El salario mínimo es de unos cinco dólares diarios, aunque algunos
trabajadores ganan más si superan sus cuotas de producción. Un puñado de
contratistas dirigen las fábricas, ensamblando y exportando vestimentas libres
de impuestos para compañías estadounidenses como Hanes y The Gap bajo los
términos de un acuerdo comercial preferencial entre Haití y Estados Unidos
conocido como programa Hope (acrónimo en inglés de Oportunidad Hemisférica
Haitiana a Través del Estímulo a la Asociación).
Charles Baker, cuya
fábrica echó a uno de los trabajadores vinculados con la Sota, y George Sassine,
jefe de la asociación de propietarios del sector y director ejecutivo del
programa Hope, dijeron a IPS que no se oponían en principio a las asociaciones
de trabajadores, y subrayaron que los últimos despidos estaban justificados.
"Esos incidentes no tienen nada que ver con que haya personas tratando de formar
un sindicato", dijo Sassine a IPS. "Ahora, de pronto, toda la comunidad
internacional está a mis espaldas diciéndome que estoy en contra de que se
organice el pueblo". Sassine dijo creer que Batay Ouvriye procuraba el cierre
total de las industrias, más que simplemente organizar a los trabajadores.
Saliendo de su oficina con aire acondicionado e ingresando en la ruidosa
fábrica, con 1.640 trabajadores, Baker dijo gesticulando: "Si se quieren
sindicalizar, pueden hacerlo. Pero deben realizarlo en la forma correcta".
Reconoció haber despedido a un empleado, pero arguyó que éste se encontraba
distribuyendo panfletos durante sus horas de trabajo y por tanto interrumpía la
producción.
Entre los trabajadores y los propietarios de la fábrica se encuentra Better Work
Haiti, un equipo de nueve personas financiado por el Departamento (ministerio)
de Trabajo de Estados Unidos y encargado de supervisar las condiciones laborales
en la industria haitiana.
El grupo presentará un informe el mes próximo sobre el despido de los dirigentes
de Sota. El tercer reporte semestral de Better Work Haití sobre conformidad a
los estándares de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) fue divulgado
hace dos semanas. El estudio denunció violaciones a algunas regulaciones sobre
salud laboral, seguridad y salario mínimo en más de 80 por ciento de las
fábricas, pero el acatamiento era casi perfecto en cuatro principios
considerados "centrales" por la OIT. Estos son la eliminación progresiva del
empleo infantil, la prohibición del trabajo forzado, la no discriminación y el
derecho a la libertad de asociación y negociación colectiva. Richard Lavallée,
director de Better Work Haiti, señaló que los propietarios de las fábricas
"estaban plenamente comprometidos con el programa" Hope, y elogiaron los firmes
avances en el cumplimiento de estándares fundamentales en los últimos dos años.
En cuanto al derecho a libertad de asociación y negociación colectiva, el último
informe identifica sólo dos instancias de no acatamiento, incluyendo el despido
de 140 trabajadores tras una huelga de 12 días en mayo. No obstante, el informe
señala que, "aunque no se citan hallazgos de no conformidad" a los principios de
la OIT en el capítulo referido a la actividad sindical, es evidente que hay
"muchos desafíos significativos relacionados con los derechos de los
trabajadores para conformar, integrar y participar libremente de sindicatos
independientes". "Si se ven los informes, en Haití hay sólo una fábrica
sindicalizada (en la nororiental ciudad de Ouanaminthe) de las 23 que están
operando. En las de Puerto Príncipe no hay sindicatos. No tenemos ninguna
evidencia", señaló Lavallée. Explicó además que si el propietario de una fábrica
despedía a una persona por intentar organizar a los trabajadores, ello no
figuraría en los registros de empleados revisados por su equipo. También admitió
que poco se podía medir sobre represión patronal ya que casi no había
sindicatos. Activistas haitianos han denunciado constantemente represión
patronal, señaló Lavallée, pero añadió que estos nunca presentaron evidencia ni
los nombres de los supuestos trabajadores echados sino hasta la ronda de
despidos del mes pasado.
La expansión de la industria textil en
Haití ha sido ensalzada como una palanca fundamental para la reconstrucción y el
desarrollo del país. Un portavoz de la embajada estadounidense dijo a IPS que el
sector tenía el potencial para más que duplicarse en los próximos cuatro años.
Funcionarios de gobierno
aseguraron que 20.000 empleos serían creados por la textil surcoreana Sae-A, que
firmó un acuerdo con Puerto Príncipe el año pasado para construir un parque
industrial en el norte del país. El financiamiento del proyecto, que provino de
donantes internacionales --50 millones de dólares del Banco Interamericano de
Desarrollo y 120 millones de Estados Unidos--, "no fue condicionado al derecho
de los sindicatos a organizarse en ese espacio", remarcó la politóloga
canadiense Yasmine Shamsie, que ha estudiado la industria textil haitiana.
"Estoy muy desilusionada por la reacción de la industria al nuevo sindicato",
dijo a IPS por correo electrónico, en referencia a la Sota.
Ansel Herz es periodista independiente y
escribe en el blog
http://mediahacker.org.
Fuente original: http://www.ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=99460 Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=138414 América Latina y Caribe/ 30-10-2011
En consecuencia, compartimos con nuestros pueblos hermanos a la lucha que las clases opresoras libran en procura de la desaparición forzada de campesinos e indígenas para la expansión de los agrocombustibles, la destrucción de la soberanía alimentaria y obtención de mano de obra tan barata que sea casi esclava.
La «reforma agraria integral» como poder de los diversos de abajo sobre sus territorios articulados en país-mundo, requiere de la construcción de una unidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños distinta a UNASUR que legitima como democracia al terrorismo de estado en Colombia y Honduras y a la Minustah en Haití. Una solidaridad y reciprocidad continental que se asocie con las de los pueblos originarios y de los campesinos/as para apoyar las luchas anticapitalistas y antiimperialistas en cada país.
La lucha anticapitalista y antiimperialista para emanciparnos, nos exige a los de abajo unirnos en torno a hacer posible la «reforma agraria integral» porque:
Movimientos sociales y disputas por el territorio y los recursos naturales:
La Unión de Trabajadores Desocupados de Gral. Mosconi en Argentina y
la Asamblea del Pueblo Guaraní de Tarija en Bolivia (1995-2010).
Por Juan Wahren
1. "(...)La
latencia en el territorio
"(…)Nos interesa ahondar en la dimensión de la territorialidad. Para ello utilizamos el concepto de “movimiento socioterritorial” del geógrafo brasileño Bernardo Mançano Fernandes (2005), que nos permite focalizarnos sobre los movimientos sociales que hacen del territorio un espacio de construcción social y de dotación de sentido. En este sentido, consideramos con Zibechi (2003) que la presencia del territorio y la cultura de los actores subalternos en los intersticios de las relaciones de dominación, son las que habilitan los procesos autonómicos. En estos casos es dónde se introduce la problemática del territorio como un espacio en disputa, construido por actores sociales antagónicos que resignifican ese espacio geográfico determinado, lo habitan, lo transforman, lo recrean de acuerdo a sus intereses, formas de vida y de reproducción social".
Así, los territorios se conforman como espacios geográficos pero al mismo tiempo se constituyen como espacios sociales y simbólicos, atravesados por tensiones y conflictos. El territorio aparece dotado de sentidos políticos, sociales y culturales. En efecto, “el territorio no es simplemente una sustancia que contiene recursos naturales y una población (demografía) y, así, están dado los elementos para constituir un Estado. El territorio es una categoría densa que presupone un espacio geográfico que es construido en ese proceso de apropiación- territorialización- propiciando la formación de identidades- territorialidades- que están inscriptas en procesos que son dinámicos y mutables; materializando en cada momento un determinado orden, una determinada configuración territorial, una topología social” (Porto Goncalves, 2002:230, nuestra traducción). Complementando esta definición, retomamos a Mancano Fernandes quien plantea que el territorio es un “espacio apropiado por una determinada relación social que lo produce y lo mantiene a partir de una forma de poder (...) El territorio es, al mismo tiempo, una convención y una confrontación. Exactamente porque el territorio pone límites, pone fronteras, es un espacio de conflictualidades” (2005:276, nuestra traducción). Así, el territorio es mucho más que un espacio geográfico, se encuentra cargado de sentidos y formas de ser rehabitado y reconstruido, y es esta multiplicidad de usos y sentidos la que se expresa, en muchas ocasiones, a modo de disputa territorial.
En efecto, creemos que este anclaje territorial es una de las características singulares de los movimientos sociales de América Latina, esta reterritorialización en parte es producto del avance del capital, es “la respuesta estratégica de los pobres a la crisis de la vieja territorialidad de la fábrica y la hacienda, y a la reformulación por parte del capital de los viejos modos de dominación” (Zibechi, 2003b), pero de alguna manera es también una apuesta o elección de los propios movimientos que recuperan y resignifican políticamente sus territorios al tiempo que construyen o resignifican políticamente sus identidades como campesinos, indígenas, trabajadores desocupados o piqueteros, vecinos autoconvocados, etc. Así, para los movimientos sociales de América Latina, “el territorio aparece como un espacio de resistencia y también, progresivamente, como un lugar de resignificación y creación de nuevas relaciones sociales” (Svampa, 2008:77).
Desde esta construcción particular y contingente que se desarrolla en los momentos de latencia de los movimientos, es que podemos pensar a los espacios en los cuales algunos movimientos sociales interactúan, como “territorios en disputa”. En estos territorios los movimientos sociales despliegan su potencia política, construyen los “laboratorios clandestinos para el antagonismo y la innovación” de los que nos habla Melucci (1994b) para describir los momentos de latencia. En definitiva, los movimientos sociales “territorializados” complejizan e innovan, creando en esas prácticas desplegadas en el territorio otros modos de pensar y practicar la economía, la salud, la educación, la política, la cultura, etc. Otra autora, la economista mexicana Ana Esther Ceceña, plantea esta cuestión en términos similares entendiendo al territorio donde construyen sus prácticas los movimientos sociales como un “territorio complejo”, donde éste es entendido como un “espacio material y simbólico de asentamiento y creación de la historia y la cultura, así como de la construcción de utopías colectivas y alternativas societales, es el punto de partida de la construcción de identidades y el lugar donde se forjan las comunidades de destino (Otto Bauer), el origen de los significantes primarios de la simbólica regional (Giménez, s/f) y el espacio de derecho, libertades y posibilidades para vivir y crecer en la propia cultura (Robles, 1998:2). El diseño de una nueva geografía y la construcción/modificación de los modos de uso del territorio implican entonces una transformación profunda de las relaciones sociales, de las relaciones entre naciones, de las historias y culturas regionales y del imaginario colectivo como expresión del juego de fuerzas entre las distintas visiones del mundo” (2001b: 13)
En este sentido, aquellos movimientos que se plantean algún tipo de construcción política, social, económica y/o cultural en el territorio en el que interactúan, necesariamente entran en conflictualidad con un “otro” que también disputa el territorio, lo modela y lo controla; la “construcción de un tipo de territorialidad significa, casi siempre, la destrucción de otro tipo de territorialidad, de modo que la mayor parte de los movimientos socio – territoriales se forman a partir de procesos de territorialización y desterritorialización” (Fernandes, 2005:279, nuestra traducción). Estos procesos comportan tanto transformaciones en el territorio como en los actores en disputa. En este sentido es que puede pensarse a los movimientos sociales que luchan por los recursos naturales o por demandas arraigadas en una identidad territorial como “socioterritoriales”, como movimientos que procuran demarcar y controlar sus territorios, generalmente en disputa con otros actores sociales como el Estado y/o empresas multinacionales. Así puede afirmarse que “el territorio es un espacio de vida y de muerte, de libertad y de resistencia. Por esa razón carga en sí su identidad, que expresa su territorialidad” (Fernandes, 2005:278, nuestra traducción)
Consideramos también que el proceso de resignificación del territorio, con sus particularidades, adquiere dimensiones performativas para los movimientos sociales, ya que pone en práctica nuevas formas de organizar lo social, lo económico y lo político. En definitiva, al poner en práctica estos “campos de experimentación social” (Santos, 2003), los movimientos sociales dan cuenta en lo cotidiano de estos nuevos mundos que se proponen construir. El territorio aparece, entonces, como una esfera donde la acción de los sujetos, implica nuevas reconfiguraciones que escapan, contingentemente, a los propios sentidos de los actores, participen o no dentro de los movimientos sociales en cuestión. La construcción de viviendas, la defensa de bosques, o fuentes de agua dulce, los proyectos productivos autogestionados, la creación de escuelas, etc.; habilitan novedosas lecturas de los actores que se aglutinan alrededor de ese territorio, al apropiarse de esa resignificación, la fortalecen, la complementan y/o la disputan; pero de todas maneras se construye una “interface territorial” desde la cual el territorio y las identidades sociales pueden ser redefinidas. El territorio es, entonces, un espacio complejo, atravesado por las relaciones entre distintos actores sociales, provenientes de diversos anclajes estructurales con asimetrías de recursos materiales y simbólicos; un espacio complejo atravesado por el conflicto y la propia indeterminación de lo político y lo social.
Como dijimos anteriormente,
este
proceso de territorialización de los movimientos sociales genera una disputa
concreta en el territorio; una disputa que adquiere, entonces, un sentido
político. Esta disputa en la “interface territorial” implica así una
confrontación de mundos sociales y políticos con otros actores (por ejemplo, el
Estado, empresas petroleras y de agronegocios, emprendimientos forestales, etc.)
que nos interesa comprender en este trabajo. Estos movimientos sociales
territorializados; campesinos, pueblos indígenas, trabajadores desocupados,
etc.; emergen con fuerza en el espacio público enfrentando a los escenarios
estructurales construidos desde las políticas neoliberales.
La tierra y los
recursos naturales que se encuentran en estos territorios, resultan en la
actualidad en elementos estratégicos para la reproducción del sistema económico
hegemónico. Así, “la desterritorialización productiva (a caballo de las
dictaduras y las contrarreformas neoliberales) hizo entrar en crisis a los
viejos movimientos, fragilizando sujetos que vieron evaporarse las
territorialidades en las que habían ganado poder y sentido. La derrota abrió un
período, aún inconcluso, de reacomodos que se plasmaron, entre otros, en la
reconfiguración del espacio físico. El resultado, en todos los países aunque con
diferentes intensidades, características y ritmos, es la re-ubicación activa de
los sectores populares en nuevos territorios ubicados a menudo en los márgenes
de las ciudades y de las zonas de producción rural intensiva” (Zibechi,
2003b:186).
Es este mismo anclaje territorial o esta construcción de territorialidad la que da una característica singular a estos movimientos, y, a modo de hipótesis, podemos reflexionar si no es esta misma territorialidad la que permite a estos movimientos reconstruir identidades y lazos sociales de manera perdurable en el tiempo (y en un territorio específico). De esta manera los movimientos son capaces de construir una alternativa a lo que definimos como la “encrucijada de los movimientos sociales”. Esta idea señalada por diversos autores plantea que, por un lado, los movimientos sociales tienden hacia la institucionalización política; por medio de la formación o incorporación en partidos políticos y/o organizaciones y redes no gubernamentales o por medio de la incorporación a algún nivel de gestión estatal. O, por otro lado, plantean que la otra posibilidad de los movimientos sociales es la tendencia a la conformación de un esquema “autorreferencial”, es decir, un proceso de estancamiento en torno a sus demandas específicas o “corporativas”. En la protesta social se expresa “el carácter incompleto de la representación formal. Sin embargo, la propia protesta puede volverse rutinaria y adquirir una forma normalizada en la construcción y planteo de las demandas sociales orientada al sistema político. La protesta social es en sí misma una forma de ruptura del orden establecido, pero tal ruptura puede conducir por distintos caminos. Puede ser una revolución, puede ser una revuelta con consecuencias institucionales, puede ser un estallido y no ir más allá, puede ser una expresión circunstancial de demandas insatisfechas y sin cauce formal de manifestación, puede devenir en un movimiento social o político y consolidarse en el tiempo o puede sencillamente volverse una forma rutinizada de la acción política o social, dando lugar a una normalización de un espacio de representación informal” (Schuster, 2005:77).
En cambio, nosotros consideramos que, aunque los movimientos sociales siempre se encuentren en una tensión entre la institucionalización y el proceso de autorrestricción; perdiendo en ambos casos su faceta antisistémica, es decir, sus características disruptivas y su radicalidad; es justamente el proceso de territorialización de los movimientos sociales el que habilita una alternativa a esta encrucijada. En efecto, esta territorialización, a nuestro entender, le brinda a los movimientos sociales la posibilidad de recrear otros “mundos de vida” (Leff, 2002), reconfigurar nuevos sentidos y formas de sociabilidad, generar “campos de experimentación social” (Santos, 2003) que actúan como ensayos prácticos de las demandas y luchas de los propios movimientos sociales. Así, prácticas más o menos autónomas, más o menos disruptivas en ámbitos como la educación, la salud, la economía alternativa, o la cultura, entre otros, son desplegadas en el territorio por los movimientos sociales.
De esta manera, los movimientos sociales, logran, al menos potencialmente, mantener su carácter disruptivo y antagonista al sistema institucional, sin “encerrarse” necesariamente discursos y prácticas autorrestringidas o en procesos de institucionalización de sus acciones colectivas y demandas. Estos “campos de experimentación” de los movimientos sociales “territorializados” cobran un sentido político en cuanto plantean hacia el conjunto de la sociedad un ejemplo de formas alternativas -a la vez que posibles- de organización que aparecen en disputa con las formas organizativas cristalizadas del sistema hegemónico. Generalmente, estas experiencias mantienen relaciones y demandas con respecto al Estado y la institucionalidad política, pero no quedan necesariamente subsumidas a las lógicas políticas de las instituciones sistémicas. En definitiva, se trata de dejar abierta la posibilidad de que ocurran cambios sociales y políticos más allá de las instituciones establecidas. Asimismo, resulta interesante interrogarse si es posible que, a partir de estos “campos de experimentación social” (de Sousa Santos, 2003), los movimientos sociales puedan articularse políticamente, es decir devenir en “actores políticos” capaces de cuestionar la “gramática del poder” (Giarracca, y Teubal, 2006); el “pacto fundante” del capitalismo (De Ípola, 1997 y 2001), construyendo novedosas alternativas políticas y sociales desde sus territorios.
A modo de hipótesis, nos interesa reflexionar acerca de la reconfiguración de identidades que se genera en el propio proceso de organización, acción colectiva y construcción de territorialidad, es decir, como un proceso que genera un reforzamiento de identidades en el plano social, pero también configura a los movimientos sociales como actores políticos (Merklen, 2005). Nuestra apuesta teórica es, entonces, que el proceso de territorialización habilita a los movimientos sociales a continuar con una de sus características principales que es la disruptividad en relación con la sociedad hegemónica. La acción colectiva habilita la construcción de un “nosotros”, de una nueva identidad política disruptiva y recursiva que se da en los momentos de irrupción en el espacio público, a la vez que las experiencias territoriales de los movimientos retroalimentan los momentos de visibilidad y reconfiguran también las identidades políticas y sociales.
Si bien Melucci reflexiona en torno a movimientos sociales que pugnan por los recursos de información y comunicación; extrapolamos esta idea para reflexionar sobre las disputas de los movimientos sociales por el territorio, entendiendo que es allí donde “surgen las demandas de autonomía que impulsan la acción de los individuos y grupos, donde éstos plantean su búsqueda de identidad al transformarlos en espacios reapropiados donde se auto realizan y construyen el significado de lo que son y lo que hacen” (1994b:111). En este sentido, también resulta importante advertir que la protesta social puede pasar de ser un acontecimiento novedoso y disruptivo a ser un evento normalizado, sedimentado; logrando, o no; la expansión de derechos sociales, políticos. (…)
2. La
construcción del territorio como espacio mítico
(…)En la actualidad, “nos enfrentamos con una fragmentación creciente de los actores sociales, pero esta fragmentación, lejos de ser el motivo para ninguna nostalgia de la „clase universal‟ perdida, debe ser la fuente de una nueva militancia y de un nuevo optimismo. Uno de los resultados de la fragmentación es que las diversas reivindicaciones sociales adquieren una mayor autonomía y, como consecuencia, confrontan al sistema político de un modo crecientemente diferenciado” (2000:97). En este sentido, en la localidad de General Mosconi el mito fundante y unificador de la sociedad fue el desarrollo de la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) que fue el ordenador societal y territorial de la población desde aproximadamente la década del cuarenta hasta su privatización en los albores de la década del noventa. Con la crisis desatada a partir de la privatización, cuyo indicador más palpable y dramático fueron los altísimos índices de desocupación, se fueron transformando el tejido social y los lazos de solidaridad, generándose una sociedad “desgarrada” de sus fundamentos tradicionales de “desarrollo” y de sus clivajes de contención identitaria, dados en gran parte, por la “cultura laboral” ligada a la actividad petrolera y a sus actividades subsidiarias (empresas de servicios, comercio, formación, etc.). Esta “cultura del trabajo” se generaba en el marco de una gran empresa estatal que no sólo ofrecía puestos de trabajo bien remunerados, sino capacitaciones y formación laboral, posibilidades de ascenso social, cobertura médica y social, vacaciones y actividades recreativas, acceso a la educación en sus distintos niveles, etc. En definitiva, YPF actuaba en la región como un Estado de Bienestar dentro del propio Estado. Con el proceso de privatización, esta cultura del trabajo se vio desarticulada por un fulminante proceso de pauperización y heterogeneización de los sectores que anteriormente habían estado bajo la órbita de la YPF estatal.
Esta pérdida de referencialidad hacia lazos sociales sólidos y estables del “mundo ypefeano”, generó en los pobladores de la región un proceso de descomposición de los lazos sociales y de las redes de contención social y política. En efecto, este proceso es una de las causas explicativas de las de las primeras “puebladas” en la región, así como de la propia conformación de la Unión de Trabajadores Desocupados. Más de una década después de la irrupción pública de este movimiento social, sumada a la propia experiencia territorial de la UTD, podemos pensar que la forma de habitar ese territorio por parte de quienes participan en la UTD ha ido construyendo un nuevo mito sobre el territorio, un mito ligado a la recuperación de ese territorio y de ese Estado perdidos; que en referencia a la comunidad que conformaba la vieja YPF estatal, retoma a los pocos actores que permanecieron de aquella vieja formación social y territorial, es decir, los ex trabajadores ypefeanos y los pobladores de la región.
Estos sujetos que en la actualidad resignificaron su identidad por los procesos de privatización, desocupación, acciones colectivas, los proyectos autogestionados y la territorialización de los propios sujetos sociales, es decir, una identidad social y política atravesada por la pauperización y la desafiliación social pero también por las acciones colectivas, y una nueva forma de habitar el territorio, éste es el mito que, de alguna manera intenta constituir la UTD, una nueva territorialidad que recupere los lazos sociales que se quebraron a partir de la desaparición forzada del Estado ypefeano, un mito que se encuentra imbricado entre los procesos de acción colectiva y los procesos de autogestión productiva y comunitaria; ambos ligados al proceso de reterritorialización de la organización social. Podemos observar que lo mismo ocurre en el caso del Pueblo Guaraní pero en el marco de distintos “ciclos de la memoria colectiva”, es decir procesos de larga, mediana y corta duración (Rivera Cusicanqui, 2003 y Svampa, 2010) ligados a los momentos históricos del pueblo guaraní en el chaco boliviano. El proceso de “memoria larga” abarca la progresiva pérdida de su territorio ancestral entre la colonización española y la batalla de Kuruyuki en el año 1892 contra el ejército boliviano, el ciclo de “memoria media” remite a la Guerra del Chaco y al proceso de consolidación del Estado boliviano post Revolución del ´52 y la “memoria corta” se encuentra ligada a las acciones colectivas de los movimientos sociales en sus disputas por sus territorios ancestrales y los recursos naturales desde la década del noventa hasta la actualidad. En este sentido, cabe resaltar la idea de que estos procesos de acción colectiva se encuentran arraigados en diferentes tradiciones y experiencias de conflicto y de organización. En efecto, en los movimientos sociales coexisten identidades políticas y sociales, repertorios de acción, mitos articuladores/dislocadores, etc. De alguna manera, estas dimensiones coexisten en el seno de los movimientos sociales, aún en el marco de la conformación de nuevas identidades, y cambios en las demandas y estrategias de acción colectiva. De esta manera, “fragmentos de experiencia, de historia pasada, de memoria coexisten dentro del mismo fenómeno empírico y se convierten en elementos activadores de la acción colectiva. Las huellas del pasado que persisten en los fenómenos contemporáneos nos son simples legados históricos ni vestigios sobre los que se construyen nuevos desarrollos, sino que contribuyen a configurar nuevas pautas de acción colectiva donde coexisten o se combinan los elementos históricos y culturales” (Melucci, 1994b:134).
Comprender cuáles son las características particulares que asumen algunos de los movimientos sociales en América Latina, nos lleva a plantear nuestras reflexiones desde un punto de vista específicamente “situado” en nuestro propio continente, en el sentido que plantean algunos autores del pensamiento descolonial o postcolonial (Quijano, 2003; Mignolo, 2003) de reflexionar críticamente desde las ciencias sociales situados en una posición periférica, “situados desde el sur”, con una mirada atenta, al tiempo que crítica y reflexiva, con respecto a las miradas eurocéntricas. En este sentido, podemos observar que los territorios en América latina aparecen en primera instancia signados por el Estado Nación que surge de los procesos de independencia del siglo XIX. Es el Estado Nación el agente ordenador de los territorios de la antigua colonia y de aquellos nuevos territorios incorporados por medio de la conquista sobre los últimos pueblos indígenas libres, el caso de los guaraní en Bolivia en 1892 y los mapuche en la Patagonia así como algunos de los pueblos indígenas de la región chaqueña alrededor de 1880 en Argentina. Este proceso de reordenamiento territorial- de reterritorialización- signado por el Estado Nación tuvo múltiples facetas narrativas- míticas- y múltiples dimensiones en su intervención en el territorio (militar, cultural, educativo, sanitario, económico y político). Por ejemplo en Argentina, la narrativa alrededor del “Desierto” para nominar los territorios conquistados a los pueblos indígenas que habilitó el reordenamiento económico concreto de esos territorios en torno a grandes haciendas ganaderas. Este proceso de territorialización del Estado Nación se cristaliza como una territorialidad hegemónica que contiene de manera subalterna esas otras formas de habitar y practicar el territorio. De esta manera se va conformando un territorio yuxtapuesto, atravesado por distintas territorialidades que se encuentran invisibilizadas pero no desterradas de ese espacio geográfico determinado.
Con la crisis del Estado Nación aparecen nuevas formas hegemónicas de ocupar esos territorios ligadas al avance sobre los recursos naturales por parte de empresas transnacionales y del agronegocio, esta nueva territorialidad “neoliberal/transnacional” reterritorializa nuevamente esos territorios y en ese avance no sólo cuestiona la territorialidad del Estado Nación, sino que pone en jaque a esas otras formas de habitar y practicar el territorio que se encontraban soterradas. Esta nueva reterritorialización en disputa es la que habilita la resignificación de viejas identidades y la conformación de otras nuevas conformándose así un “territorio abigarrado” que contiene en conflictividad permanente a diferentes actores sociales que practican y habitan de modo diferenciado- y en muchos casos de manera mutuamente excluyente- esos territorios. Estas diferencias implican, en muchos casos, modos particulares de disputa territorial y modos yuxtapuestos de resignificar esos territorios, constituyendo así territorios abigarrados, atravesados por conflictos, negociaciones, donde existen modos hegemónicos y modos subalternos de habitar y practicar los mismos.
3.
Construyendo definiciones acerca
del territorio
De este modo se producen continuos procesos de territorialización, desterritorialización y reterritorialización de sucesivos actores sociales con sus propias formas de significar y utilizar esos territorios, conformando un entramado complejo de territorialidades yuxtapuestas que expresan esas diferentes formas de habitarlo. Estos territorios se encuentran- en su gran mayoría- atravesados hegemónicamente por el capitalismo y la colonialidad que construye su propio relato mítico, su universo de sentido otorgado a esos territorios. A su vez, otras formas de habitarlo y practicarlo se encuentran de manera subalterna al esquema hegemónico de la territorialización, por caso, la terrritorialidad campesina, la indígena o la de los trabajadores desocupados. Estas territorialidades se mantienen en el subsuelo, soterradas e invisibilizadas pero latentes y frente a la conflictividad emergen nuevamente como alternativas, con sus propios universos de sentido, con sus propios mitos acerca del territorio.
Para los movimientos sociales estos diferentes modos de habitar y practicar el territorio no son fijos, sino que se encuentran en permanente cambio y adaptación a partir de diferentes estrategias de negociación y conflicto con la territorialidad hegemónica. En algunos casos los movimientos sociales logran desplegar procesos de reterritorialización donde se plasman las prácticas y significaciones subalternas para reconfigurar el territorio de forma preponderante por parte de los movimientos sociales. A esta territorialidad específica de los movimientos sociales la nominamos como “territorios insurgentes”. Para comprender la radicalidad de estas formas de habitar y practicar los territorios como disrupción de la territorialidad hegemónica retomamos la idea de “política salvaje” (Tapia, 2008) que da cuenta de aquellas formas de acción colectiva radicalmente disruptivas del orden social que introducen en el conflicto social una “proliferación de principios y prácticas de desorganización de la dominación, de los monopolios y de las jerarquías” (Tapia, 2008:126).
La
irrupción de la “política salvaje” tiene una temporalidad acotada tanto en su
forma de resistencia a las instituciones de dominación como en su forma de
crítica radical civilizatoria y del orden social hegemónico, en ese sentido
Tapia afirma que la “política salvaje es nómada” (2008:118), ya que no se fija
en el tiempo ni en el espacio sino que es la irrupción política de la “masa”
donde se cancela el orden social y se desordena la civilización. Sin embargo, al
extrapolar esta noción hacia la dimensión del territorio creemos que esta idea
puede implicar una forma política de intervención por parte de los movimientos
sociales manteniendo su carácter radical y disruptivo en una continuidad
espacio-temporal específica: el territorio habitado y practicado por los actores
sociales subalternos que construyen una insurgencia social anclada en las
prácticas de autogestión de los territorios. Podemos hablar entonces de
“territorios insurgentes” cuando analizamos aquellos territorios practicados de
manera preponderante por los movimientos sociales, donde se ponen en práctica
“campos de experimentación social” (de Sousa Santos, 2003) que van “más allá”
de
los esquemas del sistema/mundo colonial y capitalista sobre los territorios y
donde las relaciones entre quienes habitan esos territorios y la naturaleza se
da en torno a relaciones de reciprocidad, signados por la capacidad de los
propios actores sociales de autogestionar esos territorios y los recursos
naturales que allí se encuentran. Un ejemplo de esto es el proceso de desmercantilización de la tierra que producen los movimientos sociales en
general- y los pueblos indígenas en particular- en los territorios recuperados.
De esta manera, el carácter disruptivo de la “política salvaje” encuentra un
espacio donde desarrollarse plenamente conformando un nuevo orden social,
político, económico y cultural anclado en el territorio y con una duración
temporal mayor a la de la irrupción en la esfera pública como rebelión o
acontecimiento. Retomando la idea de latencia, el territorio habilita una
dimensión creativa y disruptiva para los movimientos sociales donde se recrean
prácticas y discursos más allá de la política institucional y con una
temporalidad que trasciende las acciones colectivas de protesta. A su vez, esta
territorialidad subalterna, al no estar escindida del conjunto de la sociedad
mantiene la disruptividad en relación al sistema/mundo hegemónico que signa la
territorialidad. En este sentido, los “territorios insurgentes” no se encuentran
exentos de conflictividad social pues si bien las formas predominantes de
habitarlo y practicarlo están signadas por los movimientos sociales, la
territorialidad capitalista/colonial continúa atravesando esos territorios en
sus múltiples dimensiones, aunque no de manera hegemónica. En este sentido no
pueden entenderse a los “territorios insurgentes” como territorios aislados y
sin conflictividad, si
no inmersos en las disputas de los movimientos sociales
con los distintos actores antagónicos que se enfrentan en el territorio: el
estado, empresas transnacionales, ONG´s, etc.
Así, definimos al territorio como un espacio geográfico atravesado por relaciones sociales, políticas, culturales y económicas que es resignificado constantemente- a través de relatos míticos- por los actores que habitan y practican ese espacio geográfico, configurando un escenario territorial en conflicto por la apropiación y reterritorialización del espacio y los recursos naturales que allí se encuentran. Se configura en definitiva un territorio yuxtapuesto atravesado por relaciones de diálogo, dominación y conflicto entre diversos actores sociales, así como por sus diversos modos de utilizar y significar esos mismos territorios y recursos naturales. El territorio aparece entonces como una categoría compleja, móvil y en permanente movimiento y proceso de resignificación y disputa. En efecto, la idea de territorio no puede separarse de la noción de conflicto entre diferentes actores sociales en un proceso dinámico de territorialización, desterritorialización y reterritorialización que implica a su vez una resignificación de las identidades sociales de los actores que habitan y practican esos territorios. En última instancia, el territorio es un espacio multidimensional donde los actores sociales producen y reproducen la cultura, la economía, la política, en definitiva, la vida en común.
Los movimientos sociales que disputan territorios, disputan esas formas de producir y reproducir la vida en común de manera antagónica a los actores sociales hegemónicos ligados a la dominación cultural, política y/o económica que comportan otras formas de practicar y significar al territorio, excluyentes de los modos de ser y estar de los movimientos sociales en esos espacios de vida. Los movimientos sociales configuran un territorio, un espacio-tiempo de la subalternidad como experiencia alternativa al orden territorial hegemónico. De este modo podemos afirmar que existen diferentes modos yuxtapuestos de habitar y practicar los territorios. Los modos hegemónicos, ligados a las lógicas del sistema/mundo capitalista/colonial y las formas subalternas de territorialidad, ligadas a las experiencias particulares de distintos actores sociales. Cuando los movimientos sociales practican y habitan esos territorios de manera preponderante frente a las lógicas hegemónicas despliegan su dimensión creativa a partir de sus propias lógicas sociales, políticas, económicas y culturales, ligadas a formas de autogobierno, autogestión y autonomía. En definitiva, cuando esa territorialidad subalterna es resignificada- en tanto experiencia vital de los propios actores sociales a la vez que experiencia alternativa y disruptiva con las formas hegemónicas- como un “campo de experimentación social”, es cuando la nominamos como “territorio insurgente”.
A su vez, denominamos como “territorialidad extractiva” a aquellas formas de despliegue territorial hegemónicas del sistema/mundo capitalista/colonial ligadas a la explotación de los recursos naturales por parte de empresas nacionales y/o transnacionales que implican reconfiguraciones territoriales y cuya lógica de acumulación se encuentra signada por el aprovechamiento ilimitado de los recursos naturales y la consiguiente devastación del entorno físico y biológico de ese espacio geográfico y el despojo y la exclusión de los otros actores sociales que habitan y practican esos territorios. Los actores paradigmáticos de esta lógica de intervención en el territorio son las empresas de hidrocarburos, del agronegocios, forestales y mineras. Esto no significa que estos actores se “territorialicen” pues no existe una relación con un territorio específico, sino que su intervención se encuentra ligada a cualquier territorio donde existan los recursos naturales necesarios para su actividad. Sin embargo son sus acciones las que desterritorializan y reterritorializan los espacios geográficos donde intervienen; de esta manera afirmamos que estos actores sociales intervienen en los territorios desde una “territorialidad extractiva” que desplaza, arrincona y despoja a otras formas subalternas de habitar y practicar el territorio.
4.
Las disputas por los recursos
naturales: usos y sentidos contrapuestos
“La idea de que la naturaleza no es otra cosa que un dominio a explotar por el hombre, por ejemplo, es todo lo que uno quiera excepto evidente desde el punto de vista de toda la humanidad anterior y, aun hoy, de los pueblos no industrializados. Hacer del saber científico esencialmente un medio de desarrollo técnico, darle un carácter de predominancia instrumental, corresponde también a una actitud nueva. La aparición de estas actitudes es inseparable del nacimiento de la burguesía”
Cornelius Castoriadis, 2010: 3413.
Para comprender las formas de apropiación, utilización y sentido otorgado por los actores sociales a los recursos naturales nos parece importante establecer brevemente una mirada crítica hacia la idea de desarrollo. Esta noción surge con la consolidación del “sistema/mundo capitalista/colonial” (Wallerstein, 1974) en el marco de la Modernidad e identifica al desarrollo con el mejoramiento de la calidad de vida e indicadores de bienestar material, la reducción de la pobreza y los procesos de industrialización (Viola, 2000) en base al modelo industrial surgido en Europa Occidental a partir de la denominada Revolución industrial. Éste se convirtió en el modelo global deseable de desarrollo para el conjunto de los países a través de la hegemonía política, económica y cultural de los países centrales. Así, la noción de desarrollo “convirtió la historia en un programa, un destino necesario e inevitable. El modo industrial de producción, que no era más que una forma social entre muchas, se transformó por definición en el estadio terminal de una evolución social unilineal (…) La metáfora del desarrollo confirió hegemonía global a una genealogía de la historia puramente occidental, robando a las gentes y pueblos de distintas culturas la oportunidad de definir las formas de su vida social” (Esteva, 2000:73).
De esta manera, la noción de desarrollo expropia los saberes y las prácticas culturales, políticas y económicas subalternas subsumiéndolas a la idea de “subdesarrollo” como aquello que necesita evolucionar hacia el estadio ideal del progreso, es decir la modernización y la industrialización, la mercantilización de todas las esferas de la vida social y de la naturaleza. El desarrollo entonces remite a una red semántica ligada a las nociones de crecimiento, evolución, maduración y modernización que implica también “una imagen de futuro que era una mera continuación del pasado, es decir, el desarrollo, un mito conservador, si no reaccionario” (Esteva, 2000:98).
En la actualidad los recursos naturales volvieron a ser elementos estratégicos para el desarrollo del “sistema/mundo capitalista/colonial” (Wallerstein, 1974), tal como se dio en el largo proceso de surgimiento de este sistema/mundo con la “acumulación primitiva” (Marx, 2002) a través de la expropiación de la tierra y los recursos naturales. De alguna manera el proceso actual de explotación de los recursos naturales por parte de las empresas transnacionales con el apoyo estratégico de los países imperiales centrales se encuentran realizando “la tarea incumplida de la acumulación primitiva , lo que es más que nunca visible en el intento imperial de controlar la tierra, el agua dulce, la biodiversidad y los recursos naturales por vía de la guerra, la ocupación, la presión diplomática, la instalación de bases militares disuasorias” (de Sousa Santos, 2010:45).
Este proceso lo caracterizamos como de “acumulación por desposesión” (Harvey, 2005) que implica que el capitalismo, para mantener su proceso de reproducción ampliada del capital no requiere únicamente de un proceso previo u “originario” de acumulación extrayendo los recursos naturales y la tierra, sino que esta acumulación por desposesión de los recursos naturales y los territorios es un proceso permanente e inherente del capitalismo que incluye “la mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión forzosa de las poblaciones campesinas; la conversión de diversas formas de derechos de propiedad- común, colectiva, estatal, etc.- en derechos exclusivos de propiedad ; la supresión del derecho a los bienes comunes; la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía y la supresión de formas de producción y consumo alternativas; los procesos coloniales, neocoloniales e imperiales de apropiación de activos, incluyendo los recursos naturales; la monetización de los intercambios y la recaudación de impuestos, particularmente de la tierra; el tráfico de esclavos; y la usura, la deuda pública y, finalmente, el sistema de crédito” (Harvey, 2005:113). Otras formas novedosas de acumulación por desposesión se encuentran ligadas a la biotecnología y a la posibilidad de patentar las propiedades genéticas de la naturaleza, en lo que puede interpretarse como una manera de obtener una “renta de la vida” (Bartra, 2008) al convertir en mercancía una determinada cualidad genética de una planta o un animal.
En este proceso de apropiación de la renta de la naturaleza existe también una apropiación discursiva y material que resignifica la naturaleza como recursos naturales. En este sentido, “el discurso utilitario reemplaza el término naturaleza con el término recursos naturales, focalizando en esos aspectos de la naturaleza que pueden ser apropiados para el uso humano […] las plantas consideradas valiosas devienen cultivos, las especies que compiten con ellas se estigmatizan como hierba, y los insectos que se las comen son estigmatizados como plagas” (Scott, 1998:13, en Ceceña, 2008:72). En efecto, el capitalismo no sólo mercantiliza la naturaleza sino que el propio capital “ rehace a la naturaleza y a sus productos biológica y físicamente (y política e ideológicamente) a su propia imagen y semejanza” (O´Connor, 2003:33) en una transformación que selecciona a algunos componentes de la naturaleza como mercancías y a otros como desechos, además de las modificaciones que introduce, a través de la ciencia y la tecnología, para obtener nuevas cualidades de esas mercancías; el ejemplo más claro de esto son los organismos genéticamente modificados (OGM).
Paralelamente se profundizaron los esquemas productivos de extracción y aprovechamiento de los recursos naturales por parte de grandes empresas nacionales y multinacionales como la minería a cielo abierto. Los recursos naturales son, hoy en día, elementos estratégicos para el desarrollo del capitalismo y los campesinos, indígenas, y pobladores de las pequeñas ciudades rururbanas de diferentes regiones de nuestro continente son quienes habitan los territorios donde se encuentran la mayoría de ellos. La matriz energética del sistema mundo hegemónico es una matriz fósil y carbonífera, por eso uno de los recursos naturales estratégicos son los hidrocarburos, es decir, el gas y el petróleo que, además, son recursos no renovables y que por su uso continuado y creciente de manera exponencial desde el siglo XIX se encuentra en vías de agotamiento antes de que termine el siglo XXI. En las regiones que se abordan en esta investigación- la Selva de Las Yungas y la región chaqueña en Salta (Argentina) y Tarija (Bolivia)- los hidrocarburos aparecen como los generadores de mayor conflictividad en el marco de las disputas territoriales entre los distintos actores en pugna. El gas y el petróleo aparecen como los recursos naturales paradigmáticos de la región, pues atraviesan el complejo entramado económico, cultural, social y político de la región pero también habilitan las imbricaciones de la problemática local dentro de un esquema de conflictividad y disputa por los recursos naturales y el territorio a escala global.
De todas maneras, cabe señalar que también existen importantes conflictos en torno al acceso a la tierra, el agua dulce y los recursos forestales. En tal sentido, resulta importante rescatar aquellas formas de producción campesinas e indígenas que sobrevivieron a distintos modos de producción desde los comienzos de la agricultura, adaptándose a los cambios productivos y a las presiones estructurales y políticas de los cambios económicos a nivel mundial; resistiendo desde su forma de producir y reproducir la vida campesina e indígena, ligadas a la producción para el autoconsumo, en una relación de reciprocidad con la naturaleza (García Guerreiro y Wahren, 2007). En efecto, otros actores sociales como por ejemplo trabajadores desocupados, también han comenzado a experimentar alternativas de producción, comercialización y utilización de los recursos naturales que implican algunas rupturas con el modelo de desarrollo hegemónico. En esta dirección, retomamos a Arturo Escobar quien afirma que “la construcción de paradigmas alternativos de producción, órdenes políticos, y sustentabilidad son aspectos de un mismo proceso, y éste proceso es impulsado en parte por la política cultural de los movimientos sociales y de las comunidades en la defensa de sus modos de naturaleza/cultura. Es así como el proyecto de movimientos sociales constituye una expresión concreta de la búsqueda de órdenes alternativos de producción y ambientales” (2000:202).
En definitiva, lo que diferencia a estos movimientos
sociales de la lógica hegemónica del “sistema/mundo colonial/capitalista”
(Wallerstein, 1974) es que mantienen una relación de reciprocidad y pertenencia
con el territorio y la naturaleza. En efecto,
“muchas comunidades rurales del
Tercer Mundo “construyen” la naturaleza de maneras sorprendentemente distintas
de las formas modernas predominantes; entienden, y usan, sus entornos naturales
de maneras muy particulares” (Escobar, 2000:77). Por medio de esta relación de
reciprocidad reifican sus identidades, a la vez que disputan un modo de vida y
una cosmovisión particular en pugna con otros actores. En este sentido, las
acciones colectivas de los movimientos indígenas y campesinos, así como los de
los sectores populares urbanos y rururbanos están “asociando los nuevos derechos
culturales con reivindicaciones por el acceso y la apropiación de la naturaleza
en los que subyacen estrategias de poder, valores culturales y prácticas
productivas alternativas. A los nuevos derechos culturales y ambientales se
están incorporando demandas para autogestionar las condiciones de producción y
los estilos de vida de los pueblos” (Leff, 2007:70). La relación de reciprocidad
y/o pertenencia con la naturaleza por parte de los movimientos sociales implica
una relación que va más allá- incluso de manera contrapuesta- de la forma de
relacionamiento con la naturaleza que asume la lógica racional económica
estatal/colonial/capitalista que mercantiliza y objetiviza a la naturaleza y al
territorio resignificándolos como recursos naturales, a la vez que destruye
sistemáticamente otras posibles formas de entender y relacionarse con la
naturaleza, otros usos y sentidos acerca del territorio(…)".
Fuente:
http://opsur.files.wordpress.com/2011/08/tesis-doctorado-jw-final-marzo-2011.pdf
En consecuencia, la lucha y puesta en práctica de la «reforma agraria integral» convierte a los actores o autores de la resistencia al modelo extractivo en protagonistas imprescindibles de la emancipación del capitalismo e imperialismo. No sólo defienden la vida y la dignidad de los pueblos sino que encaminan la creación del buen vivir de los de abajo o la armonía de su diversidad y de ésta con la Madre Tierra.
Asumir la lucha anticapitalista y antiimperialista para emanciparnos, nos exige a los de abajo unirnos en torno a la programación y puesta en práctica de la «reforma agraria integral» porque:
Entre el 19 y el 22 de abril del 2010 y en el contexto de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra, más de quinientas personas provenientes de diferentes partes del mundo debatimos y construimos consensos en el Grupo 17 (Agricultura y Soberanía Alimentaria) para profundizar el diagnóstico y formular propuestas de cómo enfrentar la crisis climática. La diversidad de experiencias, orígenes y culturas no nos impidió escucharnos y avanzar en la construcción colectiva. Este documento se enmarca en el Acuerdo de los Pueblos, documento final de la Conferencia en la que participaron más de 35 mil personas, que expresó con claridad: “Requerimos forjar un nuevo sistema que restablezca la armonía con la naturaleza y entre los seres humanos. Sólo puede haber equilibrio con la naturaleza si hay equidad entre los seres humanos. Planteamos a los pueblos del mundo la recuperación, revaloración y fortalecimiento de los conocimientos, sabidurías y prácticas ancestrales de los pueblos indígenas, afirmados en la vivencia y propuesta de Vivir Bien, reconociendo a la Madre Tierra como un ser vivo, con el cual tenemos una relación indivisible, interdependiente, complementaria y espiritual”. Compartimos las conclusiones finales del Grupo 17, un paso más en el camino de construcción que los pueblos emprenden en cada rincón del planeta donde la vida continúa fluyendo.
Agricultura y soberanía alimentaria
Grupo de Trabajo 17 de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático | 14 julio 2010 | Biodiversidad - Jul 2010
A. Los movimientos sociales y organizaciones populares reunidos en la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático constatamos que a pesar de nuestras numerosas movilizaciones y constantes denuncias, los gobiernos capitalistas, los organismos internacionales y las entidades financieras continúan en la senda de agravar la destrucción del planeta. El cambio climático es una de las más serias amenazas a la soberanía alimentaria de todos los pueblos del mundo. Una vez más constatamos que:
1.
El agronegocio
es una de las causas principales del cambio climático —a través de su modelo
social, económico y cultural de producción capitalista globalizada y su lógica
de producción de alimentos para el mercado y no para cumplir con el derecho a la
alimentación adecuada. El cambio de uso de suelo (la deforestación y la
expansión de la frontera agrícola), los monocultivos, la producción,
comercialización y utilización de insumos agrotóxicos y agroquímicos, el
procesamiento industrial de alimentos y toda su logística para transportarlos
miles de kilómetros hasta llegar al consumidor, la producción de gases con
efecto de invernadero en los megadepósitos de basura y estiércol de la ganadería
industrial intensiva, son causantes principales de la crisis climática y del
crecimiento del número de personas hambrientas y de los desnutridos en el mundo.
2.
La depredación y destrucción de los acuíferos, las fuentes
y los cuerpos de agua y de los ecosistemas y ciclos ecológicos que le dan vida
están indisolublemente ligados a los procesos de privatización que se impulsan
desde los gobiernos capitalistas y los organismos internacionales. Al mismo
tiempo que vemos cómo el cambio climático destruye glaciares y otras fuentes de
agua, constatamos que el derecho humano fundamental de acceso al agua para el
consumo de los seres vivos y la producción de alimentos se restringe día a día
producto del avance de la agropecuaria industrial, la minería, la extracción de
hidrocarburos, el procesamiento industrial de alimentos, las plantaciones
forestales, la plantación y producción de agrocombustibles, la acuicultura
industrial y los megaproyectos hidroeléctricos.
3.
El despliegue territorial de megaproyectos de
infraestructura al servicio del capital altera los procesos naturales, sociales
y culturales imposibilitando formas de convivencia armoniosa con la Madre
Tierra, destruye medios de vida, expulsa a las comunidades campesinas,
indígenas/originarias y pescadoras de sus territorios y facilita la expansión
del modelo extractivo y agroexportador.
4.
El cambio climático provoca la migración forzada en las
áreas rurales, es una amenaza para los pueblos indígenas/originarios,
comunidades campesinas y de pescadores, quienes son los más damnificados al ser
destruidos sus medio de vida, su sabiduría agrícola ancestral y local y, por
ende, su identidad.
5.
Los agrocombustibles no representan una alternativa porque
anteponen la producción agrícola para el transporte frente a la producción de
alimentos para los seres humanos. Los agrocombustibles amplían la frontera
agrícola destruyendo los bosques y la biodiversidad, generan monocultivos,
promueven la concentración de la tierra, deterioran los suelos, agotan las
fuentes de agua, contribuyen al alza del precio de los alimentos y consumen más
energía de la que generan.
6.
Los Organismos Genéticamente Modificados (OGM)
tampoco son
una solución al cambio climático y son exclusivamente un instrumento de las
corporaciones para controlar las semillas y la alimentación a nivel global.
Significan un serio atentado contra los saberes locales, la salud de las
personas, el ambiente, la autonomía local e impiden el efectivo cumplimiento del
derecho a la alimentación adecuada.
7.
Continúan desarrollándose tecnologías al servicio de los
intereses de los grandes capitales y presentándolas como soluciones a las
diferentes crisis que hoy enfrentan la Madre Tierra y la humanidad. Sabemos que
todas ellas son falsas soluciones, utilizadas como herramientas de acumulación y
grandes negocios para las transnacionales, que sólo agravarán la dependencia, la
concentración y la destrucción. Se destacan entre otras la geoingeniería, la
nanotecnología, las tecnologías Terminator y similares, la biología sintética y
el biochar.
8.
El avance del libre comercio a través de
los acuerdos de
asociación económica, de los tratados de libre comercio y protección de
inversiones, entre otros, son un ataque directo a la soberanía de los países y
los pueblos, a la autonomía de los Estados y a la capacidad de acción
multilateral de los organismos internacionales. A medida que avanza su
implementación, se incrementan los impactos destructivos en las economías
locales, en la Soberanía Alimentaria, el ambiente, los derechos sociales y
culturales y nutrición de los pueblos y los derechos de la Madre Tierra.
9.
La actual agudización del acaparamiento de tierras y los océanos por parte de
grupos
económicos, empresas transnacionales y capitales especulativos tanto estatales
como privados es una de las agresiones más graves e inminentes que enfrentan los
pueblos y su soberanía alimentaria, social y política. La extrema concentración
y extranjerización de la tierra, agravadas por las actuales normas de libre
comercio, atentan contra la biodiversidad vegetal y animal, contra las reformas
agrarias, el derecho a la alimentación adecuada y los procesos de reconstitución
de los territorios indígenas y campesinos por lo que los movimientos sociales
han luchado sin descanso.
10. Las diversas formas de los Derechos de Propiedad
Intelectual son un instrumento de privatización que destruye los sistemas de
saberes originarios locales, tradicionales y científicos restringiendo el uso y
conservación de la biodiversidad agrícola e ilegalizando prácticas culturales y
agrícolas locales, comunitarias y ancestrales.

۞۞۞
B. Frente a esta realidad que sufren los pueblos en todo el mundo, los movimientos sociales y las organizaciones populares reunidas en esta Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático nos comprometemos a seguir luchando por un conjunto de soluciones y movilizarnos hasta lograr que los gobiernos cumplan con su deber de llevarlas adelante. Pondremos al centro de nuestros esfuerzos la construcción de soberanía alimentaria, defendiendo y apoyando a la agricultura campesina e indígena como generadoras de alimentos, dignidad e identidad y como una alternativa real y concreta para enfriar al planeta, colocando la equidad de género como eje de nuestro accionar. Las soluciones que vemos como prioritarias son:
11.
Valorar y
recuperar las agroculturas y formas de vida locales, campesinas e
indígenas/originarias y los sistemas de saberes ancestrales de producción y
recolección de alimentos, los sistemas locales y tradicionales de salud que han
sido deteriorados y subvalorados por la lógica agroindustrial orientada a la
sobreproducción, la exportación y la generación de ganancia, remarcando que la
soberanía alimentaria es el camino para responder y solucionar el cambio
climático.
12. Promover y asegurar el financiamiento de políticas y
mecanismos de control social participativo y público sobre
los sistemas de
producción agropecuaria para evitar el daño a la Madre Tierra. Éstas deben
incluir la investigación, extensión e inversión pública para eliminar el uso de
insumos agrícolas basados en petroquímicos, mejorar el contenido orgánico del
suelo, reducir las pérdidas post-cosechas, fortalecer mercados locales, promover
la agricultura urbana, proteger las fuentes y cuerpos de agua y apoyar la
agricultura familiar campesino- indígena/originaria y la soberanía alimentaria.
13.
Defender, revalorar y difundir el modelo sustentable de
producción agrícola campesino e indígena/originario, y otros modelos y prácticas
ancestrales ecológicas que contribuyan a solucionar el problema del cambio
climático y aseguren la soberanía alimentaria, entendida como el derecho de los
pueblos a controlar sus propias semillas, tierras, agua y la producción de
alimentos, garantizando, a través de una producción local, autónoma
(participativa, comunitaria y compartida) y culturalmente apropiada, en armonía
y complementación con la Madre Tierra, el acceso de los pueblos a alimentos
suficientes, variados y nutritivos, profundizando la producción de cada nación y
pueblo. Al mismo tiempo rechazamos la uniformización alimentaria a nivel global
y sus impactos nutricionales, ambientales, sociales, culturales y sanitarios.
14.
Reconocer el derecho de todos los pueblos, los seres
vivos y la Madre Tierra a acceder y gozar del agua.
Reconocer el derecho de los
pueblos y países a controlar, regular y planificar el uso y manejo respetuoso y
solidario del agua y sus ciclos en el marco de los acuerdos y convenios
internacionales y el derecho consuetudinario; prohibiendo cualquier forma de
privatización y mercantilización del agua, creando órganos de participación
popular que regulen sus usos múltiples, protejan su calidad y planifiquen su uso
futuro para consumo de los seres vivos y para la producción alimentaria. En este
marco apoyamos la propuesta del gobierno de Bolivia para reconocer al agua como
un derecho humano fundamental según se expresa en la “Declaratoria del Derecho
Humano al Agua” y que vemos como un paso importante en la dirección correcta.
15. Prohibir las tecnologías y procesos tecnológicos que
ponen en peligro el bienestar y la superviviencia de la Madre Tierra y los seres
vivos y que se impulsan exclusivamente por su potencial para producir ganancias
para un reducido número de empresas, a la vez que provocan y aceleran el cambio
climático como: los agrocombustibles, los organismos genéticamente modificados,
la nanotecnología, la geoingeniería y todas aquellas que bajo el supuesto de
ayudar al clima, en realidad atentan contra la soberanía alimentaria y agreden a
la Madre Tierra. Prohibir a nivel mundial de manera definitiva las tecnologías
Terminator, farmacultivos y similares.
16. Prohibir la pesca por arrastre
por depredadora y
destructora de la biodiversidad y del sustento de los y las pescadoras
artesanales.
17.
Prohibir la minería
a gran escala contaminante que destruye los ecosistemas, expulsa a las
poblaciones locales, contamina los cursos de agua y amenaza la soberanía
alimentaria de los pueblos.
18.
Rechazar, condenar y prohibir cualquier estrategia
político-militar y comercial que atente contra la soberanía alimentaria de los
pueblos y los vuelva vulnerables al cambio climático.
19.
Defender la primacía de los derechos humanos, económicos,
sociales y culturales, los derechos de la Madre Tierra, y la biodiversidad por
encima de los TRIPS (tratados que protegen la propiedad intelectual) y cualquier
otro acuerdo comercial de derecho internacional. Los países deben también
asegurar el respeto al carácter colectivo de los saberes de las comunidades
indígenas/originarias y campesinas, y por tanto, el derecho colectivo de
decisión sobre el acceso y el uso de estos saberes. Las medidas nacionales para
implementar esto no serían sujeto de litigio bajo las reglas de acuerdos
comerciales que fortalecen o protegen los derechos de propiedad intelectual.
Toda investigación formal desarrollada con apoyo público debe ser bien público,
no sujeto a las reglas de propiedad intelectual que restringen compartir la
información.
20.
Prohibir el patentamiento y cualquier forma de propiedad
intelectual sobre toda forma de vida y saber ancestral y tradicional anulando
las patentes existentes.
21.
Prohibir las prácticas del dumping [la venta de productos
por debajo del costo de producción] y otras prácticas comerciales desleales de
los países industrializados que distorsionan los precios de los alimentos
afectando la soberanía alimentaria y haciendo que los países no industrializados
sean más vulnerables al cambio climático.
22.
Implementar políticas y normativas de protección de la
pequeña producción nacional de alimentos, incluyendo el tipo de subsidios que
considere necesario hacia su sector agropecuario, como también garantizar su
derecho a poner barreras arancelarias equivalentes a cualquier subsidio
incorporado en productos exportados y permitiendo la libre circulación de las
producciones locales.
23.
Afirmar que parte central de la solución del cambio
climático se da a través del fortalecimiento y ampliación de los sistemas
agroalimentarios campesinos, originarios, de agricultura urbana y de pescadores
artesanales.
Esto significa que no solamente es necesario cambiar la lógica de
producción industrial de alimentos orientada al mercado global y el lucro, sino
también cambiar la visión que asume que la tierra es un recurso de explotación
sin derechos orientada a satisfacer la avaricia del ser humano. Nosotros como
pueblos reunidos afirmamos que el planeta es un ente vivo con derechos y
espíritu.
24.
Impulsar procesos amplios, profundos, genuinos de Reforma
Agraria Integral y de reconstitución de territorios indígenas,
afrodescendientes, campesinos, de construcción participativa de los pueblos con
enfoque de género,
a fin de que los pueblos campesinos e indígenas/originarios,
sus culturas y formas de vida, recuperen su papel central y fundamental en las
agriculturas del mundo para lograr la soberanía alimentaria y recuperar la
armonía para lograr el equilibrio climático del planeta. Una reforma agraria de
este tipo debe incluir el respeto a los saberes locales y ancestrales y
garantizar los medios necesarios para asegurar la producción en todas las etapas
de la cadena (cultivo, procesamiento, comercialización). Exigimos el
reconocimiento de los derechos de los pueblos indígenas en aislamiento
voluntario y que se reconozcan y respeten sus territorios.
25.
Promover y consolidar la educación integral
(espiritual,
material y social) para la soberanía alimentaria como sustento de las
transformaciones necesarias integrando sus propuestas a todos los niveles de
educación formal y no formal; desarrollando contenidos surgidos de las
realidades locales sobre la base de una visión pluricultural y una plena
participación de las comunidades respondiendo a las necesidades de cada región y
comunidad. Al mismo tiempo sostenemos que la amplia información y comunicación
sobre estos temas es uno de los mayores desafíos que enfrentamos.
26.
Declarar a las semillas nativas y criollas como
patrimonio de los pueblos al servicio de la humanidad,
base fundamental de la
soberanía alimentaria y de libre circulación en manos de los pueblos
indígenas/originarios y campesinos; cuidadas y multiplicadas por los custodios
de semillas de acuerdo a las culturas de cada pueblo.
27.
Exigir que los impactos del calentamiento global sobre la
soberanía alimentaria
se inserten dentro del marco de discusiones sobre el
cambio climático y se inserten en las legislaciones nacionales.
Grupo de Trabajo 17 de la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático
Fuente: http://www.grain.org/es/article/entries/4101-agricultura-y-soberania-alimentaria