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Interbarrial Marzo 2008 |
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Construcción de percepciones y lógicas
Durante la afirmación como sujeto de emancipación
Me parece sumamente ilustrador el artículo “El desencuentro de dos razones
revolucionarias:
indianismo y marxismo” *
del sociólogo Álvaro García Linares, vicepresidente de Bolivia.
A. Marxismo y orígenes del indianismo político
Álvaro García Linares plantea que el tránsito
del «obrero artesanal de empresa»
al
«obrero de oficio de gran empresa» que se da en los núcleos económicos más
importantes
del proletariado minero y fabril de Bolivia precedió la aceptación
del marxismo y del nacionalismo revolucionario por parte de la clase obrera.
“Se
trata, por tanto, de un proletariado que interioriza la racionalidad técnica de
la modernización capitalista
de gran empresa
y que está subjetivamente dispuesto a una razón del mundo guiada por la fe en la
técnica
como principal fuerza productiva, en la homogeneización laboral y la
modernización industriosa
del país (…)
y será sobre esta nueva subjetividad proletaria -que ocupará el centro de
las actividades económicas fundamentales del país- que el marxismo logrará
enraizarse durante décadas
con un discurso de racionalización modernizante de la sociedad.
El
marxismo de esta primera época es, sin lugar a dudas, una ideología de
modernización industrial del país
en lo económico y de consolidación del Estado nacional en lo político. En el
fondo, todo el programa revolucionario
de los distintos marxismos de esta etapa, hasta los años ’80, tendrá objetivos
similares.
El
marxismo llegó a formar una cultura política extendida en sectores obreros,
asalariados y estudiantiles
basada en la primacía de la identidad obrera por encima de otras identidades, en
la convicción acerca
del papel progresista de la tecnología industrial en la estructuración de la
economía,
del papel central
del Estado en la propiedad y distribución de la riqueza,
de la nacionalización cultural de la sociedad en torno a estos moldes y de
la «inferioridad»
histórica y clasista de las sociedades campesinas mayoritarias en el país.
Sostiene respecto al marxismo que
a)
su “narrativa
modernista y teleológica de la historia, por lo general adaptada de los manuales
de economía y filosofía,
creará un bloqueo cognitivo y una imposibilidad epistemológica sobre dos
realidades que serán
el punto de partida de otro proyecto de emancipación que, con el tiempo, se
sobrepondrá a
la propia ideología marxista: la temática campesina y étnica del país;
b)
su lectura
clasista de la realidad agraria no vendrá por el lado de la subsunción formal y
real
(que hubiera permitido develar las condiciones de explotación de este sector
productivo),
se lo hará desde
el esquema –prejuicio- del enclavamiento a partir de la propiedad, con lo que
trabajadores directos
quedarán en el saquillo de «pequeños burgueses» de dudosa fidelidad
revolucionaria por
su apego a la propiedad”.
Relata que
el indianismo
político
emerge de afirmarse en la temática comunitaria agraria y étnico nacional
como fuerzas productivas políticas con capacidad de ayudar a los poderes
regenerativos de
la estructura social.
Logra realizarlo en combate ideológico tanto con las corrientes nacionalistas
como contra las marxistas.
Recién desde finales del siglo XX y principios del XXI,
“una
lectura mucho más exhaustiva de la temática indígena y comunitaria
vendrá de
la mano de un marxismo crítico y carente de auspicio estatal que
apoyándose en las reflexiones avanzadas por Zavaleta, buscará
una reconciliación entre indianismo y marxismo, capaz
de articular
los procesos de producción de conocimiento local con los universales.
B. Historia del indianismo
Álvaro García Linares
explica cómo el imaginario de las comunidades campesinas
se identificó
con el ideario del nacionalismo revolucionario. En el modo de ciudadanización,
de reconocimiento
y movilidad social del voto universal, de la reforma agraria (que acabó con el
latifundio en el altiplano
y los valles) y de la educación gratuita y universal,
hallaron
una convocatoria nacionalizadora y culturalmente homogeneizante, capaz de
desplegar y diluir
el programa nacional étnico de resistencia gestado décadas atrás.
“Fueron
momentos de una creciente desetnización del discurso e ideario campesino,
una apuesta a la inclusión imaginada en el proyecto de cohesión cultural mestiza
irradiada desde el Estado
y de conversión de los nacientes sindicatos campesinos en la base de apoyo del
Estado nacionalista
tanto en su fase democrática (1952-1964) como en la primera etapa de la fase
dictatorial (1964-1974).
El sustento material de este período de hegemonía nacional estatal será
Ahora en los años 70 resurge la nueva visión indianista del mundo frente a:
Álvaro García Linares
señala que, en estos últimos 34 años, la visión
del mundo desde el indianismo
transitó varios períodos:
El período
formativo del indianismo katarista:
“Nace como discurso que comienza a resignificar de manera sistemática la
historia, la lengua y la cultura.
Se trata
de un discurso denunciante e interpelante que, asentado en la revisión de la
historia, echa en cara
la imposibilidad de cumplir los compromisos de ciudadanía, de mestizaje, de
igualación política y cultural
con la cual el nacionalismo se acercó al mundo indígena campesino después de
1952.
El
aporte fundamental
de este período es la reinvención de la indianitud pero ya no como estigma
sino como sujeto de emancipación, como designio histórico, como proyecto
político.
Se trata
de un auténtico renacimiento discursivo del indio a través de la reivindicación
y reinvención
de su historia, de su pasado, de sus prácticas culturales, de sus penurias, de
sus virtudes, que ha de tener
un
efecto práctico en
la formación de autoidentificaciones y formas organizativas. (…)
A fines
de los años ’70 se va a dividir en grandes vertientes. La primera, la sindical,
que va a dar lugar
a la formación de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de
Bolivia,
hecho
que sella simbólicamente la ruptura del movimiento de los sindicatos campesinos
con el Estado nacionalista
en general y en particular con el pacto militar campesino que había inaugurado
una tutela militar sobre
la organización campesina.
La otra
vertiente es la política partidaria, no sólo con la formación del Partido Indio
a fines de los años ’60,
sino del Movimiento Indio Túpak Katari y el Movimiento Revolucionario Túpak
Katari, que van a incorporarse
-de manera frustrada- en varias competencias electorales hasta fines de los años
’80.
La
tercera vertiente
-al lado de la política y la sindical- va a ser la corriente académica,
historiográfica y de investigación sociológica
que se dedica a llevar adelante, de manera rigurosa, este revisionismo histórico
mediante el estudio de
casos de levantamientos, de caudillos, de reivindicaciones indígenas desde la
colonia hasta nuestros días.
Un segundo momento de este período de formación discursiva y
de elite de la identidad aymara
se va a producir
cuando, desde los primeros años de la década de los ’80, se produce una lenta
pero
creciente descentralización
de este discurso; los ideólogos y activistas del indianismo katarista se
fragmentan dando lugar
a tres grandes corrientes:
·
la culturalista
que se refugia en la música, la religiosidad y hoy se denomina como
la de los «pachamámicos»;
·
la de los
discursos políticos «integracionistas» en la medida en que enarbola
una reivindicación del ser indígena como fuerza de presión
para obtener ciertos reconocimientos en el orden estatal vigente,
se trata
de una formación discursiva de lo indígena en tanto sujeto querellante,
demandante de
reconocimiento por parte del Estado, para incorporarse a la estatalidad y
ciudadanía vigente,
pero sin perder por ello sus particularidades culturales (…);
·
la
estrictamente nacional indígena que no le pide al Estado el derecho a la
ciudadanía
sino que pone de manifiesto que deben ser los mismos indígenas quienes deben,
porque quieren,
ser los gobernantes del Estado, un Estado que –precisamente por esta presencia
india-
tendrá que
constituirse en otro Estado y en otra república, en la medida en que
el Estado republicano contemporáneo ha sido una estructura de poder
levantada sobre la exclusión y exterminio del indígena.
Bajo
esta mirada el indígena aparece entonces no sólo como un sujeto político,
sino también
como un sujeto de poder, de mando, de soberanía. En su etapa inicial, este
discurso
toma la forma de un panindigenismo, en la medida en que se refiere a una misma
identidad india
que se extiende a lo largo de todo el continente, con pequeñas variantes
regionales.
Esta
mirada transnacional de la estructura civilizatoria indígena puede considerarse
imaginariamente expansiva
en la medida en que supera el localismo clásico de la demanda indígena;
pero,
al mismo tiempo, presenta una debilidad en la medida en que minimiza las propias
diferencias intraindígenas
y las diferentes estrategias de integración, disolución o resistencia por las
que cada nacionalidad indígena
optó dentro de los múltiples regímenes republicanos instaurados desde el siglo
pasado.
De ahí
que una segunda etapa,
una corriente al interior de esta vertiente indianista encabezada por Felipe
Quispe
y la organización Ayllus Rojos, realiza dos nuevos
aportes.
Por una parte,
el reconocimiento de una identidad popular boliviana resultante de los siglos de
mutilados mestizajes culturales
y laborales en diferentes zonas urbanas y rurales.
Bajo
esta nueva mirada, en cambio, las formas de identidad popular bolivianas, como
la obrera, hasta cierto punto
la campesina en determinadas regiones, aparecen como sujetos colectivos con los
cuales
hay que trazar políticas de alianza, acuerdos de mutuo reconocimiento, etc.
Éste será el significado político de la llamada teoría de las «dos Bolivias».
El segundo aporte de este discurso
es el de la especificidad de la identidad indígena aymara. El indio aymara
aparece de manera nítida como
identidad colectiva y como sujeto político encaminado a un destino de
autogobierno,
de autodeterminación.
Su
importancia radica en que permite centrar el discurso en ámbitos territoriales
específicos,
en masas poblacionales verificables y en sistemas institucionales -de poder y
movilización- compactos y efectivos
que los de la panindianidad.
De ahí que se puede afirmar que, a partir de esta formación discursiva, el indio
y el indianismo devienen un discurso
estrictamente nacional: el de la nación indígena aymara”.
El período de cooptación estatal
se
inicia a fines de los años ’80 cuando intelectuales y activistas atraviesan una
fuerte frustración política
en la medida que sus intentos de convertir la fuerza de la masa indígena
sindicalizada en votación electoral
no dan los resultados esperados.
“Al
mismo tiempo
que la sociedad y los partidos de izquierda marxista asisten al brutal
desmoronamiento de la identidad y fuerza
de la masa obrera sindicalmente organizada, la adopción y reelaboración de un
discurso etnicista se les presenta
como una opción de recambio en los sujetos susceptibles de ser convocados.
De esta
manera,
la estructura conceptual con la que esta izquierda -en decadencia- se acerca a
la construcción discursiva indígena
no recupera el conjunto de la estructura lógica de esa propuesta, lo que hubiera
requerido un desmontaje
del armazón colonial y vanguardista que caracterizaba al izquierdismo de la
época. (…)
El MNR
es el partido político que con mayor claridad detecta el significado de la
formación discursiva de
un nacionalismo indígena (…) convierte en política de estado el reconocimiento
retórico de la multiculturalidad
del país,
mientras que la Ley de Participación Popular habilita mecanismos de ascenso
social local capaces de
succionar el discurso y la acción de una buena parte de la intelectualidad
indígena crecientemente descontenta (…)”.
El período de
estrategia de poder,
se da a fines de los años ’90 y principios del siglo XXI, “es el momento en que
el indianismo deja de ser
una ideología que resiste en los resquicios de la dominación y se expande como
una concepción del mundo
proto hegemónica
intentando disputar la capacidad de dirección cultural y política de la sociedad
a la ideología neoliberal que había prevalecido durante los últimos dieciocho
años.
De hecho, hoy se puede decir que la concepción del mundo de
corte emancipativo
más importante e influyente en la actual vida política del país es el indianismo
y
es el núcleo discursivo y organizativo de lo que hoy podemos denominar la «nueva
izquierda».
La base
material de esta colocación histórica del indianismo es la capacidad de
sublevación comunitaria
con la que las comunidades indígenas responden a un creciente proceso de
deterioro y decadencia de
las estructuras comunitarias campesinas y de los mecanismos de movilidad social
ciudad-campo”.
Álvaro García Linares destaca:
“El punto de inicio de las sublevaciones y de expansión de
la ideología indianista
se da en el momento en que las reformas de liberalización de la economía
afectan las condiciones básicas de reproducción de
las estructuras comunitarias agrarias y semi-urbanas
(agua y tierra).
El
deterioro creciente de la estructura económica tradicional de la sociedad rural
y urbana ha dado lugar
a un fortalecimiento de los lazos comunitarios como mecanismos de seguridad
primaria y reproducción colectiva.
La
politización
que hará el indianismo de la cultura, el idioma, la historia y la piel,
elementos utilizados por la
«modernidad»
urbana para bloquear y legitimar la contracción de los mecanismos
de inclusión y movilidad social, serán los componentes palpables de una
ideología comunitarista de emancipación
que rápidamente erosionará la ideología neoliberal.
Este
indianismo cohesionará una fuerza de masa movilizable, insurreccional y
electoral, logrando politizar
el campo político discursivo y consolidándose como una ideología con proyección
estatal (…)”.
*Cuadernos
de Pensamiento crítico latinoamericano Número 3/ diciembre de 2007
del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
Fuente:
Le Monde Diplomatique/ el Dipló/ enero 2008
www.eldiplo.org