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Conflictos
La «territorialidad de dominación» es planteada como conflicto
central por
Mariano Féliz y Matías García al advertir
que
“vivimos en un país de 40 millones de habitantes que es capaz de
producir alimentos para una población siete veces superior. Sin
embargo, en Argentina hay no menos de 4 millones de hambrientos.
Vivimos en una tierra en la que históricamente los inmigrantes
venían a producir. Sin embargo, cada vez menos gente vive en el
campo, cada vez más propietarios de la tierra se convierten en
arrendadores-rentistas, siendo los campesinos y pequeños productores
expulsados por las grandes empresas capitalistas. Habitamos un
territorio donde el pueblo históricamente ha trabajado para
alimentarse y, sin embargo, hoy pierde día a día el control de su
producción a manos de las transnacionales de la alimentación y los
agronegocios. Multinacionales que hacen hasta dudar de la definición
de productor, cuando éstas le venden las semillas y los insumos, le
imponen el cultivo y la tecnología con qué producir y finalmente le
compran la producción y la exportan del país, junto a sus
extraordinarias ganancias: ¿productores o empleados de las multis? Mariano Féliz nos ayuda a comprender porqué necesitamos solidarizarnos con las luchas por “trabajo, dignidad y cambio social” en vez de rechazarlas por creerlas funcionales a la derecha o secundarias. Caracteriza el modelo K: “a partir de la salida del neoliberalismo, de la convertibilidad en Argentina, el patrón de desarrollo capitalista se transforma en buena medida, y esto lo vemos en todos los países de América del Sur. Ya no es un proyecto de ajuste permanente, sino ahora un proyecto más consolidado, basado en la explotación de riquezas naturales, en la transnacionalización de la economía y en la precarización laboral”.Esos tres fundamentos fueron creados a través del neoliberalismo. Respecto al primero o sea “el saqueo de las riquezas naturales ligado al comercio internacional, basado en el sector exportador, en Argentina tiene un rol fundamental la producción de soja y todos sus derivados. Últimamente se está hablando de que las exportaciones industriales están ganando peso y en realidad –en buena medida –esto es industrialización de la soja misma, tanto en agro combustibles como en aceites, y otros productos. Entonces, en realidad sigue siendo un modelo exportador bastante primarizado, con algunas industrias ligadas a este proceso de saqueo. Y en este éxito, desde el punto de vista del capitalismo argentino, juega un papel muy importante el desarrollo capitalista en China, como demandante de productos agrarios, no sólo de Argentina sino de toda la región. También están jugando un rol muy importante los capitales extranjeros que están viniendo a nuestro país, incluso capitales chinos que están entrando en buena parte de las ramas más importantes de la economía argentina”.En cuanto a “la obra pública en infraestructura para los sectores dominantes es muy grande en comparación con la obra pública ligada a la resolución de la emergencia social que todavía sigue siendo muy amplia en el país, a pesar de las cosas que señalábamos hoy luego de los 8 años de súper-crecimiento de la economía. Esta es la gran paradoja del capitalismo argentino hoy”. Leer |
En consecuencia, la «territorialidad de dominación» de las transnacionales y sus socios locales se desmoronará en la medida que los diversos de abajo nos comprometamos con volver realidad concreta a esos tres principios de otra sociedad, otro país y otro mundo posibles. Fueron definidos y enarbolados por los movimientos de trabajadores desocupados. Varios de estos últimos, los pusieron en práctica como nuevas relaciones interpersonales e intergrupales durante su ejercicio de la autonomía en la organización territorial, cotidiana y respecto al gobierno-estado. Sin embargo, tendrán mayor raigambre según los espacios urbanos y rurales, en lucha, tomen la responsabilidad conjunta de hacer realidad a la «reforma agraria integral», como recuperación del trabajo en su carácter transformador de la naturaleza, con el objetivo de satisfacer las necesidades para hacer posible la igualdad de oportunidades de los diversos de abajo y el mantenimiento de la armonía con ella por nuestro propio bien. También tal apropiación y uso del territorio físico permitirá que todos los diversos de abajo afirmen su dignidad humana como sujetos colectivos de derecho y autonomía. Por último, pensemos en el “cambio social”, integrantes de los movimientos de desocupados Aníbal Verón lo definen como emancipación del capitalismo e imperialismo y como construcción de otra cotidianeidad mediante creación de nuevas relaciones interpersonales e intergrupales. Leer |
PLANTEO / IDEOLOGÍA / PREMISAS E HIPÓTESIS
La «territorialidad de dominación» va a seguir expandiéndose mientras no haya articulación de las luchas clasificadas -por los poderes establecidos- como ambientales, como campesinas e indígenas, como propias del nuevo sindicalismo combativo, como trabajadores estatales y como trabajadores desocupados con voluntad de "trabajo, dignidad y cambio social". Esa unidad en diversidad de los de abajo precisa fundamentarse en contenidos concretos del anticapitalismo y el antiimperialismo. Necesita situarse en que su conflicto central con el actual modelo no se reduce a la distribución de recursos y oportunidades de desarrollo sino que, ante todo, consiste en el cambio radical del sistema social. El analista y activista social uruguayo Raúl Zibechi, al ser entrevistado por Fernando Arellano Ortiz (Cronicón), sostiene:
"El verdadero problema de América Latina no es la pobreza sino la riqueza".
El modelo neoliberal, pese a los efectos perversos que ha tenido en la profundización de las injusticias sociales en América Latina, sigue funcionando, “pero ya no gira en torno a las privatizaciones, la apertura económica y las desregulaciones, sino que se ha volcado en la apropiación de los recursos naturales”.
"¡Ya Basta!
En su disertación, este intelectual uruguayo fue contundente en señalar que “es enteramente falso que el problema central de nuestras sociedades sea la existencia de porcentajes elevados de pobreza. El verdadero problema es la riqueza, es decir la existencia de una clase social parasitaria, que no cumple ningún rol positivo en la sociedad aunque sí tiene el suficiente poder tanto para influir en las políticas estatales, en las agendas públicas y de los medios de comunicación, como para desviar el foco de atención hacia su impúdica acumulación de riqueza”.
“Romper con esta concepción de la pobreza como problema a resolver y poner el centro de atención en la riqueza, es un requisito para cambiar las políticas sociales”, es una de sus recomendaciones.
Se lamentó de que “el gran triunfo ideológico del Banco Mundial es haber inoculado en las izquierdas, en los sindicatos y en los intelectuales progresistas, que se puede acabar con la pobreza sin tocar la estructura de la propiedad. O sea, sin modificar las relaciones de poder”
Criticó las denominadas políticas asistencialistas porque “no erradican la pobreza, no abordan las causas estructurales de la marginalidad y la exclusión social, por el contrario, profundizan el paradigma individualista del neoliberalismo. Estas políticas centradas en ‘el combate a la pobreza’ buscan evitar el conflicto. O sea, buscan la anulación de cualquier sujeto de abajo y quieren que sólo existan sujetos estatales o empresariales”.
Explicó que “los sujetos se forman en la lucha, nacen de ella y si la sociedad se instala en un periodo de letargo social, los actores se desvanecen. Toda la política del Banco Mundial y de las elites globales y nacionales es para 'des-sujetizar', para evitar que las diferencias se conviertan en conflicto social”.
Desde una perspectiva epistemológica, Zibechi llamó a los sectores progresistas y de izquierda en América Latina “a elegir el ¡Ya basta!, porque es una opción ética y política muy válida”.
Destacó igualmente que muchos de los proyectos y las políticas sociales progresistas como la economía solidaria, la autonomía y la horizontalidad, la educación popular, los movimientos sociales de gestión productiva “nacieron de las resistencias a las políticas de ajuste estructural del neoliberalismo. No obstante que la economía solidaria no es nada fuera del marco del conflicto. Puede ser un modo de adquirir fuerza para encarar el combate en mejores condiciones”
"Reprimerización" del aparato productivo
La crisis del neoliberalismo constituye para Zibechi “una oportunidad para presionar cambios”, por eso considera que “es indispensable meterse con la economía para cambiar la situación actual”. Y es que “América Latina no puede repetir la negativa experiencia de echar a perder los intentos por erigir el estado de bienestar para dar paso a la acumulación originaria, bajo el esquema de ‘acumulación por desposesión’, como lo denomina el sociólogo y politólogo británico David Harvey, que erosionó el papel regulador de los sindicatos y su carácter de interlocución, produjo una aguda desindustrialización y la reprimerización del aparato productivo, con su inevitable secuela de desempleo, creciente marginalización de los sectores populares urbanos y desplazamiento de los pequeños campesinos hacia las periferias urbanas”.
En su opinión, develar e “iluminar las formas de dominación como el modelo neoliberal ayuda a desmontarlas” y si bien éstas son muy potentes, también lo son las resistencias.
En la actual coyuntura, explica, la derecha en su afán de lograr una dominación hegemónica no sólo “compra” a líderes sindicales o de izquierda sino que busca por diversas formas el apoyo total de las organizaciones sociales.
Puso como ejemplo el caso colombiano, en el que el establecimiento “no solamente coopta a los angelinos (en alusión al vicepresidente electo Angelino Garzón) sino a organizaciones sociales enteras”, como está sucediendo actualmente con la Confederación General del Trabajo (CGT) mediante el salto que dio su presidente Julio Roberto Gómez del izquierdista partido Polo Democrático al santismo, la expresión más ultraconservadora y oligárquica del establecimiento en Colombia.
Deslegitimado, pero no derrotado
Para Zibechi, el modelo neoliberal en los países de América Latina “sigue funcionando pero ya no gira en torno a las privatizaciones, la apertura económica y las desregulaciones, sino que se ha volcado a la apropiación de los bienes comunes. La novedad principal de la coyuntura regional consiste en que el Consenso de Washington fue deslegitimado pero el neoliberalismo no fue derrotado. Por el contrario, la acumulación por desposesión, anclada en el modelo extractivista, se sigue profundizando en esta etapa a través de la minería transnacional a cielo abierto, los monocultivos de soja, caña de azúcar y palma, y del complejo forestación-celulosa. Estos emprendimientos, conducidos siempre por grandes multinacionales, se apropian de los bienes comunes, en particular agua y territorios, para convertir la naturaleza en mercancías (commodities) exportadas a los países centrales o emergentes como China e India”.
“Los resultados -agrega- están a la vista: los bancos tienen las mayores ganancias de su historia y el crecimiento económico se basa en exportaciones de commodities y minerales, en una suerte de reprimerización de la estructura productiva de los países. Es el camino que siguen los países de la región, más allá de las fuerzas políticas encargadas de administrar los gobiernos”.
Las política sociales que se han puesto en marcha en varios países de la región “acompañan y compensan la profundización del modelo neoliberal” (...)".
Fuente: www.rebelion.org /América Latina y Caribe/ 30-07-2010
Veamos que hoy hay continuidad y profundización de los 90 en el avance de la «territorialidad de dominación». Horacio Machado Aráoz, en "Minería, territorio, identidad. La resistencia a la minería transnacional desde la experiencia de Be.Pe.", destaca en "El ‘modelo minero’, como caso extremo del extractivismo primario-exportador en general, condensa una multiplicidad de expropiaciones neocoloniales:
Fragmento al artículo
A. para comprender cómo se desarrolla el capitalismo mediante:
1. La mega minería de oligopolios globales que viola los derechos de los pueblos en forma legal y con consenso por demagogia y manipulación mediática
Horacio Machado Aráoz señala: “La Gran Minería no significa otra cosa que un plan de entrega total e irrestricto de nuestros recursos minerales, nuestras tierras, y la afectación y contaminación de nuestras reservas de agua dulce y los ecosistemas (…) Esta actividad sólo es posible en el país porque está legitimada e incentivada por un marco legal colonialista, que consagra un régimen brutal de beneficios y exenciones fiscales a las empresas mineras…
Estos emprendimientos se imponen a espaldas de la población:
no se brinda la información pública que el Estado tiene obligación de otorgar;
se manipulan y falsean las verdaderas consecuencias que provocan los emprendimientos mineros;
se impide la participación de la ciudadanía en la toma de decisiones”. (Extracto de la Declaración de Andalgalá, III Encuentro de Comunidades Afectadas por la Minería en Argentina, 14 de agosto de 2005).
“El primer derecho vulnerado es el derecho a la autodeterminación, qué queremos hacer nosotros como comunidad. Lamentablemente, a nosotros nos han puesto el rótulo de comunidad minera. Nosotros no somos una comunidad minera… Somos una comunidad membrillera, aceitera, dulcera. (…) Al principio nos catalogaban como ‘los loquitos’. Después ya éramos los sediciosos, terroristas, fundamentalistas, los que no queríamos el progreso… Pero después el pueblo empezó a despertar… La gente empezó a ver, a escuchar, a tomar conciencia. La comunidad dice: ‘YA BASTA!’”. (Dito Salas, Autoconvocados de Andalgalá, 2005).
“Para nosotros, el territorio es el derecho más importante que tenemos como pueblo, porque ningún otro derecho tiene sentido si no se respeta el territorio. El territorio es todo aquello que da lugar a nuestra identidad y toda nuestra razón de ser: yo mismo en estos momentos soy un pedazo de mi territorio que está hablando acá. Porque el territorio es nuestro idioma, es nuestra música, son nuestros recursos culturales asociados al ambiente…” (Marcos Pastrana, dirigente diaguita calchaquí, 2007)".
2. La descentralización del Estado que refuerza los feudos empobrecedores y represores para concretar la concentración y transnacionalización
Horacio Machado Aráoz se refiere a porqué se instala Minera Alumbrera:"La consolidación de la ‘oleada’ neoliberal en los ’90 ha significado en América Latina la profundización de un fuerte proceso de mercantilización y explotación de la ‘naturaleza’. Las ‘reformas estructurales’ involucraron la apertura de un nuevo ciclo de una ‘vieja estrategia’, el extractivismo primario-exportador.
De la mano de la expansión de monocultivos de exportación, la radicación creciente de las llamadas ‘industrias sucias’, la privatización y transnacionalización de las reservas petroleras y mineras, así como de los servicios de agua potable, gas y energía eléctrica, y un largo etcétera, nuevas formas de apropiación, control y disposición sobre los territorios y sus bienes y servicios ambientales se pusieron en juego en la región afectando a crecientes porciones de nuestras poblaciones.
En ese marco, el boom de la gran minería metalífera transnacional verificado en la región desde inicios de los ’90 hasta nuestros días, con la radicación de las más importantes corporaciones mineras transnacionales y la acelerada expansión de las superficies territoriales concedidas a grandes proyectos de exploración y explotación minera, constituye uno de los capítulos ecológica y políticamente más gravosos de este proceso.
En nuestro país, el desembarco inicial de la minería transnacional tuvo lugar en la provincia de Catamarca, con la instalación de Minera Alumbrera Ltd. en 1995. Poco se sabía entonces de qué se trataba este tipo de explotaciones. La pobreza crónica y el desempleo estructural de la región completaron el ‘caldo de cultivo’ adecuado para que la puesta en marcha de este primer mega emprendimiento de minería química a cielo abierto resultara ‘exitoso’. Las promesas del desarrollo y de numerosos puestos de trabajo, más que resistencias, generaron euforia y despertaron esperanzas entre nuestras poblaciones. Sin embargo, al poco andar, las ‘ilusiones desarrollistas’ se transformaron en frustraciones crecientes y las expectativas de progreso se desvanecían ante la creciente evidencia de los impactos socioambientales de esta mega-explotación".
B. para descubrir la resistencia a esta ocupación totalitaria y devastadora de los territorios mediante:
1. La lucha de los vecinos autoconvocados y organizados en asambleas
Horacio Machado Aráoz historia:"Desde 1997 a la fecha, los conflictos suscitados en torno a la minería a gran escala no cesaron de fluir, produciendo una larga historia de resistencias con diferentes etapas en la que los motivos, las demandas y los actores fueron cambiando y se fueron extendiendo. Del reclamo por las ‘promesas incumplidas del desarrollo’ (empleos, obras de infraestructura, mejora de servicios básicos, etc.) a las denuncias por daños ambientales (mortandad de animales domésticos, pérdida de flora y fauna, secamiento de vegas y humedales, disminución de los caudales de ríos y napas, etc.) y de éstas, al rechazo absoluto a este tipo de explotaciones. El originario movimiento ‘La Voz del Pueblo’ surgido en Belén en 1997, mayoritariamente integrado por desocupados, se fue extendiendo y ampliando a otros sectores y colectivos sociales, dando origen a diversas agrupaciones movilizadas para denunciar los ‘atropellos de la minera’. Entre los años 2001 y 2003 organizaciones de Belén, Santa María y Andalgalá cobran fuerza en las denuncias de los daños ambientales y las sucesivas roturas del mineraloducto. El testimonio de vecinos andalgalenses sería por entonces decisivo en el plebiscito de Esquel (Marzo de 2003) y en la extensión de una lucha hacia un escenario regional y nacional, con la formación de la Red C.A.M.A. (Comunidades Afectadas por la Minería en Argentina) primero, las experiencias de los Plenarios Ambientales del Noa, luego, y la posterior conformación y articulación de las asambleas locales en la U.A.C. (Unión de Asambleas Ciudadanas).
En ese contexto, la decisión de Be.Pe. de apoyar e involucrarnos directamente en esta lucha nace precisamente de la convicción de que no se trata meramente de un ‘reclamo ambientalista’ (al menos en el sentido superficial que usualmente se le da a la cuestión), sino de una estratégica confrontación cultural y política por las condiciones presentes y futuras de autodeterminación, justicia y sustentabilidad. El ‘modelo minero’ -como caso extremo del extractivismo primario-exportador en general- condensa, a nuestro entender, una multiplicidad de expropiaciones neocoloniales: en primer lugar, la expropiación ‘ecológica’ del territorio, del suelo y el agua como fuentes indispensables de vida; la expropiación económica, es decir, la de los medios de vida y formas de trabajo históricamente vinculadas a las economías locales que se ven amenazadas y desplazadas por la nueva ‘actividad global’; finalmente, la expropiación cultural y política, ligada tanto a la imposición de una nueva ‘identidad’ fabricada desde las necesidades gerenciales de los ‘administradores del poder’, cuanto a la negación y avasallamiento de los derechos más elementales de las poblaciones, los derechos formalmente consagrados por la Constitución, y el derecho básico a decidir sobre las propias formas de vida.
Esa opción institucional nos llevó a asumir nuevos retos y aprendizajes, participando institucionalmente en los espacios de lucha que se fueron constituyendo en el proceso de resistencia social a la minería a gran escala en nuestra región. Integrando primero la Asamblea Socioambiental Catamarca (2007-2008), luego el Colectivo Sumaj Kawsay (2009-2010), participando desde el 2007 como integrantes de la U.A.C. y como impulsores de la Asamblea Socioambiental del NOA (AsaNoa), y actualmente integrando la recientemente conformada Coordinadora Interprovincial en Defensa del Territorio y los Bienes Comunes, nuestra participación en estos espacios colectivos ha estado orientada hacia dos objetivos centrales. Por un lado, inspirados en nuestra visión-vocación de la Educación Popular, se ha buscado fortalecer los procesos de articulación e inter-aprendizaje político hacia el interior del movimiento, entendiéndolo como un aspecto clave en este proceso de lucha. Por el otro, se ha buscado ampliar las redes de sensibilización hacia el resto de la sociedad y de participar en medidas directas de resistencia y rechazo al avance del ‘modelo minero’".
2. La construcción unitaria de la resistencia en el país-continente y el fomento de la división local por parte de transnacionales
Horacio Machado Aráoz destaca: "Muchos son los ‘mojones’ políticamente relevantes que emergen de esta larga e intensa lucha abierta. En este espacio no podríamos dar cuenta con justicia de todos ellos. Sin embargo, sólo para reflejar de algún modo el camino trazado en y desde la resistencia popular, cabe mencionar algunos ‘hitos’ para nosotros muy significativos.
En el plano de la construcción de espacios de inter-aprendizaje y de generación de procesos político-pedagógicos de formación, destacamos la realización de Encuentros que fueron claves para el fortalecimiento de la lucha: los Foros Ambientales del Noa, co-organizados por la Movida Ambiental de Termas y Pro-Eco (Termas de Río Hondo, abril de 2007; Santa María, mayo de 2007) y los Encuentros de Asambleas socioambientales del Noa (Catamarca, abril de 2008; Tucumán, febrero de 2008; Metán, marzo de 2008; Andalgalá, junio de 2008).
También en este plano, creemos que fueron muy significativas las Jornadas “Patrones de Desarrollo y Conflictos Socioambientales” co-organizadas entre Be.Pe. y el Laboratorio Tramas de Estudios Políticos Regionales (Doctorado en Ciencias Humanas, U.N.Ca.) entre los años 2007 y 2008 y los seminarios de formación para educadores populares, realizados junto al Equipo de Educación Popular Pañuelos en Rebeldía entre 2008 y 2009. La organización y realización del VII° Encuentro de la U.A.C. en Catamarca, en agosto de 2008, fue sin dudas un hito histórico que marcó el crecimiento de las asambleas locales en capacidad organizativa y conciencia política, con más de 500 asambleístas reunidos debatiendo sobre los diferentes efectos e impactos del modelo extractivo en el país congregados en la capital de nuestra provincia bajo el lema “Catamarca: Eco del Grito de la Tierra”.
En cuanto a las principales acciones públicas y medidas de protesta desarrolladas en los últimos años, cabe mencionar, desde la participación en la Mesa de Diálogo convocada por el Obispado de Catamarca (2007-2008) al acompañamiento a los cortes de ruta desarrollados en la localidad de Aconquija, en protesta por unos piletones construidos en un barrio popular para recoger los derrames del mineraloducto de Alumbrera (septiembre–octubre de 2007); las charlas de sensibilización sobre los impactos de la minería de uranio desarrolladas junto a Javier Rodríguez Pardo (Movimiento Antinuclear de Chubut; U.AC.), la posterior formación de asambleas en Fiambalá y Tinogasta y la paralización de las prospecciones de uranio logradas a través de masivas marchas entre noviembre y diciembre de 2007; numerosos cortes de ruta realizados en Belén, Tinogasta, Santa María, Andalgalá y también en diferentes localidades de los Valles Calchaquíes en territorio salteño y tucumano, denunciando los impactos de Minera Alumbrera y expresando la oposición al nuevo proyecto de Agua Rica. Junto a estas medidas, las campañas de denuncia, información y sensibilización realizadas en festividades populares, actos públicos y marchas, con diferentes medios y recursos (eventos artísticos, charlas, ciclos de video-debate, elaboración y distribución de gacetillas y boletines informativos, etc.), marcaron ya una inocultable resistencia popular a este tipo de emprendimientos.
Del otro lado, las medidas de protesta alimentaron, en algunos casos, el clientelismo público-privado, ya a través del reparto de ‘subsidios’ de parte del gobierno, ya a través de ‘donaciones’ y programas de ‘responsabilidad social empresaria’ de las mineras, con el objetivo expreso de acallar las denuncias e incentivar la división social en las comunidades. En otros casos, la resistencia social dio lugar a fuertes represiones y a una peligrosa senda de criminalización y judicialización que tuvieron sus momentos más álgidos durante la jornada del 15 de febrero pasado en Andalgalá, con un centenar de vecinas y vecinos heridos con perdigones y bastonazos propinados por las fuerzas de ‘seguridad’ de la provincia.
En definitiva, el desembarco de la gran minería transnacional cambió drásticamente tanto el paisaje ecológico como el sociocultural y político de nuestra región. A la degradación de las condiciones ecológicas de nuestros territorios, le siguió el grave deterioro de la institucionalidad y la sociabilidad democráticas en nuestras comunidades. Al secamiento de fuentes naturales de agua y la pérdida de superficies agrícolas y ganaderas, al aumento exponencial de enfermedades respiratorias y de la piel, al racionamiento crónico del agua potable y la electricidad, hay que sumarle también un ‘paisaje social’ desolador: comunidades divididas; pueblos enteros ‘asistencializados’ con las dádivas de las mineras; corrupción y clientelismo endémico alimentados por los flujos financieros espurios de una ‘actividad-enclave’ con grandes volúmenes de ganancias; y una institucionalidad democrática ‘patas para arriba’ al decir de Galeano: con jueces y políticos que proveen ‘seguridad jurídica’ a las empresas, legalizando el saqueo y criminalizando a las poblaciones que le resisten; con prohibiciones de plebiscitos ‘en nombre de la constitución’; con la imposición del modelo minero aún a costa del rechazo mayoritario de nuestras poblaciones".
3. La conciencia del desafío de re-apropiación de los respectivos territorios( agua, suelo...y derechos e identidad)
Horacio Machado
Aráoz reflexiona:"Nos enfrentamos, en definitiva, a un panorama sombrío. Pese a
las evidencias del fracaso de la ‘fantasía desarrollista’ que promete el modelo
minero, sus personeros se empeñan en imponerlo ‘a sangre y fuego’, con dosis
cambiantes ya de ‘asistencialismo’, ya de ‘criminalización’.
De este lado de la lucha, sin embargo, nuevas expresiones de ciudadanía han ido surgiendo. Desde la vivencia-de-la-resistencia viene fraguando la conformación de nuevas subjetividades políticas, expresiones de otras sensibilidades y sociabilidades, que buscan no ya los placebos del consumismo que ofrece el sistema, sino que intenta avanzar hacia nuevas formas de habitar-producir y vivir el territorio… Nuestros ‘NO’ a la minería, resumen en definitiva, la denuncia de la crisis civilizatoria del Occidente-colonial que busca abrir brechas hacia nuevas formas de convivencialidad, nuevas formas de vinculación con la naturaleza y de gestión de la Vida-en-Común… Se trata de la re-apropiación de nuestros territorios, de nuestra agua y nuestro suelo, pero también de nuestra Identidad y de nuestros Derechos. Más que el retorno a un ‘pasado idílico’ creemos que en esta lucha nos va la construcción imprescindible de otro ‘futuro’ posible. Para todas y para todos. Un mundo socio-biodiverso en con-vivencia igualitaria. Puede sonar utópico, en el peor sentido de la palabra; pero también podemos hacerlo sonar en su mejor y más noble sentido.
Iniciada su construcción en 1995 y se explotación en 1997, Minera Alumbrera Ltd. es un holding empresarial liderado por la suiza Xstratta Cooper dedicado a la explotación de un yacimiento de polimetálicos diseminados. Extrae anualmente 650.000 toneladas de concentrados con 180.000 Tn de cobre y 600.000 onzas troy de oro. En su proceso extractivo consume aproximadamente 100 millones de litros de agua por día, que extrae de una reserva de agua fósil (Campo del Arenal) en una región árida, con un régimen de precipitaciones de entre 150 a 300 mm anuales. Su consumo anual de energía es superior a los 760.000 MW (el consumo eléctrico de toda la provincia de Catamarca es inferior a los 470.000 MW), a lo que hay que sumar alrededor de 35 millones de litros de combustible y 40 mil toneladas de explosivos. La totalidad de los minerales extraídos se exporta a través de una mega-infraestructura que atraviesa cuatro provincias e incluye un mineraloducto de 220 km, una vía férrea propia de 800 km e instalaciones portuarias propias".
Horacio Machado Aráoz (Asoc. Civil Be.Pe., Colectivo Sumaj Kawsay – AsaNoa
Catamarca)
Fuente:
www.ecoportal.net
/ 25-09-2010
En consecuencia, la «territorialidad de dominación» significa que -en nombre del progreso y el bienestar social- se consolida el subdesarrollo de la reprimarización productiva, de la precarización laboral, de la infraestructura socioeconómica para la exportación, de la quita de soberanía alimentaria, de los feudos provinciales, de la destrucción socioambiental, etc. Se trata de la consolidación y el avance de un sistema de expropiación neocolonial que Horacio Machado Aráoz precisa como:
- expropiación ‘ecológica’ del territorio, del suelo y el agua como fuentes indispensables de vida;
- expropiación económica, es decir, la de los medios de vida y formas de trabajo históricamente vinculadas a las economías locales que se ven amenazadas y desplazadas por la nueva ‘actividad global’; y
- expropiación cultural y política, ligada tanto a la imposición de una nueva ‘identidad’ fabricada desde las necesidades gerenciales de los ‘administradores del poder’, cuanto a la negación y avasallamiento de los derechos más elementales de las poblaciones, los derechos formalmente consagrados por la Constitución, y el derecho básico a decidir sobre las propias formas de vida.
En este contexto, la «reforma agraria integral» es un desafío no sólo de campesinos e indígenas sino sobre todo de la unidad en diversidad de los de abajo. Su proyecto y puesta en práctica encamina nuestra emancipación socioeconómica e institucional al ir recuperando las comunidades locales y su articulación por compromiso de una creciente mayoría de nosotros con otra sociedad, otro país y otro mundo posibles. Significa la reapropiación de los territorios desde las luchas por la vida, la dignidad de los pueblos y las nuevas relaciones sociales en torno a necesidades e intereses compartidos.
La «territorialidad de dominación» va a seguir expandiéndose mientras no haya instalación en la agenda pública que hoy se está desplegando:
La disputa por el desarrollo:
territorio, movimientos de carácter socio-ambiental y discursos dominantes
Como titula Maristella Svampa a su artículo donde se propuso "abordar algunos aspectos de la compleja trama en la cual se inserta la disputa por el desarrollo en América Latina, a través de diferentes vías analíticas. En primer lugar, haremos una introducción en la temática, con el objeto de situar desde una perspectiva histórica el debate acerca del “desarrollo”. En segundo lugar, daremos cuenta de la asociación entre ecología popular, nuevo lenguaje de valoración y movimientos de carácter socio-ambiental(…)".
Aclara sobre “ecología popular” como Martínez Allier denominó: “ a una corriente que crece en importancia y coloca el acento en los conflictos ambientales, que en diversos niveles (local, nacional, global), son causados por la reproducción globalizada del capital, la nueva división internacional y territorial del trabajo y la desigualdad social. Dicha corriente subraya también el desplazamiento geográfico de las fuentes de recursos y de los desechos.
En este sentido, queda claro
que la demanda cada vez mayor de los países desarrollados hacia los países
dependientes, en términos de materias primas o de bienes de consumo, ha
conllevado una peligrosa expansión de las fronteras: del petróleo, del gas, de
la minería, de las plantaciones celulósicas, de la soja transgénica; expansión
que genera transformaciones mayores, reorientando completamente la economía de
pueblos enteros y amenazando en el mediano plazo, la sustentabilidad ecológica.
Esta desigual división del trabajo, que repercute en la distribución de los
conflictos ambientales, perjudica sobre todo a las poblaciones pobres y que
presentan mayor vulnerabilidad (...)".
Fuente:
http://www.extractivismo.com/documentos/SvampaSobreDesarrollo.pdf
Fragmento al artículo para que analicemos juntos el imperativo de:
1. Debatir conceptos e imágenes que nos inducen a dar consenso a la acumulación por desposesión de las transnacionales
Maristella Svampa advierte:
"Uno de los núcleos centrales de la ecología popular es la activación de un lenguaje de valoración divergente, en oposición a la concepción binaria que desarrollan las grandes empresas, en alianza con los diferentes Gobiernos (nacional y provincial), respecto de la territorialidad. En este sentido, el desarrollo de la minería metalífera a gran escala, puede pensarse como un ejemplo paradigmático en el cual una visión de la territorialidad se presenta como excluyente de las existentes (o potencialmente existentes), generando una “tensión de territorialidades” (C. Porto Gonçalvez, 2001).
En efecto, el discurso (no siempre explícito) de las empresas transnacionales y los gobiernos, suele desplegar una concepción binaria del territorio, sobre la base de la división viable/inviable, que desemboca en dos ideas mayores: por un lado, la de “territorio eficiente”; por otro, la de “territorio vaciable” o en última instancia, “sacrificable”. Estos conceptos conocen una temporalidad diferente. En primer lugar, en el marco de la transformación neoliberal llevada a cabo durante los 90, los Gobiernos instrumentaron la idea de “territorio eficiente” para traducir una manera diferente de concebir el espacio geográfico nacional, desplazando así la idea de un modelo global de territorio subsidiado desde el Estado. Esto significó, en muchos casos, el desmantelamiento de la red de regulaciones que garantizaban un lugar a las economías regionales en las economías nacionales. Como consecuencia de ello, la viabilidad o inviabilidad de las economías regionales pasó a medirse en función de la tasa de rentabilidad. Así, por ejemplo, en Argentina, la política de apertura económica de los 90 mantuvo las asimetrías regionales preexistentes, al tiempo que conllevó la crisis y la desaparición de actores asociados al anterior modelo (economías regionales ligadas a empresas estatales, pymes, minifundios) y en muchos casos condujo a la reprimarización de la economía, a través de la expansión de enclaves de exportación. Esto se vio reflejado de manera paradigmática en el caso de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales), que desde su creación en 1922 hasta su privatización y reestructuración setenta años más tarde, fue el motor de desarrollo de varias economías regionales. No por casualidad, los enclaves petroleros, luego de las desastrosas consecuencias de la privatización, fueron la cuna de los movimientos de desocupados (Svampa y Pereyra, 2003).
En segundo lugar, de manera más reciente, la expansión de nuevos emprendimientos productivos fue instalando la idea de que existen territorios vacíos o “socialmente vaciables”, con el fin de poner bajo el control de las grandes empresas una porción de los bienes naturales presentes en dichos territorios. En términos de R. Sack (1986), esto se produce cuando el territorio carece de artefactos u objetos valiosos desde el punto de vista social o económico, con los cual estos aparecen como “sacrificables” dentro de la lógica del capital. La eficacia política de estas visiones aparece asociada al carácter de los territorios en los cuales, por lo general, tienden a implantarse la industria extractiva: zonas relativamente aisladas, empobrecidas o caracterizadas por una escasa densidad poblacional, todo lo cual construye escenarios de fuerte asimetría social entre los actores en pugna.
Así, las
comunidades allí asentadas son negadas e impulsadas al desplazamiento
o desaparición, en nombre de la expansión de las “fronteras”. En un país
como la Argentina, el concepto
de “territorio vacío” aparece también asociado a la idea de “desierto”,
imagen de fuerte carga histórica y simbólica que fue empleada para justificar
la expansión de la frontera en la Patagonia, eliminando a las poblaciones
indígenas e imponiendo un modelo de Estado-nación, bajo el discurso de
un progreso homogeneizador y la integración socioeconómica al mercado
internacional.
En la actualidad, parecería ser que hay un
retorno de dicha estrategia en la medida en que la resignificación del concepto
de “desierto” y la valorización de esos territorios caracterizados por
sus paisajes primarios y sus grandes extensiones, permitiría justificar
la construcción de una territorialidad que excluye a las otras existentes.
Funcionarios
del Gobierno nacional y provincial utilizan esta “metáfora” tan arraigada
en el imaginario político y cultural argentino para plantear, incluso, la
minería a gran escala como única alternativa productiva, en regiones donde
impera el “desierto de piedra” (la expresión corresponde a Jorge Mayoral,
Secretarío de Minería de la Nación).
Esta misma estrategia también es utilizada hoy
para justificar la venta de extensos territorios en la Patagonia argentina a
empresas y propietarios extranjeros, que incluyen, en algunos casos,
pueblos enteros así como el acceso exclusivo a ríos y lagos. 
De modo más reciente, otra de las estrategias encaradas por gobiernos y empresas ha sido el reordenamiento territorial. Así, en Argentina, la llamada propuesta de “zonificación” de los territorios, esto es, la definición de patrones de uso de suelo, apuntaría a definir qué territorios serían eximidos de la actividad extractiva, mientras que otros estarían disponibles para su recepción, todo lo cual remite claramente a la idea de “territorio sacrificables” o “áreas de sacrificio”. En resumen, de diversas maneras, la afirmación de que existen regiones marcadas históricamente por la pobreza y la vulnerabilidad social, con una densidad poblacional baja, que cuentan con grandes extensiones de territorios “improductivos” y/o “vacíos”, facilita la instalación de un discurso productivista y excluyente, al tiempo que constituye el punto de partida de la conformación de otros “lenguajes de valoración” en torno al territorio, por parte de las comunidades afectadas. La definición de lo que es el territorio, más que nunca, se convierte así en el locus del conflicto".
2. Apreciar la concepción de territorialidad de quienes resisten al modelo extractivo-exportador como forma de adueñarnos del destino común
Maristella Svampa caracteriza a:"Las vías de la ecología popular: dimensiones comunes y específicas
Las diferentes movilizaciones que se multiplican hoy en América Latina, al compás de la explosión de los conflictos socioambientales, van configurando movimientos sociales, que poseen una dinámica organizacional y confrontacional propia, con capacidad para sostener sus demandas en el tiempo, más allá de una innegable vulnerabilidad vinculada, entre otras, a una situación de gran asimetría social.
En este sentido, uno de los hechos más notorios del período ha sido el surgimiento y expansión de movimientos en contra de la minería a gran escala y a cielo abierto. Desde 1999, sobre todo en la larga franja que ocupa la cordillera de los Andes, desde Guatemala y Ecuador, pasando por Perú, hasta Chile y Argentina, se han originado una multiplicidad de resistencias, movilizaciones campesinas y asambleas de autoconvocados que ponen de relieve las nuevas fronteras de la exclusión, frente a grandes proyectos mineros que amenazan con afectar severamente las condiciones y calidad de vida de las poblaciones. En realidad, dichos movimientos se nutren de otros preexistentes, al tiempo que comparten aquellos rasgos y dimensiones que hoy atraviesan a la mayor parte de los movimientos sociales latinoamericanos, entre ellos, la territorialidad, la combinación de la acción directa con la acción institucional, la democracia asamblearia y una tendencia a la autonomía.
Sin embargo, las actuales movilizaciones indígenas y los movimientos socioambientales urbanos dan cuenta de manera paradigmática de la multiescalaridad del conflicto. Veamos, brevemente, cada uno de estos rasgos o dimensiones, a fin de señalar tanto el carácter general como específico de los actuales movimientos socio-ambientales. En primer lugar y en un sentido amplio, tanto en los movimientos urbanos como rurales, el territorio ha sido un espacio de resistencia y también, progresivamente, un lugar de resignificación y creación de nuevas relaciones sociales. Así, desde fines de los 80, territorio se fue erigiendo en el lugar privilegiado de disputa, a partir de la implementación de las nuevas políticas sociales, de carácter focalizado, diseñadas desde el poder con vistas al control y la contención de la pobreza. Sin embargo, de manera más reciente, a partir de las nuevas modalidades que ha adoptado la lógica de acumulación del capital, asistimos a una nueva inflexión a partir de la cual el territorio, en un sentido más amplio, esto es, concebido doblemente como hábitat y comunidad de vida, aparece en el centro de los reclamos de las movilizaciones y movimientos campesinos, indígenas y socioambientales.
Las acciones de dichos movimientos, orientadas tanto contra el Estado como contra sectores privados (grandes empresas transnacionales), generalmente se inician con reclamos puntuales, aunque en la misma dinámica de lucha tienden a ampliar y radicalizar su plataforma representativa y discursiva, incorporando otros temas, tales como el cuestionamiento a un modelo de desarrollo monocultural y destructivo, y la exigencia de desmercantilización de los llamados “bienes comunes”. Estos procesos de movilización conducen a una concepción de la territorialidad, que se opone radicalmente al discurso ecoeficientista y la visión desarrollista, propia de la narrativa dominante.
Sin ánimo de ontologización alguna, la potenciación de un lenguaje de valoración divergente sobre la territorialidad pareciera ser más inmediata para el caso de las organizaciones indígenas y campesinas, debido tanto a la estrecha relación que éstas plantean entre tierra y territorio, en términos de comunidad de vida, como a la notoria reactivación de la matriz comunitaria indígena acaecida en las últimas décadas. Este parece ser el caso de Perú, en donde en 1999 surgió la Coordinadora Nacional de las Comunidades del Perú Afectados por la Minería (Conacami), que articula comunidades y organizaciones de nueve regiones del país. En los últimos años, en un contexto de endurecimiento de la represión y judicialización del conflicto, la Conacami ha ido realizando el pasaje de un lenguaje “ambientalista”, crítico del modelo de desarrollo, a la reafirmación de una identidad indígena y la defensa de los derechos culturales y territoriales. Como afirman R.Hoetmer et all(: 2008). “Los contactos transnacionales y los intercambios de experiencias con la CONAIE-Ecuarunari del Ecuador, el Consejo Nacional de Ayllus y Marcas del Qullasuyu (CONAMAQ), y otras organizaciones indígenas de América Latina, jugaron un papel importante en el desarrollo y la consolidación de una identidad y un discurso indígena en Conacami.. El proceso de 'caminar juntos' de estas organizaciones, culminó en 2006 en la fundación de la Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas (CAOI), que asume la afirmación de la identidad como pueblos y nacionalidades originarios, como fundamento de la lucha por un mundo mejor. Aparte de Conacami, la Confederación Campesina del Perú y la Confederación Nacional Agraria, también integran al CAOI en el Perú, lo cual indica una re-elaboración de la identidad clasista del campesino, que primó durante décadas en estas organizaciones”.
Otro parece ser el caso de las organizaciones urbanas. Así, por ejemplo en Argentina, las más de setenta asambleas de autoconvocados en contra de la megaminería a cielo abierto que se desarrollan en pequeñas y medianas localidades del país y hoy convergen en la UAC (Unión de Asambleas Ciudadanas), poseen otro registro a partir del cual (re)construir mediaciones que conduzcan a la idea de “comunidad de vida y territorio”, en función de la defensa de un estilo de vida (más elegido que heredado) que subraya un vínculo estrecho entre paisaje, historia larga de la región, defensa del medio ambiente y oportunidades de vida. Sin embargo, vale la pena agregar que, para el caso argentino, este proceso de construcción de la territorialidad (o de reterritorialización), en clave de comunidad de vida y de defensa de los bienes comunes, exhibe de manera progresiva una afinidad electiva con la cosmovisión de los movimientos campesinos e indígenas, históricamente invisibilizados y relegados al margen de la sociedad.
La segunda dimensión fundamental de este tipo de movimientos ligados a la ecología popular, es que adoptan la acción directa no convencional y disruptiva, como herramienta de lucha, acompañada de la acción institucional. Así, los movimientos que se oponen a la megaminería a cielo abierto, utilizan como recurso de acción los bloqueos o cortes de rutas y de acceso a los campamentos mineros. Las demandas institucionales van desde la presentación de peticiones para la derogación y anulación de las leyes nacionales de minería, la prohibición de la minería realizada a cielo abierto con sustancias tóxicas, hasta la activación de otros mecanismos y figuras institucionales, ligados a la democracia directa, entre ellos, la realización de consultas o plebiscitos a nivel local y provincial, que funcionarían así a la manera de “licencia social”. La lucha contra la megaminería a cielo abierto se inició en 1997, en Cotacachi, en Ecuador, lo cual hizo que éste se convirtiera en el primer “cantón ecológico”, por ordenanza municipal. Luego, le siguieron mediante la vía de la consulta popular, Tambo Grande, en Perú, (2002, el primer plebiscito por este tema en América Latina) y Esquel, en Argentina (2003). En años recientes, se han realizado dos consultas más en Perú, Piura y Cajamarca (ambos en 2007); y tres en Guatemala, Sipacapa, (2005), Huehuetenango (2006); Ixtahuacan (2007). Por su parte, en Argentina, el “efecto Esquel” tuvo un arrastre multiplicador, despertando a otras regiones del país donde se organizaron asambleas de autoconvocados. Frente a la resistencia de la población, siete provincias argentinas sancionaron en los últimos tiempos leyes que prohíben la minería con uso de sustancias tóxicas, aunque ninguna de ellas habilitó la posibilidad de realizar una consulta popular, prevista por la Constitución, reformada en 1994. Sin embargo, en muchos casos estas leyes no han detenido los proyectos de exploración ni el avance de las inversiones mineras. En otras provincias argentinas, la situación es muy inquietante, dado el avance de los proyectos de megaminería, así como al conjunto de medidas desarrolladas por los Gobiernos y las empresas, que apuntan a acallar a la población (sobre todo, a través del hostigamiento y judicialización de la protesta ambiental).
La tercera dimensión presente en estos movimientos de carácter socio-ambiental es el desarrollo de formas y espacios de deliberación vinculadas a la democracia directa. En líneas generales, la emergencia de nuevas estructuras de participación que tienen un fuerte carácter asambleario, se refleja en la tendencia a crear estructuras flexibles, no jerárquicas, proclives al horizontalismo y la profundización de la democracia interna. En el marco de esas movilizaciones cobró centralidad la forma asamblea, como nuevo paradigma de la política desde abajo. Pero la forma asamblea está lejos de ser simple: en realidad es muy compleja, supone un lento aprendizaje y está lejos de ser unívoca. Es compleja: en tanto espacio de democracia deliberativa, suele conjugar democracia directa, acción directa y desobediencia civil. Como señala acertadamente Ariel Colombo (:2006, 101-102), “la Asamblea implica una ruptura del orden existente, en la medida en que es disruptiva, es autónoma (no se inscribe en un espacio político preexistente) y es recursiva (en la deliberación directa, no alcanza con que esté moralmente motivada; tiene que vincularse con el mismo tipo de reglas que le exige al sistema)” ".
3. Nacionalizar la lucha contra las alianzas de las transnacionales con el Estado en sus distintas jurisdicciones conforme posibilitamos la democracia real
Maristella Svampa explica:
"En la dinámica multiescalar “lo global” y “lo local” se presentan como un proceso en el que se cristalizan, por un lado, alianzas entre empresas transnacionales y Estados que promueven un determinado modelo de desarrollo y, por otro lado, resistencias de las comunidades locales que no comparten tal modelo, ni los estilos de vida que este impone. Cabe señalar que la multiescalaridad de los conflictos suele combinarse con la tipología del enclave, muy presente en la historia de América Latina, e inextricablemente ligadas al modelo extractivista. En este sentido, y más allá de las diferentes fases y situaciones que presenta el enclave en tanto forma, un tema no menor es que la industria extractiva suele encontrar un terreno favorable en aquellas regiones marcadas por una matriz social muy jerárquica y poco diversificada desde el punto de vista económico, en donde imperan gobiernos provinciales y municipales de bajísima calidad institucional.
En este contexto, las asimetrías propias de la dinámica entre lo local (movimientos campesinos, organizaciones indígenas y asambleas de autoconvocados) y lo global (empresas multinacionales) se exacerban: las grandes empresas tienden a concentrar un número importante de actividades, reorientando la economía del lugar y conformando enclaves de exportación. Su peso económico es tal que no resulta extraño que los intereses mineros atraviesen y hasta sustituyan al Estado, menospreciando y violentando procesos de decisión ciudadana. Por otro lado, la relación entre tipología de enclave y deterioro de los derechos civiles expresa la tendencia a la territorialización de los conflictos, a partir de los cuales estos quedan librados a la intervención de la justicia y los entes municipales y/o provinciales, cuyo grado de vulnerabilidad es mayor que el de sus homólogos nacionales. La implementación del modelo tiende, por ende, a ser acompañada por políticas represivas y autoritarias que criminalizan la pobreza y la protesta social. En este sentido, la megaminería a cielo abierto termina configurándose como una figura extrema, un suerte de modelo descarnado, en el cual las más crudas lógicas de la expropiación económica y la depredación ambiental se combinan con escenarios grotescos, caracterizados por una gran asimetría de poderes, que parecen evocar la lucha desigual entre David y Goliat. El caso más dramático en América Latina lo constituye el Perú, donde las protestas de los comuneros contra los megaproyectos de minería, ya ha dejado un saldo de varios muertos, heridos y centenares de comuneros judicializados. En suma, más allá de las ambivalencias, limitaciones y matices, los nuevos movimientos socioambientales se instalan en un campo de difícil disputa(...)".
4. Descubrir la conciliación con las corporaciones a que nos conduce nuestra 'democratizante' participación en la gobernabilidad
Maristella Svampa se refiere a significados de conceptos allanadores del camino hacia la territorialidad de dominación:
"El proceso de reconfiguración de los territorios, se apoya también en otros conceptos que explícitamente forman parte del discurso global. Entre estos conceptos se destacan el de “desarrollo sustentable”, “responsabilidad social empresarial” y “gobernanza”.
Como ya hemos aludido al primero, en lo siguiente veremos brevemente el uso de los dos últimos. La noción de responsabilidad social empresarial (RSE) es un concepto reciente, de resonancias globales, que apunta a combinar la filantropía empresarial con una idea más general acerca de la responsabilidad de las empresas respecto del impacto social y ambiental que generan sus actividades. La importancia de tal concepto debe ser entendida en el marco de la nueva matriz neoliberal, en la cual se consolida el rol metarregulador del Estado y las empresas pasan a ser consideradas como el actor central y dinámico por excelencia. Este nuevo modelo de acción empresarial, que surgió del Foro Económico de Davos, en 1999, ha sido propuesto por y para las grandes empresas, que operan en contextos de gran diversidad, de fuerte competencia internacional y, sobre todo, de creciente exposición ante la opinión pública. No es casual que muchas de las grandes empresas que lideran internacionalmente el movimiento de Responsabilidad Social Empresarial, con fuertes campañas mediáticas y enormes presupuestos, sean responsables de daños ambientales, de explotación de trabajo infantil y subcontratación de trabajo esclavo, sobre todo en las regiones periféricas, donde los marcos regulatorios son siempre más permisivos que en los países industrializados del centro. La RSE adquirió rango institucional a través del Pacto Global, en el año 2000, el cual es definido como “un Programa Interagencial, liderado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), tendiente a aumentar la responsabilidad social empresarial en los campos de los derechos humanos, los estándares laborales y el medio ambiente” (www.rseonline.com.ar).
En Argentina, el mismo se
instaló en la agenda luego de la crisis de 2001 y encontró un gran dinamismo en
el campo de la actividad minera. Como ha analizado M. Antonelli (2007) es en
2002 que en este país se presenta el informe final del programa Mining Minerals
& Sustainable Development (MMSD) y que tendría por objetivo “cargar
de contenidos la responsabilidad empresarial”. Así, dicho concepto aparecía como
una de las claves tendientes a producir “un cambio cultural respecto de la
minería a gran escala, para ser concebida como factor de desarrollo
sustentable”. Por otro lado, en la medida en que la Argentina no proviene de una
economía minera a gran escala, el modelo minero presenta una particular
producción socio-discursiva y cultural a nivel de todos los
actores involucrados.

Por ello mismo, a diferencia de otros “modelos de desarrollo” que, más allá de sus transformaciones, se sitúan en la “continuidad imaginaria” (un país agrario), o en el “retorno de la normalidad” (la Argentina industrial), el modelo ligado a la mega minería a cielo abierto requiere no sólo inscribirse en las significaciones del presente modelando visiones de futuro, sino fundar un linaje, una genealogía honorable y mitos de origen, para volver deseable y razonable la “Argentina minera”. En función de ello, adquieren especial importancia “las estrategias narrativas, argumentativas, retóricas y dramatológicas (o de puestas en escena), mediante las cuales se construye, enuncia y visibiliza la legitimidad dominante del modelo minero y su autorización estatal en discursos público-mediáticos de actores hegemónicos” (Antonelli en Svampa y Antonelli: 2009).
Así, el discurso en torno a la responsabilidad social empresarial forma parte de un dispositivo más amplio, que apunta a instalar y legitimar el nuevo modelo extractivista. Si hacia afuera, las empresas se orientan a desarrollar vínculos estrechos con instituciones, Universidades privadas y públicas, a partir de convenios y subsidios, al tiempo que desarrollan una intensa publicidad en los más diversos medios de comunicación, en el marco de un discurso que subraya la opción por una “minería responsable”, hacia adentro, en relación con las comunidades en las cuales se desarrolla la actividad extractiva, sus efectos son aún mayores, en la medida en que sus intervenciones focalizadas y el entramado que generan, introducen cambios sustantivos en el plano de la ciudadanía. Así, puede establecerse que en aquellos contextos en los que se implanta habitualmente la actividad minera (matrices sociopolíticas jerárquicas, pequeñas localidades, escasa diversificación económica; debilidad institucional), las grandes empresas tienden a convertirse en un actor social total. En efecto, en primer lugar, tienden a reconfigurar bruscamente las economías locales preexistentes, reorientando la actividad económica de la comunidad en función de la minería, y creando nuevos enclaves de exportación; en segundo lugar, producen un impacto negativo en términos ambientales y sanitarios, que repercute sobre las condiciones de vida de la población. En tercer y último lugar, a través de la llamada RSE, las empresas tienden a ampliar su esfera de acción, mediante una batería múltiple de acciones sociales, educativas y comunitarias, que apuntan tanto a la compra de voluntades como a influir en los procesos de socialización más básicos. Para el caso de la Argentina, un informe especial del Foco sobre las Empresas Transnacionales en ese país, firmado por Ricardo Ortiz (2007) consigna: “Las organizaciones sociales han constatado que las grandes mineras en Catamarca, Tucumán, San Juan y Chubut efectúan donaciones a escuelas y hospitales de esas provincias tratando de provocar la captación indirecta de voluntades y la limitación del ejercicio de la opinión de las comunidades. Esto ha sido corroborado por el defensor del pueblo de la Nación, quien manifestó su preocupación porque estas donaciones están acompañadas por una contrapartida publicitaria a favor del trabajo desarrollado por las empresas mineras, pudiendo este simple hecho llegar a inhibir toda posible crítica y, aun más, restringir la participación y el ejercicio de la población en la defensa de los derechos ambientales que consideren afectados”.
En fin, otro de los conceptos clave de esta reformulación y aggiornamento del paradigma neoliberal, que hoy recorre el lenguaje de organizaciones internacionales y de las ciencias sociales, es el de “gobernanza”, que puede ser definido como “una forma de gobierno que no pasa por la acción aislada de una élite político-administrativa relativamente homogénea y centralizada, sino por la adopción de formas de coordinación a distintos niveles, y multiactoral, en cuanto incluye al sector público y al sector privado, a los actores de la sociedad civil y al mercado”. Como sostiene Boaventura de Sousa Santos (2007: 36), la gobernanza opera como una síntesis entre legitimidad y gobernabilidad. “La gobernanza busca, de hecho, armonizar las reivindicaciones a favor de de la participación y la inclusión, resultado de la interpretación de las crisis social que parte del concepto de legitimidad, con las exigencias de una mayor autonomía y autorregulación producto de la interpretación guiada por la idea de gobernabilidad. Sin embargo, es una falsa síntesis, puesto que opera totalmente dentro del marco de la gobernabilidad”. De manera paradigmática, en la actualidad el modelo de la gobernanza está siendo aplicado hoy en América Latina en el marco de la extensión de un modelo extractivoexportador. La concepción que subyace a este modelo es que, más allá de la opacidad de los sistemas de representación y de las nuevas incertidumbres, los antagonismos y las contradicciones pueden resolverse en una esfera de mediación y de entendimientos recíprocos, en las cuales el objetivo es tanto la consolidación de la gobernabilidad como la materialización del llamado “capital social” en términos de redes sociales y políticas. En este sentido, dicha visión apunta a diluir la idea de que los antagonismos pueden ser, en un punto, irreconciliables, de que éstos están insertos en relaciones de poder asimétricas y que en definitiva enfrentan –o pueden enfrentar- proyectos de sociedad diferentes y, en mucho, antagónicos (Rodríguez Garavito 2005, Svampa, 2007).
Así, dado el actual escenario latinoamericano y la cartografías de resistencias existentes, el modelo de la gobernanza representa un intento de recomposición de la dinámica del capitalismo neoliberal, a través de ciertos dispositivos de intervención públicos y privados, que colocan el acento, por un lado, en la responsabilidad social empresarial y, por el otro, en la necesaria autolimitación de las demandas y reclamos de las poblaciones afectadas, frente a una realidad de “hechos consumados”, esto es, la expansión “inevitable” del capitalismo transnacional en nuestras latitudes. Hace unos años, de manera muy lúcida, nuestra colega brasileña Evelina Dagnino señalaba los peligros de lo que ella denominaba “la confluencia perversa”, denunciando la convergencia entre proyecto neoliberal y el proyecto democratizante- participativo.
Así, daba cuenta de la utilización de varias nociones (entre ellas las de sociedad civil, participación, ciudadanía y democracia), que formaban parte del proyecto democratizador, pero que en los noventa también pasarían a formar parte del lenguaje de las élites y los funcionarios neoliberales. Dicha confluencia perversa tendía a establecer una homología del vocabulario que oscurecía las diferencias, diluía los matices, y por ende reducía los antagonismos existentes; en fin, una “reapropiación” que fue construyendo de manera más grosera o más sutil, según los contextos nacionales, los canales por donde avanzaron las concepciones neoliberales. A partir de esta reapropiación conservadora, E. Dagnino ponía de manifiesto la crisis discursiva de los proyectos democráticos-participativos de corte emancipatorio, señalando la peligrosa emergencia de un campo minado, donde cualquier paso en falso nos podía llevar al campo del adversario. En este sentido, el modelo de la gobernanza nos instala nuevamente en un espacio de confluencia perversa. Cierto es que la realidad nunca discurre por canales únicos o unidimensionales, pues si bien existe convergencia perversa, necesario es decir también que hay –o puede haber- disputa, reapropiaciones, resignificaciones. Volviendo a los 90, hay que reconocer que lo que aparecía como “imperativo desde arriba”, con claros objetivos de control social y de recomposición de la gobernabilidad, era también objeto de lucha y resistencia desde abajo. Así, en países como Argentina y Bolivia, esas redes territoriales que se constituyeron en el locus del conflicto, que aparecían como el espacio de control y dominación neoliberal, supieron convertirse también en el lugar de emergencia de movimientos socioterritoriales innovadores, con carácter autogestivo, con pretensiones autonómicas, que pusieron de manifiesto las relaciones de antagonismo y de poder existente, contribuyendo de manera decisiva en la generación de resistencias a la hegemonía neoliberal. En otros términos, el trabajo de resignificación que realizaron ciertos movimientos sociales en América Latina a partir y desde estos condicionamientos sociales y estructurales, nos muestra que la historia, con sus oscilaciones y dinámicas recursivas, está lejos de ser lineal. Si muchos fueron los sujetos y las organizaciones que sucumbieron frente a esos riesgos propios del campo minado, otros supieron abrir brechas, resignificando y potenciando las luchas en el marco de una disputa asimétrica. Sin embargo, la nueva inflexión, en un contexto de transición y de giros políticos, pareciera acrecentar la complejidad de los dilemas que afrontan los movimientos sociales, carácter socio-ambiental. Veamos, para cerrar, cuáles son esos algunos de ellos".
5. Analizar el antagonismo irreconciliable del modelo extractivo-exportador con la vida mayoritaria y la justicia social conforme avanzamos en hermanamiento
Maristella Svampa considera que "(...)lo novedoso no son las formas que adquieren las luchas antineoliberales, sino más bien la articulación que presenta la tradición nacional-popular con el modelo neodesarrollista, asentado en la reprimarización de la economía. En rigor, sería más preciso afirmar que la expansión vertiginosa del modelo extractivo-exportador y los grandes proyectos de infraestructura de la cartera del IIRSA, parecen haber traído consigo una cierta “ilusión desarrollista”, habida cuenta que, a diferencia de los años ´90, las economías latinoamericanas se vieron enormemente favorecidas por los altos precios internacionales de los productos primarios (commodities), reflejado durante los últimos años en las balanzas comerciales y el superávit fiscal. El hecho no puede ser desestimado, muy especialmente luego del largo período de estancamiento y regresión económica de las últimas décadas. En esta coyuntura favorable (al menos, hasta antes de la actual crisis financiera mundial), no son pocos los gobiernos latinoamericanos que buscan relegado en un segundo plano o sencillamente escamotear las discusiones de fondo acerca de los modelos de desarrollo posible, habilitando el retorno en fuerza de una visión productivista del desarrollo. Por otro lado, no olvidemos que el nuevo despertar político de los pueblos indígenas y la relegitimación de la matriz comunitaria está vinculado al avance de la globalización neoliberal, expresado en la actualidad a través de la expansión de las fronteras del capital hacia los territorios antes considerados como improductivos.
Ya hemos dado cuenta de cómo estas nuevas modalidades de dominación colisionan de lleno con los modos de vida de las poblaciones originarias y campesinas, y amenazan en su conjunto la preservación de los recursos básicos para la vida (tierra y territorio). Asimismo, también hemos afirmado que la explosión de los conflictos ambientales está en el origen de numerosos movimientos socioambientales urbanos, que hoy cuestionan la visión productivista del desarrollo, desarrollan un lenguaje en clave de “ecología popular” enfatizando no sólo la noción de “saqueo” o expropiación económica (en manos de las transnacionales), sino también las consecuencias en términos de contaminación. En otros términos, los movimientos campesinos-indígenas y socio-ambientales impugnan aquellas políticas que en clave del “desarrollo nacional”, minimizan los efectos de la contaminación, las externalidades, los pasivos ambientales, y/o el agotamiento de recursos hoy escasos.
Fuente: http://www.extractivismo.com/documentos/SvampaSobreDesarrollo.pdf
En consecuencia, la «territorialidad de dominación» se implanta no sólo por la vía de los hechos consumados y de la criminalización tanto de la pobreza como de la protesta social sino, sobre todo, por abuso de la situación de desamparo y despojo en que se hallan las pequeñas o medianas poblaciones e inculcación de una visión de modernización y de fuentes laborales.
Es hora de cuestionar la impunidad de evaluar los territorios como "socialmente vaciables" y como "sacrificables". Hay que condenar a quienes ejecutan e idean sus extraordinarios negocios sin importar la vida y dignidad de los pueblos. En forma correlativa es preciso, como Maristella Svampa invita, apreciar que a "esas redes territoriales que se constituyeron en el locus del conflicto, que aparecían como el espacio de control y dominación neoliberal, supieron convertirse también en el lugar de emergencia de movimientos socioterritoriales innovadores, con carácter autogestivo, con pretensiones autonómicas, que pusieron de manifiesto las relaciones de antagonismo y de poder existente, contribuyendo de manera decisiva en la generación de resistencias a la hegemonía neoliberal".
La «reforma agraria integral» puede surgir de esta disputa por territorio y por desarrollo. También lo hará de las "formas y los espacios de deliberación vinculadas a la democracia directa" que los movimientos de carácter socio-ambiental crearon. "En líneas generales, la emergencia de nuevas estructuras de participación que tienen un fuerte carácter asambleario, se refleja en la tendencia a crear estructuras flexibles, no jerárquicas, proclives al horizontalismo y la profundización de la democracia interna".
La «territorialidad de dominación» va a seguir expandiéndose mientras no haya toma de conciencia mayoritaria de que el capitalismo contemporáneo es el sistema en beneficio exclusivo de los oligopolios globales y sus socios en cada país mediante expoliación tanto de los trabajadores como de la naturaleza. Por tanto, no conduce a progreso, justicia y bienestar sociales. Menos tiene ese rumbo en un país de capitalismo periférico. Tampoco es verdad que hoy, en la Argentina, haya salvación de la crisis estructural del capitalismo.
La politóloga mexicana Beatriz Stolowicz, entrevistada por Fernando Arellano Ortiz / Cronicon.net, nos da a conocer que el mundo "ha ingresado en una nueva época de crisis del capitalismo como sistema histórico, de un capitalismo que por ser primordialmente especulativo, rentista y expropiador sólo puede reproducirse agudizando contradicciones incurables. Esta es una situación nueva, no comparable a período anterior alguno. Los sectores más lúcidos de la derecha lo saben; están desarrollando una estrategia para enfrentarlo, y lo están haciendo con miras a 50 años. Su estrategia tiene como eje la seguridad, seguridad para el capital, en primer lugar sobre la propiedad; seguridad para garantizar las condiciones de su reproducción, basadas cada vez más en formas de acumulación originaria, es decir, de expropiación, de saqueo, con formas neocoloniales basadas en el control territorial directo sobre las materias primas, los recursos energéticos, el agua, la biodiversidad, además de imponerle a las regiones más débiles sus desechos tóxicos; y seguridad frente a la pérdida irremediable de la cohesión social, eso que llaman 'capital social' y que en buen romance implica domesticar a los oprimidos, proclives cada vez más a la protesta y la rebeldía. Los dominantes han logrado socializar su gran problema estratégico de la seguridad como un asunto tan sólo de 'hurtos y rapiñas', una trivialización que confunde a no pocos izquierdistas”.
Respecto al posneoliberalismo afirma “que se presenta como crítica al neoliberalismo, incluso expropiándole el lenguaje a la izquierda, pero que tiene por objetivo preservar al capitalismo. Es una estrategia esencialmente de control político, que comienza a implementarse desde mediados de la década pasada cuando diagnostican crisis de gobernabilidad por el fracaso del modelo político para impedir la expresión de demandas sociales; que luego busca incidir en el debate de alternativas al neoliberalismo con el propósito de neutralizarlas, y que, cuanto más difícil les resulta impedir que la izquierda gane elecciones, tiene ahora por objetivo hacer que ella se haga cargo de la ejecución de esa estrategia. Los éxitos que ya han tenido es una medida de los problemas en el pensamiento de la izquierda, tanto para pensarse a sí misma como para pensar a los dominantes. Una izquierda que además de vaciamiento teórico muestra un insuficiente conocimiento histórico, lo que la lleva a enredarse en los discursos doctrinarios que dan forma y encubren los objetivos capitalistas; y que tiene déficit investigativos que le dificultan distinguir entre discurso y proyecto dominantes”.
Aclara que “el neoliberalismo no es Estado mínimo, sino una intensa intervención estatal a favor del gran capital: disciplinando a la fuerza de trabajo; liberando al capital de toda traba jurídica; transfiriéndole riqueza social e ingresos de los no propietarios; estatizando la política para subordinarla a sus intereses. Tampoco puede ser reducido al 'Consenso de Washington', fetichizado por cierto porque existe como consenso real pero con minúscula, no formalizado como para ponerlo con mayúscula. Aun si admitiéramos la reducción del neoliberalismo a ese decálogo de políticas económicas, éstas condensan y reproducen ampliadamente la violenta transformación de las relaciones de poder entre capital y trabajo a favor del primero, que es la esencia, condición y resultado de la reestructuración capitalista. No pueden cambiarse esas políticas sin alterar las relaciones de poder que les dan sustento, y el posneoliberalismo busca conservarlas. Por otra parte, la personalización del responsable 'afuera', en Washington, exime de responsabilidades a los capitalistas concretos: a los grandes, también latinoamericanos que son transnacionales, y asimismo a los medianos, que han sido satélites y cómplices del gran capital”.
Expresa: “Estamos asistiendo a un punto de llegada de la estrategia ejecutada desde hace veinte años para estabilizar y legitimar la reestructuración neoliberal del capitalismo en América Latina. El 'nuevo consenso' cobra relevancia pública desde el Banco Mundial en 1997, tras la llegada de Joseph Stiglitz como vicepresidente y economista jefe del Banco, tras dejar el cargo de jefe de asesores económicos del presidente Clinton. (...) Stiglitz es un ideólogo de la Tercera Vía con la que se impulsó la expansión global de Estados Unidos en los noventa. La publicación por el Banco Mundial del Informe sobre el desarrollo mundial 1977: 'el Estado en un mundo de transformación' impacta como el primer manifiesto antineoliberal contrario a lo que George Soros denominó fundamentalismo de mercados pocos meses después”. (...)
"Dos economistas, uno colombiano y otro pakistaní, señala Stolowicz, son los “gurús” del posneoliberalismo en Latinoamérica, cuyas recomendaciones están recogidas en una especie de Biblia. En efecto, explica, en septiembre de 1998, el Banco Mundial publica un informe todavía más impactante que el de Stiglitz, “Más allá del Consenso de Washington. La hora de la reforma institucional”, dedicado específicamente a América Latina. Sus autores son el ex ministro de Hacienda colombiano Guillermo Perry Rubio, economista jefe para la Oficina Regional de América Latina y el Caribe, y el ex ministro de Finanzas de Pakistán, Shahid Javed Burki, titulado “La larga marcha”.
“Su propuesta apunta a convertir a América Latina en un espacio de estabilización del capital trasnacional tras las crisis financieras, haciendo que masas de capital especulativo excedente, en riesgo de desvalorización, se reciclen en la acumulación por desposesión con asiento territorial tanto en la explotación y saqueo de riquezas naturales, como en la explotación de la fuerza de trabajo; así como la recuperación de la acumulación ampliada mediante la construcción de infraestructura —de más lenta rotación pero asegurada por el Estado—, que a su vez potencia la acumulación por desposesión con el abaratamiento de la extracción de esas riquezas naturales”.
“ La Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Sudamericana (IIRSA) y el Plan Puebla Panamá —ahora Proyecto Mesoamérica—, que tienen ya una década, son algunos de los entramados institucionales para esos objetivos. En esto consiste el «neodesarrollismo», que aunque se presente a veces con discursos nacionalistas es desnacionalizador, y que es criminalmente depredador, aunque a corto plazo reactive las economías”.
"- ¿Cuáles serían los elementos de esa política neodesarrollista?
- Yo preferiría denominar esta política como desarrollista transnacional porque el patrón de acumulación depende fundamentalmente de la inversión de capital transnacional. En este caso puede discutirse el hecho de que cuando un país no cuenta con condiciones de capital propio de inversión a veces no tiene más remedio. Aquí hay que hacer una discusión concreta porque no se puede hacer filosofía abstracta sobre la inversión del capital trasnacional, y hay que preguntarse: con cuál, cómo y para qué. El problema es que este modelo llamado nuevo desarrollo está basado en un patrón de acumulación primario-exportador, extractivista, depredador, de gran transferencia de riqueza al exterior a cambio de activaciones económicas de corto plazo. Los impuestos que se obtienen en algunos casos, no en todos, porque hay mucho de ese capital que está exento, se transfieren a los sectores populares, porque sí hay voluntad de estos gobiernos para ello. Sin embargo, este es un modelo que tiene un impacto social positivo de muy corto plazo, porque a la larga es desnacionalizador y el riesgo siempre es que América Latina en 20 años sea vista como África después de la revolución verde, una vez que se desertifique se van los inversores extranjeros". Fuente: http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-39/los-limites-macroeconomicos-del-neo-desarrollismo
De modo que necesitamos
emanciparnos de la acumulación
primario-exportadora pero quienes la resisten son criminalizados, silenciados e
invisibilizados.
Les vuelven la espalda los de la Victoria, que lo son en ejercer nuestra
representación y hacerlo con impunidad al consagrarse a embaucarnos y a
acorralarnos. Así Jorge Rivas nos define que la disputa de fondo se da entre la política
K contra la corporaciones y el conservadorismo.
A su vez Sabbatella sentencia de modo rotundo que
“hoy el único espacio político que marca una postura nacional, popular y
progresista es el impulsado desde el gobierno nacional”.
Pero más temprano que tarde los de abajo pondremos a andar la democracia real. Porque en las luchas por la vida y la dignidad de los pueblos vamos afirmando el anticapitalismo y antiimperialismo en forma de una racionalidad alternativa que da origen a "todo un cúmulo de sentidos, saberes, construcciones colectivas que incluso podemos considerar paradigmas alternos a los dominantes, basados en una perspectiva de nuevos derechos de uso y apropiación de la naturaleza, derechos a elegir, decidir y construir formas de desarrollo ambiental-territorial y el derecho a controlar procesos productivos en sus localidades".
Al asumir que estamos siendo avasallados en nuestros derechos y tomar conciencia de quiénes son los dueños del modelo, oficializado como propio de los K, vamos adquiriendo el protagonismo colectivo y unitario de nuestra diversidad que es imprescindible para derrotar a ese contubernio de las corporaciones imperialistas con los poderes locales y para ejercer autodeterminación popular. De ahí que la Presidenta se esmere en convencernos de someternos al Pacto Social de dichos usurpadores de nuestra voluntad de trabajo por el bien común.
Esta última se está concretando en la defensa de la comunidad de vida e historia y de los bienes comunes. José Seoane opina:"Claramente si uno analiza la historia reciente de Latinoamérica y de la Argentina, estos “bienes comunes” están en el centro de las disputas sociopolíticas en la mayoría de nuestros países de manera creciente. No sólo por el incremento del número de estas luchas, sino también y particularmente por la capacidad de articulación política que tienen y por el papel importante que cumplen en la construcción de proyectos de cambio social".
http://www.dariovive.org/?p=1234 13.Jun.11 :: Argentina
Reflexionemos sobre:
Luchas Socio-Ambientales en México.
Prefiguración de subjetividades y horizontes de sentido anticapitalistas
Por Mina L. Navarro y César Enrique Pineda (Rebelión)
"Ante la emergencia de numerosos conflictos ambientales y la crisis ecológica que el mundo vivo humano y no humano enfrenta en la actualidad, nos interesa proponer algunas claves para comprender los modos en los que las luchas socio- ambientales en México están enfrentando los efectos de la acumulación por desposesión y prefigurando modos de relación y lenguajes de valoración anticapitalistas. También es de resaltar el crecimiento de numerosas luchas socioambientales y su significado como obstáculo a la reproducción del capital.
Desde todos los rincones del planeta se multiplican las formas de resistencia a la extracción, utilización y explotación de bienes naturales o bien a sus efectos depredadores, contaminantes y de desecho. Es probable que no exageremos cuando consideremos que estos movimientos pueden ser tan importantes como lo fue el movimiento obrero en el siglo XIX, y para muestra un par de botones.
En Nigeria el Movimiento por la Emancipación del Delta del Níger en confrontación con las petroleras extractoras han logrado a pesar de una feroz represión, que la producción diaria baje de 2 millones y medio de barriles a menos de millón y medio 1 . En México, el Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra detuvo un proyecto aeroportuario que le despojaría de sus tierras colectivas y hasta el momento de escribir estas líneas el Consejo de Ejidos y Comunidades Opositores a la Presa La Parota había obstruido un megaproyecto hidroeléctrico que los apartaría del río Papagayo y de sus tierras. Cada proyecto de inversión rebasaría los 1000 millones de dólares. 2 Estos ejemplos resaltan sólo un poco de la importancia de estos movimientos, la necesidad de su comprensión, análisis y visibilidad como actores decisivos dentro de la crisis sistémica y sus posibles alternativas".
A partir de este artículo fragmentado podemos elaborar argumentos sobre nuestro ¡Ya Basta! de capitalismo:
1. Su racionalidad productiva es de despojo de derechos humanos y superexplotación tanto de los trabajadores como de la naturaleza
Mina L. Navarro y César Enrique Pineda se refieren a:
"La acumulación por desposesión: un proceso histórico e inherente del capitalismo
Desde sus inicios en el siglo XVI, el modo de dominación capitalista se ha reproducido a través de un proceso constante de acumulación. Este proceso inició con la acumulación originaria o primitiva, llamada así por Marx, por configurar la prehistoria del capitalismo y su modo de producción, impulsando la escisión entre productores y medios de producción. Lo anterior implicó la separación súbita y violenta de grandes masas humanas de sus medios de subsistencia de producción arrojándolas, en calidad de proletarios totalmente libres, al mercado de trabajo (Marx 1867: 893).
En palabras de Karl Polanyi, este proceso de “gran transformación” implicó que “la tierra y el trabajo quedaran súbitamente separados, mientras que tradicionalmente el trabajo formaba parte de la vida, la tierra formaba parte de la naturaleza, vida y naturaleza formaban un todo articulado”. Separar a la tierra de los hombres y organizar a la sociedad para satisfacer las necesidades de un mercado de tierras fue un parte vital del concepto utópico de la economía de mercado ( Polanyi s/d: 178). 3
Uno de los efectos más importantes de esta separación fue que la naturaleza vinculada por todas partes con la vida de la sociedad, fuera transformada apenas en tierra, con lo cual se desarticularon equilibrios sociales constituidos antiguamente, que otorgaban sentido a la vida y que eran el fundamento de los imaginarios sociales (Alimonda 2009:15).Es así como la dominación capitalista a lo largo de la historia ha venido operando sobre ciertos fundamentos en los que la naturaleza se convirtió en objeto de dominio de las ciencias y en materia prima del proceso productivo, desconociéndose así, el orden complejo y la organización ecosistémica de la naturaleza. En este proceso la naturaleza se fue desnaturalizando, para hacer de ella un recurso, una mercancía para insertarla en el flujo unidimensional del valor y la productividad económica para beneficio del hombre (Leff 2006: 25). La separación sujeto- objeto tuvo como consecuencia que el paradigma antropocéntrico se instalara como uno de los fundamentos del desarrollo y el progreso de la humanidad.
En el marco de esta racionalidad contra natura, la última fase de acumulación capitalista desplegada a partir de la crisis de sobreacumulación de los setenta, ha estado conformada de manera predominante por encima de la reproducción ampliada, por una estrategia basada en la destrucción, robo, violencia, saqueo y despojo de los bienes colectivos y recursos naturales. Para diversos autores 4 , entre los que se encuentra David Harvey, la forma de acumulación actual está conformada por la mayor parte de los rasgos que se presentaron en la ‘acumulación originaria’, entendida no como la etapa que dio origen al capitalismo, sino como un proceso continuo y permanente en la geografía histórica del capitalismo. Algunos de estos rasgos son: “la mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión por la fuerza de las poblaciones campesinas; la conversión de varios tipos de derechos de propiedad (comunal, colectiva, estatal, etc.) en derechos de propiedad privada exclusivos; la supresión del acceso a bienes comunales; la mercantilización de la fuerza de trabajo y la supresión de formas alternativas (indígenas) de producción y consumo; los procesos coloniales, neocoloniales e imperiales de apropiación de bienes (incluidos los recursos naturales)" (Harvey 2003: 116-117).
Durante los últimos treinta años, la acumulación por desposesión se ha materializado en las políticas neoliberales y en una estrategia de “cercamiento de los bienes comunes” (Harvey 2003: 115). L a expresión más visible y condensada de esto, ha sido la oleada de privatizaciones de bienes y servicios públicos producida en las dos últimas décadas en todo el planeta; la privatización de agua y tierras; el desarrollo de medios de comunicación y transporte (puertos, aeropuertos, carreteras, túneles, ferrocarriles, compañías de aviación), el desarrollo de telecomunicaciones (telefonía digital y sistemas satelitales), banca y servicios financieros, petróleo y petroquímica, complejos siderúrgicos, y la privatización de sistema de seguridad social, fondos de pensión y retiro de los trabajadores (Gilly y Roux 2009: 31). Además proyectos como la minería a cielo abierto, la instalación de confinamientos y basureros nucleares, corredores eólicos, presas o hidroeléctricas, los monocultivos de soja, la producción de agrocombustibles, proyectos inmobiliarios, de desarrollo, expansión urbana y de servicios. Estas políticas han sido operadas en el marco de tratados y planes de libre comercio y desarrollo, y financiadas por los estados nación -incluyendo a los gobiernos progresistas- y empresas trasnacionales.
Así, el despojo de pueblos y comunidades y la lógica productiva de crecimiento incesante se presentan como rasgos inherentes al sistema de acumulación capitalista, trayendo como consecuencia la contaminación del agua, del suelo, del aire, la emanación de gases tóxicos, con su secuela de calentamiento global, el agotamiento de los recursos no renovables, como es el caso de la crisis energética por el agotamiento de los hidrocarburos, la crisis alimentaria y su relación con la producción de agrocombustibles, la crisis del agua, y las enfermedades y muertes evitables en toda clase de seres vivos.
Para muchas voces de la academia y el campo popular, este diagnóstico ha colocado en el centro de la mesa la necesidad de transformar la racionalidad productiva, a través de la cual se ha destruido atrozmente la base de los bienes necesarios para la sustentación de la vida. Todas estas voces han anunciado y advertido que si no se producen cambios estructurales en los modos de producción de la vida en el capitalismo, la vida humana y no humana corre el peligro de perecer en su propia reproducción".
2. Su régimen de propiedad legaliza quitar territorios, bienes comunes e ingresos públicos para vaciarlos o usarlos en el sector inmobiliario
Mina L. Navarro y César Enrique Pineda se refieren a:
"Contradicción capital- trabajo y capital- naturaleza
Los mecanismos de acumulación a partir de la expoliación y de la externalización de costos, especialmente a partir de la degradación de la tierra, el territorio y los recursos naturales son parte indisociable del funcionamiento capitalista y no sólo efectos colaterales incontrolados. Rosa de Luxemburgo afirma que la acumulación capitalista tendría un carácter dual: “el otro aspecto de la acumulación de capital se da entre el capital y las formas de producción no capitalistas (…) aparecen aquí, sin disimulo, la violencia, el engaño, el pillaje” 5 . El despojo violento de bienes estratégicos sería el otro motor de la esencia de la acumulación debido a la incesante necesidad de externalizar tres costos ocultos que los productores no necesariamente realizan: la eliminación de residuos (especialmente los tóxicos), la renovación de materia prima (esencialmente los bienes naturales) y los costos de infraestructura. (Wallerstein 2005: 111). Es decir, las formas violentas de expoliación capitalista sobre la naturaleza significan una necesidad estructural para externalizar los costos de la producción industrial y mantener el crecimiento infinito sin importar sus efectos sociales y ambientales. Esta lógica es inherente al capitalismo, pero se hace evidente en el momento en que el sistema de mercado ha invadido por completo el orbe.
El agotamiento gradual de espacios libres de residuos, la disputa geopolítica por recursos estratégicos no renovables cada vez más escasos, así como la intensificación de inversiones en el sector inmobiliario, ligado directamente a necesidades de infraestructura y comunicación para el flujo de capitales, mercancías e inversiones, está haciendo evidente el escalamiento de la conflictividad con poblaciones, comunidades y movimientos locales afectados por las necesidades incontenibles de crecimiento. Pero aún más, el enfrentamiento se polariza con los sujetos sociales que conservan, aunque sea parcialmente identidades y formas productivas que no están basadas en la máxima ganancia debido a que “el capitalismo tiene una tendencia histórica a destruir y absorber los modos de producción no capitalistas (…) los usa para crear nuevo espacio para la acumulación de capital” (Harvey 2001: 270) ya que el imperativo de acumular, implica, en consecuencia, el imperativo de superar obstáculos espaciales.
Vemos que el crecimiento, aceleración y expansión de la acumulación requiere vencer al espacio mediante el tiempo, permitiendo que los flujos de mercancías y capitales accedan a cada vez más territorios, cada vez más rápido. Esta lógica infinita, sin embargo choca directamente con territorios y recursos ambientales finitos por un lado, y con culturas, comunidades y colectividades situadas en los lugares de extracción, producción o desecho que se defienden de los efectos de dicha lógica.
Es así que vemos que del carácter inherente del capitalismo, esto es, de su naturaleza autodestructiva y del complejo metabolismo de las sociedades capitalistas, se originan por lo menos dos grandes contradicciones:
Una de ellas es la tensión entre los ciclos de
reproducción del capital vs. los ciclos de reproducción de la vida.
Tal y como lo plantea Jorge Veraza: “los ciclos de reproducción de la
naturaleza no son tan rápidos como el ciclo de rotación del capital (…)
estas diferencias suscitan necesariamente una contradicción entre el dominio
del capital industrial y los ciclos biológicos del planeta”. O como lo
plantea Joan Martínez Allier: “la economía recibe recursos y produce
residuos, explotando más allá de su capacidad de regeneración”. Esto se
deriva de la imposición del horizonte de abundancia con que la modernidad ha
operado en los últimos tres siglos, de la cual se ha producido la idea de
que los recursos del planeta son infinitos y que en todo caso sólo hay
algunos y excepcionales fallos del mercado o externalidades que generan
costos ambientales. Esta visión hegemónica parte de suponer que “el
mercado funciona como mecanismo racional de asignación de recursos (…) en el
que los problemas ecológicos surgen de la ausencia de racionalidad mercantil
privada”, y no de las propias contradicciones del capitalismo y los
límites de la naturaleza.
Otra contradicción se produce entre la lógica productiva que mercantiliza y cosifica la vida, como una materia prima, un bien de consumo; y por otro lado, los lenguajes de valoración de los pueblos que conciben a la tierra y a la naturaleza como su madre, como un bien inconmensurable, que no tiene precio. La disputa de las luchas socioambientales está en sacar los bienes comunes, de la esfera económica y su valorización. En este terreno se enfrentan dos formas contrarias e incompatibles de percibir la vida: “la naturaleza y el régimen del tiempo capitalista.”
En el marco de la mundialización financiera y de los mercados globales, sin embargo, la necesidad de expoliación de los bienes naturales se acelera ya que la capacidad competitiva de los complejos y conglomerados multinacionales no sólo dependen de fuerza de trabajo barata o materias primas a precios favorables sino de “un complejísimo sistema de condiciones marco (…) se trata de sistemas de provisión de energía y transportes, infraestructuras sociales y administrativas, fuerza de trabajo especialmente calificada, además de las correspondientes condiciones habitacionales y de vida acordes(…)”(Hirsch 2001:143). Ello explica la enorme presión sobre los bienes y territorios no sólo por su cualidad dotadora de materias primas sino por la necesidad de crecimiento de condiciones estructurales para la acumulación global.
Es así como los efectos de la sociedad industrial y las bases de la modernidad capitalista han detonado en los últimos años en todo el planeta una crisis sin precedentes en diferentes ámbitos de la vida, incluyendo el ambiental. Frente a los aparentes límites absolutos del sistema de poder y dinero del capitalismo, el actual desastre ecológico es leído por muchos como síntoma de una profunda crisis civilizatoria y de un modelo de control tecnológico basado en la máxima ganancia a costa del dominio, desarticulación y desprecio de los procesos agrícolas tradicionales, de las estrategias productivas de los pueblos originarios y del patrimonio de los bienes comunes y culturales".
3. Su acumulación por desposesión está creando resistencias y alternativas de desarrollo y producción
Mina L. Navarro y César Enrique Pineda hablan de:
"México: camino de resistencias y alternativas frente a la desposesión
En toda la historia de la humanidad, a lo largo y ancho del planeta han surgido diferentes respuestas sociales para enfrentar la desposesión, el despojo de bienes colectivos y la mercantilización de la vida. No obstante, a partir de los últimos diez años es notoria la emergencia de un nuevo ciclo de luchas socioambientales en América Latina, lo cual en buena parte se debe al complejo metabolismo de las sociedades capitalistas y su crecimiento de flujos de energía, materiales y salida de residuos (Martínez Allier, 2009: 2).
Estos movimientos han surgido como resistencias y protestas de afectados ambientales, que muy pronto han traducido sus demandas en una lucha por el control colectivo de los recursos, por el derecho a la autodeterminación de sus propias condiciones de existencia, por el bloqueo de las formas depredadoras y contra el despojo de tierras, agua, bosques, biodiversidad, saberes ambientales tradicionales, y otros bienes comunes. México se encuentra también dentro de esta tendencia.
Con el auge e implementación de las políticas neoliberales se ha venido produciendo una reconfiguración del andamiaje normativo e institucional para facilitar la desposesión. Uno de los rubros más importantes de esta transformación ha sido el desmantelamiento del campo. El entramado de unidades productivas campesinas enfrenta en la actualidad la peor de las crisis. La alta migración de la población rural hacia las ciudades y hacia Estados Unidos, la dependencia alimentaria, la destrucción de las culturas y tejidos comunitarios, el despojo de tierras a partir de la cesión de derechos a particulares, y en general la pulverización de la producción agrícola campesina a nivel nacional, son algunos de los componentes de esta crisis (Hernández/ Navarro: 2010).
El reordenamiento que el campo ha sufrido, en buena medida ha sido provocado por la creación de marcos legales como la firma del Tratado de Libre Comercio, y en particular lo señalado en el capítulo agropecuario, que estipula la reducción o eliminación de los aranceles en todos los productos agropecuarios con excepción del maíz, el frijol y la leche a los cuáles se les dio un plazo de 15 años para eliminar a cero su arancel; así como la modificación al artículo 27 constitucional, con lo que se “permitió rentar y vender las tierras ejidales, se autorizó la inversión de sociedades mercantiles en terrenos rústicos y, lo más importante, se canceló el reparto de tierras” (Rubio, 2009: 5).
Estas modificaciones legales y la política estatal en el tema agropecuario, las cuales básicamente se ha fundamentado en su abandono y en desestimular su producción nacional, han generado las condiciones para el dominio de las grandes transnacionales agroalimentarias, así como la exclusión masiva de los pequeños productores rurales (Rubio, 2009: 6). Con todo ello, se ha transformado la forma de organización productiva del campo mexicano, a través de nuevos modos de apropiación y concentración de las tierras para la acumulación capitalista (Serna, 2009: 26, 27).
En el discurso de “desarrollo” el gobierno argumenta que ante la crisis del campo y el abandono de las tierras lo mejor es la privatización y la generación de proyectos para su mejor aprovechamiento. Como si los campesinos y productores rurales hubieran sido los responsables del desmantelamiento del campo y su modo de relación con la tierra hubiera generado la crisis actual. Lo cierto es que las estrategias discursivas del gobierno mexicano y de las cuadrillas empresariales han venido desacreditando las formas de organización autóctonas y comunitarias (Hernández/ Navarro: 2010).
Asimismo con la aprobación de la Contrarreforma Indígena en 2001 a contracorriente del enorme proceso de movilización social constituido a favor de los Acuerdos de San Andrés, se abrió un nuevo ciclo de reformas “en materia de bosques, aguas, semillas, minería, bienes nacionales, conocimiento tradicional y biodiversidad, todas orientadas al despojo capitalista de los territorios campesinos e indígenas, todas avaladas por el conjunto de la clase política” (Serna 2009: 26).
Tal es el caso de la Ley Minera de 1992 que, conjuntamente con la Ley de Inversión Extranjera, permitió que entes trasnacionales controlen el 100% de las actividades de exploración y producción en el ramo. O la Ley de Biodiversidad de Organismos Genéticamente Modificados en 2005 que pone en riesgo la diversidad biológica, la soberanía alimentaria, los cultivos y plantas de los que México es centro de origen, ofreciendo a cambio, seguridad a las cinco empresas trasnacionales que controlan los transgénicos a escala global, de los cuales Monsanto tiene 90 por ciento (Ribeiro, 2005).
Asimismo los megaproyectos de infraestructura que se han venido impulsando en México, en el marco de diferentes acuerdos y tratados comerciales, como es el caso del Plan Puebla Panamá, hoy Proyecto Mesoamérica, tienen como objetivo dominar una serie de áreas para su valorización, dominación e integración al "sistema del mercado global". El impulso de superautopistas, carreteras, megaproyectos turísticos, sistemas de transporte, vialidades, represas hidroeléctricas, basureros comunes, basureros industriales y tóxicos ha ido acompañado de las modificaciones al marco normativo, al relajamiento de leyes de protección ambiental y de la salud, así como de fuertes procesos de despojo contra comunidades poseedoras de la tierra.
Por otro lado, se han detonado numerosos intentos de privatización de manantiales, ríos y ojos de agua en innumerables regiones del país, y elevado los costos por el suministro de agua, en medio de una profunda crisis de escasez de agua, sobretodo en las zonas urbanas.
El reordenamiento de la forma productiva agropecuaria y alimentaria y la profundización del modelo extractivo, como parte de los procesos de acumulación capitalista en México, son algunos de los componentes del complejo escenario que enfrentan los pueblos y comunidades en defensa de sus bienes comunes.
Frente a todo ello se ha venido constituyendo un incipiente pero creciente ciclo de luchas socioambientales en todo el territorio nacional, identificando hasta el momento más de sesenta expresiones de resistencia que han comenzado a organizarse para encontrar una salida a los problemas de desposesión. Estas luchas están siendo protagonizadas principalmente por comunidades indígenas y campesinas, aunque también por comités vecinales, asambleas ciudadanas, organizaciones sociales y colectivos juveniles quienes enfrentan proyectos y políticas de privatización de bienes comunes, de desarrollo urbano, inmobiliario, servicios e infraestructura carretera; tiraderos de basura; desarrollo de complejos turísticos y náuticos; construcción de presas e hidroeléctricas; grandes explotaciones de minería a cielo abierto; problemas de contaminación por el desarrollo industrial y su relación con fuertes problemas de salud; siembra de monocultivos y transgénicos; biopiratería y patentes sobre biodiversidad y saberes tradicionales(...)".
4. Su mercantilización de la naturaleza sin importar expulsar y contaminar comunidades locales convoca a la autoorganización en asambleas deliberativas y ejecutivas
Mina L. Navarro y César Enrique Pineda destacan surgimiento de:
"Subjetividades anticapitalistas en defensa de la tierra, el territorio, la vida y los bienes comunes
Nos referirnos a estas luchas como socioambientales debido a que desde nuestra perspectiva son movimientos que pelean contra la escisión ambiente- sociedad, enfrentando con ello, entre otras cosas, el discurso del conservacionismo por parte de los Estados y las empresas, quienes niegan que los pueblos puedan tener formas sostenibles para gestionar la naturaleza.
Las luchas socioambientales son concebidas como parte de un movimiento global de ecologismo popular o de justicia ambiental (Martínez Allier, 2009: 4) que pelea por su propia subsistencia a partir de la defensa de sus bienes comunes. “En el Tercer Mundo, los movimientos ecologistas no son un lujo de los ricos, sino un imperativo para la supervivencia de la mayoría de la población, cuya vida corre peligro y se ve amenazada por la economía de mercado y por la expansión de ésta” (Shiva, 2006: 65, 79).
Este movimiento de justicia ambiental esta siendo protagonizado por comunidades y culturas que en medio del desgarramiento que ha producido las relaciones capitalistas veneran la vida. La disputa que estas luchas libran es por la producción y reproducción de la vida, la lucha es contra el capitalismo y su lógica de “anti-vida” (Shiva, 22: 2006), centrada en la ocupación y captura infinita de los procesos vivos.
Estas colectividades surgen generalmente como esfuerzos autoconvocados por los propios afectados para deliberar y reflexionar sobre qué hacer juntos, sin que ninguna instancia externa convoque para formar y dirigir un formato específico de organización. La autoconvocatoria de los afectados se da principalmente ante la reacción espontánea que generan los procedimientos antidemocráticos, irregularidades e ilegalidades, presentados en la mayoría de los casos, por los gobiernos que buscan apresurar decisiones fundamentales para la implementación de los proyectos de desposesión. Este sentimiento de afectación que se irá traduciendo en expresiones de resistencia, se produce por la exclusión de las comunidades y los pueblos que ven cómo de un día a otro, sin que ellos hayan sido consultados, sin que ellos lo hayan decidido, su vida y entorno pueden cambiar para siempre. Una dimensión de estos conflictos se centra en los procedimientos que se emplean para la aprobación de los proyectos, que son cuestionados por la gente en sus formas, mecanismos y actores involucrados. Los movimientos que surgen en reacción a los proyectos de desarrollo o explotación cuestionan cómo se decide y quién decide sobre su vida, sobre la tierra y los bienes comunitarios.
En muchas ocasiones, estos esfuerzos autoconvocados de movilización social se presentan como los primeros intentos de organización frente a problemas de este tipo o como las primeras experiencias políticas. Esto les imprime un carácter particular con respecto a los formatos organizativos que la izquierda clásica ha conformado.
Cabe mencionar que muchos de estos movimientos de resistencia, sobretodo los comunitarios, indígenas o campesinos, se construyen sobre lazos comunitarios y formas de organización social preexistentes. En estas luchas los modos de organización tradicional funcionan como redes para tejer la resistencia y la movilización.
Los rasgos más característicos en las formas de organización y de funcionamiento son la reivindicación de la democracia directa, la horizontalidad y la asamblea, apareciendo ésta última como el espacio de deliberación, de pensamiento colectivo, de circulación de información y toma de decisiones más importante. Estos mecanismos y modos de regulación han buscado sostenerse en procesos democráticos de diálogo, para construir acuerdos, soluciones y decisiones, que ayuden a involucrar a todos los afectados.
Hemos percibido que en estos esfuerzos de movilización se carece generalmente de estructuras organizativas rígidas o formales, la separación dirigentes-bases tan marcada en los movimientos sociales tradicionales tiende a disolverse o relativizarse en mecanismos asamblearios y se presenta una incipiente distancia de la idea de representación. Esto último se ha podido detectar en el rechazo que muchas de estas luchas han presentado frente a políticos profesionales, partidos políticos u organizaciones formales que se han acercado para intentar incidir, dirigir o encabezar los esfuerzos de oposición.
Entonces, en su primera fase de actuación estos movimientos de resistencia emergen como respuestas autoconvocadas de afectados, como movimientos opositores, como movimientos del NO. Aunque muy rápidamente estos movimientos del NO, de cuestionar sólo el procedimiento y exclusión de las decisiones pasan a cuestionar el porqué y para qué de estos proyectos de desarrollo y explotación de recursos.
Percibimos que en medio del riesgo que viven las comunidades de perder absolutamente todo, se abre el campo de la autoafirmación, en el que las comunidades comienzan a valorar, imaginar y a decidir cómo desean vivir su presente y futuro. Es en este momento que se presenta un punto de quiebre en los procesos de subjetivación colectivos, atravesados por la emergencia de nuevos horizontes de sentido donde la autoafirmación de los pueblos habilita una dimensión utópica y un porvenir distinto al impuesto por la normalidad capitalista. Es en este punto de quiebre, donde aparecen como dimensiones esenciales de la insubordinación -en palabras de John Holloway- el contra como proceso en el que la confrontación hacia el orden dominante es explícita y el más allá como la construcción de un modo de regulación social distinto. Los movimientos ya no sólo pelean, se organizan e interpelan al poder para rechazar la desposesión, sino que reconocen y afirman el despliegue de valores de uso para enfrentar la vida colectivamente de otra manera.
Ahora bien, es posible que sí los conflictos mantuvieran su campo de disputa en la dimensión procedimental que hemos expuesto, pudieran buscarse herramientas político-jurídicas que las trasladaran a un proceso menos polarizado y tenso. Sin embargo, los movimientos comunitarios buscan respuestas a sus principales interrogantes que se hacen urgentes en medida que avanza la agresividad con que se impulsan estos proyectos y decisiones desde el Estado y las empresas en cuestión. Los movimientos se preguntan a quiénes benefician estos proyectos, cuál es el impacto sobre la tierra y los ecosistemas y su utilidad colectiva o popular. La mayoría de las veces concluyen cuestionando todo el modelo de desarrollo sistémico, sus bases, su discurso, su forma, sus beneficiarios y sus impactos, lo que radicaliza por completo sus estrategias, actitudes y acciones. Con ello, las luchas logran situarse frente al problema de otra manera, desbordando con sus preguntas e interrogantes los marcos institucionales.
Es así como se enfrentan dos proyectos basados en premisas diametralmente opuestas. Los movimientos valoran las culturas y tradiciones comunitarias ligadas al arraigo sobre la tierra y el trabajo que deriva de ellas como identidad de sus pueblos; valoran el usufructo de los recursos sólo para la reproducción y no para la acumulación; valoran también algo que surge en numerosos conflictos que ellos mismos nombran con la palabra dignidad, que identifica numerosos sentimientos colectivos sobre el no sometimiento, la identidad comunitaria, el respeto y la determinación propia -a pesar del obvio desequilibrio de fuerzas a favor del Estado y las empresas-; y, en especial, un profundo sentimiento colectivo de la justicia que no está a discusión a pesar de que cualquier balance objetivo sobre la fuerza del Estado les sea adverso. En suma, priorizan valores y posiciones no mercantiles, sobre su identidad, su historia y los ecosistemas. Son de alguna forma racionalidades distintas a la dominante. Como plantea Enrique Leff “lo que subyace a los conflictos de distribución ecológica son estrategias de poder en torno a paradigmas sociales y racionalidades productivas alternativas”.
Es por ello que de esta racionalidad alternativa, surge todo un cúmulo de sentidos, saberes, construcciones colectivas que incluso podemos considerar paradigmas alternos a los dominantes, basados en una perspectiva de nuevos derechos de uso y apropiación de la naturaleza, derechos a elegir, decidir y construir formas de desarrollo ambiental-territorial y el derecho a controlar procesos productivos en sus localidades".
5. Su Estado que manipula deseos, necesidades e ideas de los diversos de abajo modelando su conformismo con el orden en vigencia pero las luchas lo enfrentan
Mina L. Navarro y César Enrique Pineda concluyen: "Frente a todo ello,
el Estado surge como principal impulsor de los proyectos de desarrollo y explotación de la mano de las empresas e inversores que son menos visibles, pero puede, en varias fases del conflicto, apreciarse su influencia y poder sobre el procedimiento de aprobación y decisión.
El Estado a diferencia de los movimientos, apela a la necesidad nacional o el interés común como principal eje de interés para el impulso de los proyectos, acompañado del objetivo del crecimiento económico, la inversión, la creación de empleos y en general la idea de desarrollo entendido como aumento de infraestructura, explotación de recursos y acumulación.
Es en este momento donde puede apreciarse el choque de proyectos.
El Estado prioriza una racionalidad económica basada en la máxima ganancia y el desarrollo entendido como las condiciones necesarias para la acumulación capitalista.
Los movimientos priorizan una racionalidad no económica cuyo eje es la preservación de sus comunidades, culturas y ecosistemas. La tierra, el agua, los bienes comunitarios, la cultura, las tradiciones se presentan como bienes inconmensurables, sobre los cuales los pueblos no están dispuestos a negociar, rechazando contundentemente que éstos tengan precio. La lucha a librar transita entonces entre la vida o la muerte.
El interés por el desarrollo económico se vuelve una urgencia del Estado, presionado por intereses de acumulación e inversión “nacionales” o “trasnacionales” que implican una enorme fuerza política, mediática, represiva y en muchas ocasiones jurídica. El interés local por la preservación de pueblos y ecosistemas es en comparación una fuerza mucho más pequeña, que sin embargo sostiene en ocasiones una resistencia anclada en la movilización y participación de los pueblos que puede ser desbordante y, a veces, sorprendente.
En los trayectos de la lucha, muchos movimientos comienzan optando por recurrir a las instancias y canales institucionales, frente a la negativa y limitación de éstas, se ha presentado una orientación cada vez más tendiente a que la auto-organización y la movilización social sean las fuentes de resistencia y lucha privilegiadas. De este modo, las luchas pueden desplegar una serie de estrategias; el trabajo territorial- local y la organización de base de las comunidades afectadas; la resistencia, acción directa y la movilización social; la articulación y coordinación con otras luchas y ONG’s; el empleo de recursos legales y jurídicos.
Así, el agotamiento de los canales institucionales, ha traído consigo la emergencia de una crítica sobre las prácticas de los partidos políticos y de la clase política. La maquinaria institucional no sólo se presenta como insuficiente para la resolución de las demandas sociales, sino que ésta y lo poderes económicos mantienen una relación de complicidad cada vez más cínica para la implementación de los proyectos de desposesión.
Por otro lado, la oposición de las luchas ambientales contra la racionalidad económica de los poderosos advierte el desarrollo de una sociabilidad alternativa y lenguajes de valoración basados en una nueva ética con la naturaleza. Existe una tendencia a cuestionar y poner en entredicho los fundamentos de la sociedad industrial y de la modernidad, presentándose una sensibilidad con el medio ambiente y reivindicándose las formas tradicionales que los pueblos y comunidades han mantenido con su entorno para la reproducción de la vida.
En el carácter emergente de estas luchas se va configurando el antagonismo contra el Estado y el capital, el cual encuentra su anclaje a un tejido comunitario territorial que en los momentos de confrontación se activa como un sujeto comunitario. La construcción de los horizontes de sentido del sujeto comunitario se articulan históricamente con el pasado, siendo la memoria uno de los terrenos desde donde imaginar y rastrear modos de relación con la naturaleza no mercantiles, mediados por valores de uso que hacen posible pensar en alternativas más allá capitalismo. De este modo, la emergencia de múltiples respuestas desde lo social para enfrentar la catástrofe capitalista, bajo la clave de la violencia, despojo y destrucción, constituye una de las luchas más importantes a favor de la vida, como camino de resistencia ante los efectos de la crisis ambiental. Al mismo tiempo que en medio del conflicto contra la desposesión se vislumbra en ellas- como horizonte de sentido- la prefiguración de una nueva subjetividad y modos de relación anticapitalistas de los hombres y mujeres con la naturaleza".
Fuente: http://www.rebelion.org/ México/30-07-2010
Sumemos los dos artículos siguientes a la elaboración de argumentos sobre nuestro ¡Ya Basta! de capitalismo:
1. "Dos modelos de agricultura frente a frente"
El 27
de octubre de 2010, Eduardo
Tamayo G. (Alai-amlatina) entrevista a
Silvia Ribeiro, investigadora y
coordinadora de programas del Grupo ETC de México.
-Estamos próximos a una nueva cumbre sobre el clima en Cancún, la pregunta que
surge es ¿cómo está afectando el modelo de agricultura industrial al cambio
climático?
-Es una pregunta muy importante porque los propios gobiernos, a través de
las cifras oficiales que maneja Naciones Unidas, reconocen que
la agricultura industrial
es causante del catorce por ciento de la emisión de gases de efecto invernadero,
y esto es la misma cantidad que causan los transportes, o sea es muy grande. Y
en realidad si sumamos todo el sistema alimentario agro-industrial, desde la
semilla al supermercado, lo que significa producir comida y cualquier fibra en
cantidades industriales, y lo que eso conlleva en términos de transportes,
refrigeración, derivados de petróleo que son todos los insumos químicos, y luego
la cantidad de embalajes que se usan en los supermercados en las cadenas
industriales (que es el factor fundamental de tala de árboles, que es otro dato
poco conocido), si sumamos todo eso, la agricultura industrial, según los
autores que se tomen, es responsable del 44 al 50 % de los gases de efecto
invernadero, y además usa el 70 por ciento del agua del planeta.
Por otra parte,
la agricultura campesina de pequeña escala no gasta en
transporte porque se dedica sobre todo al mercado local, usa muy pocos insumos
derivados del petróleo o no los usa por razones de elección o por razones
económicas, pero además, por el manejo del suelo que hace, la agricultura
descentralizada y diversa absorbe una gran cantidad de carbono. Entonces, una
cosa que la Vía Campesina comenzó a decir en el 2007 de que los agricultores
chicos estaban enfriando el planeta, ahora hay cifras que lo muestran
claramente.
-¿Cuáles son las tendencias que marcan el desarrollo del agro latinoamericano?
-Uno de los problemas más graves que hay es la consolidación de las empresas de
agronegocios. En los últimos treinta años ha habido
una consolidación
corporativa de los agronegocios que no tiene precedentes, ni en la historia de
la agricultura ni en la historia del industrialismo. Por ejemplo tenemos
situaciones como la de
Monsanto que tiene más del noventa por ciento del mercado
de semillas transgénicas, al mismo tiempo que tiene la mayoría de todas las
semillas comerciales. Pero vemos lo mismo en toda la cadena, desde las semillas,
que son cinco o seis empresas que tienen casi todo el mercado comercial, pasando
por todas las que procesan cereales que son cuatro (Cargill, Dreyfrus, Bunge y
ADM), las procesadoras que son cuatro o cinco,
finalizando en los supermercados.
Entonces tenemos unas veinte transnacionales con un enorme peso sobre los
gobiernos y sobre las políticas agrícolas. Aparte, tenemos una realidad que
todavía está presente en América Latina y es que aproximadamente la mitad es
población rural y quienes producen la comida son sobre todo campesinos. Es como
si estuviéramos todo el tiempo en
una confrontación brutal: por un lado las
empresas más poderosas del mundo y por otro lado una cantidad de gente, de
pequeños y pequeñas campesinas que todavía siguen produciendo la mayor parte de
la alimentación.
-¿Cuáles son las características fundamentales del agro negocio como modelo de
agricultura?
-Bueno, introdujeron desde hace más de 50 años un tipo de agricultura mecanizada
y que usa una gran cantidad de agroquímicos, pero que además hace que la gente
no pueda usar su propia semilla y la tenga que comprar. Y la semilla es la base,
es la puerta de toda la red alimentaria, entonces, quien controla la semilla
controla lo que sigue después. Y esa es la tendencia que hay en
este momento en América Latina y que cada vez crece más. Entonces,
se está produciendo comida
industrial con menor calidad que favorece sobre todo a los intereses
corporativos y que además tiene una cantidad de problemas para la salud y genera
dependencia y es un factor fundamental de que no se pueda establecer soberanía
alimentaria en los países.
-¿Qué nos puede decir de los monocultivos?
-Los monocultivos son una parte integral de esta agricultura tanto a nivel de
cultivos agrícolas como de plantaciones. Y nosotros encontramos que el modelo de
monocultivos es fundamental en toda la agricultura industrial en América Latina.
El caso de Brasil es uno de los más avanzados, los monocultivos de caña de
azúcar, maíz, soya y eucaliptos están
ocupando cada vez más terrenos, incluso
disputándoles terrenos a aquéllos que quieren ocupar la tierra para producir
comida. En general estos
son cultivos que no están dedicados a la alimentación
de la gente, están dedicados o a la exportación para procesamiento en otros
lugares o para los agrocombustibles en varios lugares.
Entonces también es una
disputa a nivel de quién consume lo que se produce.
-Algunos tratados de libre comercio ya están vigentes por algunos años, ¿como
está afectando esto a los pequeños campesinos?
-El dato fehaciente es que los tratados de libre comercio han empujado a un mayor
desplazamiento de los agricultores chicos hacia la ciudad, lo cual aumenta la
pobreza ciudadana, disminuye las posibilidades de soberanía alimentaria dentro
de los propios países, y
ha creado situaciones de mayor pobreza y desplazamiento
de quienes pueden ser las soluciones a las crisis alimentaria y a la crisis
climática.
Fuente original:
http://alainet.org/active/41852 . Fuente:
http://www.rebelion.org/ Ecología social/ 27-10-2010
2. "Argentina: Conflictos sociales y ética académica"
Por: Norma Giarracca (COPENOA)
"Durante gran
parte del siglo XX, en los ámbitos universitarios se discutió si el conocimiento
social podía orientarse a satisfacer demandas de factores de poder sospechados
de generar políticas de control social represivas. Siempre aparecían, además del
sujeto universitario, el Estado y algún organismo internacional que llevaba a
cabo una política semejante en toda la América latina y había financiado el
estudio. En nuestros días, a algunos sujetos universitarios estos dilemas les
son lejanos, los desconocen o se los trata sin ningún tipo de pudor (como
cuestiones del "pasado").
¿Cambiaron las
condiciones de aquel debate?
La situación a la que me voy a referir –recursos naturales y los conflictos generados en sus territorios - implica la misma intensidad conflictual e igual o más cantidad de hechos que los que estaban en danza en aquellos debates del pasado.
Los conflictos en cuestión y la falta de resolución por los fuertes poderes económicos que intervienen son por todos conocidos en la actualidad: los qom cinco meses en Buenos Aires reclamando derechos después de varias muertes, el poderoso Benetton litigando contra una familia mapuche, el asesinato de Javier Chocobar, las peripecias judiciales de los campesinos del Mocase y de la mayoría de las organizaciones campesinas del país. Todas ellas son situaciones que se producen en provincias con baja calidad institucional, con poderes judiciales conectados por relaciones familiares, amistosas o de clase con los poderes económicos y cuerpos especiales policiales que los gobiernos no dudan en crear y utilizar.
Por todo esto, llama poderosamente la atención que una universidad nacional asuma el trabajo de detectar y mapear los conflictos por tierra del país en el marco de un programa del organismo internacional que más ha contribuido a aplicar las políticas neoliberales en el campo argentino: el Banco Mundial. Asimismo, llama la atención que se pida abierta y masivamente a quienes tengan información que "contacten a los relevadores". Aquello que hace unas décadas se hacía casi oculto por la vergüenza y sanción social que despertaba otorgar información sobre conflictos sociales a los organismos del "imperio" (para usar la terminología de aquella época), hoy se lleva a cabo sin pudor alguno.
Las universidades públicas tienen información sobre conflictos sociales, existen amplios bancos generados por investigadores y organizaciones sociales en múltiples formas de colaboración y en el marco de un ineludible compromiso y de principios éticos. Esa información, en forma agregada, ha estado siempre a disposición de los poderes públicos que deseen discutir políticas de tierra en los ámbitos donde el Estado democrático discute estas cosas. No hacen falta bancos de conflictos con información pormenorizada de los sujetos y los territorios para llevar a cabo estas tareas. No interrogo acerca de para qué un organismo internacional, paradigma del modelo neoliberal, necesita esa información; es un problema del Estado argentino averiguarlo.
Deseo interrogar acerca de si la universidad pública es la institución que debe facilitar ese conocimiento. Pregunta que reenvía a una cuestión ética y autorreflexiva en la formación del cientista social para poder hacer frente y resolver estas aporías.
Hay límites que no pueden pasarse y que deben discutirse públicamente en cada época: a mi juicio, se puede trabajar privadamente para los organismos internacionales; se pueden trabajar por convenios universitarios (aun cuando los considero criticables) distintos temas en el nivel macro-institucional que no involucren información específica de sujetos y territorios; pero se necesita un límite estricto cuando se trata de temas de conflictos sociales, ya que allí residen tópicos tales como control social, criminalización de la protesta, escenarios provinciales donde hasta es posible asesinar sin correr demasiado riesgo (caso Chocobar). Se podrá argumentar que estamos en gobiernos democráticos y que trabajar para estas administraciones es lo correcto. Por supuesto, pero hay que mantener el principio de que el conocimiento se produce en espacios con autonomía científica, no "a pedido" de organismos cuestionados profusamente.
Los conocimientos universitarios se ponen a disposición de la democracia en situaciones de mucha claridad (publicaciones, libros, audiencias públicas del Congreso Nacional, etc.). Generar y poner informaciones de este tipo a disposición de los organismos internacionales que produjeron los graves problemas que sufren estas poblaciones ahora en conflicto es muy grave y amerita ser revisado, discutido y, si no es posible porque el poder lo avala, rechazado por quienes aún creemos en valores éticos del accionar universitario".
Norma Giarracca es Profesora de Sociología Rural, Grupo de Estudios Rurales (UBA).
Fuente: http://www.argenpress.info /2011/06/argentina-conflictos-sociales-y-etica.htmlº
En consecuencia, frente a la «territorialidad de dominación» se ha venido constituyendo un creciente ciclo de luchas socioambientales en todo el territorio de Argentina y de América latina. Como Mina L. Navarro y César Enrique Pineda señalan, para México, "son expresiones de resistencia que han comenzado a organizarse para encontrar una salida a los problemas de desposesión. Estas luchas están siendo protagonizadas principalmente por comunidades indígenas y campesinas, aunque también por comités vecinales, asambleas ciudadanas, organizaciones sociales y colectivos juveniles quienes enfrentan proyectos y políticas de privatización de bienes comunes, de desarrollo urbano, inmobiliario, servicios e infraestructura carretera; tiraderos de basura; desarrollo de complejos turísticos y náuticos; construcción de presas e hidroeléctricas; grandes explotaciones de minería a cielo abierto; problemas de contaminación por el desarrollo industrial y su relación con fuertes problemas de salud; siembra de monocultivos y transgénicos; biopiratería y patentes sobre biodiversidad y saberes tradicionales. (...)
Es en este momento donde puede apreciarse el choque de proyectos.
El Estado prioriza una racionalidad económica basada en la máxima ganancia y el desarrollo entendido como las condiciones necesarias para la acumulación capitalista.
Los movimientos priorizan una racionalidad no económica cuyo eje es la preservación de sus comunidades, culturas y ecosistemas. La tierra, el agua, los bienes comunitarios, la cultura, las tradiciones se presentan como bienes inconmensurables, sobre los cuales los pueblos no están dispuestos a negociar, rechazando contundentemente que éstos tengan precio. La lucha a librar transita entonces entre la vida o la muerte. (...)
En el carácter emergente de estas luchas se va configurando el antagonismo contra el Estado y el capital, el cual encuentra su anclaje a un tejido comunitario territorial que en los momentos de confrontación se activa como un sujeto comunitario. La construcción de los horizontes de sentido del sujeto comunitario se articulan históricamente con el pasado, siendo la memoria uno de los terrenos desde donde imaginar y rastrear modos de relación con la naturaleza no mercantiles, mediados por valores de uso que hacen posible pensar en alternativas más allá capitalismo. De este modo, la emergencia de múltiples respuestas desde lo social para enfrentar la catástrofe capitalista, bajo la clave de la violencia, despojo y destrucción, constituye una de las luchas más importantes a favor de la vida, como camino de resistencia ante los efectos de la crisis ambiental. Al mismo tiempo que en medio del conflicto contra la desposesión se vislumbra en ellas- como horizonte de sentido- la prefiguración de una nueva subjetividad y modos de relación anticapitalistas de los hombres y mujeres con la naturaleza". Este sujeto comunitario y en lucha tanto por la vida como por la dignidad de los pueblos es fundante de la «reforma agraria integral».
Pero, también, es prioritaria la incorporación de una creciente mayoría de los diversos de abajo a la lucha por la soberanía alimentaria y la agricultura campesina, y a la democratización de las universidades e institutos científico-tecnológicos del sector público.