|
Interbarrial Julio 2008
Noviembre 2007 |
|
Interbarrial
Resistencia social y creación política
A lo largo y ancho de Argentina se constituyen sujetos de la resistencia a la degradación medioambiental, laboral, cultural, comunicativa, sanitaria, educacional e infraestructural.
Pero ¿cómo involucrarlos e involucrarnos en la organización y construcción de un país acorde con el bien común y con otro orden internacional?; ¿cómo transformar la lucha social en política o sea en militancia por constituir el poder popular de satisfacer las necesidades y aspiraciones de su diversidad e intercambiar en beneficio mutuo con todos los pueblos?
En búsqueda de respuestas, me pregunto cómo mi soñado frente cultural-político puede ayudar a relacionar los sujetos resistentes a la mega minería, al modelo de soja, a las privatizadas, a las torres en barrios de la ciudad, a la explotación laboral, a los desalojos…a la censura cultural e informativa. Y pienso en imágenes contrastantes y sintetizadoras como en:
Un ejemplo del funcionamiento ‘democrático’, de la violencia implícita en la expropiación de derechos humanos básicos y de la notable desigualdad social. Pero, además, ejemplifica la resistencia a vivir sin techo y la necesidad de reforma agraria integral que haga a las condiciones de vida y trabajo con bienestar básico para una creciente mayoría:
“La dignidad
de una vivienda, no te lo quita nadie
El Barrio Las Flores queda en el partido de
Vicente López, su intendente, Enrique García. Este municipio es uno de los
partidos con mayor recaudación y poder adquisitivo del país y también un
partido donde 7.000 personas viven en la pobreza.
En el marco del Plan Federal de Viviendas, se destinaron al partido en el
año 2005, $30.000.000 para realizar 1.500 viviendas, al 2008 sólo se han
realizado 130. Parte de estas 130 fueron designadas “a dedo” a delegados que
cobran algún sueldo del municipio para desarmar cualquier tipo de
organización. Para tapar esta mala gestión muchas de las casa estuvieron
durante 6 meses vacías, sin ser entregadas, lo que desencadenó en la
ocupación de las mismas por parte de vecinos del barrio, ocupación que trajo
pelea entre sectores del barrio, pelea muy funcional para tapar esta mala
gestión, “las viviendas no se entregan correctamente porque los villeros
las ocupan” y pelea que genera guerra entre pobres y deja bien oculto al
generador de estos males, un sistema corrupto.
En el año 2006, al mismo tiempo que se terminaron las viviendas se vació un
terreno para seguir construyendo. Este terreno, nuevamente tras el paso del
tiempo y sin ninguna acción sobre el mismo, fue ocupado (octubre 2007) y 50
familias construyeron su vivienda.
El 1º de julio y nuevamente para ocultar sus manejos, el municipio, un gran
despliegue policial desalojó el terreno, sin garantizar que los desalojados
tengan una vivienda donde habitar, demolió casas de material hechas a lo
largo de un año con mucho esfuerzo. Esta situación muy estratégicamente
pensada para dominar, desintegrar, desarmar, vuelve a generar peleas dentro
del barrio y una imposibilidad de defender derechos básicos como el de tener
una vivienda digna”.
Fuente:
www.prensadefrente.org / 17-7-08
La metamorfosis de la resistencia social en
creación política plantea:
1. “Autonomía o hegemonía”
Emir Sader (Sin Permiso), en “¿Autonomía o hegemonía?”, afirma:
“La resistencia al neoliberalismo, especialmente a lo largo de la década de los 90, fue protagonizada particularmente por los movimientos sociales, sea por la renuncia de muchas fuerzas partidarias a desempeñar ese papel, sea porque los efectos más crueles del neoliberalismo se dan, precisamente, en el plano social. En ese momento se formuló la expresión "autonomía de los movimientos sociales", con el sentido de luchar contra la subordinación a las fuerzas políticas y luchar por el predominio de las fuerzas que más directamente expresaban los intereses populares.
Pero ¿qué significado puede tener la autonomía social? ¿Autonomía frente a qué? ¿El "otro mundo posible" puede ser construido a partir de la "autonomía social"?
Esa autonomía apunta a la centralidad de la "sociedad civil", para contraponer al Estado, a la política, a los partidos, al poder – conforme fue consagrado en la Carta del Forum Social Mundial. En el límite, se identifica con dos versiones teóricas: la de Toni Negri, por un lado, y la de John Holloway, por el otro, ambas tienen en común la contraposición al Estado, promoviendo, en contraposición, la esfera social.
Esa concepción prevaleció durante la década de los 90 cuando, puestas en defensiva las fuerzas anti-neoliberales se concentraron en el plano social, desde donde lanzaron sus principales movilizaciones. A partir del momento que se puso en evidencia el desgaste precoz del modelo neoliberal – particularmente después de las crisis en las tres mayores economías del continente, México, Brasil y Argentina – la lucha pasó a otra fase: la de construcción de alternativas y de la disputa por una nueva dirección política.
Se fueron sucediendo así las elecciones de presidente, como rechazo a los gobiernos neoliberales, en 8 países del continente – ya con tres reelecciones – marcando la fase de transferencia de la esfera predominante hacia la política.
Quien no entiende esa nueva fase, dejó de captar la marcha de la lucha anti-neoliberal. Quien persiste en la “autonomía de los movimientos sociales” quedó relegado al corporativismo, oponiendo autonomía a hegemonía y renunciando a la lucha por la construcción del “otro mundo posible”, que pasa por la conquista de gobiernos, para afirmar derechos – dado que el neoliberalismo es una máquina de expropiación de derechos. Además de que otros elementos esenciales del anti-neoliberalismo, como la regulación de la circulación del capital financiero, la recuperación de la capacidad reguladora del Estado, el freno a los procesos de privatización, el avance en los procesos de integración regional, entre otros, suponen acciones gubernamentales.
Transformar la autonomía en una categoría absoluta – en cualquier esfera: social, política, económica o ideológica – significa no captar el peso de las otras instancias y entender la política como una esfera entre otras y no como la síntesis de todas ellas. La evaluación de los gobiernos tiene que ser hecha en función de la naturaleza de su programa y de su capacidad de realización, en el caso de nuestro continente, en el período actual, por la acción contra el modelo neoliberal y a favor de los procesos de integración regional y contra los Tratados de Libre Comercio (TLC).
Los movimientos sociales son un componente, muy importante, pero no el único, del campo popular o del campo de la izquierda, como se quiera llamar, al que pertenecen también las fuerzas políticas, gobiernos locales, estaduales (provinciales) o nacionales. Nunca los movimientos sociales, autónomamente, dirigirán o han dirigido un proceso de transformación en la sociedad. Para hacerlo, tuvieron que – como en Bolivia – construir un partido, en este caso el MAS (Movimiento al Socialismo); esto significa restablecer, de una nueva forma, las relaciones con la esfera política, para poder construir una hegemonía alternativa.
La autonomía que tiene
sentido en la lucha emancipatoria es aquélla que se opone a la subordinación
de los intereses populares y no la que se opone a la hegemonía, que articula
obligatoriamente las esferas económica, social e ideológica, en el plano
político. El paso de la defensiva – concentrada en la resistencia social - a
la lucha por una nueva hegemonía, caracteriza la década actual del
continente, que se transformó, de laboratorio de experiencias neoliberales,
en el eslabón más frágil de la cadena neoliberal del mundo”.
Fuente:
www.rebelion.org/ Opinión/ 14-7-08
Tiene
cierta coincidencia con Cristina Fernández en el juicio de la Presidenta
acerca de si se quiere presentar proyecto de sector o de país hay que
constituir un partido político (aun cuando el Justicialismo o el Radicalismo
sólo obedezcan a los lobby) y postularse a candidatos en las elecciones.
Si bien es cierta esa concepción de autonomía de los movimientos sociales,
también lo es que el camino propuesto por Emir Sader no es la alternativa
democrática y ese mal menor nos hunde cada vez más en una ocupación
imperialista del país o sea en crecimiento acelerado de la concentración y
desnacionalización tanto económica como territorial.
De ahí
que me incline por un frente cultural-político hacia las
construcciones siguientes:
2. “Pensamiento y constitución de sujetos resistentes”
En el Segundo Encuentro Nacional por un Nuevo Pensamiento, iniciativa del Instituto de Estudios y Formación CTA, a fines de 1999, Julio Gambina sostiene:
“No resultaba posible la transformación operada en la
Argentina de los últimos 20 años sin el genocidio, sin enviar al exilio a
miles de personas e intentar disciplinar a millones al interior del país. En
definitiva, sin generar miedo en la sociedad, no había condiciones para
realizar esta transformación.
El poder actuó sobre la restricción de las prácticas sociales y la capacidad
de generar pensamiento crítico, alternativo, nuevo.
De esta manera lograron la desestructuración del movimiento popular y ello significó la pérdida de organización solidaria de los trabajadores y el pueblo, pero también la desaparición de una identidad conjunta y compartida, así como permitió la asunción de un pensamiento con valores contrarios a la identidad popular.
Creo que en nuestro pueblo hay muchas ideas incorporadas que son ideas del enemigo, ideas del pensamiento único, ideas de la sociedad que no queremos. Por ejemplo, la concepción consumista instalada, deviene de un pensamiento y una práctica que considera que el valor esencial pasa por tener y no por ser”.
Explica:
1. Sentido común y la cuestión subjetiva
“El pensamiento constituye una acción deliberada que implica un trabajo para lograr que un orden de ideas se instale como sentido común de una sociedad. ¿Qué quiere decir ‹sentido común›? Algo tan simple como eso que nos dice cualquiera en el barrio, en la familia, en la casa y que representa “lo normal”.
Hoy, el pensamiento único logró que “lo normal” sea todo aquello relacionado con el mercado. Así, cuando pagamos la cuota de la cooperadora en la escuela pública estamos sosteniendo a la escuela pública con el aporte privado de la familia. Nos hacemos cargo de la educación de nuestros hijos y aparece como “normal” porque si no, no hay tizas, no hay borrador o no hay tantas cosas más para que funcione el aula en la Argentina.
Y esto que decimos para la educación se “naturaliza” del mismo modo en la salud, la justicia y ni que hablar en lo laboral. Aquí “no trabaja el que no quiere” –se dice- mientras hay millones de desocupados y subocupados.
Por lo tanto, el pensamiento llamado neoliberal, el pensamiento único es en realidad pensamiento hegemónico. ¿Qué quiere decir hegemónico? Que está grabado en buena parte de las cabezas de la sociedad, de los que hacen del pensamiento una práctica teórica, pero sobre todo de la gente común, del pueblo.
Esto contribuye a reproducir las condiciones en que funciona la sociedad, en particular las formas de dominación y explotación bajo las nuevas modalidades que involucra a desempleados, precarios y changarines en la lógica de la plusvalía.
Si el principal legado del neoliberalismo es la destrucción de sujetos, en tanto sujetos pensantes para cambiar la realidad, nuestro desafío es enfrentar esta situación, volver a constituir sujetos que -desde su práctica política, sindical, social, teórica, familiar y personal- piensen distinto al sentido común generalizado. Que puedan –que podamos- ser capaces de constituir un nuevo sentido común:
Ø reinstalar la solidaridad como valor de sentido común en lugar del consumismo;
Ø reinstalar la resistencia en lugar de la subordinación.
El camino para realizar esa instalación conceptual se articula con la práctica resistente cotidiana. Desde una resistencia que tiene que generalizarse, porque en la medida en que el pueblo protagoniza espacios de resistencia –aún espacios de resistencia individual- pone de manifiesto su capacidad para levantar una propuesta de confrontación con la situación de desigualdad y explotación existente en la Argentina.
Desde esa constitución de sujetos que resisten, es posible pensar una realidad distinta, se puede pensar en una práctica teórica popular, crítica, transformadora, nueva (…)”.
2. Democracia y Estado
A fines de 1999, Julio Gambina responde a la pregunta:
“¿qué imagen hay en la
cabeza de nuestra gente sobre Estado y Democracia y acerca de ambas
categorías en relación con la Desigualdad?
Creo que subsisten resabios de una concepción que no tiene que ver con la realidad que se deriva de los cambios ocurridos en el último cuarto de siglo. Son resabios que nos impide generar nuevos pensamientos y constituir nuevos sujetos para la resistencia.
Aún persiste la idea de que la categoría democracia estaba vinculada a niveles de distribución equitativa de la riqueza. Antes sabíamos que cada vez que había golpe de estado, se venía la metida de manos a los bolsillos de los trabajadores. Pero, al mismo tiempo, existía la certeza contraria: que cada vez que se abría un proceso democrático, se podía pensar en distribución del ingreso.
Entonces, hay una identificación de la democracia con superación de la desigualdad, con justicia social y se mantiene la sensación de que esta democracia procedimental o formal que tenemos, está funcionando relativamente bien, con una buena valoración por parte de la sociedad que está esperando que esa democracia le resuelva los problemas.
La gran contradicción aflora cuando, desde el punto de vista de la democracia como proceso sustantivo, como cuestión de fondo, las recientes elecciones presidenciales de octubre pasado, se hicieron sobre la base del ajuste y la gente votó en forma masiva y mayoritaria pese a que, como nunca, se les dio difusión a los sectores que impulsaban el voto en blanco o el no voto.
Hoy vemos viajes de los posibles ministros a Nueva York y Washington para comprometerse con los acreedores o hace pocos días en el foro de IDEA en Mar del Plata, disputándose quién iba a ajustar más y los grandes aplausos y titulares de los diarios, diciendo “Aprobó IDEA” ¿Quién es IDEA? IDEA es el foro de pensamiento hegemónico en la Argentina. Son los grandes empresarios que condicionan la gobernabilidad de la Argentina y para hacerla gobernable, plantean como tema sustancial la reforma laboral, la reforma de la justicia, la reforma de la educación, la reforma de la salud, todas en conjunto constituyen las llamadas reformas de segunda generación.
Y claro son reformas pensadas para resolver el problema de la rentabilidad y seguridad jurídica del capital.
De esta manera, para discutir el tema de la democracia es necesario remar contra la corriente del sentido común que disocia la democracia formal de la democracia que implica el poder del pueblo, para el pueblo y por el pueblo en su definición más clásica.
En definitiva, la problemática central tiene que ver con el poder popular y la forma de enfrentar el proceso de profundización de la desigualdad. Porque el principal problema de la desigualdad ni siquiera está en la distribución de la riqueza, aunque todos los medios hablen de eso y se sorprendan y agiten sobre el particular.
El problema de la desigualdad radica en cómo está organizada económicamente la sociedad argentina y mundial, estructura que determina formas de producción y distribución inequitativas.
Por eso, no alcanza con decir ¡qué cosa lo de los pobres!, instalar algunos planes focalizados de asistencia, mantener paliativos como el Plan Trabajar o cosas por el estilo.
El problema de fondo radica en que la desigualdad es constitutiva de la forma de funcionamiento de la sociedad, cuestión que no está siendo discutida en la Argentina, ni en términos globales en el plano mundial. Lo que se plantea es, en todo caso, alguna tarea de asistencia correctiva, contenedora del conflicto social, tal como expresa en el plano político la llamada tercera vía y sus distintas variantes en el plano mundial; o desde el punto de vista económico, los propios organismos financieros internacionales. (…)
Sucede con la categoría ‹Estado› algo similar a lo descrito respecto del concepto ‹Democracia›. En gran parte, el pueblo argentino sigue asociado al Estado benefactor, populista o desarrollista, respondiendo a una concepción vigente durante buena parte del siglo. Desde que –durante la década infame- los conservadores, el capital dominante, acercaron el Estado a la actividad económica, subsiste la idea de que el Estado puede resolver algunos problemas de las clases trabajadoras. Esos sectores –los conservadores- necesitaban del Estado para superar la crisis en la que habían caído en el 30. Por lo tanto, la estructura pública vino a resolver como muleta la forma de funcionamiento del capitalismo, claro que en el marco internacional de la existencia de un poder socialista desde 1917 en adelante. Por eso, necesitó también que la organización de los trabajadores se gestara a través de este mecanismo de contención social que se llamó Estado benefactor.
El problema es que ahora el Estado mantiene su condición de benefactor, pero a favor de otros beneficiarios. Recordemos que no es cierto que haya menos Estado. Hay menos Estado para los pobres, hay menos Estado para los trabajadores, pero hay mucho más Estado para afirmar el modelo de concentración económica. Hay un Estado que cuando hay crisis de ingreso de los jubilados, dice que la familia se haga cargo. Por el contrario, cuando hay crisis financiera de los banqueros, el Estado dice: el pueblo debe hacerse cargo.
Ante este panorama, resulta de fundamental importancia la manera en que nosotros actuemos para desarrollar nuevas prácticas y constituir nuevos sujetos y a partir de ese proceso logremos obtener nuevas síntesis políticas. (…)
Durante años se asoció la figura del Estado con la solución de los problemas de nuestra gente y creo que algo de ese sentimiento se mantiene. Pero no comprender hoy que el Estado actual, que la hegemonía política que hay en el Estado actual no va a jugar para los sectores populares es un grave error, es seguir descansando sobre la certeza de que el Estado actual puede generar soluciones.
Por lo tanto, el problema pasa por nosotros, por la sociedad civil de contenido popular. Hablo de sociedad civil de contenido popular porque también IDEA o la Sociedad Rural son sociedad civil pero sociedad civil hegemónica que actúa sobre el gobierno, que se mueve desde y con el poder dominante.
¿Qué Estado queremos?
La cuestión está en el poder popular que implica discutir entre nosotros el tema de la democracia. No sólo la democracia en el ámbito de la sociedad, sino también qué democracia estamos construyendo en nuestras organizaciones, qué democracia construimos en el marco del conjunto del movimiento popular.
Es imprescindible fortalecer nuestras organizaciones, a través del debate, aplicando el concepto de pluralidad. No necesitamos homogeneidad, sino que afloren incluso contradicciones, que son producto de nuestra historia. Articulando la discusión construyamos una democracia distinta, caso contrario es imposible salir a disputar con la democracia hegemónica, que se limita a lo formal, a la cuestión electoral como todo cauce de participación popular.
Otro tema en discusión es ¿qué Estado queremos? Creo que el Estado al que aspiramos es aquél que se subordina a los intereses y demandas del movimiento popular. Pero para trascender con esta discusión debemos romper las barreras de nuestras organizaciones para llegar a la sociedad. (…)
La propuesta popular tiene que instalar la práctica que
desarrollamos desde la CTA, el movimiento cooperativo, las organizaciones de
género, intelectuales, de derechos humanos, ecologistas,…en el sentido de
constituir un nuevo pensamiento que sea síntesis global.
Porque no es factible enfrentar al pensamiento global si no es desde una
alternativa global. (…)
En síntesis, se trata de avanzar sobre lo acumulado hasta
ahora, reconociendo los límites que impone un sentido común favorable a la
dominación (…)”.
Fuente:
Democracia, Estado y Desigualdad
Eudeba e Instituto de Estudios y Formación, 2000
3. Construcción de una cultura política alternativa
Ana Pagano señala:
“La posibilidad de pensar en un gobierno de la educación que democratice los bienes culturales y sociales, necesita incorporar modos de pensar y de hacer política a partir de una matriz renovada de edificación social.
Por eso, vale la pena lanzar una mirada hacia los procesos de movilización social que se fueron dando durante las últimas décadas en nuestro país y en la región y que permiten delimitar focos clave para la construcción de una cultura política alternativa a la lógica neoliberal. (…)
Los modelos de construcción de poder que prevalecen en estos movimientos intentan superar la lógica binaria y dicotómica sobre las formas de pensar y actuar en escenario social (o sea, no sólo a partir de enfrentamientos antagónicos). Para ello, se parte de un reconocimiento sobre la complejidad del campo político, es decir, se lo caracteriza como multidimensional, heterogéneo, dinámico y contingente.
Asimismo, en la organización institucional de estos movimientos y grupos se configura una matriz interaccional en la que, a pesar de las tensiones y conflictos, prevalecen como elementos clave que orientan las prácticas de desconcentración en la toma de decisiones, la flexibilización de los lineamientos políticos, una movilidad en los roles y funciones (alejadas de las jerarquías) junto al diálogo y a la tolerancia de los desacuerdos y diferencias.
A la vez, la construcción de un poder alternativo posee –para estos grupos- aristas novedosas que, de distintos modos, ligan lo político y la construcción de poder a la transformación de la vida cotidiana, de la cultura y de la subjetividad. Se construyen así, nuevos sujetos políticos, capaces de producir representaciones, símbolos, ideas, imágenes, ritos y modos de acción que incluyen distintas formas de pensar y de fundamentar la realidad y que frente a la desesperanza y el individualismo reinante, mantienen viva la necesidad de construir horizontes utópicos en un marco de solidaridad social. (…)
Pareciera que estos elementos de los movimientos sociales y populares, que aportan en la construcción de una cultura política alternativa, necesitan, para aumentar su incidencia, inscribirse en otras esferas que les permitan desarrollar un ejercicio de orden político significativo que tienda a desplazarlos del sitio de los “espacios subalternos” hacia ámbitos que le otorguen un nuevo lugar en la vida democrática.
Es decir, se trata de que la sociedad civil funde nuevos espacios de incidencia en la vida pública, valore el papel de lo político y coloque como central la cuestión del poder (tanto en lo que se refiere a formas de ejercicio como de integración).
Despunta así una idea de lo público, alejada del carácter monolítico del Estado (el poder no se localiza sólo allí) y de su voz “universal”.
Esto implica la posibilidad de generar espacios estables y
duraderos (alejados del actual corto plazo) de encuentro, confrontación y
negociación donde los asuntos colectivos se hallan en manos no sólo del
Estado sino también de estos grupos de la sociedad civil para que, en este
marco, cada actor, con sus distintas visiones y puntos de vista, sea
reconocido en sus intereses y demandas con el mismo nivel de validez y de
legitimidad (…)”.
Fuente:
Democracia, Estado y Desigualdad
Eudeba e Instituto de Estudios y Formación, 2000.