PLANTEO / IDEOLOGÍA / PREMISAS E HIPÓTESIS
Hace diez años, la mayoría de los diversos de abajo ocupamos algunos de los principales espacios públicos para rechazar el neoliberalismo y la democracia representativa. Raúl Cerdeiras (La Fogata), en “¿Es el kirchnerismo un acontecimiento político?”, nos señala respecto a esa inflexión histórica y el proceso reactivo del kirchnerismo:
"(...)el 19/20 de diciembre del 2001 es el nombre que marca la irrupción de formas políticas nuevas en ruptura con el orden de la democracia SA. Junto con los otros movimientos de lucha latinoamericanos forma un puñado de incipientes puntos de partida sobre los cuales hay que trabajar pensando en la posibilidad de refundar una nueva secuencia de políticas emancipativas, luego del letargo que padecemos desde hace casi 30 años de reacción neoliberal e impotencia de la vieja izquierda. (...)
4.- La operación kirchnerista.
Apoyándome en decisiones que considero suficientes y decisivas para enmarcar una definición política clara, afirmo que el proceso kirchnerista ha tomado la posición reactiva frente a la posibilidad de esa invención política nueva.
En primer lugar, la negación de la huella acontecimiental. El discurso oficial califica a la época que yo considero que estaba plagada de síntomas que abrían nuevas posibilidades, como un "infierno". Pero no un infierno en tanto caudal inaudito de fuego destinado a incendiar un pasado para construir sobre sus cenizas algo distinto, sino como portador de una anarquía disolvente y peligrosa para "todos los argentinos" (¿todos?).
Después, habrá que extinguir ese presente. Pero nosotros sabemos que extinguir el nuevo presente es, políticamente hablando, debilitarlo, demostrar que con los antiguos métodos se pueden obtener también mejoras, que las revueltas son en vano, que comienzan con mucha ebullición pero siempre terminan en nada o en un desastre. Allí generalmente se recurre al manual del ex Tupamaro Mujica que ha escrito su memorable ensayo acerca de las virtudes del "extremo centro". Por la vía de mejoras económicas y la afirmación plena de que la política es un instrumento del Estado para tratar de cambiar la sociedad (afirmación clave que identifica política con Estado y nos hunde para siempre en el pasado y en el presente de los poderosos) se termina de apagar ese incendio. Y la frutilla del postre estriba en reforzar la posición de víctimas de las poblaciones explotadas miserablemente y presentar al Estado como la institución que los viene a socorrer.
Por último, la subordinación del sujeto fiel al sujeto reactivo. En esencia eso significa no la aniquilación del cuerpo (sus organizaciones, ideas, asambleas, etc.) de los incipientes sujetos fieles a la huella del acontecimiento (como lo tramaría un sujeto oscuro) sino la absorción, integración e institucionalización de las organizaciones y personas protagonistas de la época "infernal". Aquí el Estado, en su función decisiva de ser el garante último de toda estructura económico-social, tiene un papel preponderante. Su principal tarea será invertir la dirección del movimiento que se desparramaba desde abajo y apuntaba a dislocar lo que está arriba. Subordinar significa que lo de arriba vuelva a imponer su lógica a los de abajo (...)". Fuente: Boletín de La Fogata - Año XI - 25-11-2011
En "El país de los sentidos que se bifurcan", el Colectivo Editorial Crisis opina que "la primera década del siglo XXI culmina con un régimen de representación en pleno funcionamiento aunque sus rasgos determinantes son la movilidad y el imprevisto".
¿Cómo el kirchnerismo alcanzó hegemonía? "Proyectada desde las usinas estatales, la imagen de una Argentina que crece expandiendo su consumo, se impuso de manera abrumadora. Los desniveles y atropellos que persisten, producto de la expansión de un modelo con buenos y malos modales, son alisados por el enduido de los programas sociales y los subsidios, y luego retocados por la inteligencia publicitaria oficial. En este contexto no sólo la crisis parece haber quedado atrás, incluso la polarización pertenece a un pasado a la vez reciente y remoto(...)". Fuente: revista Crisis nº 7/ Buenos Aires/ octubre y noviembre de 2011
El matrimonio K se identifica capitalista pero encubre el carácter del 'modelo' de herramienta recolonizadora o del crecimiento económico que aumenta la sumisión del país al imperialismo bajo liderazgo de EE.UU. . Aún más, la Presidenta convoca a aceptar que los intereses del gran empresariado coinciden con los de los trabajadores y del pueblo en general. Pero lo cierto es que el capitalismo hoy mundializado progresa de modo antagónico con la vida y la dignidad humana de pueblos e individuos. Por ejemplo, Vía Campesina advierte:
"(...)El acaparamiento de tierras es un fenómeno global promovido por las élites y los inversionistas locales, nacionales y transnacionales, y los gobiernos con el objetivo de controlar los recursos más preciados del planeta. Las crisis alimentarias, financieras y climáticas globales han desatado un apuro entre inversionistas y gobiernos pudientes por adquirir y apropiarse tierras y recursos naturales ya que éstos son los únicos puertos a salvo que quedan para garantizar rendimientos financieros. Fondos de pensiones y otros fondos de inversión se han convertido en poderosos actores en el acaparamiento de tierras, al mismo tiempo que sigue habiendo guerras para apoderarse del control de las riquezas naturales. El Banco Mundial y los bancos regionales de desarrollo están facilitando el acaparamiento de la tierra y el agua al promover políticas y leyes convenientes a las corporaciones empresariales, al facilitar acceso a capital y garantías para los inversionistas, y al fomentar un modelo de desarrollo económico extractivo y destructivo. El Banco Mundial, el FIDA, la FAO y la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo han propuesto siete principios que legitiman el acaparamiento de tierra por parte de empresas comerciales y estados inversionistas. Dirigida por varias de las corporaciones transnacionales más grandes, la Alianza por la Revolución Verde en Africa apunta a transformar la agricultura campesina en agricultura industrial y a integrar a los/as campesinos/as a las cadenas globales de valor aumentando así enormemente su vulnerabilidad al despojo de tierras.
El acaparamiento de tierras va más allá de las estructuras imperialistas tradicionales Norte-Sur; las corporaciones transnacionales pueden tener sus sedes en Estados Unidos, Europa, Chile, México, Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Tailandia, Malasia y Corea del Sur, entre otros países. Se están acaparando tierras en Asia, África, las Américas y Europa para la agricultura industrial, las plantaciones forestales, la minería, los proyectos de infraestructuras, los embalses, el turismo, los parques naturales, la industria, la expansión urbana y los fines militares. Pueblos indígenas y minorías étnicas están siendo expulsadas de sus territorios por fuerzas armadas, aumentando su vulnerabilidad y en algunos casos incluso resultando en su esclavización. Las falsas soluciones de mercado al cambio climático están creando nuevas formas de alienar a las comunidades locales de sus tierras y recursos naturales(...)". Nyeleni, noviembre 19 de 2011
Fuente original:
Vía Campesina
Fuente:
http://www.biodiversidadla.org/Principal/Contenido/Documentos/Declaracion_de_la_Conferencia_!Detengamos_el_acaparamiento_de_tierras_ya
--------
La situación actual en Argentina es descripta por el Colectivo Editorial Crisis y el Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), en "La vida por el metro cuadrado": “(…) No hay datos ciertos sobre el acaparamiento de tierras, desde que los catastros provinciales están amañados y la información pública ya no es confiable. Pero una certeza se impone con el peso inconmovible de los consensos democráticos: en los próximos años se profundizará un tipo de apropiación de los territorios cuya rentabilidad resulta extraordinaria, pero que expulsa a los pobladores y se apodera de las riquezas naturales. En las reuniones del G-20 y de la FAO que tuvieron lugar en Europa a fines de junio, el Ministro de Agricultura argentino defendió enfáticamente el modelo agroexportador, e hizo un llamado a multiplicar la producción de granos a nivel global. En el mismo sentido, el Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial 2010-2016 presentado por la Presidenta, propone aumentar la producción nacional de soja (que ya es record) en un 70 %, proyección que fue festejada con el mismo fervor por los economistas del Plan Fénix y por Héctor Huergo, director del suplemento Rural de Clarín. La contradicción entre el diagnóstico que se hace y las políticas implementadas resulta patente.
Es obvio que no conviene estrangular a la gallina de los huevos de oro, diría cualquier analista serio. Y para blindar su razonamiento, podría mencionar tendencias recientes de consecuencias insospechadas: según el banco Barclays Capital, se registra en los últimos meses un nítido vuelco del destino inversor de los fondos de pensiones a nivel global hacia el mercado de los commodities, incluyendo alimentos y tierras agrícolas. Si en 2001 se invertían en todo el mundo unos 6000 millones de dólares en dicho rubro, el aluvión dinerario actual alcanza los 400.000 millones, es decir 66 veces lo que hace diez años. Difícil hallar una definición más exacta del neoliberalismo: el dinero de la seguridad social está siendo utilizado para fogonear la especulación financiera con los alimentos.
Suele suceder que las mayores obviedades estén sostenidas por los razonamientos más absurdos. Tan entusiasmados estamos por capturar mayores porciones de la renta financiera global, que ni siquiera nos interesa conocer los costos que naturalmente conlleva, expresados en la sustracción acelerada de recursos no renovables. Para dar sólo un ejemplo: hoy son 20 millones las hectáreas afectadas al monocultivo; si los planes de prosperidad anunciados se cumplen, la cantidad de hectáreas sojizadas pasará a ser de 30 millones en el año 2016, lo que implica el territorio entero de las provincias Córdoba y Santa Fe sumadas.
Por otro lado, suele escucharse que al invertir en la explotación de bienes locales apetecidos en el exterior, se fomenta el desarrollo regional de quienes vivieron históricamente relegados de los circuitos productivos. Pero una y otra vez se constata que la actividad extractiva expulsa a los pobladores y estimula las migraciones hacia las principales ciudades, reforzando así su centralidad. También es cierto que buena parte de los ingresos fiscales dependen del aporte del campo, la minería o la explotación del crudo, y que una porción de tales beneficios financia los planes sociales y permiten un aumento del consumo masivo. Sin embargo, ese mercado interno en crecimiento está a duras penas sostenido por enormes masas de subsidios que el Estado nacional aporta a los sectores concentrados de la industria alimenticia para que los precios mínimos de la canasta básica no se disparen. Estamos atascados por un tipo de crecimiento económico esencialmente injusto, cuya promesa redistributiva nunca terminará de concretarse. Porque mientras mayores son las riquezas de que dispone el país, más se consolidan las jerarquías sociales y sus articulaciones de poder. Basta dar cuenta de la influencia que tiene este modelo de desarrollo en dos elementos fundamentales para la vida de las mayorías populares: la comida y la vivienda. De un lado, el avance sin límites de la industria agroexportadora permite que la producción de alimentos quede bajo control de las grandes trasnacionales del rubro. La extranjerización de la propiedad de la tierra que se pretende limitar por ley, se fomenta sin embargo en la dimensión productiva y en el uso de los suelos. Se subordina así la soberanía alimentaria a los criterios que impone el mercado mundial. Y perdemos la posibilidad siquiera de determinar el acceso y la calidad de nuestra propia alimentación. Por el mismo motivo, el control de la inflación en los productos básicos para la subsistencia es hoy una tarea imposible. En su afán de volverse invulnerables, los granos no sólo apelan a la genética y a los temibles insecticidas utilizados en la fumigación de los campos; además se trasmutan en ladrillos con los que se levantan montañas de concreto sub habitadas; y se expresan en millones de votos, para que una nueva derecha neoliberal se perfile como opción en las elecciones del 2015. Por último, el festival rentístico no es sólo un fenómeno rural. Penetra también en las ciudades, bajo la forma de una voraz especulación inmobiliaria, que presiona para elevar los precios de las propiedades y convierte a las mayorías urbanas en inquilinos a perpetuidad. En paralelo, los desarrollos inmobiliarios diseñan espacios de hostilidad para los pobres, desplazados permanentes sin origen ni destino, sin tierra ni vivienda. Con la misma propensión con que las áreas rurales y sus recursos se abren al arribo de los flujos monetarios globales, las metrópolis se blindan con cordones de seguridad frente a la llegada de los flujos migratorios regionales. Se trata de una lógica que engulle territorios y, al mismo tiempo, una manera de gestionar el dinamismo de las poblaciones, manteniéndolas siempre disponibles y subordinadas. El avance incontenible de este capitalismo extractivo y neodesarrollista genera cada vez mayores tensiones. Según las últimas cifras disponibles, de 2005, existen más de 13 millones de personas imposibilitadas de acceder al suelo, y más de 5 millones con “graves problemas dominiales, sin títulos de propiedad ni seguridad de tenencia de sus viviendas o tierras”. En el interior la disputa se dirime por cada metro cuadrado de territorio, entre campesinos, indígenas y pobres urbanos contra las trasnacionales y sus socios locales. En las periferias urbanas, las ocupaciones de terrenos son una posibilidad siempre latente, en la Capital o en el Conurbano, en la Patagonia y en Jujuy, porque las potencias populares siempre desbordan los estrechos límites fijados por la propiedad y el confinamiento pretendido por los planeamientos urbanos excluyentes. La maquinaria judicial casi en su totalidad está al servicio de la especulación rentística. Las mediaciones políticas saltan como fusibles, o sólo atinan a responder en el lenguaje de la Seguridad, con el correspondiente saldo de muertes. Un nuevo tipo de conflicto social se asoma. Y su aspecto es salvaje". Fuente: revista Crisis nº 6/ Buenos Aires/ agosto y septiembre de 2011
En consecuencia, el kirchnerismo recuperó la conciliación de las mayorías con el capitalismo e imperialismo. Es decir, restableció la creencia masiva en la democracia representativa cuya función ha sido y es legalizar y legitimar al poder económico e imperialista en su creciente apoderamiento de los bienes comunes sociales y naturales. En efecto, las transnacionales y sus socios locales vienen acaparándolas desde la dictadura genocida. Con Estado terrorista se implantó el motor de este sometimiento de Argentina a transferir riquezas e ingresos al capitalismo central: la deuda externa pública que, a la vez, vuelve concreta a la Ley de Entidades Financieras.
Preguntémonos cómo retomar esa política desde abajo y con sentido de liberación nacional y social teniendo en cuenta que la lucha contra la pobreza, plataforma común en el 2001, ha servido al capitalismo local para encubrir su superexplotación tanto de los trabajadores como de la naturaleza con políticas sociales para la supervivencia elemental hacia quienes expulsa. Incluso el BM y el BID imponen sus programas y prácticas imperialistas en nombre de erradicar la pobreza. Hoy el desafío es poner fin a la impunidad del poder económico e imperialista de las transnacionales, sus Estados del capitalismo central e instituciones globales. En primer lugar es hora de romper nuestra conciliación con las elites locales que han entregado el país y siguen dando fachada de democracia y de proyecto nacional a la ocupación integral de Argentina-Nuestraamérica por los oligopolios imperialistas.
La «reforma agraria integral» precisa ser asumida como lucha de emancipación del capitalismo e imperialismo y por eso, debe articular todas las resistencias al saqueo y la contaminación ambiental que se dan desde la afirmación de sujetos colectivos de derechos. Necesita de la unidad de los diversos de abajo en recuperar y crear territorios comunitarios como toma de poder de los pueblos para decidir sobre el destino común.
Ya avanza el hacer pública a la voluntad resumida en las siguientes declaraciones: “Para nosotros el Territorio es el derecho más importante que tenemos como pueblo; más importante que el derecho a la educación, a la salud… Porque ninguno de esos derechos tiene sentido, si no nos respetan el derecho al territorio…” (Marcos Pastrana, Dirigente Diaguita Calchaquí,Valles Calchaquíes, 2007) “El primer derecho vulnerado es el derecho a la autodeterminación… Qué queremos hacer nosotros como comunidad. Lamentablemente a nosotros nos han puesto el rótulo de comunidad minera. Nosotros no somos una comunidad minera…” (Dito Salas, Autoconvocados de Andalgalá, 2005).
Hace tres años se constituyó el espacio Carta Abierta y Nicolás Casullo definió que las resistencias de las asambleas de vecinos autoconvocados contra la megaminería a cielo abierto debían cesar para priorizar el enfrentamiento entre la derecha y el gobierno K. Lo cierto que esta lectura binaria de la realidad argentina encubre (como el bipartidismo lo hizo en los períodos anteriores de la democracia restringida) al creciente poder y enriquecimiento de las corporaciones imperialistas a causa de elites locales que se contentan con ser socias menores.
Todavía hoy persiste, tanto en el progresismo como en las izquierdas, un desconocimiento de la centralidad del modelo extractivo en la reestructuración socioeconómica que consolida la recolonización de Nuestra América. Tampoco dan relevancia a los ecocidios-genocidios que esas expropiaciones sistémicas perpetran. Para aclarar, propongo que leamos:
A.
"Territorio,
colonialismo y minería transnacional. una hermenéutica.
Crítica de las nuevas cartografías del imperio".*
Por Horacio Machado Aráoz**
"(...)Desde entonces, la configuración del capitalismo como economía-mundo se asentará sobre un orden geográfico asimétrico en el que los territorios y pueblos inferiorizados fueran constituidos como proveedores subordinados de bienes ambientales y trabajo esclavo para el abastecimiento de los procesos de acumulación y consumo predatorio de la ‘civilización’ dominante. En este proceso, resulta evidente cómo la configuración colonial del mundo supone insoslayablemente una estructura de explotación doble, racial y ambiental: “El descubrimiento de los yacimientos de oro y plata de América, la cruzada de exterminio, esclavización y sepultamiento en las minas de la población aborigen, el comienzo de la conquista y saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en un coto de caza de esclavos negros: son todos hechos que señalan los albores de la era de producción capitalista”. (Marx, 1992: 939).
En este sentido, América Latina emerge, desde su propia constitución moderna, como un espacio colonial, un espacio cuya organización territorial se instituye como expresión geográfica del proceso de conquista y colonización, en tanto acto fundacional (Dussel, 2001) del orden espacial moderno-colonial. En este sentido, hay que entender el acto de la conquista, en toda su dimensión, como un verdadero acto fundacional, no como mera ‘ocupación’, sino como creación de un nuevo territorio. El espacio ‘americano’, expresa, desde la conquista, la racionalidad actuante en y por el sujeto colonizador. Hay, a partir de allí, una segunda naturaleza, una naturaleza (re)creada y (re)semantizada desde la episteme del conquistador: constituido ya desde la negación de su propio nombre, y condenado a ser representado bajo un nombre impuesto. La configuración territorial, -organización espacial del conjunto de objetos naturales y artificiales, imbricados en un sistema de flujos de interacciones funcionales (Santos, 1996)- que caracteriza a la región no es ya sino un objeto de creación del propio acto de conquista. Desde entonces, el conjunto de objetos naturales, por un lado, ha sido sometido a un completo y sistemático proceso de (re)definición y (re)clasificación desde la nueva lógica utilitaria de la racionalidad formal dominante. De igual modo, el conjunto de objetos artificiales que han ido ‘poblando’ y transformando el paisaje, desplazando y/o re-adaptando las objetualidades preexistentes, expresan la refuncionalización del territorio a partir de una nueva infraestructura implantada, concebida ésta desde y por la lógica expropiatoria del acto colonial. De tal modo, el territorio regional cabe ser entendido ya como designio de la colonialidad propia del sistema-mundo moderno, como producto y portador de la historia colonial del orden moderno.
La especialización productiva inicialmente instituida en el acto fundacional de la apropiación colonial originaria ha quedado irremisiblemente marcada en la morfología específica de los espacios conquistados, de manera tal que esas formas socioterritoriales han operado posteriormente como fuerzas estructuradoras y estructurantes -huellas mnémicas- (Bourdieu, 1991; Giddens, 1995) que posteriormente coadyuvaron a los sucesivos procesos de refuncionalización de las configuraciones socioterritoriales de la región de acuerdo a los requerimientos y modalidades de los esquemas de acumulación dominantes. La historia de la explotación minera en América Latina constituye, en este marco, un caso emblemático de estos procesos; la misma está inseparablemente vinculada a los orígenes y evolución posterior de la conquista ibérica y al papel determinante que ésta tuviera en la historia económica de la región. La centralidad que la minería desempeñara en la dinámica de la ocupación del espacio y la estructuración de las relaciones sociales (económicas, políticas y culturales) en las noveles sociedades coloniales marcaría el posterior proceso de organización y diferenciación socioproductiva de las mismas; signaría las distintas ‘historias geoeconómicas’ desarrolladas en los mismos a partir de los roles desempeñados por sus respectivos territorios y poblaciones en los sucesivos esquemas coloniales vigentes históricamente. De tal manera, aunque expresa modalidades y lógicas expropiatorias completamente diferentes, hay una articulación histórica entre la minería colonial del siglo XV y la expansión de la mega-minería metálica del presente. El territorio, como acumulación de tiempos en cuyas formas naturales y artificiales porta la memoria de las divisiones del trabajo pretéritas (Santos, 1996a: 52), constituye la soldadura histórica entre uno y otro proceso.
4.-
Neoliberalismo,
minería transnacional y nueva geografía de la expropiación.
“Para
nosotros el Territorio es el derecho más importante que tenemos como pueblo;
más importante que el derecho a la educación, a la salud… Porque ninguno de esos
derechos tiene sentido, si no nos respetan el derecho al territorio…”
(Marcos Pastrana,
Dirigente Diaguita Calchaquí, Valles Calchaquíes, 2007) “El
primer derecho vulnerado es el derecho a la autodeterminación… Qué queremos
hacer nosotros como comunidad. Lamentablemente a nosotros nos han puesto el
rótulo de comunidad minera. Nosotros no somos una comunidad minera…”
(Dito Salas,
Autoconvocados de Andalgalá, 2005).
Si en el desarrollo precedente hemos caracterizado la particular política del capital como un imperialismo inscripto en la geografía es porque bajo la dinámica de su expansión, la organización espacial de los procesos productivos, los flujos de producción y circulación de mercancías a través de las distintas formaciones socioterritoriales, materializan una estructura de apropiación desigual y transferencia de valores excedentes, tanto de valores de cambio como de valores de uso. Es la organización espacial de los procesos de acumulación global la que funciona como dispositivo de expropiación y la que estructura las jerarquías geoeconómicas a través de un determinado esquema de división internacional del trabajo. A lo largo de los diferentes regímenes de producción que cabe distinguir en la sinuosa trayectoria del capitalismo histórico (Harvey, 1998; Boyer, 2007), las modalidades y características propias de los procesos expropiatorios han ido mutando, conforme a los cambios emergentes de las resistencias sociales, las transformaciones tecnológicas y sus correlativos patrones energéticos, y el esquema global de la división territorial del trabajo en las diferentes escalas del ‘mercado mundial’ como sistema geo-económico en su totalidad. Así, cada régimen de producción históricamente vigente puede entenderse como el producto de una modalidad políticamente constituida y predominante de producir y gestionar la ‘apropiación desigual del mundo’ a través de específicos arreglos institucionales, tecnológicos y geográficos.
Desde esta perspectiva, cabe entender al neoliberalismo como un nuevo régimen de producción, emergente del proyecto político imperial configurado a partir de la gran crisis del último tercio del siglo XX. Como lo ha caracterizado Harvey (2004), el neoliberalismo inaugura un nuevo ciclo de acumulación por desposesión, impulsando una profunda reorganización socioterritorial de los procesos productivos a escala global destinada a generar nuevos espacios de superexplotación tanto de la fuerza de trabajo (naturaleza interior) como de bienes y servicios ambientales (naturaleza exterior). La fragmentación socioterritorial que opera la inusitada movilidad del capital conlleva nuevas modalidades de imperialismo ecológico. Parte fundamental de dicho proceso, la profunda reconversión de la minería mundial acontecida bajo el impulso de las políticas neoliberales se ha constituido como un caso emblemático de las nuevas dinámicas expropiatorias. En efecto, en el caso de la minería, las reformas neoliberales impulsaron un profundo proceso de relocalización de las distintas fases de los procesos mineros en el plano mundial, promoviendo una acelerada concentración de las fases extractivas de la gran minería metalífera en América Latina. En el marco de este régimen y dadas las características económicas de la minería mundial, este proceso ha cristalizado en la reorganización y profundización del patrón de desigualdades ecológico-económicas (y biopolíticas) entre las distintas sociedades que conforman la geografía mundial del capital.
Para visualizar estas implicaciones, es importante tener en cuenta ciertas características 'económicas’ de la minería mundial.
En primer lugar se trata de un sector tempranamente globalizado y fuertemente orientado al mercado mundial; desde sus orígenes, la extracción y el comercio de minerales ha sido uno de los principales dinamizadores del mercado mundial.
Asimismo, se trata de un sector que muestra altos niveles históricos de concentración; en particular, desde fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX, la minería ha sido pionera en ‘incubar’ la emergencia y desarrollo de grandes empresas transnacionales, siendo hoy de un sector que muestra altos niveles de concentración e integración vertical bajo el mando de un grupo reducido de corporaciones transnacionales.
En tercer lugar, la actividad minera mundial muestra una clara diferenciación en el perfil de la especialización ‘productiva’ de los territorios nacionales, distinguiéndose la configuración nítida entre países y regiones históricamente proveedores de recursos mineros en bruto, y regiones especializadas en el procesamiento y consumo industrial de los insumos mineros.
Hay así, en el plano mundial, una geografía de la extracción muy diferente de la geografía del consumo de minerales. Históricamente, regiones enteras han funcionado como proveedoras por excelencia de los recursos mineros requeridos por los países industrializados. Como se puede observar en el Cuadro que toma el caso del cobre como insumo paradigmático de la industria del siglo XX, la distribución geográfica de las distintas etapas de producción del mineral, desde su extracción hasta su consumo final, delinea claramente la jerarquía de las economías nacionales y regionales, localizándose las fases netamente extractivas, de mayor impacto ambiental y de menor valor agregado en los países con pasado colonial, (eufemísticamente denominados en las estadísticas oficiales como ‘países en vías de desarrollo’), en tanto que, a medida que se va avanzando en el nivel de procesamiento, se va incrementando la proporción de los países industrializados. De tal manera, a través de su peculiar configuración socioterritorial a escala mundial, la minería transnacional ha montado un gran dispositivo geográfico de transferencia de bienes y servicios ambientales entre regiones y países. Esto, que es una característica histórica, se ha intensificado y adquirido nuevas consecuencias e implicaciones con la ‘especialización extractiva’ instalada durante la fase neoliberal. En tal sentido, el proceso de relocalización de las fases extractivas de la industria minera mundial a la región ha sido el dispositivo básico a través del cual se han montado las nuevas dinámicas expropiatorias. Se trata en primer lugar, de un proceso por el cual un conglomerado reducido de grandes empresas transnacionales ha adquirido el control de las vastas reservas de minerales críticos y estratégicos en la región. En esta dimensión elemental, la expropiación geográfica implica la capacidad de disposición sobre el control de los territorios y el acceso y uso de los bienes y servicios ambientales de los mismos. Esto no implica sólo la apropiación diferencial de los recursos mineros que son objetos de la explotación, sino que involucra también a grandes extensiones territoriales que este tipo de explotaciones requiere disponer en términos de superficies intervenidas y de mega-infraestructuras implantadas (carreteras, hidrovías, electroductos, mineraloductos, presas hidroeléctricas, etc.) al exclusivo servicio de estas explotaciones. Sólo a modo ilustrativo cabe reseñar que las concesiones otorgadas a grandes empresas mineras en la región llegaron a cubrir, en estos años a más del 10 % de la superficie territorial total (Cifuentes Villarroel, 2006), alcanzando más de 46.000 km2 en el Ecuador, 80.000 km2 en el caso de Chile, 110.000 km2 en el Perú, y más de 190.000 km2 en la Argentina (Guajardo, 2007; Bury, 2007; Prado, 2005).
Tanto más relevante que la apropiación de recursos no renovables, cabe señalar que junto a ella, estas explotaciones demandan altísimos consumos de bienes y servicios ambientales en sus procesos extractivos. En particular, en el caso de la megaminería metalífera a cielo abierto, se insumen enormes cantidades de agua, energía y capacidad de sumidero. De acuerdo a estimaciones realizadas por realizadas por Borregaard (2001) y Cuenca Berger (2008a) para el caso chileno, cada tonelada de cobre exportada por Chile en los últimos años ha insumido también 40 m3 de agua, 3 MWh de energía y la ‘generación’ de 28 toneladas de relaves tóxicos. Hacia el año 2008, la gran minería metalífera en Chile consumía el 39 % del total de la energía disponible en el país, situándolo al borde del colapso energético (Cochilco, 2008). En cuanto al agua, las grandes explotaciones mineras han ocasionado una grave situación de stress hídrico en las regiones más áridas del país (Antofagasta y Atacama) poniendo en riesgo la disponibilidad del vital elemento para el consumo de las poblaciones locales (Cuenca Berger, 2008b). De tal modo, esta reorganización de la cadena de valor de la minería mundial -controlada desde los vértices por las grandes empresas transnacionales mediante el dominio monopólico de la tecnología, los flujos financieros y comerciales-, ha significado la implementación de nuevos mecanismos de transferencias de excedentes económico-ecológicos desde los territorios especializados en la fase ‘extractiva’ hacia los centros de procesamiento y consumo de los minerales.
Este esquema de ‘especialización asimétrica’, hace que los países de la región se ‘integren’ como eslabones subordinados (los de menor valor agregado y de difusión tecnológica, y los de mayor impacto socioambiental) de los flujos verticales de la minería global. Así, los territorios de la región se constituyen como correas de transmisión tanto de excedentes financieros (capitalizados por las extraordinarias tasas de ganancias que absorben las empresas) como de ‘excedentes ecológicos’, proveedores netos de bienes y servicios ambientales (recursos mineros, hídricos, energéticos y espacios de emisión y deposición de efluentes tóxicos) mediante los cuales se subsidia la voracidad consumista de los centros mundiales de poder. A través de estos procesos –que por lo demás no es una problemática nueva para el pensamiento social latinoamericano que en la segunda mitad del siglo XX ha discutido largamente las implicaciones económicas y políticas de las ‘economías de enclave’- se configuran mecanismos estructurales de integración subordinada de la región a la dinámica de la economía mundial.
Tiene que ver con lo que Milton Santos llama ‘alienación territorial’ (1996a: 127). Mientras que en el plano geopolítico global, los territorios son extrañados de sus poblaciones para pasar a funcionar como fuentes de provisión y reservas estratégicas de bienes y servicios ambientales, en el plano geoeconómico interno, opera la desestructuración de las economías locales, cortando los flujos y encadenamientos productivos endógenos, desarmando la heterogeneidad y complementariedad local de los espacios, y transformándolos, creándolos, como nuevos espacios coloniales; caracterizados por ‘paisajes excéntricos’, determinados por una ‘deformidad’ estructural que emerge de la ultraespecialización extractiva exportadora, y sus derivaciones: hipertrofia sectorial, fuertes asimetrías regionales y sectoriales, patrones tecnológicos y de consumo exógenos e imitativos; deformidades todas que, en conjunto, estructuralmente, re-producen el drenaje de valores (financieros y ecológicos) que, en definitiva, terminan materializando el sistemático vaciamiento territorial.
Como se puede notar, la obscena asimetría en la apropiación de la ‘renta minera’ no es un ‘problema en sí mismo’ derivado (sólo) del esquema fiscal, sino que se trata más bien de un efecto emergente del esquema socioterritorial inherente al ‘modelo minero’ y que opera como dispositivo estructural de subalternización de los territorios (y las poblaciones) intervenidos; produce el extrañamiento-alienación de unas poblaciones respecto de sus territorios. Se trata, así, en definitiva, de la expropiación primera; expropiación básica en función de la cual se producen, como efecto en cadena, todas las demás expropiaciones que conforman el nuevo paisaje del neocolonialismo global".
------
Horacio Machado Aráoz nos ayuda a comprender cuáles son las graves consecuencias del modelo que es promocionado como progreso y bienestar tanto por la Presidenta como por los gobernadores en:
"A modo de conclusión.
En
el presente trabajo intentamos delinear los trazos gruesos el imperialismo
ecológico y el racismo ambiental como dispositivos histórico-estructurales, mas
políticamente determinados (esto es, intrínsecamente contingentes y sujetos a la
deriva de la acción) de la lógica y dinámica de orden moderno-capitalista
mundial. Un sistema
cuya estabilización demanda la continua colonización de los territorios (formas
de vida) ha precisado pensarse, desde sus orígenes, como un sistema expansivo:
como una maquinaria de producción/destrucción de espacios como fuentes de
provisión de las energías naturales y sociales que alimenten la producción,
circulación y acumulación sin fin del valor. Ese expansionismo estructural
ha fraguado históricamente en un imperialismo inscripto en la geografía. Para su
legitimación:

Ha precisado
construir una episteme centrada en la radical separación entre Naturaleza
y Sociedad; entre Cuerpo y Razón que permita después justificar la
expropiación de
unas poblaciones (cuerpos) de sus territorios (medios de vida).
Ha precisado pensar el territorio como espacio de ejercicio del poder/dominación, sujeto al imperio ya del Estado, ya del Capital. Ha debido pensar también formas legítimas de apropiación de los territorios; lo que ha llevado a construir representaciones jerárquicas y naturalizadas de la diversidad cultural.
Hemos intentado sugerir cómo y de qué maneras específicas, el neoliberalismo constituye una nueva fase de este cíclico proceso de expropiación / apropiación colonial de la vida, en sus fuentes naturales y en sus formas sociales. Y cómo las transformaciones que determinaron este último ‘auge minero’ en América Latina, constituyen una expresión paradigmática de las nuevas modalidades y dispositivos expropiatorios; se erigen como ‘instrumento’ ejemplar (y ultra-eficaz) de producción de los nuevos paisajes coloniales. Las ‘inversiones’ mineras producen en realidad un ‘mundo invertido’, en el que el ‘orden de las cosas’ está dado vueltas; en realidad, una geografía ´patas para arriba’. La base fundamental de todas las inversiones, es la apropiación radical que el capital opera de los territorios; expropiación primera que quiebra los vínculos de las poblaciones-cuerpos respecto de sus territorios-Tierra. Los espacios locales dejan de ser (significar/funcionar-como) fuentes de producción de valores (económico-ecológicos) locales para el sustento de las poblaciones que los habitan/producen; pasan a ser ahora fragmentos de extracción para los ‘nuevos territorios en red’ de la economía global.
La lógica extractivista configura los espacios locales como ‘territorios del saqueo’. Opera una dinámica de vaciamiento territorial (apropiación/expropiación de bienes y servicios ambientales y de rentas financieras) apenas disimulada por la ilusión monetaria y el consumismo fugaz que alienta en sus fases de ‘auge’. Las demandas y requerimientos ecológico-energéticos que extrae de los territorios producen poblaciones desplazadas de sus propios espacios-medios formas de vida. Ello implica una nueva forma de producción de la subalternidad: mientras que en el pasado se trataba de una subordinación de los cuerpos a través de la apropiación (directa) del trabajo, hoy se trata de una subordinación que pasa por la expropiación de los cuerpos a través de la disposición sobre sus territorios. Los requerimientos ecológicos que las industrias extractivas demandan de los territorios (apropiación de los medios de vida) se trasvasan en exigencias e imposiciones identitarias (colonización de las formas de vida). Aunque no todos sino sólo unos pocos ‘trabajen en la mina’, la totalidad de la población intervenida pasa a ‘girar’ en torno a la mina. La vida social toda transcurre y se desenvuelve ahora (hasta el ‘cierre’ y más allá) por, para, en función de la ‘minera’… Más allá de las aspiraciones y voluntades locales, el proceso tiende a convertirlos en un ‘pueblo minero’… Se trata así, igualmente, de una (nueva) forma de expropiación/dominación eco-bio-política. La expropiación/alienación de los territorios se constituye en la fuente y la base de todas las expropiaciones. Es así expropiación geográfica: enajenación del propio espacio de vida; expropiación ecológica: enajenación de las fuentes proveedoras de nutrientes; expropiación económica: extrañamiento de los medios de trabajo y de sustento; expropiación política: secuestro de derechos y de la condición de ‘ciudadanos’. Es finalmente expropiación cultural y expropiación histórica: produce poblaciones que no son ‘dueñas’ de nombrarse; que no son ‘dueñas’ de su tiempo: ni de su pasado, ni de su futuro.
Como se vio, el
concepto de imperialismo ecológico refiere a los mecanismos históricamente
variables de apropiación forzada y transferencia sistemáticamente asimétrica de
bienes y servicios ambientales desde los territorios subalternizados hacia los
centros de poder y consumo, al ‘financiamiento’ del poderío económico de
las economías dominantes en base a la degradación ecológica de las periferias.
El mismo está inherentemente asociado a la clasificación racial del mundo, como
criterio fundamental para la jerarquización política de la población mundial
(Quijano, 2000). En la narrativa colonial occidentalocéntrica, este proceso
resulta justificado por el ‘papel histórico’ que a cada pueblo le toca ejercer
en la realización del Espíritu:
“al pueblo al que
corresponde tal momento como principio natural (…) es el dominante en la
historia universal y en ella sólo puede hacer época una vez. Contra éste su
absoluto derecho a ser portador del actual grado de desarrollo del espíritu del
mundo, los espíritus de los otros pueblos están sin derecho (…), no cuentan en
la historia universal”
(Hegel,
Filosofía del
Derecho, cit.
en Lander, 2000).
*III Jornadas del
Doctorado en Geografía. Desafíos Teóricos y Compromiso Social en la Argentina de Hoy,
La Plata, Facultad de
Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata,
29 y 30 de septiembre de 2010
**Cátedra de Filosofía de las Ciencias Sociales (Esc. de Arqueología)
Cátedra de Sociología (Fac. de Humanidades)
Laboratorio Tramas – Doctorado en Ciencias Humanas
Universidad Nacional de Catamarca
Fuente: http://jornadasdocgeo.fahce.unlp.edu.ar/trabajos/Machado.pdf
"(...)A más de 15 años de transitada la experiencia social de la radicación del primer mega-emprendimiento minero metalífero a cielo abierto, nuestra sociedad local ha experimentado una drástica transformación de su entorno natural y social. La irrupción de este tipo de explotaciones –centralmente ligadas a los avatares del mercado mundial- ha significado un abrupto proceso de reconfiguración socioterritorial, que –una vez más- bajo el revestimiento legitimador de un ‘proyecto modernizador’ –esta vez, bajo la retórica de la globalización-, se ha impuesto ciegamente, con irresponsables niveles de desconocimiento por parte de la dirigencia política local y sin la adecuada participación de la población.
De hecho, las poblaciones de la provincia de Catamarca se vieron forzadas a ‘conocer’ la naturaleza e impactos de este tipo de explotaciones por medio de la vivencia directa de tales consecuencias en tanto poblaciones damnificadas. Ciertamente se verifica una radical transformación en las modalidades y condiciones de vida de las comunidades más directamente afectadas por estas explotaciones, mas no en el sentido de las promesas realizadas por el discurso modernizador oficial. La falta de empleo, la pobreza estructural y la población en condiciones de inseguridad alimentaria siguen siendo problemas crónicos en nuestra realidad provincial, agravados ahora por el drástico deterioro de las condiciones ambientales de los ecosistemas locales, la falta de acceso a la tierra y al agua, el deterioro estructural de las economías locales y la destrucción de los medios de vida y estrategias de reproducción de los grupos domésticos1.
Como en otros lugares del mundo, este tipo de explotaciones ha significado el drástico deterioro de las condiciones ecológicas, económicas, culturales y políticas de la vida en las comunidades locales. Una vasta bibliografía y crecientes investigaciones en curso dan cuenta de los graves y, en muchos casos, irreparables daños que implican las explotaciones mineras a gran escala con el uso de sustancias tóxicas; lo que, de hecho, la han convertido en una de las industrias más fuertemente resistidas a nivel mundial. La destrucción y alteración a gran escala de ecosistemas y paisajes enteros, con el consiguiente impacto negativo sobre la flora y la fauna; la afectación de la cantidad y calidad de los suelos y los cuerpos y cursos de agua; el deterioro de la calidad atmosférica por la emisión de gases tóxicos y de material particulado con presencia de metales pesados; la generación de procesos de drenaje ácido de mina y el descomunal consumo hídrico y energético que este tipo de explotaciones insume, constituyen algunos de los impactos ambientales más gravosos y más ampliamente reconocidos2.
Sumado a la destrucción y despojo ecológico-territorial que implica este tipo de explotaciones, su incidencia micro y macro económica resulta abiertamente negativa: más allá de los índices de crecimiento de los valores de mercado extraídos y de las alzas en las exportaciones, estamos en presencia de ‘economías de enclave’, de tipo netamente extractiva y que -como ha sido estudiado en profundidad desde el estructuralismo latinoamericano y las teorías económicas de la dependencia en los años ’60 y ’70-, sólo producen una dinámica de integración subordinada al mercado mundial, con actividades con muy bajo impacto en la generación de empleo, sin eslabonamientos locales que permitan la difusión del ‘crecimiento’ a otros sectores y mucho menos, que alienten el desarrollo de capacidades endógenas de la estructura productiva local3.
Como investigadoras/es, docentes y estudiantes, no nos cabe desconocer el origen de las transformaciones estructurales que dieron lugar a la repentina avanzada de la minería transnacional sobre la riqueza geológica de América Latina y de nuestro país, en particular; tampoco sus condiciones y sus consecuencias histórico-políticas. En tal sentido, no se puede pasar por alto que este fenómeno se halla profundamente ligado y forma parte de las políticas neoliberales aplicadas desde los años ’70 hasta nuestros días, y a sus siniestros objetivos geopolíticos.
Impulsadas por los organismos multilaterales y las instituciones financieras internacionales (FMI, BM, BID, OMC, etc.), y suscriptas en los países de nuestra región por las dictaduras militares de los ’70 y luego afianzadas con las ‘reformas institucionales de los ’90 (privatizaciones, apertura comercial y financiera indiscriminada, liberalización y desregulación de las relaciones laborales y del acceso y explotación de los ‘recursos naturales’, etc.), tales políticas impulsaron una masiva ‘transferencia’ y relocalización de las denominadas industrias ‘sucias’ en general, y extractivas, en particular, desde los países centrales hacia las diferentes regiones y economías periféricas del sistema capitalista mundial, como respuesta a la ‘crisis ecológica’ que empieza a visibilizarse en la agenda política mundial a inicios de los años ’70.En el caso concreto de la industria minera, el Banco Mundial propició una profunda reforma del régimen legal minero, basado en tres ejes principales: permitir el libre e irrestricto acceso del capital transnacional sobre la reserva de recursos geológicos de la región a través de un nuevo régimen de concesiones mineras4; un sistema especial de grandes beneficios fiscales y comerciales que se propician como ‘incentivos’ a la inversión minera, considerada ‘de alto riesgo’ y de ‘largo plazo’ de amortización5; y una legislación y sistemas de controles ambientales extremadamente laxos y con estándares bastante menos exigentes que los vigentes en los países centrales6. Aplicado inicialmente en el régimen dictatorial de Pinochet en Chile (Decreto Ley N° 600/74 del Estatuto de Inversión Extranjera; Ley Orgánica Constitucional N° 18.097/81 sobre Concesiones Mineras) y adoptado luego, en sus contenidos principales, por el resto de los países de la región durante la década de los ’90, tales reformas se implementaron en nuestro país a partir del año 1993, cuando se sanciona la Ley N° 24.196, de Inversiones Mineras, seguida de una serie de leyes complementarias7. El objetivo manifiesto de tales reformas fue el de propiciar la ‘recuperación’ de las tasas de rentabilidad de las empresas mineras, afectadas en sus operaciones en los países centrales por los rendimientos decrecientes de sus yacimientos, los mayores costos fiscales y presiones sociales ante los impactos ecológicos de las actividades extractivas y las crecientes limitaciones y regulaciones en materia ambiental y sanitaria en tales países8.
Las nuevas condiciones políticas e institucionales instauradas bajo la oleada neoliberal significaron la pérdida de la capacidad de regulación y control por parte de los estados nacionales frente a las grandes corporaciones transnacionales, la apropiación destructiva de los bienes ecológicos (denominados en la jerga tradicional como ‘recursos naturales no renovables’), y la fenomenal apropiación de las rentas y excedentes financieros que éstas realizan a través de este ‘modelo minero’ implantado. El territorio latinoamericano se convirtió en proveedor intensivo de bienes y servicios ambientales para abastecer la desenfrenada carrera consumista del ‘mercado mundial’.
El ‘modelo minero’ es un caso paradigmático de este proceso: tras las reformas neoliberales –aún vigentes, cabe aclararlo- América Latina no sólo se convirtió en el ‘destino privilegiado’ de la inversión minera transnacional (pasando de captar el 11 % a más del 35 % de la misma en el lapso de las dos últimas décadas) sino también en el proveedor por excelencia de recursos mineros cada vez más escasos y estratégicos a nivel mundial: en la actualidad, la riqueza geológica de la región abastece el 45 % del cobre, el 40 % de la plata, y poco más del 25 % del zinc, el estaño y el oro que se consume a nivel mundial, siendo que, en promedio, el consumo de minerales de la región representa apenas el 5 % del consumo mundial (Sánchez Alvabera et al., 1998; Sánchez Alvabera y Lardé, 2006; Campodónico y Ortiz, 2002; Moussa, 1999) . Junto a esta expropiación ecológica directa –relativa a la apropiación desigual de ‘recursos no renovables’ como los minerales- acontece una velada apropiación indirecta de bienes y servicios ambientales, ligados a los requerimientos ambientales que implica la actividad extractiva: para dimensionar este aspecto cabe señalar que una explotación a cielo abierto estándar implica la voladura de 150 mil toneladas de montaña por día, el consumo de 1000 litros de agua por segundo, alrededor de 5 MW de energía eléctrica por tonelada de mineral concentrado y entre 30 y 50 millones de litros de combustible anuales (Instituto de Estudios Económicos Mineros-GTZ, 1993; COCHILCO, 2008).
En este contexto y a la luz de los efectos observados, asumimos que la creciente resistencia social de las poblaciones a estas explotaciones constituye una legítima reacción a los daños e impactos referidos así como a las frustraciones provocadas por las vanas promesas de prosperidad económica y laboral. A lo largo de la última década puede verse, no sólo en nuestra realidad provincial sino ya en toda América Latina, la expansión y crecimiento de los conflictos sociales provocados por la instalación de mega-emprendimientos mineros. Salvo en contadas excepciones donde las poblaciones pudieron acceder al derecho a decidir por medio de consultas populares sobre la radicación o no de empresas mineras, los conflictos han dado lugar a un escenario de creciente deterioro y vulneración de los derechos de ciudadanía de las poblaciones. Gobiernos locales y nacionales desde México a nuestro país, pasando por Guatemala, Colombia, Ecuador, Perú y Chile, han respondido a estos conflictos con una preocupante e inaceptable distorsión de la vida democrática de nuestros pueblos, asumiendo la defensa de los intereses de las grandes corporaciones y constituyéndose en garantes de la ‘seguridad jurídica’ de las mismas, aún a costa de la represión de las demandas de su propia ciudadanía. De manera creciente, los conflictos mineros en particular, y los conflictos socioambientales en general, han desencadenado una preocupante tendencia a la criminalización y judicialización de la protesta9.
En las expresiones más ‘benévolas’, los intentos por acallar las resistencias sociales a la mega-minería transnacional han significado el despliegue de sofisticadas herramientas de marketing social y fabricación de corrientes de opinión ‘favorables’ sustentadas en los dispositivos ideológicos de la denominada ‘Responsabilidad Social Empresaria’10. La corrupción y el clientelismo público y privado constituyen elementos endémicos en las denominadas ‘nuevas localidades mineras’ producto de las estrategias gubernamentales y empresariales de asistencialización de las poblaciones a través de todo tipo de dádivas. En las actuales condiciones de desfinanciación de las instituciones de salud y educación pública y del retroceso de los derechos económicos y sociales en general, las poblaciones e instituciones locales quedan sujetas a este tipo de prácticas manipulatorias, generando nuevas formas de indefensión y subalternización.
Es en este mismo marco que tiene lugar el rol que, por acción u omisión, desempeñan las universidades públicas. Muchas de las deficiencias presupuestarias, las falencias de infraestructura, de recursos para la cobertura de servicios o actividades de formación e investigación, y aún las magras condiciones salariales del personal que aquejan desde hace mucho a nuestras instituciones académicas han sido un peligroso caldo de cultivo para la avanzada de velados mecanismos de financiación privada y de consecuente funcionalización del prestigio y los ‘productos’ de las universidades por parte de grandes intereses corporativos. Como han planteado destacados investigadores sociales contemporáneos, este tipo de fenómenos se inscribe dentro de las preocupantes tendencias hacia la reestructuración neoconservadora de las instituciones del saber, paralelas y complementarias a los cambios mencionados en las estructuras y formas de dominación geopolítica mundial, en las que la que la ciencia sufre los embates hacia la privatización y la mercantilización de sus prácticas y productos (Souza Santos, 2009; Lander, 2006).
En el caso específico de nuestra comunidad universitaria, desde distintos niveles y bajo diferentes modalidades se han venido entablando vínculos de supuesta cooperación e intercambio con las empresas mineras en particular, mediados por aportes económicos provenientes de éstas. Ya a través de la financiación de proyectos específicos, de contratos de consultoría para con docentes-investigadoras/es de nuestra Casa, de becas estudiantiles y de donativos de diversa índole que van desde materiales e insumos hasta equipamiento e infraestructura, la intervención de las empresas mineras en el aporte de recursos para el sostenimiento de las actividades universitarias se ha tornado una práctica usual y no problematizada, omitiendo las gravosas implicaciones epistémicas, éticas y políticas que las mismas conllevan11.
Ya sea a través de donativos circunstanciales, mediante las sofisticadas prácticas de ‘Responsabilidad Social Empresaria’ o a través de fondos específicos formalmente canalizados en cumplimiento formal de la letra de la ley N° 14.771 -cuyo espíritu y sentido originario se omite y se burla-, la creciente financiación directa y/o indirecta que las empresas mineras empiezan a desempeñar de modo naturalizado sobre la vida y las actividades de nuestra universidad, conllevan una serie de consecuencias y efectos que, desde nuestra formación científica, no podemos omitir ni desconocer.
En concreto, este tipo de prácticas implican no ya sólo una preocupante degradación de las imprescindibles condiciones de independencia universitaria respecto de grupos de interés y de poder privados, sino que, más aún, pueden llevar a tergiversar el sentido y el carácter PÚBLICO que debe tener y preservar nuestra Universidad en el conjunto e integralidad de sus ámbitos de actuación.
Los vínculos de cooperación y la injerencia financiera de las empresas (mineras y de otro tipo) en las actividades de la vida universitaria pueden conducir a confundir y hasta subordinar nuestros objetivos institucionales con los de las corporaciones privadas y pueden llevar al tejido de redes de relaciones y alianzas incompatibles con el carácter de servicio público que deben revestir las acciones de investigación, formación y extensión de nuestras unidades académicas. Pero fundamental y decisivamente, en el contexto de nuestra sociedad local, estos vínculos contribuyen a brindar un cuestionable aval social a la actuación de las empresas; significan, de hecho, asumir una postura que resulta manifiestamente funcional a la legitimación social que precisan las empresas para operar y que implica omitir y/o desconsiderar las voces de reclamos y protestas de nuestras propias poblaciones afectadas.
Es por eso que, en virtud de estas consideraciones, la comunidad académica de la Escuela de Arqueología resuelve democráticamente y por consenso:
· Expresar el decidido rechazo de las políticas neoliberales que hicieron posible y que siguen sustentando la radicación y expansión de mega-explotaciones mineras con el uso de sustancias tóxicas, y que permiten que nuestras riquezas naturales sean apropiadas y usufructuadas por grandes corporaciones transnacionales a costa de la degradación y vulneración del entorno ambiental y de derechos de nuestras comunidades, reclamando una urgente revisión e imprescindible cambio de la legislación minera vigente.
· Declarar, a la luz de las investigaciones existentes, la inviabilidad e inaceptabilidad económica, ecológica y política del modelo de minería transnacional a gran escala bajo las actuales condiciones, impuesto como supuesto ‘modelo de desarrollo’ para nuestros pueblos.
· Manifestar nuestro más enérgico repudio a las políticas de represión y criminalización ejercidas contra las legítimas manifestaciones de protesta y resistencia social frente al modelo minero, extendiendo nuestra solidaridad a las poblaciones de Catamarca más directamente afectadas en las violaciones de sus territorios y bienes ambientales y en la vulneración de sus derechos de ciudadanía.
· Nuestra unidad académica decide rechazar y repudiar cualesquiera donativos, aportes y toda injerencia económica –bajo cualesquiera de sus modalidades- provenientes de las empresas mineras. En particular, decidimos RECHAZAR los fondos provenientes de las utilidades de YMAD-Alumbrera, bajo la excusa de la aplicación del art. 18 de la Ley N° 14.771, entendiendo que constituye una flagrante vulneración del sentido y el espíritu originarios de dicha disposición y que, bajo las actuales circunstancias, ha sido vilmente manipulado por una empresa altamente cuestionada social y judicialmente por su desempeño ambiental y social, con el manifiesto interés de solapar sus responsabilidades legales y políticas a través de la propaganda y la cooptación de sectores de nuestras universidades. Entendemos que no hay argumentos válidos ni usos legítimos de tales fondos que puedan soslayar tales circunstancias y las gravosas implicaciones éticas y políticas que de ellas se derivan. En el marco de un espíritu de convivencia democrática que saluda y cultiva la diversidad de posiciones y la confrontación argumentativa, hacemos un llamado a las autoridades de nuestra Universidad a asegurar el presupuesto necesario para el normal funcionamiento de las actividades y obligaciones académicas, apelando a la aplicación de los recursos que el Estado Nacional recauda a través de los impuestos regulares, únicos ingresos fiscales auténticamente genuinos para el sostenimiento del servicio público de la formación universitaria y la investigación científica al servicio de los intereses superiores de nuestro pueblo.
· Hacemos pública nuestra advertencia sobre las onerosas consecuencias epistémicas y políticas que conlleva el giro privatista que se procura operar sobre nuestras universidades, forzándolas, mediante la dependencia financiera, a transformarse en productora de bienes y servicios cognitivos para el mercado. Desde el punto de vista epistémico, dicha tendencia supone e implica la imposición de un nuevo régimen de producción del conocimiento monopólicamente dictaminado por los intereses dominantes del mercado, relegando y hasta suprimiendo la rica diversidad de criterios de valoración/utilidad social del saber bajo la instauración del criterio unidimensional de la ‘rentabilidad’. Desde el punto de vista político, tales tendencias afectarían gravemente las aspiraciones a la construcción y profundización de condiciones democráticas de convivencia política, desplazando hacia lugares marginales el papel de la crítica como función de la ciencia y la apropiación colectiva y pública de los conocimientos como recursos para la participación ciudadana en la determinación del orden social.
· Hacemos, finalmente, un llamado a la comunidad académica de la UNCa y a la sociedad en general a entablar una férrea defensa del carácter público de nuestra Universidad. Invitamos, en especial, a emprender un profundo debate sobre las distintas modalidades y circunstancias que afectan o pueden llegar a afectar el carácter de SERVICIO PÚBLICO que cualifican y debe distinguir el rol y las funciones de nuestra Universidad, solicitando en particular a nuestras autoridades universitarias, organizar y emprender un profundo debate democrático tanto sobre esta problemática en general, como en particular sobre la aceptabilidad o no de los fondos provenientes de las utilidades de la UTE YMAD-Alumbrera Ltd., y sobre el tipo de relaciones que nuestra Universidad mantiene y que debería mantener con las corporaciones mineras transnacionales, en el presente contexto.
* Universidad Nacional de Catamarca.
MAYO DE 2010.
Fuente:
http://www.naya.org.ar/alertas/declaracion%20catamarca.htm
En consecuencia, la «reforma agraria integral» como producto y proceso de lucha de emancipación del capitalismo e imperialismo se da contra el modelo extractivo que desterritorializa y reterritorializa en forma de ‘economías de enclave’ y de la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional (IIRSA) que también modifica radicalmente la geografía.
La otra política es la de las comunidades que se adueñan de sus territorios y de sus solidaridades constituyentes del país-mundo. Lo hacen ejerciendo la democracia directa e indirecta con base en hacerse cargo de superar el presente que Horacio Machado señala: se está desarrollando la "expropiación / apropiación colonial de la vida, en sus fuentes naturales y en sus formas sociales. (...) Las ‘inversiones’ mineras producen en realidad un ‘mundo invertido’, en el que el ‘orden de las cosas’ está dado vueltas; en realidad, una geografía ´patas para arriba’. La base fundamental de todas las inversiones, es la apropiación radical que el capital opera de los territorios; expropiación primera que quiebra los vínculos de las poblaciones-cuerpos respecto de sus territorios-Tierra. Los espacios locales dejan de ser (significar/funcionar-como) fuentes de producción de valores (económico-ecológicos) locales para el sustento de las poblaciones que los habitan/producen; pasan a ser ahora fragmentos de extracción para los ‘nuevos territorios en red’ de la economía global".
Confronta con "la lógica extractivista que configura los espacios locales como ‘territorios del saqueo’. Opera una dinámica de vaciamiento territorial (apropiación/expropiación de bienes y servicios ambientales y de rentas financieras) apenas disimulada por la ilusión monetaria y el consumismo fugaz que alienta en sus fases de ‘auge’. Las demandas y requerimientos ecológico-energéticos que extrae de los territorios producen poblaciones desplazadas de sus propios espacios-medios formas de vida. Ello implica una nueva forma de producción de la subalternidad: mientras que en el pasado se trataba de una subordinación de los cuerpos a través de la apropiación (directa) del trabajo, hoy se trata de una subordinación que pasa por la expropiación de los cuerpos a través de la disposición sobre sus territorios. Los requerimientos ecológicos que las industrias extractivas demandan de los territorios (apropiación de los medios de vida) se trasvasan en exigencias e imposiciones identitarias (colonización de las formas de vida). Aunque no todos sino sólo unos pocos ‘trabajen en la mina’, la totalidad de la población intervenida pasa a ‘girar’ en torno a la mina. La vida social toda transcurre y se desenvuelve ahora (hasta el ‘cierre’ y más allá) por, para, en función de la ‘minera’… Más allá de las aspiraciones y voluntades locales, el proceso tiende a convertirlos en un ‘pueblo minero’… Se trata así, igualmente, de una (nueva) forma de expropiación/dominación eco-bio-política. La expropiación/alienación de los territorios se constituye en la fuente y la base de todas las expropiaciones. Es así expropiación geográfica: enajenación del propio espacio de vida; expropiación ecológica: enajenación de las fuentes proveedoras de nutrientes; expropiación económica: extrañamiento de los medios de trabajo y de sustento; expropiación política: secuestro de derechos y de la condición de ‘ciudadanos’. Es finalmente expropiación cultural y expropiación histórica: produce poblaciones que no son ‘dueñas’ de nombrarse; que no son ‘dueñas’ de su tiempo: ni de su pasado, ni de su futuro".
Hace ocho años que el kirchnerismo construye hegemonía para hacer posible la legitimación de la ocupación y devastación de los territorios mediante el tan elogiado crecimiento económico. No sólo induce la creencia mayoritaria en que estamos en un presente promisorio y participamos de una gesta patriótica. Sino también, ante las graves consecuencias del modelo extractivo, instala "una visión fragmentada de los problemas en que se ocultan las causas profundas de los mismos para analizarlos o mostrarlos, muchas veces de manera sensacionalista, pero siempre aislados y producidos casi como 'fenómenos naturales'.
Por eso, lo primero y fundamental es recuperar la mirada integral de la problemática" advierte Carlos Vicente que continúa:"únicamente mirando y analizando la totalidad y la complejidad de la situación se podrá llegar a alguna conclusión útil para avanzar en alguna dirección y salir de la rueda destructiva en la que el modelo de agronegocio-soja-transgénicos nos ha metido".
En "El agronegocio: herramienta para la recolonización del continente", Carlos Vicente informa:
"En
Argentina, se sembraron en esta temporada (2009/2010) más de 18.000.000 de
hectáreas de soja transgénica bajo la técnica de siembra directa. Esta
superficie representa más del 50% de la superficie agrícola del país. El
100% de la soja que se cultiva es transgénica resistente al herbicida
glifosato" y ambos son propiedad de la empresa estadounidense Monsanto.
"El uso intensivo del
glifosato ya ha provocado el surgimiento de muchísimas malezas resistentes a
este herbicida. (...) Esta lluvia de agrotóxicos produce tremendos impactos
sobre la salud de la población, animales domésticos, cultivos alimenticios y
contamina suelos, cursos de agua y el aire en toda la extensión del cultivo
de soja. Suman cientos los casos denunciados por distintas organizaciones
e investigadores en los cuales está perfectamente documentado el impacto de
los agrotóxicos en las comunidades y sus producciones.
El monocultivo de soja
repetido año tras años en los campos produce una intensa degradación de los
suelos. Produce una pérdida de entre 19 y 30 toneladas de suelo en
función del manejo, la pendiente del suelo o el clima. Además cada cosecha
de soja extrae año a año miles de toneladas de nutrientes de nuestro suelo
que se exportan. (...) También cada cosecha de soja que se exporta se lleva
unos 42.500 millones de metros cúbicos de agua cada año(datos de la
temporada 2004-2005) correspondiendo 28.190 millones a la pampa húmeda.
Cada año se deforestan en
Argentina más de 200.000 ha de monte nativo por el avance de la frontera
agrícola debido fundamentalmente al cultivo de soja. Considerando que cada
500 ha de soja requiere de un trabajador rural es evidente la expulsión de
trabajadores y campesinos de esos territorios con monocultivo. (...)
El modelo sojero produce una enorme concentración de la tierra en pocas manos ya se por la adquisición de tierra por grandes productores o por su arrendamiento por los pooles de siembra (...)". Fuente: Resistencias populares a la recolonización del continente": parte I / compilado por Claudia Korol. - 1a ed. -Buenos Aires: América Libre, 2010
De modo que el agronegocio forma parte del modelo extractivo y del acaparamiento de tierras tan ejemplificador del avasallamiento de derechos humanos por el capitalismo e imperialismo. Pero hay resistencia desde los de abajo:
A. Compromisos de Vía Campesina y su plan de acción para concretarlos
""El acaparamiento de tierras desplaza y dispersa a las comunidades, destruye las economías locales y el tejido socio-cultural y pone en peligro las identidades de las comunidades. No hay forma alguna de mitigar los impactos de este modelo económico y las estructuras de poder que lo promueven. Nuestras tierras no están en venta ni para el arriendo."
Nosotros, campesinas y campesinos, pastores, pueblos indígenas y nuestros aliados reunidos en Nyeleni del 17 al 19 de noviembre de 2011, hemos venido de todas partes del mundo para compartir por primera vez nuestras experiencias de lucha contra el acaparamiento de tierras. El año pasado apoyamos el Llamamiento de Kolongo de las organizaciones campesinas de Malí que han tomado el liderazgo en organizar la resistencia local al apoderamiento de las tierras campesinas en África. Hoy, hemos venido a Nyeleni a dar respuesta al Llamamiento de Dakar que convoca una alianza global contra el acaparamiento de tierra pues estamos decididos a defender la soberanía alimentaria, los bienes comunes y el derecho a los recursos naturales de los/as productores/as de alimentos a pequeña escala".
Fragmento la Declaración para distinguir bien cómo se programa el poner fin al acaparamiento de tierras y bienes comunes:
1. Alianza global contra el acaparamiento de tierras por las elites e inversionistas del capitalismo e imperialismo
"En Malí, el gobierno se ha comprometido a entregar 800 mil hectáreas de tierra a inversionistas empresariales. Se trata de tierras que han pertenecido a las comunidades durante generaciones, incluso siglos, mientras que el Estado de Malí existe sólo desde los años 1960. Despojar a las comunidades de sus tierras es una violación de sus derechos históricos y consuetudinarios.
El acceso seguro y el control de la tierra y los recursos naturales están íntimamente ligados al disfrute de los derechos consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos - y en otros tratados regionales e internacionales - tales como el derecho a la libre determinación, el derecho a un estándar adecuado de vida, a vivienda, a alimentación, a salud, a la cultura, la propiedad y la participación. Constatamos con suma preocupación que los Estados no cumplen con sus obligaciones en esta materia y ponen los intereses de negocios por encima de los intereses de los pueblos.
El acaparamiento de tierras es un fenómeno global promovido por las élites y los inversionistas locales, nacionales y transnacionales, y los gobiernos con el objetivo de controlar los recursos más preciados del planeta. Las crisis alimentarias, financieras y climáticas globales han desatado un apuro entre inversionistas y gobiernos pudientes por adquirir y apropiarse tierras y recursos naturales ya que éstos son los únicos puertos a salvo que quedan para garantizar rendimientos financieros. Fondos de pensiones y otros fondos de inversión se han convertido en poderosos actores en el acaparamiento de tierras, al mismo tiempo que sigue habiendo guerras para apoderarse del control de las riquezas naturales. El Banco Mundial y los bancos regionales de desarrollo están facilitando el acaparamiento de la tierra y el agua al promover políticas y leyes convenientes a las corporaciones empresariales, al facilitar acceso a capital y garantías para los inversionistas, y al fomentar un modelo de desarrollo económico extractivo y destructivo. El Banco Mundial, el FIDA, la FAO y la Conferencia de la ONU sobre Comercio y Desarrollo han propuesto siete principios que legitiman el acaparamiento de tierra por parte de empresas comerciales y estados inversionistas. Dirigida por varias de las corporaciones transnacionales más grandes, la Alianza por la Revolución Verde en África apunta a transformar la agricultura campesina en agricultura industrial y a integrar a los/as campesinos/as a las cadenas globales de valor aumentando así enormemente su vulnerabilidad al despojo de tierras.
El acaparamiento de tierras va más allá de las estructuras imperialistas tradicionales Norte-Sur; las corporaciones transnacionales pueden tener sus sedes en Estados Unidos, Europa, Chile, México, Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Tailandia, Malasia y Corea del Sur, entre otros países. Se están acaparando tierras en Asia, África, las Américas y Europa para la agricultura industrial, las plantaciones forestales, la minería, los proyectos de infraestructuras, los embalses, el turismo, los parques naturales, la industria, la expansión urbana y los fines militares. Pueblos indígenas y minorías étnicas están siendo expulsadas de sus territorios por fuerzas armadas, aumentando su vulnerabilidad y en algunos casos incluso resultando en su esclavización. Las falsas soluciones de mercado al cambio climático están creando nuevas formas de alienar a las comunidades locales de sus tierras y recursos naturales.
A pesar del hecho que las mujeres producen la gran mayoría de los alimentos en el mundo, y de que son responsables del bienestar familiar y comunitario, las estructuras patriarcales existentes siguen provocando que ellas se vean despojadas de las tierras que cultivan y de su derecho a los recursos. Teniendo en cuenta que la mayoría de campesinas no tienen derechos a la tierra seguros y legalmente reconocidos, están particularmente expuestas a sufrir desalojos.
La lucha contra el acaparamiento de tierras es una lucha contra el capitalismo, el neoliberalismo y contra un modelo económico destructivo. Los testimonios de nuestras hermanas y hermanos de África del Sur, Brasil, Burkina Faso, Colombia, Francia, Ghana, Guatemala, Guinea Bissau, Honduras, India, Indonesia, Malí, Mauritania, Mozambique, Nepal, Níger, República Democrática de Congo, Senegal, Tailandia y Uganda, nos mostraron cómo el acaparamiento de tierras amenaza a la agricultura familiar a pequeña escala, la naturaleza, el medio ambiente y la soberanía alimentaria. El acaparamiento de tierras desplaza y dispersa a las comunidades, destruye las economías locales y el tejido socio-cultural y pone en peligro las identidades de las comunidades, ya sean de campesinos/as, pastores/as, pescadores/as artesanales, trabajadores/as, dalits o pueblos indígenas. Los que se alzan para defender sus derechos están siendo golpeados, encarcelados y asesinados. No hay forma alguna de mitigar los impactos de este modelo económico y las estructuras de poder que lo promueven. Nuestras tierras no están en venta ni para el arriendo".
2. Resistencia por organización, movilización y unidad de comunidades rurales y urbanas
"Pero no estamos vencidos. A través de la organización, la movilización y la unidad en nuestras comunidades, hemos sido capaces de parar el acaparamiento en muchos lugares. Además, nuestras sociedades reconocen cada vez más que la agricultura familiar y la producción de alimentos en pequeña escala es el modelo más sostenible desde el punto de vista económico, social y ambiental de usar recursos y garantizar el derecho a la alimentación para todos/as.
Recordando el Llamamiento de Dakar, reiteramos nuestro compromiso a resistir al acaparamiento de tierras con todos los medios posibles, a apoyar a todos aquellos y aquellas que luchan contra los acaparamientos de tierra y a ejercer presión sobre los gobiernos nacionales y las instituciones internacionales para que cumplan sus obligaciones con los derechos de los pueblos. Nos comprometemos específicamente a:
Organizar a las comunidades rurales y urbanas contra todas las formas de acaparamiento de tierras.
Reforzar las capacidades de nuestras comunidades y movimientos para reclamar y defender nuestros derechos, tierras y recursos.
Reclamar y asegurar los derechos de las mujeres en nuestras comunidades a la tierra y los recursos naturales.
Concientizar a la opinión pública sobre cómo el acaparamiento de tierras está causando una crisis para toda la sociedad.
Construir alianzas entre diferentes sectores y regiones, y movilizar a nuestras sociedades para detener el acaparamiento de tierras.
Fortalecer nuestros movimientos para lograr y promover la soberanía alimentaria y una auténtica reforma agraria.
Para realizar estos compromisos, vamos a desarrollar el siguiente plan de acción:
En lo relativo a la capacitación para organizar la resistencia local
Informar a nuestras comunidades sobre las discusiones y compromisos de esta Conferencia.
Construir nuestras propias fuentes de información sobre acaparamiento de tierras por medio de documentación de casos, compilación de información relevante y de pruebas sobre procesos, actores, impactos del acaparamiento de tierras.
Asegurar que nuestras comunidades reciban la información que necesitan con respecto a sus derechos, las leyes, las empresas, los contratos, etc., de manera que puedan resistir más efectivamente a los inversionistas y los gobiernos que traten de despojarlos de sus tierras.
Establecer sistemas de alerta temprana para prevenir a las comunidades sobre los riesgos y amenazas.
Fortalecer nuestras comunidades a través de la formación política y técnica, y recuperar nuestro orgullo de ser productores/as y proveedores/as de alimentos especialmente entre la juventud.
Promover los derechos de las mujeres a la tierra y los recursos naturales concientizando nuestras comunidades y movimientos sobre la importancia de respetar y proteger los derechos de las mujeres a la tierra especialmente en sistemas consuetudinarios de tenencia.
Desarrollar y usar los medios de comunicación locales para organizar a los miembros de nuestras comunidades y de otras, y compartir con ellos información sobre el acaparamiento de tierras.
Hacer que nuestros dirigentes cumplan las normas establecidas por nuestras comunidades, y obligarlos a que rindan cuentas ante nosotros, nuestras comunidades y organizaciones.
En lo relativo a la asistencia jurídica de defensa:
-Desarrollar nuestros propios sistemas de asistencia jurídica y
colaborar con expertos jurídicos y en derechos humanos. -Rechazar todas las formas de violencia y criminalización de
nuestras luchas y movilizaciones por la defensa de nuestros derechos. -Trabajar por la liberación inmediata de todas las personas
encarceladas por causa de sus luchas en defensa de las tierras y los
territorios; realizar urgentemente campañas de solidaridad con todas las
personas que sufren conflictos.

En lo relativo a la incidencia y la movilización:
Erigir el 17 de abril como el día global de la movilización contra el acaparamiento de tierras; identificar otras fechas adicionales de movilización para defender la tierra y los bienes comunes.
Elaborar nuestros argumentos políticos para poner en evidencia y desacreditar el modelo económico que fomenta el acaparamiento de tierras, así como los diferentes actores e iniciativas que lo promueven e intentan legitimar.
Establecer un Observatorio Popular sobre acaparamiento de tierra para facilitar la compilación de informaciones, comunicaciones, planes de acción, incidencia, investigación y análisis. Promover los derechos de las mujeres a través de programas de redistribución específicos para mujeres y otras medidas.
Promover leyes y políticas que respondan a las necesidades de las mujeres.
Construir alianzas estratégicas con la prensa y los medios de comunicación.
Llevar nuestros mensajes y reivindicaciones a nuestros diputados, gobiernos e instituciones internacionales.
Continuar involucrados en el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial y demandando que sus procesos, como el de las Directrices de la FAO sobre gobernanza de la tierra, la pesca y los bosques contribuyan realmente a proteger y promover los derechos a la tierra y los recursos naturales de los/as proveedores/as de alimentos en pequeña escala. Identificar y enfatizar a nivel local, nacional e internacional los espacios para la acción, la movilización y la construcción de una amplia resistencia social al acaparamiento de tierras.
Planear acciones de protesta contra corporaciones (incluyendo corporaciones financieras), el Banco Mundial y otras bancos multilaterales de desarrollo que se benefician e impulsan el acaparamiento de tierras y recursos naturales. Mantener oposición a los esquemas de auto-regulación del sector privado tales como los principios RAI del Banco Mundial.
Expandir y fortalecer nuestras acciones para lograr y promover la soberanía alimentaria y una auténtica reforma agraria, el reconocimiento de los sistemas consuetudinarios siempre y cuando salvaguarden los derechos de las mujeres, y la realización de los derechos de los/as jóvenes a la tierra y los recursos naturales.
Apoyar el control de los pueblos de sus recursos naturales a través de ocupaciones de tierras, ocupaciones de las empresas y corporaciones inversionistas, protestas y otras acciones de movilización de masas para reclamar sus bienes comunes.
Exigir a nuestros gobiernos que cumplan con sus obligaciones de derechos humanos, que cesen inmediatamente la transferencia de tierras y recursos naturales a inversionistas empresariales, que cancelen los contratos hechos, restituyan las tierras saqueadas y protejan a las comunidades rurales y urbanas del acaparamiento actual y cualquier acaparamiento futuro.
En lo relativo a las alianzas:
-Construir redes y alianzas fuertes de organizaciones a todos los
niveles - local, regional e internacional – con base en el Llamamiento de Dakar
y poniendo a los/as productores/as y proveedores/as de alimentos en el centro de
las alianzas.
-Forjar alianzas con miembros de los fondos de pensiones para evitar que estos fondos inviertan en proyectos que resulten en acaparamiento de tierras.
-Establecer alianzas estratégicas con la prensa y los medios para que transmitan fielmente nuestros mensajes y realidades. Refutar los prejuicios difundidos por la prensa dominantes con respecto a la lucha por la tierra y la reforma agraria en Zimbabwe.
Hacemos un llamamiento a todas aquellas organizaciones comprometidas con estos principios y acciones para que se unan a nuestra Alianza Global contra el Acaparamiento de Tierras que hoy de forma solemne lanzamos aquí en Nyeleni.
¡Globalicemos la lucha! ¡Globalicemos la esperanza!
Nyeleni, noviembre 19 de 2011
Fuente original:
Vía Campesina
Fuente:
http://www.biodiversidadla.org/Principal/Contenido/Documentos/Declaracion_de_la_Conferencia_!Detengamos_el_acaparamiento_de_tierras_ya
۞۞۞
B. Luchas por los bienes comunes y sus rumbos emancipatorios en Nuestramérica
En una conferencia realizada en abril de 2011, José Seoane recorre las luchas y las significaciones que han tenido los bienes comunes de la naturaleza a lo largo de los años haciendo énfasis especialmente en Argentina y Nuestramérica. A lo largó de su intervención Seoane planteará de forma integral las formas y consecuencias de la acumulación por desposesión y la crisis de la civilización dominante y propondrá analizar las luchas y la proyección de las mismas en defensa de los bienes comunes. Señala: "(...) A) Claramente si uno analiza la historia reciente de Latinoamérica y de la Argentina, estos “bienes comunes” están en el centro de las disputas sociopolíticas en la mayoría de nuestros países de manera creciente. No sólo por el incremento del número de estas luchas, sino también y particularmente por la capacidad de articulación política que tienen y por el papel importante que cumplen en la construcción de proyectos de cambio social. Y todo ello, tanto en el periodo de las resistencias al neoliberalismo como en el más reciente de crisis de su legitimidad y búsqueda de alternativas. Se podrían dar muchos ejemplos de este señalamiento, no tengo mucho tiempo para eso, pero pensemos por caso en la experiencia próxima de Bolivia, en ese período que va de la “Guerra del Agua” de Cochabamba (2000) a la “Guerra del Gas” (2003) y la “Agenda de Octubre” que surge de la misma y que va a orientar la acción de los movimientos populares en Bolivia y el primer mandato de Evo Morales (2006-2009).
Allí claramente, la disputa alrededor de los bienes comunes se transformó en el punto de articulación de las resistencias al neoliberalismo y en el inicio de un proceso de cambio promovido por un conjunto de fuerzas sociales y políticas que convergieron en una propuesta programática en relación con los hidrocarburos, la tierra y el territorio.
Para sumar algunas referencias sobre la Argentina, ya que la idea es discutir
los procesos en nuestro país, simplemente valga recordar que, durante el 2008,
la confrontación social tendió a estructurarse y polarizarse alrededor de que
hacer con la renta extraordinaria de las exportaciones agrícolas en el marco de
un ciclo de incremento internacional de sus precios. Así, aquello que se llamó
la disputa entre el “gobierno” y el “campo” alrededor de la
vigencia de la resolución 125, expresó en realidad un conflicto entre diferentes
fracciones del bloque dominante que cortó y alineó a la amplia mayoría de la
elite política y a buena parte del resto de las fracciones y clases sociales de
un lado o del otro. Permítanme dos ejemplos más, para hacer hincapié también en
las iniciativas y resistencias del campo popular.
Recordemos el año pasado; la lucha de la comunidad de La Primavera del pueblo
Qom en Formosa y la represión que sufrió y aún sufre –una pequeña muestra de lo
que es el proceso de expulsión de poblaciones campesinas indígenas en el norte
argentino, y el genocidio que se está cometiendo en estos mismo momentos sobre
estas comunidades. Y obviamente la otra referencia central del año pasado es la
lucha por la protección de los glaciares amenazados por diferentes proyectos
mineros –particularmente el de Pascua Lama en San Juan- y la aprobación de la
ley nacional en una disputa que sigue abierta sobre una buena reglamentación de
la ley y su aplicación efectiva, bloqueada hoy en algunas provincias por
resoluciones de la justicia provincial. Cuatro ejemplos -tres referidos a la
Argentina, uno latinoamericano- de la relevancia política que tienen las luchas
por los bienes comunes de la naturaleza.
B)
Hay otra cuestión que quisiera marcar sobre las luchas por aquellos que llamamos
bienes comunes. Ya señalé que este concepto nos viene sugerido, promovido, por
la programática y las prácticas colectivas protagonizadas fundamentalmente por
movimientos campesinos e indígenas de Nuestra América. En este sentido, esta
referencia a los “bienes comunes” forma parte de un conjunto de
referencias programáticas que han surgido de estas luchas recientes en nuestro
continente y que hemos ido incorporando a nuestro vocabulario y a nuestras
referencias.
La propuesta de soberanía
alimentaria; la lucha por el territorio y no sólo por la tierra; el horizonte
del “buen vivir” crítico de las nociones de “desarrollo” y de “progreso”; la consideración de la
“Pachamama” o “Madre Tierra”
para referirse a la naturaleza; son simplemente algunos ejemplos
de ello.
Palabras, conceptos, que son mucho más que un simple cambio de terminología o de
estilo; sino que dan cuenta de una mirada particular comprometida con la
construcción de un nuevo proyecto de cambio social. Hablar de bienes comunes no
es, en este sentido, neutral; significa instalarse e instalar un horizonte de
cambio social, que guía nuestra lucha y nuestro proyecto, y que supone una
transformación social que, entre otras cosas, cuestiona la dualidad de oposición
entre sociedad y naturaleza construida por el capitalismo. Una dualidad que
mientras subjetiviza individualizando el término sociedad, objetiviza y cosifica
la naturaleza y, de esta manera, plantea una relación de explotación entre una y
otra orientada por el afán de lucro. Este núcleo, es uno de los centros de la
modernidad capitalista, de una historia larga de más de dos siglos, que nosotros
cuestionamos cuando hablamos de “bienes comunes”. Entonces, otra de las
razones de la relevancia de las luchas por los bienes comunes tiene que ver con
esto; con que nos marca un horizonte de cambio al cual queremos apostar y que
buscamos construir.
Razones estructurales de la significación de las luchas por los bienes comunes:
acumulación por desposesión y crisis de la civilización dominante
Un segundo aspecto que permite explicar la relevancia que asumen hoy las
articulaciones político-sociales en la lucha por los bienes comunes naturales
refiere a lo que pueden llamarse razones estructurales. Hay entonces una serie
de razones estructurales que dan cuenta de la significación que alcanza la
disputa social alrededor de estos bienes comunes a nivel global, en América
Latina y en Argentina.
Podría decirse con razón que el capitalismo desde siempre ha depredado la
naturaleza. O recordar el lugar relevante que le cabe a la provisión y precio de
los alimentos en tanto “bienes salario”, bienes básicos en la
determinación del valor de la fuerza de trabajo y de su reproducción. Así
también los hidrocarburos como base de la matriz energética del capitalismo en
el último siglo han ocupado un lugar central en las estrategias de los Estados y
las clases dominantes. Basta conocer un poco de historia para rememorar las
guerras, asesinatos, golpes de estado, invasiones y conquistas imperiales
motivadas por el control del petróleo y los intereses de las llamadas Siete
Hermanas en referencia a las corporaciones petroleras trasnacionales. E incluso,
en la historia latinoamericana su integración al sistema mundo vino de la mano
de la colonización y explotación del oro y la plata iniciada en el Siglo XV que
alimentaron las redes comerciales europeas y la emergencia del capitalismo. Y,
si bien todo ello es cierto; sin embargo, estas luchas que nosotros llamamos por
los bienes comunes naturales asumen hoy una relevancia particular. Podríamos
pasar toda la tarde discutiendo esta apreciación; en esta oportunidad voy a
concentrarme fundamentalmente en dos argumentos para tratar de explicar esta
relevancia estructural.
A)
Por un lado, ello tiene que ver, en general, con las características
particulares que tiene la fase capitalista actual, que nosotros llamamos
habitualmente “neoliberalismo”; y, en particular, con las características que
presenta esta fase neoliberal en el llamado “mundo periférico”, en el Sur
del Mundo, en los países del Tercer Mundo. Cuando reflexionamos desde esta
problemática podemos ver que la mundialización liberal no sólo ha implicado una
creciente polarización económica y social y de poder a nivel global. No sólo ha
supuesto una reactualización del imperialismo en un sentido de recolonización de
la periferia. Sino que ello ha venido acompañado o ha promovido una nueva
división internacional de trabajo como países proveedores de materias primas (“commodities”)
y ha implantado en nuestros países una lógica particular de acumulación del
capital que llamamos de acumulación por desposesión. ¿Y qué significa esta
acumulación por desposesión? Llamamos así al proceso por el cual un conjunto de
bienes que eran comunes se transforman –son convertidos- en mercancías; es
decir, son apropiados privadamente para su venta-intercambio y/o para su uso en
el proceso de producción capitalista. Refiere con ello a un proceso amplio y
diverso que mercantiliza la tierra, los minerales, los hidrocarburos, y la vida
en general –por ejemplo, a través del patentamiento de la biodiversidad y su uso
comercial, ¿no?. Nosotros tenemos en este encuentro cinco comisiones temáticas,
pero ciertamente podríamos agregar otras más como, por ejemplo, sobre
biodiversidad y biopiratería.
Este proceso de acumulación por desposesión supone entonces un feroz proceso de
mercantilización. Feroz porque la mercantilización supone despojo; o para
decirlo con otras palabras arrebatar estos bienes que eran de uso común o
formaban parte del hábitat de vida o, incluso, eran explotados bajo otras
formas. Este proceso de despojo es lo que los movimientos sociales y las luchas
han bautizado muy sabiamente como “saqueo”.
Hay un primer nivel de este saqueo que se da en los lugares donde tiene lugar la primera fase del proceso de acumulación por desposesión; allí donde se despoja a los pueblos, las comunidades, los habitantes, de aquellos bienes que eran parte de su hábitat, o que eran utilizados por ellos para la reproducción de la vida a nivel local.
Pero hay un segundo nivel del saqueo y del despojo que tiene una dimensión nacional y que se expresa en la lógica de enclave que tienen estos emprendimientos, de producción de mercancías para ser transportadas y vendidas en el mercado mundial, para vender la soja a China o los minerales a los países capitalistas centrales y donde la enorme riqueza generada por estas actividades se haya concentrada en muy pocas manos. Entonces una de las características de la fase neoliberal, tanto en Argentina como en América Latina, tiene que ver con el papel relevante que asume este proceso de acumulación por desposesión.
Y también la propia
lógica del saqueo implica la devastación ambiental;
resultado de las tecnologías productivas utilizadas (minería a cielo abierto,
agrotóxicos, etc.) y de las condiciones sociales que ha construido el
neoliberalismo para que estos tipos de emprendimientos sean tolerados colocando
el “afán de lucro” por encima de todo otro valor. Así, se devastan los lugares
donde se realiza la primera fase de la acumulación por desposesión, y también a
nivel nacional se incrementa la degradación del ambiente que producen estas
industrias extractivas a lo largo de todo el ciclo que culmina en la exportación
y, en general, las consecuencias de actividades económicas diversas, producto de
la complicidad estatal y el desmantelamiento y privatización de lo público y de
la autoridad pública. El cuestionamiento a estas prácticas de devastación y
destrucción del ambiente y el territorio es lo que los movimientos han llamado
la lucha contra la contaminación. De esta manera, la lucha contra el saqueo y la
contaminación son parte de las referencias centrales de estas luchas en defensa
de los bienes comunes.
B)
Además las razones estructurales de la relevancia de estas luchas apunta
en otra dirección,
hacia las características e intensidad que adopta la crisis
que se despliega –o despliega sus efectos- a nivel internacional en las últimas
décadas. No nos referimos claro está sólo a su dimensión económica más que
presente hoy tras el derrumbe de la especulación inmobiliaria en EE.UU. en 2008
y que afectó también a Europa donde se pretende aplicar hoy las recetas de
ajuste ortodoxas y frente a las cuales crecen las resistencias y la
movilización. Estamos en presencia de una crisis que tiene un carácter
multidimensional, que se expresa también como crisis energética, crisis
alimentaria, crisis climática y que tiende a exasperar las lógicas del saqueo
así como las disputas por los bienes comunes, la naturaleza y la vida en
general.
Así, el agotamiento de la matriz energética que signó la expansión del
capitalismo a lo largo de buena parte del siglo XX ha intensificado la disputa
por el control de los recursos y reservas conocidos y potenciales e impactado en
el crecimiento del precio internacional de los mismos. Un ejemplo de sus
consecuencias resulta la expansión de la megaminería a cielo abierto destinada a
explotar –mediante la voladura y remoción de enormes cantidades de tierra y roca
y la depuración del mineral con el uso de sustancias tóxicas- los minerales
dispersos en las capas superficiales de la tierra con gravísimas consecuencias
sociales y ambientales.
Por otro lado estamos en presencia también de una crisis alimentaria resultado
de la expansión del modelo del agronegocio y del desplazamiento de las lógicas
especulativas a los commodities lo que provoca ciclos de alza del precio de los
alimentos a nivel mundial.
Así, desde fines del año pasado hasta hoy, estos
incrementos de los precios de los alimentos han provocado hambrunas en
diferentes partes del mundo, pero también han provocado revueltas, por ejemplo
en África del Norte y Medio Oriente, transformando la crisis social en crisis
política y precipitando un proceso de luchas sociales y grandes conflictos,
cambios sociopolíticos e intervenciones imperiales. Esta crisis alimentaria
tiene también su particular incidencia en la Argentina, incrementando las sobreganancias del complejo agroexportador y presionando al alza los precios
locales; exasperando la contradicción del “modelo argentino” de ser
exportador de alimentos al tiempo que sigue habiendo hambre en el país.
Y hay otra dimensión de la crisis que es la de la crisis climática. Porque no
sólo se ha agotado la matriz energética de la fase capitalista anterior, no sólo
estamos en un período en dónde el capitalismo neoliberal es incapaz de
garantizar la satisfacción de las necesidades alimentarias a nivel
internacional, sino que además estamos en un momento en donde el planeta ya no
puede procesar los niveles de contaminación que alcanza la fase capitalista
actual. La capacidad del planeta para ello está colapsada y una de las
manifestaciones de esta situación, no la única, es lo que se llama habitualmente
el “cambio climático”, y que mejor deberíamos llamar “crisis
climática”. Así, resultado, aunque no únicamente, de la emisión de gases
contaminantes -los gases de efecto invernadero- está un curso un proceso de
calentamiento del planeta, de elevación de la temperatura del planeta, que
provoca una modificación radical del clima a nivel mundial con su secuela de
catástrofes (heladas, lluvias, inundaciones, sequías, elevación del nivel
de los mares, etc.) que están modificando la geografía social y económica del
mundo y que amenaza con extinguir la vida en la Tierra(...)".
Centro
Cultural “Olga Vázquez”, La Plata.
16 de abril de 2011.
Fuente:
http://www.prensadefrente.org/pdfb2/index.php/new/2011/06/19/title_801
19/06/2011
En consecuencia, la política que asume la «reforma agraria integral» como recuperación por las comunidades rurales y urbanas de sus territorios para construir el buen vivir o Sumak Kawsay, precisa relacionarse con Vía Campesina en su lucha anticapitalista e internacionalista por la soberanía alimentaria y contra el acaparamiento de tierras. También necesita incorporarse al Encuentro Continental de los Pueblos Abya Yala que en su Carta de Principios explica: “(…) Este Encuentro se sustenta en la cosmovisión de nuestros pueblos originarios para la construcción de un proceso unificador en defensa del Agua y la Pachamama, en el cual estamos comprometidas las organizaciones, pueblos, comunidades, nacionalidades, colectivos y personas participantes.
Constituye un espacio abierto de intercambio, reflexión, debate respetuoso y articulación de quienes luchamos por nuestros derechos y los de la madre tierra. Aspiramos a que el Encuentro se convierta en un proceso permanente de Minka por la Vida, pues defender el agua, la soberanía alimentaria y un nuevo orden societario en armonía con la naturaleza y en el que prime la justicia y equidad, significa luchar por la Vida en su integralidad. De allí, que este Encuentro constituye un espacio vital para la construcción de propuestas que permitan detener la destrucción del único hogar que tenemos: el planeta Tierra.
La crisis civilizatoria ha puesto en evidencia la esencia depredadora del sistema, sus niveles de corrupción e inmoral acumulación de riqueza, el despojo y oprobio al que someten a nuestros pueblos, la violencia y sojuzgamiento en todos los niveles, el saqueo y deterioro progresivo de la Pachamama.
Nuestro horizonte es la construcción de un mundo en el que podamos vivir con dignidad, en armonía con la naturaleza, en solidaridad y reciprocidad con nuestros pueblos y en el que podamos construir el Sumak Kawsay; por ello aspiramos que el Encuentro Continental de los Pueblos de Abya Yala, progresivamente se constituya en un espacio mundial en el que confluyamos hermanos y hermanas de todas las latitudes para hacer realidad ese sueño.
Todas y todos quienes se sientan identificadas/os con estos postulados básicos, tienen un lugar en esta gran Minka, por la que han transitado nuestros pueblos con su resistencia histórica y que hoy la reafirmamos.
Aprobada en Guapondelig (hoy Cuenca, ciudad del Ecuador) en abril del 2011, por el Comité Organizador del Encuentro Continental de los Pueblos de Abya Yala por el Agua y la Pachamama.Leer